EVANGELIZACIÓN, INICIACIÓN, CATEQUESIS, PASTORAL
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7.10.26

VIRGEN DEL ROSARIO

BIENAVENTURADA VIRGEN DEL ROSARIO
7/10/2026

Rezar el santo Rosario
no solo es hacer memoria
del gozo, el dolor, la gloria,
de Nazaret al Calvario.
Es el fiel itinerario
de una realidad vivida,
y quedará entretejida,
siguiendo al Cristo gozoso,
crucificado y glorioso,
en el Rosario, la vida.

2.10.26

Los Angeles

Oh Dios, que en tu providencia amorosa te has dignado enviar para nuestra custodia a tus santos ángeles, concédenos, atento a nuestras súplicas, vernos siempre defendidos por su protección y gozar eternamente de su compañía.

Tremendo gesto de cariño y ternura de nuestro Padre, que a través de esta extraordinaria presencia de los ángeles nos permite conocer su cercanía y cuidado por nosotros.


_«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla.

Sí, Padre, porque asi te ha parecido bien.

Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar.» _«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla.

Sí, Padre, porque asi te ha parecido bien.

Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar.» Lc 10, 22-23

8.9.26

La Virgen del Valle


Nuestra Señora del Valle
8/09/26: Natividad de Nuestra Señora.

La fiesta de la Natividad de la Virgen es una de las más antiguas dentro de las celebraciones marianas. Su origen se remonta a Jerusalén, vinculada a la dedicación de la basílica «Sanctae Mariae ubi nata est», construida sobre el lugar donde, según la tradición, nació María, hija de Joaquín y Ana, padres de María.

 En Occidente, la celebración se introdujo hacia el siglo VII y fue promovida por el Papa Sergio I en  Roma. 
La fecha del 8 de septiembre se eligió porque ocurre nueve meses después de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción (8 de diciembre), marcando así un ciclo litúrgico que honra la concepción y nacimiento de María. La Iglesia católica reconoce únicamente tres natividades en su calendario: la de Jesús (25 de diciembre), la de Juan Bautista (24 de junio) y la de María (8 de septiembre). 






  







22.7.26

María Magdalena


Hoy en la Iglesia católica celebramos la Fiesta de María Magdalena, que puede ser considerada como una de las discípulas de Jesús que vivió con absoluta libertad su amor por Jesús de Nazaret y tuvo el privilegio de ser la primera discípula en reconocer a su Señor como el resucitado.








En María Magdalena encontramos de una manera muy expresiva cuál es la pedagogía de Dios con sus hijos. Somos hijos porque hemos sido rescatados y transformados por gracia. 

Recibió del mismo Resucitado una misión: “Ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios.” Por esta razón, el Papa san Juan Pablo II en 1988 ratificó formalmente su título de «Apóstol de los apóstoles».


Mujer valiente y fuerte, fiel, permaneció firme al pie de la cruz durante la crucifixión cuando la mayoría de los discípulos varones habían huido por miedo.

La primera testigo: El Evangelio de Juan relata cómo Jesús se le apareció a ella antes que a nadie tras resucitar, encomendándole la tarea de anunciar la noticia a los apóstoles.

Este encargo del resucitado debiéramos tenerlo más en cuenta cuando excluimos a la mujer del ministerio de la Palabra y la relegamos a tareas secundarias en la iglesia.

La certeza de que somos pobres, débiles, pequeños, y que, sin embargo, Dios ha querido que seamos partícipes de su alegría, es el requisito necesario para podernos acercar al misterio del amor misericordioso de Dios. La pobreza aceptada, la debilidad reconocida, la humildad que se sabe invitada al seguimiento es el estilo del discípulo amado.

Dios no quiere molestar; Él no puede entrar donde todo es conformismo y ni donde no se acepta la falta, la carencia, el límite. Hemos sido llamados a aprender a vivir con límites. Es en ese espacio vacío donde Dios quiere revelarse. Esta es la pedagogía del Padre: la plenitud no está en poseerlo todo, sino en abrir espacio para que Dios lo llene todo. Un amor que no se asusta de nuestra pequeñez y nos ama tal como somos.




En esto consiste nuestro aporte más válido. Dejarse amar.

13.6.26

Es contigo. Eres llamado y enviado

La primera lectura de este domingo nos sitúa en un momento decisivo para Israel. El pueblo ha salido de la esclavitud, pero aún no sabe vivir como un pueblo libre. Egipto sigue habitando en su corazón. Y es precisamente ahí donde Dios irrumpe, no con imposiciones, sino con una declaración de amor: «Os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí».

Esta imagen nos revela que Dios no libera para abandonar, sino para establecer una alianza y confiar una misión. Pero la alianza tiene una condición: «Si escucháis mi voz y guardáis mi alianza». No se trata de una obediencia ciega, sino de una escucha que transforma la vida. Escuchar a Dios significa reordenar prioridades, dejar atrás el egoísmo, la indiferencia y la dureza de corazón para abrir espacio a su presencia.

La segunda lectura nos presenta una verdad sorprendente: Cristo murió por los impíos. No por los justos ni por los perfectos, sino cuando aún éramos débiles y pecadores. Dios no espera a que cambiemos para amarnos; nos ama primero para que podamos cambiar. Su amor gratuito derriba nuestras excusas.

Desde esa misma compasión nace el envío de los Doce en el Evangelio. Jesús los envía sin poder ni seguridades humanas, porque el Evangelio se sostiene por el testimonio. Y les recuerda: «Gratis lo recibisteis, dadlo gratis».

Esta llamada no es solo para algunos. Todos los bautizados somos enviados allí donde vivimos: en la familia, en el trabajo, en la comunidad. No se trata de hacer más cosas, sino de aprender a mirar con los ojos de Jesús.

También nosotros vivimos hoy en un desierto marcado por la incertidumbre, el cansancio y la superficialidad. En una sociedad donde todo parece tener un precio y donde las personas son valoradas por su rendimiento, su imagen o su utilidad, el Evangelio nos recuerda el valor de la gratuidad.

Nuestro mundo está lleno de información, ofertas y ruido, pero sigue teniendo hambre de sentido. Hay muchas personas cansadas, heridas y desorientadas que necesitan encontrar testigos capaces de acercarse con compasión. Frente a esta realidad, los cristianos estamos llamados a ser puentes entre Dios y los hombres, entre el sufrimiento y la esperanza.

La gratuidad, la compasión y el testimonio siguen siendo hoy la forma más creíble de anunciar el Evangelio.



14.11.25

TIEMPO LITURGICO

 


Estamos concluyendo un año litúrgico. 

La Iglesia nos invita, siguiendo la Palabra de Jesús de Nazaret, a dirigir una mirada de esperanza a este mundo de tantas catástrofes, guerras, migraciones, hambrunas y convulsiones sociales y eclesiales. 

Frente a una realidad que pareciera que nos invita a pensar en el fin del mundo, como expresión reivindicativa contra los que favorecen tanta injusticia y oprobio, la Iglesia nos llama a mantener la capacidad de escucha en el actuar de Dios, en los signos de los tiempos.



Una mirada desde una presencia activa, desde un actuar esperanzado. La Palabra nos recuerda que Dios hace todas las cosas nuevas.

Siendo conscientes de nuestros problemas, dificultades e inquietudes, busquemos en Jesús la luz y la fuerza necesarias para que el momento histórico que nos toca vivir lo afrontemos de manera lúcida y sensata.

Vivamos con dignidad y fe, como verdaderos discípulos de quien entregó su vida por nosotros y nos reveló el inmenso amor de Dios por este mundo, obra de su amor y providencia. 



11.11.25

LA EUCARISTÍA EN LA VIDA DEL CRISTIANO

 


LA EUCARISTÍA EN LA VIDA DEL CRISTIANO

“La Eucaristía contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo en persona” Presbyterorum Ordinis, 5).

Tomado del artículo: La misa, celebración y experiencia para aprender a ser. De Rufino Meana Peón S. en la Revista Sal Terrae de noviembre del 2025

La celebración, tanto por su contenido como por su forma, va modelando y modulando, casi inadvertidamente, a quienes participan de ella asidua y conscientemente.

Tenemos presente la afirmación de que el cristianismo “no es mera doctrina, ni solo ética, sino que remite a hechos fundantes: a la persona de Cristo, a su muerte y resurrección y a la experiencia originaria del Espíritu; por tanto, a Dios en tiempo, mundo y cuerpo”. (González Cardinal)

Por eso, se puede decir que el sacramento no es algo que ocurre “fuera de uno mismo”, sino una relación que transforma. Así, participar en la Eucaristía es entrar en la historia misma de Cristo que se entrelaza con la propia historia personal; una relación que transforma la existencia concreta de la persona que participa conscientemente del rito.

Para ello, los participantes deben permitir que la narrativa divina les conforme, algo solo posible en una celebración participativa donde los fieles se sientan implicados y asistiendo a un ‘acto performativo’ en donde los valores del Reino de Dios (amor, entrega, comunidad, esperanza) se actualizan en el altar y en los presentes.


Un drama existencial vivido en comunidad

               La dimensión esencialmente comunitaria del cristianismo nos recuerda el incuestionable carácter relacional de la persona; somos individuos interdependientes. Esto significa que, desde el mismo momento de la gestación, vamos siendo un organismo que sólo puede llegar a ser maduro y pleno si lo hace vinculado a otros: con presencia social significativa, sentimiento de pertenencia y con férreos vínculos personales.

Esto quiere decir que el simple “estar juntos con otros [“togetherness”] es suficiente para amplificar incluso la intensidad de sensaciones físicas; sin amigos o familia, incluso las más extraordinarias experiencias físicas o psicológicas resultan decepcionantes.

El mensaje evangélico se sostiene sobre esta realidad humana. No solo ofrece una constante invitación a descentrar la mirada de uno mismo para focalizar la atención en el otro en cuanto necesitado; además, ser cristiano solo se puede en comunidad, en Iglesia. 

Cada individuo se inserta en una historia de relación con Dios compartida a lo largo de los siglos y en el presente; comunidad a través de la cual, con la ayuda del Espíritu, se va desvelando el plan de Dios para el ser humano.

La celebración de la Eucaristía reúne la imprescindible experiencia individual de Dios con la dimensión colectiva donde se comparte esa experiencia; otorga a los demás la capacidad de ser interlocutores válidos para discernir la propia vida y la vida de la Iglesia.

La comunidad eclesial es el lugar del discernimiento, una piedra angular de la espiritualidad cristiana. Discernir supone ser capaces de sospechar que lo que parece de Dios y bueno, tal vez no sea ni bueno ni de Dios.

La celebración comunitaria no rebaja la experiencia personal del Espíritu, la cuida no la sustituye. Es importante insistir en esto último porque las celebraciones grupales que se vuelven   indispensables ‘para encontrar a Dios’ suelen terminar en sectarismos donde el síntoma principal es la anulación del sujeto, abducido por el grupo, con sensaciones y emociones inoculadas que no provienen de su personal relación con Dios; un simple contagio emocional colectivo aupado en gestos, cantos y recitación de textos. La Iglesia tiene claro el peligro de manipulación emocional, alienación y sectarismo de algunas malas prácticas.

Que oportuna la observación que nos dice que los cambios en los individuos siempre se presentan de modo gradual, inadvertido pero significativo y permanente. Los giros de personalidad radicales y sorprendentes siempre son sospechosos de ser meras apariencias, impostaciones poco duraderas y profundas.

La fuerza de un buen relato

               El relato evangélico sobre el modo de ser y estar de Jesús de Nazaret formula aspectos que el oyente descubre como propios, para los que no había encontrado palabras; gestos y modos de ser que uno capta en sí mismo, anhelos personales que no había sabido formular.

Acudir a misa modela y modula nuestro modo de vivir en el mundo, no solo por la acción de la Gracia, también por acudir a esa experiencia individual y comunitaria en disposición de resonar armónicamente con el relato y su protagonista para descubrirse a uno mismo en Él.



Una relación presencial

               La Eucaristía no es una acción que realiza un lejano sacerdote a la que un grupo de fieles asiste pasivamente, como oyentes. Lo que se propone en la celebración es una auténtica experiencia existencial para todos los presentes, en la que se produce una irrupción del tiempo sagrado en el tiempo profano, que deja afectado a este segundo.

Esto sólo puede ser si los participantes lo hacen con plena conciencia de lo que están haciendo en las oraciones, en los gestos, en la escucha activa de la Palabra, etc. El reto pastoral, por tanto, está en lograr un ambiente celebrativo donde todos tengan un compromiso psicoespiritual profundo con lo que ocurre.

 Ofrecer una celebración bonita y alegre sin más o un rito formal y teológicamente perfecto, pero sin eco en los asistentes, no sería suficiente.

En el transcurso de la Eucaristía, uno ensaya cómo ser ‘alter Christus’ para poder ir siéndolo en la vida en la medida de las propias posibilidades hasta, tal vez, poder afirmar como San Pablo: “Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí” (Gal. 2,20).

Esto es un camino de conversión que solo puede andarse conscientemente, con constancia y paciencia con uno mismo.

El Papa Ratzinger es muy claro al subrayar la importancia de la dimensión participativa de la Celebración Eucarística y alerta del peligro de mecanizar el rito convirtiéndolo en algo alejado de la existencia de los participantes, cayendo incluso en un intento de manipulación de Dios: “la adoración de Dios se convierte en un girar sobre uno mismo (...) un culto que se busca a sí mismo, convirtiéndose en una especie de autosatisfacción insustancial.

Sólo desde un encuentro personal con Cristo en contexto litúrgico se pueden producir los movimientos internos necesarios para que se den cambios humanos tangibles.

No podemos olvidar que la muestra de que la vivencia religiosa es auténtica es que el sujeto va estando en el mundo de modo diferente, más al estilo de Jesús, colaborando con la Obra de la Redención, en donde trabajar en favor del ser humano en cuanto necesitado se va volviendo prioritario.

Acoger incondicionalmente, perdonar, escuchar, ofrecerse, compartirse o apoyarse mutuamente son actitudes humanas posibles para todos que Jesús de Nazaret vivió hasta el límite y aparecen en la Eucaristía.

En este punto es importante insistir en que la transformación personal es un largo camino cargado de fracasos y de setenta veces siete nuevas oportunidades para el que es indispensable asumir la propia impotencia y pecado24; conviene ser muy consciente de uno mismo cuando hablamos de buscar alcanzar ideales antropológicos. Siempre estará acechando la tentación de verse a uno mismo perfecto y ‘limpio’ por asistir a misa (Lc 18,19-14); uno nunca cambia por el mero hecho de desearlo, el cambio lleva tiempo, esfuerzo y la verificación que da la realidad: ‘Por sus frutos los conoceréis’ (Lc 6, 20).

Hay personas que se sienten perfectos cristianos, satisfechos de sí mismos, merecedores de la más alta recompensa; no es extraño que sean despiadadamente duros con los fracasos e impotencias de otros.

“Lo importante no es la ausencia de imperfecciones, sino la pasión, la generosidad, la comprensión y la simpatía hacia el prójimo, la aceptación de nosotros mismos con nuestros errores, nuestras debilidades, nuestros defectos y virtudes, tan semejantes a los de nuestros antecesores y descendientes” (Rita Levi-Montalchini).

 Poseer un ideal humano como el que plantea Jesús, con conciencia de impotencia y de recibir constantemente una nueva oportunidad, ayuda a vivir en tensión, en camino, sin estancarse, pero sin engañarse por pensar que uno ha llegado; además, nos vuelve humildes, solidarios y compasivos ante el fracaso ajeno. Esto es el testimonio de Jesús en la Eucaristía, que se convierte para nosotros en un instrumento privilegiado para un camino personal de conversión.

Algunos aprendizajes

“Necesitamos una amplia alianza humana, fundada no en el poder, sino en el cuidado; no en el lucro, sino en la generosidad; no en la sospecha, sino en la confianza”. León XIV

               Con demasiada frecuencia, nuestra religión ha sido instrumentalizada perversamente, dando como resultado el efecto contrario al enunciado: maltrato y división frente a compasión y unidad.

Los ritos, los dogmas y la moral pueden ser utilizados indebidamente como vectores que definen una identidad grupal que habría que asumir para ser ‘uno de los nuestros'.

Un uso perverso de la religión de Jesús de Nazaret por utilizar un ámbito sagrado, palabras de concordia y benevolencia, al servicio de todo lo contrario; un claro ejercicio de tomar el nombre de Dios en vano, al servicio de propio poder personal y colectivo, ideológico y material.

Para los cristianos, la singularidad de cada individuo humano es incuestionable e inviolable, ahí reside su dignidad, el gran valor innegociable que proclama el Evangelio. Generar un mundo sin divisiones no es generar un mundo uniforme; la primacía del amor en las relaciones interpersonales y sociales está al servicio de respetar la singularidad de cada persona que, sin embargo, es percibida como semejante. Es la base de la catolicidad (universalidad) de la Iglesia de Jesucristo.

Para promover una cultura del encuentro y del cuidado, debemos aprender a mirar al otro como semejante, por tanto, más desde lo que nos une que desde lo que nos separa. “Que el Señor esté con vosotros”.

La iglesia no se reserva el derecho de rechazar a ningún ser humano, como no lo hace el Dios de Jesús de Nazaret. La primera enseñanza de ir a la iglesia se encuentra en la puerta abierta y en el banco compartido. Formar parte de una inimaginable diversidad de circunstancias humanas y de personalidades a la que llamamos Pueblo de Dios.

Cada individuo es criatura amada y, por tanto, absolutamente respetable, templo del Espíritu Santo (1Cor. 6, 19). Entrar en la iglesia es entrar en un contexto de equidad, amor y paz; eso marca un modus operandi para quien entra, que está llamado a exportarlo al salir de la celebración.

Pedir perdón, perdonarse, reconciliarse para caminar hacia una cultura del encuentro y el apoyo mutuo desde la compasión. Lo primero que hace un sujeto en la Celebración Eucarística es reconocerse imperfecto, pecador; todos, en voz alta para que todo el mundo lo sepa, para que caigamos en la cuenta de nuestra solidaridad en la impotencia. “Yo confieso ante Dios… y ante vosotros, hermanos”.

Podemos destacar el esfuerzo por reconocer nuestro pecado de omisión. No basta con no haber hecho algo malo, malas obras o malos pensamientos, sino que es importante considerar cuánto bueno podríamos haber hecho y no hicimos. La gran parábola del pecado de omisión es la parábola del buen samaritano (Lc 10:25-37) donde se muestra que lo propio de ‘los de Jesús’ es actuar impulsivamente desde la compasión; no hacerlo es pecar por omisión.

‘Por mi culpa’. Se trata de un acto de reconocimiento de estar en posesión de libertad suficiente como para tratar de ser dueños de los propios actos, para poner los medios y vivir al estilo de Jesús de Nazaret; al menos, de la voluntad de volver a intentarlo setenta veces siete.

Termina el momento penitencial con un importante ‘que roguéis por mí ante Dios”. Rogar los unos por los otros es un primer paso de responsabilización, buscar y desear lo mejor para ellos; custodiar al otro diferente como si fuera uno mismo, nos convierte en sacramentales para ellos, una extensión del amor misericordioso del Creador.

Escuchar a la Palabra de Dios. No somos autosuficientes que interpretan el vínculo con Dios y con los demás a nuestra manera. Hemos sido recibidos de Dios, en Dios está el criterio último sobre el modo de ser humano y en Jesús su respuesta encarnada. Jesús es la Palabra última y definitiva de Dios para el ser humano y, por tanto, una invitación a seguir avanzando, es decir, a cambiar. Si escuchar el evangelio en cada misa no interroga al propio modo de proceder, se está escuchando mal, sin la atención o la disposición debida.

Del Ofertorio al ofrecimiento. Los frutos del trabajo y del esfuerzo, se reciben con agradecimiento, no con sensación de merecimiento. Uno no es propietario de la realidad creada ni de su finalidad.

‘Por Cristo, con Él y en Él’. Toda materia está en adelante encarnada... desde la encarnación del Hijo... En la encarnación, lo Divino penetra tan bien nuestras energías de criaturas, que para encontrarlo y abrazarlo no podríamos hallar mejor medio que nuestra propia acción... en la acción me adhiero al poder creador de Dios... me convierto no solo en su instrumento, sino en su prolongación viviente”.

La Eucaristía invita a caer en la cuenta de que todo lo creado sea visto como huella de Dios y a que toda acción humana sea instrumento de la irrupción de lo trascendente en la realidad. Esto descentra la mirada del propio ego, focalizando el sentido de la propia existencia en el querer e interés de Dios; exorciza cualquier tentación de protagonismo.

Comunión, bendición y envío 

Tras la comunión, el gran gesto de la unión fraterna en Cristo viene la consecuencia: el envío en misión. La despedida “podéis ir en paz” se contrapone directamente con toda posible narrativa de confrontación.

¿Quieres honrar el cuerpo de Cristo? No lo desprecies cuando anda desnudo. No lo vayas a honrar aquí dentro con paños de seda, mientras allá fuera lo olvidas a Él, afligido del frío y la desnudez (...) Aprendamos a ser sabios y a honrar a Cristo en la forma que él quiere.

San Juan Crisóstomo



3.6.19

Eucaristía


Eucaristía



De los escritos de Henri Nouwen han sido tomadas estas reflexiones.  

Camino de Emaús  Lc. 24, 13 y ss.
1. Lamentar las perdidas  Penitencial
2. Discernir la presencia   Palabra
3. Invitar al Desconocido  Credo y Ofrenda
4. Entrar en comunión Eucaristía
5. Partir en misión .

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I Perdidas
La vida contiene una innumerable  serie de perdidas; familia, salud, economía, país, perdida de fe.
¿Qué hacemos con nuestras perdidas?
¿Cómo llegamos a la Eucaristía? ¿Qué esperamos?
¿Qué hacer con nuestros resentimiento?
- Cambiar el resentimiento por agradecimiento. Señor, ten piedad.
- Aceptar nuestra realidad  con responsabilidad. Con corazón.
Una  tierra  seca no recibe el agua si no es previamente  roturada.
Para iniciar este encuentro transformador debemos poseer un pequeño  destello de esperanza. “Mi gracia te basta”.

II Presencia
Él, el desconocido, los ha escuchado, ahora ellos escuchan. Les habla de algo que conocen pero habla de una manera diferente. Los hechos nos son tan evidentes como pensamos.
No se niegan los hechos  sino que se ponen en un contexto de esperanza. Y no se trata de recibir un consuelo de circunstancias. ¡Necios!
Confiar, De eso se trata. A veces nos encontramos en la Iglesia sin saber quiénes somos, quien nos ha llamado; distraídos.
Se trata de que arda  nuestro corazón. Si no, mejor, buscarlo en otro lugar. Jesús se une a nosotros pero no lo reconocemos. Es importante vivir el momento, sea cual sea, en intimidad.
El Desconocido tiene un propósito al acercarse, ponernos en contacto con la Palabra, hacerse presente, despertarnos.
La Presencia Eucarística es ante todo una presencia a través de la Palabra. Sin esta presencia no podemos reconocer  la verdadera  historia en que hemos participado, reconocemos al protagonista. Su palabra hará posible reconocerlo en la fracción del Pan.
Atentos, la palabra hoy tiene poco valor, es posible que las palabra de la Eucaristía pasen desapercibidas, no nos sorprenda.
Prestamos poca atención, no nos impresionan ni sorprenden , entonces pierden su carácter sacramental.
La Palabra autentica crea lo que expresa. ¿Cómo viene Dios a mi cuando escucho la Palabra? ¿Me llena de calor, me transforma?
El Poder de la palabra es inmenso, es sanador, carácter sacramental, salvador. La palabra no solo es una experiencia personal, la Palabra de la Eucaristía nos convierte en parte de una gran historia de nuestra salvación. Nos hace parte de la gran historia de Dios.
Nos hacer ser personas agradecidas y como personas agradecidas podemos invitar a la intimidad  de nuestro hogar a aquel que ha hecho arder nuestros corazones.

III  Invitar al Desconocido
Cuando  caminas  con alguien a tu lado abriendo tu corazón a la misteriosa verdad de que tu perdida no es el final, sino un nuevo comienzo, entonces algo sorprendente  puede suceder: la Gloria es la meta.
Nos nace de lo más profundo del corazón el deseo de invitar al amigo Jesús a que  se quede con nosotros. Jesús quiere ser invitado, pero el no impone su presencia.
Por muy interesante y estimulante que nos resulte algún desconocido, si no lo invito a mi casa, en realidad no ocurre nada. Por eso hoy tenemos exceso de información que no aporta nada nuevo y que no suele terminar en encuentro eficaz en la sociedad.
En el encuentro  auténtico hay la posibilidad de una relación transformadora. Por favor  ven a mi casa, pasa, mira donde y como vivo. Esta invitación a venir y ver  marca la diferencia.
Tenemos que atrevernos a decir: confío en ti, me entrego a ti con todo mi ser, en cuerpo  alma Confiar, amar y ser amado.
En torno a la mesa , expresión del misterio de la fraternidad , de la reconciliación y la esperanza. En verdad  les digo que he querido reunirme con ustedes …
La misa  lugar de alegrías y traiciones (amor, odio, indiferencias..) de cariño y desprecios.
Cuando más vulnerables  somos es cuando dormimos o comemos juntos.
Jesús acepta la invitación, se sienta a la mesa. Hay intimidad , amistad, comunidad. Jesús es el invitado de los discípulos , tan pronto como entran  en su casa, s¡ se convierte en anfitrión!

IV Comunión
Es un gesto  cotidiano, de todos los días, es lo obvio… y sin embargo sucede algo único, insólito. Con el pan compartido expresamos comunión, reconocimiento, compromiso.
La Eucaristía es fundamentalmente un gesto humano (Flp 2,6-8) Una mesa, un pan y unos amigos. Cada vez que invitamos  a Cristo a nuestra casa, el nos ofrece el pan y el cáliz, se nos ofrece el mismo diciendo: Hagan esto en  conmemoración mía.
En la Eucaristía Jesús lo da todo. Así  como Dios se nos hace presente  a través de Jesús, así también Jesús se nos hace presente en el pan y en el vino de la Eucaristía.
Dios no solo se encarnó hace muchos años, también se hace alimento y bebida para nosotros en este momento de celebración eucarística, autodonación de Dios que llega a toda la humanidad en el tiempo y en el espacio.
Esto es comunión, hacerse uno con nosotros, el quiere una unión en libertad y amor; ¿me amas? Quiere ser nuestro alimento y bebida cotidiana, en todo momento y lugar.
La Eucaristía es reconocimiento, pero el desapareció. Cuando se hace más presente, es cuando se hace ausente. Ahora, cuando comen el pan que les da, ellos le reconoce; ahora el  habita en ellos, vive realmente en ellos. Se transforman en la vida de El. Es Cristo que vive en ellos.
Supera la amistad superficial, para ser uno con en El en la soledad, la soledad de la fe. Hasta llegar a decir: ¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado? Y continuando : Padre en tus manos  encomiendo mi espíritu.
Comunión es hacerse igual   El Cruz y Reino.
La comunión  crea comunidad, nos hemos convertido en un solo cuerpo, los que  hemos comido su cuerpo y hemos bebido su sangre . La Comunión crea comunidad, porque el Dios que vive en nosotros nos hace reconocer a Dios en nuestros semejantes.
Un cuerpo espiritual: se manifiesta en el perdón, reconciliación, ayuda, solidaridad, tolerancia  hambre de justicia y paz.
La comunión crea la comunidad y lleva a la Misión.


V Partir en Misión
Él está vivo. El miedo se esfuma y se sienten libres para dar testimonio de la resurrección. El final no es la Comunión sino la Misión.
Misión a quienes no nos son totalmente ajenos. No es fácil la misión entre los de la propia casa. Ellos ya conocen la verdad que anunciamos  pero  la comunidad es lugar para que los de casa saquen lo que llevan y compartan. La comunidad  de la fe donde se cuentan muchas historias sobre Jesús.
En la Eucaristía se nos pide que abandonemos la mesa y que vayamos con nuestros amigos a descubrir juntos que  Jesús está realmente vivo y nos llama a todos a formar un nuevo pueblo: pueblo de la resurrección.
La Eucaristía es siempre una misión. De la Eucaristía a la comunión y a la comunidad , y de ésta al ministerio. ¡Cuidado de querer pasar de la comunión al ministerio sin forma comunidad.
Jesús en la noche oraba al padre, en la mañana estaba con sus discípulos y en la tarde  en misión. Son enviados de  dos en dos, en comunidad  para enseñar, curar, animar dar esperanza, testimoniar la fe. Vivir eucaristrcamente con el corazón en ascuas. Ir para hablar del Señor resucitado y recibir el testimonio de los demás- La verdadera misión  es también recibir el testimonio de los que que nos recibe.
Nos agotamos si solo damos y no recibimos el Espíritu a través de a los que somos enviados.
Hay personas que en memoria de Él se reúnen en torno a una mesa y hacen lo que él hizo. Personas que siguen contándose unos a otros historias de esperanza y salen juntas  a ayudar a sus semejantes para llevar una sonrisa, un poco  de esperanza a un niño. Es como la levadura, la pequeña semilla.
La vida es más fuerte que la muerte y el amor más consistente que el miedo. Los hechos nos conducen a la nada, optar por el agradecimiento nos conduce la vida plena.
En la vida eucarística  cualquier cosa que hagamos es una manera de decir: Gracias a aquel que se unió a nosotros en el camino. Los cristianos son los que siguen  en el camino.

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