La humanidad se enfrenta
hoy a realidades profundas y desafiantes que amenazan nuestras certezas y nos
llevan a cuestionar el sentido mismo de la vida. La insolidaridad, la injusticia,
el abuso y la violencia en todas sus formas son algunas de estas realidades
que, junto con la discriminación, la desigualdad y un consumismo destructivo y
contaminante, nos hacen preguntarnos si la humanidad mantiene una actitud
razonable ante la existencia o si, por el contrario, se ha convertido en la
causa de su propia autodestrucción y de la destrucción de toda forma de vida.
Estas condiciones se
agravan en tiempos de crisis y se ven potenciadas por el uso inapropiado de los
medios digitales y de las nuevas tecnologías, a las que con frecuencia no se
les imponen límites ni se aprovechan plenamente sus posibilidades para promover
el bien común y, en definitiva, el cuidado de toda vida.
Existen dos
circunstancias características de nuestro tiempo que merecen especial atención.
Por un lado, las nuevas tecnologías de la información se utilizan de manera
extraordinaria para captar nuestra atención y alejarnos del esfuerzo personal
de reflexión y búsqueda de sentido; además, limitan nuestra capacidad de
confrontar la realidad y dificultan la iniciativa, la creatividad y el
compromiso con el bien común. Por otro lado, la tecnología que permite
intervenir en el código genético humano, cuando se desarrolla sin una adecuada
valoración ética, puede afectar de manera irreversible y fatal nuestra
condición de personas humanas.
Hay realidades que alientan la esperanza y construyen
vida; reconózcanoslas.
En estos momentos por los que atraviesa gran parte de la humanidad, junto
con sus peligros, se hace evidente una gran verdad: toda persona y todo el
ecosistema global están llamados a dar vida y a vencer el mal.
Contamos con dones tan extraordinarios como la amabilidad, la integridad, el
inconformismo y la compasión. En las situaciones límite crecemos y respondemos
con valentía y determinación en la búsqueda de soluciones en favor de la vida.
El ser humano tiene la capacidad de dudar de todo, incluso de sí mismo;
pero, por muy condicionado que esté, sabe que es señor y no esclavo. Por eso se
indigna ante la corrupción y la avaricia, y no descansa hasta vencer el mal.
El amor, la justicia y la paz no son palabras vacías; son caminos de vida
que el ser humano recorre con coraje y valentía. La tolerancia, la verdad, el
respeto y la inclusión son valores fundamentales de la naturaleza humana que le
permiten entregarse a la gran tarea de cuidar, aliviar y sanar. Sin embargo,
necesita un punto de apoyo que le permita salir más allá de los muros y las
barreras que buscan someterlo.
¿Dónde buscar, pedir y llamar? Esta es una pregunta que cada persona debe
responder para reconstruir la vida social, educarse para desaprender,
disponerse a elegir en libertad y actuar con esperanza, fe y amor.
martes, septiembre 08, 2026
Nuestra Señora del Valle
8/09/26: Natividad de Nuestra Señora.
La fiesta de la Natividad de la Virgen es una de las más antiguas dentro de las celebraciones marianas. Su origen se remonta a Jerusalén, vinculada a la dedicación de la basílica «Sanctae Mariae ubi nata est», construida sobre el lugar donde, según la tradición, nació María, hija de Joaquín y Ana, padres de María.
En Occidente, la celebración se introdujo hacia el siglo VII y fue promovida por el Papa Sergio I en Roma. La fecha del 8 de septiembre se eligió porque ocurre nueve meses después de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción (8 de diciembre), marcando así un ciclo litúrgico que honra la concepción y nacimiento de María. La Iglesia católica reconoce únicamente tres natividades en su calendario: la de Jesús (25 de diciembre), la de Juan Bautista (24 de junio) y la de María (8 de septiembre).
R/.Nuestros ojos están en el Señor, esperando su misericordia.
A ti levanto mis ojos, a ti que habitas en el cielo.
Como están los ojos de los esclavos fijos en las manos de sus señores.
Como están los ojos de la esclava fijos en las manos de su señora, así están nuestros ojos en el Señor, Dios nuestro, esperando su misericordia.
Misericordia, Señor, misericordia, que estamos saciados de desprecios; nuestra alma está saciada del sarcasmo de los satisfechos, del desprecio de los orgullosos.
Delante de Tí, que sostienes nuestra existencia, nuestras vidas descansan y en Ti esperan.
Estamos cansados, rodeados de desprecios y burlas de los poderosos, del desprecio de los orgullosos.
En tu misericordia nos alegramos y nos fortalecemos.
La experiencia de lo compartido, de aquello que no se reduce
únicamente a lo propio, se encuentra profundamente cuestionada en nuestro
tiempo. Los ejemplos abundan. Hace tiempo que la política parece tener más que
ver con los intereses económicos que con la búsqueda del bien común. Las redes
sociales, aunque nos ofrecen nuevas posibilidades de encuentro, también pueden
acostumbrarnos a una relación superficial con nosotros mismos y con los demás.
La pérdida del sentido de la gratuidad, el aislamiento y la
superficialidad nos conducen por caminos en los que el otro termina
transformándose en un objeto de consumo afectivo.
La Palabra de Dios nos invita hoy a reconocernos como
comunidad, a dejar de lado la indiferencia y a optar por el cuidado del otro.
La lectura del profeta Ezequiel nos presenta también la responsabilidad de no
desentendernos del hermano y la necesidad de ayudarle a corregir su camino. El
salmo 94 nos recuerda que debemos escuchar la voz de Dios y no endurecer nuestro
corazón. Y san Pablo nos deja una extraordinaria enseñanza que debemos tener
siempre presente en nuestras relaciones: «A nadie le debáis nada, más que el
amor mutuo».
El modelo evangélico propuesto por Jesús nos muestra un
camino para salvar, cuidar y reconstruir la comunión antes de recurrir al
juicio. La llamada «corrección fraterna» tiene que ver, sobre todo, con
el valor del diálogo, la discreción, la escucha y el deseo sincero de
reconciliación.
La reconciliación en la comunidad consiste precisamente en
generar espacios de cercanía, intimidad y acogida para quien ha perdido el
camino. Los vínculos tienen la capacidad de sanar.
La misma autoridad que Jesús otorga a Pedro para «atar y
desatar» en el cielo y en la tierra aparece aquí confiada a toda la comunidad.
El conflicto, en sí mismo, no constituye un problema para
Jesús. El verdadero problema aparece cuando renunciamos al otro y le negamos un
lugar en nuestra vida.
Vivir juntos el proyecto de Jesús y hacer de la comunidad un
reflejo del Reino implica atrevernos a ser presencia para el otro, dejar atrás
nuestras seguridades y comenzar a construir aquello que es verdaderamente
común, allí donde Dios mismo se hace presente.
Nuestra fe no puede entenderse únicamente como una relación
personal con Dios. El modo en que nos relacionamos con los demás también forma
parte de la experiencia creyente. La comunión eclesial no puede reducirse a un
simple asentimiento de ideas; está llamada a vivirse en lo concreto de las
relaciones dentro de nuestra comunidad.
Padre, concédenos reconocernos todos como hijos tuyos,
para vivir en el encuentro, en la acogida y en el cuidado mutuo. Ayúdanos a
hacer realidad en nuestra vida aquello que nos recuerda san Pablo: «A nadie le
debáis nada, más que el amor mutuo». Amén.
Lecturas
Lectura de la profecía de Ezequiel 33, 7-9
Esto dice el Señor:
«A ti, hijo de hombre, te he puesto de centinela en la casa de Israel; cuando
escuches una palabra de mi boca, les advertirás de mi parte.
Si yo digo al malvado: “Malvado, eres reo de muerte”, pero tú no hablas para
advertir al malvado que cambie de conducta, él es un malvado y morirá por su
culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre.
Pero si tú adviertes al malvado que cambie de conducta, y no lo hace, él morirá
por su culpa, pero tú habrás salvado la vida».
Salmo 94, 1-2. 6-7. 8-9
R/. Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis
vuestro corazón».
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos. R/.
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía. R/.
Ojalá
escuchéis hoy su voz: «No endurezcáis el corazón
como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras». R/.
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 13,
8-10
A nadie
le debáis nada, más que el amor mutuo; porque el que ama ha cumplido el
resto de la ley. De hecho, el «no cometerás adulterio, no matarás, no robarás,
no codiciarás», y cualquiera de los otros mandamientos, se resume en esto:
«Amarás a tu prójimo como a ti mismo».
El amor no hace mal a su prójimo; por eso la plenitud de la
ley es el amor.
Lectura del santo evangelio según san Mateo 18, 15-20
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si tu hermano peca contra
ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu
hermano.
Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que
todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace
caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad,
considéralo como un pagano o un publicano.
En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará
atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en
los cielos.
Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo
en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos.
Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de
ellos».
La Iglesia ofrece con claridad su contribución
reciente en la Encíclica Magnifica
humanitas a los rasgos y los derechos fundamentales de la dignidad de
la persona: «Cada persona, hecha constitutivamente para la relación, es pensada
y querida por Dios para entrar en una historia de comunión con Él, con los
demás y con la creación. Su dignidad no depende de las capacidades que posee,
de las riquezas o del rol que desempeña, ni de las decisiones justas o
equivocadas que toma, sino que es un don que la precede y la excede, dado por
Dios como expresión de su amor que nunca falla» (n. 50).
La dignidad infinita del ser humano, por tanto, se arraiga
en su identidad de criatura hecha «“a imagen de Dios”, capaz de conocer y amar
a su Creador», proyecto y don de amor que trasciende las demás realidades
creadas, las cuales están confiadas a su cuidado «para gobernarlas y usarlas
glorificando a Dios» (GS,
12).
La persona implica siempre relación, comunión y
participación con respecto a Dios y a los demás; por lo tanto, una relación
filial con Dios Padre y una relación fraterna con Cristo y con todos los seres
humanos. Excluye los cierres autorreferenciales. Ser persona significa
percibirse a sí mismo como un don que hay que compartir, creciendo y madurando
en la acogida, la reciprocidad y el servicio.
Además, la dignidad humana concierne a la totalidad de la
persona y, por ello, es necesario superar las visiones dualistas: el ser humano
es «unidad de cuerpo y alma». La reducción del cuerpo a un “objeto”, del que se
puede disponer arbitrariamente, es siempre una negación de la dignidad de la
persona: «No debe […] despreciar la vida corporal del hombre», y es necesario
«tener por bueno y honrar a su propio cuerpo, como criatura de Dios que ha de
resucitar en el último día», vigilando que este no « permita que lo esclavicen
las inclinaciones depravadas de su corazón» (GS,
14), puesto que todos nosotros estamos heridos por el pecado.
Por último, son tres las expresiones más significativas de
la dignidad de la persona: la inteligencia, que hace del ser humano un buscador
insaciable de la verdad; la conciencia, por medio de la cual da unidad y
sentido a su propia vida; y la libertad, que lo convierte en protagonista
responsable de sus propias decisiones.
Queridos hermanos y hermanas, creados a imagen de Dios, por
medio de Cristo y en vistas a Él, hemos recibido una dignidad única e
indeleble. Comprometámonos a promoverla y defenderla siempre, con la luz y la
fuerza del Evangelio.
Salir de toda pasividad e indiferencia ante
los acontecimientos que se producen - miércoles
22/09/26 -
En una época marcada por profundos cambios, de los que se
derivan desequilibrios preocupantes, la Iglesia está llamada a servir al ser
humano, escuchando y acogiendo los interrogantes más profundos de su corazón y
los anhelos que lo habitan…
Los discípulos de Cristo estamos llamados a compartir los
gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro
tiempo (cf. GS 1).
Esto significa que la Iglesia no puede permanecer pasiva ni indiferente a lo
que ocurre en el mundo, sino que está llamada a caminar con la humanidad, sobre
todo teniendo en cuenta los cambios rápidos y profundos que se experimentan.
Por lo tanto, los creyentes, unidos a Cristo y sostenidos
por su Espíritu, deben comprometerse a escuchar con el corazón y a dejarse interpelar,
acompañando y ayudando a las personas en dificultad, sobre todo a los pobres y
a los que sufren a causa de la injusticia, la discriminación y la violencia.
Es una entrega que nos llama a salir de toda pasividad e
indiferencia ante los acontecimientos que se producen, ante la historia y la
vida de las personas, sobre todo ante el cambio rápido y profundo que
experimentamos hoy. No es posible permanecer como espectadores desinteresados,
es necesario, en cambio, escuchar con el corazón, dejarse interpelar,
involucrarse. Con Cristo y sostenidos por la fuerza de su Espíritu, los
creyentes están llamados a hacerse cargo de las dificultades de los hermanos,
sobre todo de aquellos que se ven oprimidos por la injusticia, por la
discriminación, por la violencia. De hecho, solo a través de la entrega y en el
compromiso es posible llegar a respuestas adecuadas, siempre sostenidos por la
certeza de que «los sufrimientos de ahora no se pueden comparar con la gloria
que un día se nos manifestará» (Rm 8,18).
La entrega cristiana nos compromete a asumir la realidad y
también a desenmascarar las contradicciones que caracterizan la vida personal y
social del mundo contemporáneo: por ejemplo, un progreso científico y
tecnológico, que ofrece siempre nuevas posibilidades, pero solo a algunos y que
no siempre el ser humano es capaz de poner «a su servicio»; o un
conocimiento más claro de las «leyes dela vida social», pero acompañado de
incertidumbres «sobre la dirección que hay que imprimirle»; o aún, una mayor
disponibilidad de «riquezas, tantas posibilidades, tanto poder económico», y
desafortunadamente, hoy como en los tiempos del Concilio, «una gran parte de la
humanidad sufre hambre y miseria» (GS 4);
o una conciencia compartida de que está en juego el futuro del planeta y al
mismo tiempo la incapacidad a renunciar al consumo egoísta y a la ilusión de
que la guerra es una vía eficaz para construir la paz.
Queridos
hermanos y hermanas, que la alegría y la esperanza – gaudium et spes –
sean los rasgos distintivos de una Iglesia que anuncia y da testimonio del
Evangelio, acercándose a las mujeres y a los hombres de nuestro tiempo.