Queridos hermanos:
El camino de la primera comunidad de discípulos, que hemos
ido meditando en estas semanas de Pascua, parecía un camino de rosas. Sin
embargo, hoy, en la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles, aparecen
diferencias y discusiones entre los de lengua griega y los de lengua hebrea.
Frente a las tensiones internas que, por diversas razones,
pueden existir en toda comunidad cristiana o en nuestras familias, la
alternativa no es profundizar la división ni discriminar al que es distinto o
piensa de manera diferente. Toda parroquia o familia está llamada a ejercer
esta diaconía de servicio. El servicio es la manifestación de que nos amamos
los unos a los otros. Estar pendientes del otro, de sus necesidades, ayudarnos
y aceptarnos en nuestras diferencias es la forma de hacer presente al Señor
resucitado en medio de nosotros.
Nosotros, a menudo turbados interiormente por una lista
interminable de acontecimientos que nos afectan a nivel personal, familiar,
eclesial, social y mundial, no podemos dejar de preguntarnos: ¿cómo encontrar
la manera de que “no se turbe nuestro corazón”? Y escuchamos en labios del
mismo Jesús: “No perdáis la calma; creed en Dios y creed también en mí”. Él es
la medicina contra la inquietud del corazón.
“Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre
sino por mí”. “Quien me ha visto a mí ha visto al Padre”. “Os he dado ejemplo,
para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis” (Jn
13,15).
Creer es fiarse: aceptando a Jesús como modelo de hombre,
conocemos al verdadero Dios. Como cristianos, al proclamar nuestra fe en Jesús
resucitado, mostramos el rostro del Padre a la humanidad. La fe se convierte
así en buena noticia para todos: todo ser humano, independientemente de su
religión, cultura o raza, se encuentra con un Dios que es Padre, en cuyas manos
podemos poner nuestra vida con la seguridad de que no quedaremos defraudados.
Oración
Padre bueno, que te has manifestado en tu Hijo único
Jesucristo, cuyo amor y misericordia alcanzan tanto al hijo menor como al hijo
mayor; que haces salir el sol sobre malos y buenos y llover sobre justos e
injustos; que has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes y se las has
revelado a los pequeños.
Concédenos una fe viva, que se traduzca en amor concreto y
en servicio a los demás.
Amén.