sábado, julio 18, 2026

Domingo XVI

Queridos hermanos:

La primera lectura (*), tomada del libro de la Sabiduría, nos revela que la verdadera grandeza de Dios se manifiesta en su paciencia y en su misericordia. Nos recuerda una verdad que con frecuencia olvidamos: el justo debe ser humano y compasivo. Dios no actúa con dureza, sino que ofrece siempre una nueva oportunidad, concediendo a los pecadores el don del arrepentimiento y una esperanza renovada.

Esta misma enseñanza aparece en el Evangelio. Jesús compara el Reino de Dios con un sembrador que siembra buena semilla en su campo. Sin embargo, junto al trigo crece también la cizaña. Los criados, con una lógica aparentemente razonable, proponen arrancarla enseguida. Pero el dueño responde: «Dejadlos crecer juntos hasta la siega.»

¿Significa esto que Dios es indiferente ante el mal? De ninguna manera. Lo que Jesús nos revela es que Dios conoce la profundidad del corazón humano y actúa con paciencia. No se precipita en el juicio porque sigue ofreciendo a cada persona la posibilidad de convertirse y dejar que el bien crezca en su vida.

San Pablo, en la segunda lectura, nos invita precisamente a confiar en esta paciencia salvadora de Dios. Cuando nuestra debilidad nos hace incapaces de orar como conviene, el Espíritu Santo viene en nuestra ayuda e intercede por nosotros. No caminamos solos; Dios sostiene nuestra fragilidad con su gracia.

La gran enseñanza de Jesús es clara. La misión del discípulo no consiste en dedicar su vida a señalar la cizaña o a condenar constantemente el mal. Nuestra primera tarea es cuidar el crecimiento del trigo: hacer crecer el bien, la verdad, la justicia, el perdón y el amor allí donde vivimos.

En un mundo marcado por las tensiones, las divisiones y la tendencia a excluir a quien piensa o actúa de manera diferente, la Palabra de Dios nos invita a vivir con paciencia, comprensión y esperanza. El Señor continúa actuando silenciosamente en la historia, haciendo crecer el trigo incluso en medio de las dificultades.

Pidámosle hoy al Señor que nos conceda un corazón semejante al suyo: paciente con las debilidades de los demás, firme en la práctica del bien y lleno de esperanza. Que sepamos reconocer la inmensa paciencia que Dios tiene con nosotros y que esa experiencia nos dé la fuerza para perdonar y acompañar con misericordia a nuestros hermanos. Amén.


LECTURAS 

Lectura del libro de la Sabiduría 12, 13. 16-19

Fuera de ti no hay otro Dios que cuide de todo,
a quien tengas que demostrar que no juzgas injustamente.
Porque tu fuerza es el principio de la justicia y tu señorío sobre todo te hace ser indulgente con todos.
Despliegas tu fuerza ante el que no cree en tu poder perfecto y confundes la osadía de los que lo conocen.
Pero tú, dueño del poder, juzgas con moderación y nos gobiernas con mucha indulgencia, porque haces uso de tu poder cuando quieres.
Actuando así, enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano y diste a tus hijos una buena esperanza, pues concedes el arrepentimiento a los pecadores.

Salmo 85, 5-6. 9-10. 15-16a R/. Tú, Señor, eres bueno y clemente.

Tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan.
Señor, escucha mi oración, atiende la voz de mi súplica. R/.

Todos los pueblos vendrán a postrarse en tu presencia, Señor; bendecirán tu nombre: «Grande eres tú, y haces maravillas; tú eres el único Dios». R/.

Pero tú, Señor,
Dios clemente y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad y leal, mírame, ten compasión de mí. R/.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 26-27

Hermanos:
El Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables.
Y el que escruta los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 13, 24-30

En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente diciendo:
«El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras los hombres dormían, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga, apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo:
“Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?”.
Él les dijo:
“Un enemigo lo ha hecho”.
Los criados le preguntan:
“¿Quieres que vayamos a arrancarla?”.
Pero él les respondió:
“No, que al recoger la cizaña podéis arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y cuando llegue la siega, diré a los segadores: arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero”».

 

viernes, julio 17, 2026

Compromiso político de los cristianos.

El compromiso político del cristiano no está en la izquierda ni en la derecha.

 Ser de izquierdas es luchar contra la desigualdad, armonizar el bien particular con el bien común, combatir la marginación, constituir en causa propia la dignidad y derechos humanos, buscar la propia realización desde una ética conjuntiva. Estos principios son de todos conocidos, pero en la práctica los obvia.

La prioridad de sacar provecho de la posición política, favorecer a los que comparten la ideología aun a costa de su incompetencia e incapacidad; todo está permitido para mantenerse en el poder, porque no hay nada más. Bienvenida la corrupción, el engaño y toda clase de miserias para mantenerse en el poder.


“Creo que el capitalismo es una especie e intento de hacer el egoísmo socialmente institucionalizado, dando prioridad a la acumulación del beneficio particular; el orden es una pantalla magnífica para ocultar la práctica fanáticamente. El progreso solo existe si la riqueza está en manos de la minoría de siempre”. Todo está permitido para mantener este orden: explotación, injusticia, robo y muerte. …

 Cierto clima actual admite que se puede ser cristiano, pero sin traspasar la intimidad, es decir, como una vivencia subjetiva de ilusión, neurosis, alienación o proyección irreal.

 La talla humana, desde un cierto horizonte de la cultura moderna, se la considera desmerecida si se la cobija bajo la sombra de la religión. La religión sacaría del mundo real, desnaturaliza e incapacita para la transformación social. Progreso y libertad, derechos humanos y tolerancia, ciencia y modernidad, revolución y democracia, son incompatibles con la fe. Esta nos exilia de la historia, de la sociedad, de la razón y de la realización humana. Esta es la necesidad de toda ideología que no quiere que nadie le recuerde sus límites y fallos.

 Es un hecho que el cristianismo histórico se ha prostituido, registrando en su haber abusos de poder, machismos, antimodernidad, negación de derechos humanos.

 Pero, también es un hecho que el cristianismo ha sido en la historia fuente de inspiración y espoleta de revoluciones, de defensa de la dignidad humana, de entrega amorosa hasta el límite por los últimos de la sociedad, de resistencia hasta el martirio contra abusos del poder y de particularismos idolatrados.

Se trata, por tanto, de discernir de qué cristianismo o socialismo hablamos. Y veremos que no siempre hay concordancia automática entre teoría y praxis y que es posible aquello de que ¡Una mala realización no invalida un buen proyecto!

 El socialismo, en su proyecto, es más ético y consonante con el cristianismo que el capitalismo. La diferencia es básica: el socialismo apuesta por la igualdad, va de menos justicia y libertad a más justicia y libertad, de lo establecido a lo utópico, de la discriminación a la identidad humana universal. Para ello, un socialista muy carismático y protagónico dijo: "Ser socialista es, normalmente, tener muy poco y estar dispuesto a dar mucho" (José Luis Rodríguez Zapatero).  

 El capitalismo lleva en su entraña la filosofía que desiguala y discrimina y los objetivos del lucro y del máximo beneficio posible, a costa, claro, de la explotación del otro. La prosperidad de los ricos hace que el beneficio se desborde y llegue a los pobres. Tremenda mentira que justifica la miseria y muerte de las mayorías descartadas del pastel capitalista.

 

Jesucristo, el Señor de los cristianos, fue un profeta, un revolucionario, que habló de un Dios nuevo, de una humanidad sin fronteras, de unas relaciones fraternas, libres de orgullo, tiranía e hipocresía, de una religiosidad inseparable de la justicia y del amor, de una utopía (reino de Dios) donde los primeros son los últimos y los últimos los primeros.


 Esa es la vertiente pública del mensaje del Nazareno, prendida como chispa en la hoguera de la historia, que puede calcinar alianzas, mercados,  globalizaciones, totalitarismos. Si la pasión de Jesús se convierte en pasión de los cristianos, y esa pasión pasa por la justicia, perseguida desde los últimos, queda encendido el motor para una renovación de la izquierda y una refundación del socialismo. Hoy la economía está sin alma, la política con apenas ciudadanía. ¿De dónde recabar fuentes para levantar un nuevo sujeto humano?

La hegemonía de la cultura burguesa hace imposible una nueva sociedad, más democrática, igualitaria y fraterna. O creamos un nuevo sujeto posburgués, o continuaremos con unas democracias formales, sin alma.

"La posmodernidad niega la radicalidad espiritual, el compromiso, la espiritualidad, la utopía; sustituye la ética por la estética, lo utópico por lo agradable; ignora a los pobres y deja de lado a la justicia; renuncia a los grandes 'relatos'; es narcisista: dicen incluso que hemos pasado de Prometeo a Narciso” (Casaldáliga).

 Es necesaria la política y la economía, los programas y las leyes, los presupuestos y las estrategias, pero si no hay mística, si no hay valores, si no hay pasión en torno a un proyecto de justicia, solidaridad y paz, la vida pública será el meandro oscuro donde actuará el sujeto burgués, neurotizado por su complejo de individualismo posesivo.

 



La democracia no viene de arriba, por arte de magia política, organizativa o institucional. La democracia la funda y se funda en la persona, llamada a ser protagonista y artífice del quehacer histórico, y no marioneta. Pero ese quehacer no se improvisa. Es la tarea, lenta y ardua, de una cultura nueva, única capaz de crear el sujeto apto para la nueva sociedad. Y es, en esa área, donde el cristianismo puede desempeñar una labor ingente de reactivación y fecundación del socialismo.

jueves, julio 16, 2026

Devoción a la Virgen del Carmen


Historia de la Virgen del Carmen

La devoción a la Virgen del Carmen —una de las advocaciones marianas de la Virgen María— remonta sus raíces al Monte Carmelo, en Tierra Santa. En el Antiguo Testamento, el profeta Elías invoca a Dios desde el Carmelo y obtiene señales de lluvia, consolidando el monte como lugar sagrado. Siglos después, eremitas se instalaron allí y formaron la Orden Carmelitana, dedicados a la oración y la penitencia, llamando a María como la “Santísima Virgen del Monte Carmelo”.

En el siglo XIII, la Orden Carmelitana fue formalmente establecida bajo los papas Honorio III e Inocencio IV, y se expandió internacionalmente. En el siglo XVI, Santa Teresa de Jesús impulsó la reforma del Carmelo Descalzo, fortaleciendo su vida de clausura y oración, dando origen a su expansión en América.

El origen del mensaje de la Virgen del Carmen nació en Inglaterra. El domingo 16 de julio de 1251, San Simón Stock, Superior General de los Padres Carmelitas del convento de Cambridge, estaba rezando por el destino de su orden cuando se le apareció la Virgen María portando un escapulario en la mano y dándoselo, le dijo: “El que muera con él no padecerá el fuego eterno”.

Alude a este hecho el Papa Pío XII cuando dice: “No se trata de un asunto de poca importancia, sino de la consecución de la vida eterna en virtud de la promesa hecha, según la tradición, por la Santísima Virgen”.

También reconocida por Pío XII, existe la tradición de que la Virgen, a los que mueran con el Santo Escapulario y expíen en el Purgatorio sus culpas, con su intercesión hará que alcancen la patria celestial lo antes posible, o, a más tardar, el sábado siguiente a su muerte. El escapulario del Carmen es un sacramental.


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lunes, julio 13, 2026

La ofrenda que agrada al Señor


Lectura del libro de Isaías 1, 10-17

«¿Qué me importa la abundancia de vuestros sacrificios? - dice el Señor -.

Estoy harto de holocaustos de carneros, de grasa de cebones; la sangre de toros, corderos y chivos no me agrada.
No me traigáis más inútiles ofrendas, son para mí como incienso execrable.
Novilunios, sábados y reuniones sagradas: no soporto iniquidad y solemne asamblea.
Cuando extendéis las manos, me cubro los ojos; aunque multipliquéis las plegarias, no os escucharé.
Vuestras manos están llenas de sangre.
Lavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones.
Dejad de hacer el mal, aprended a hacer el bien.
Buscad la justicia, socorred al oprimido, proteged el derecho del huérfano, defended a la viuda».

 Que nadie nos confunda, esto es lo que quiere el Señor. 



domingo, julio 12, 2026

RECONSTRUIR UN PAIS

Reconstruir el país desde la esperanza cristiana

Vivimos tiempos marcados por la incertidumbre. Muchos contemplan la realidad de nuestro país con preocupación: la violencia, la pobreza, la división, la pérdida de confianza en las instituciones y el desencanto de tantas personas hacen surgir una pregunta que escuchamos con frecuencia: ¿cómo reconstruir nuestro país?

La respuesta no puede reducirse únicamente a soluciones políticas o económicas. Sin restar importancia a esos aspectos, la Sagrada Escritura nos enseña que toda reconstrucción verdadera comienza por el corazón del ser humano. Allí es donde Dios inicia siempre su obra.

I. Un patrón constante en la historia de la salvación

Al leer los libros de los profetas y los salmos, descubrimos un hecho sorprendente. La historia de Israel parece repetirse constantemente. El pueblo atraviesa tiempos muy difíciles: guerras, hambre, injusticias, destierro, persecuciones y sufrimientos. Sin embargo, junto a esos anuncios de desgracia aparece siempre una promesa de esperanza. Dios nunca deja la última palabra al mal. Siempre anuncia un futuro de reconciliación, de paz y de alegría.

Los profetas explican esta dinámica con gran claridad. El sufrimiento del pueblo no es simplemente fruto del destino o de la mala suerte. Con frecuencia es consecuencia de haber olvidado a Dios, de la idolatría, de la injusticia y del abandono de la alianza.

Pero inmediatamente aparece también la misericordia divina. Dios nunca abandona definitivamente a su pueblo. Lo invita a reconocer su pecado, a convertirse y a volver a Él. Entonces promete restaurarlo y devolverle la vida. Este esquema aparece una y otra vez a lo largo de toda la Biblia.

Y precisamente porque se repite tantas veces, comprendemos que no es solamente una explicación histórica. Es una enseñanza permanente para todos los pueblos y para todas las generaciones.

II. También nuestra historia necesita ser iluminada por la Palabra.


s experimentado violencia, corrupción, pobreza, migraciones, pérdida de oportunidades y profundas heridas sociales. Muchas familias viven con incertidumbre y numerosos jóvenes contemplan el futuro con pesimismo.

Ante estas situaciones solemos reaccionar de dos maneras. La primera consiste en buscar siempre culpables. Pensamos que todos nuestros males son responsabilidad exclusiva de otros: los gobernantes, los partidos políticos, los empresarios, los extranjeros, los poderosos o cualquier grupo distinto del nuestro.

La segunda reacción consiste en resignarnos. Pensamos que nada tiene solución y que todo es fruto de la mala suerte o de circunstancias inevitables. Ninguna de estas dos actitudes coincide con la mirada de la Palabra de Dios.

La Biblia nunca niega las injusticias que otros puedan cometer. Tampoco ignora las estructuras de pecado que dañan a los pueblos. Pero siempre invita a cada persona a preguntarse primero por su propia responsabilidad.

Por eso Jesús afirma: "Saca primero la viga de tu propio ojo." La conversión comienza cuando dejamos de mirar únicamente los errores ajenos y nos preguntamos sinceramente:

¿Qué parte de responsabilidad tengo yo?

III. La primera reconstrucción comienza en el corazón.

Este paso requiere mucha humildad. Es más fácil justificarse que reconocer los propios errores. Es más cómodo culpar siempre a otros que aceptar que también nuestras decisiones, nuestras omisiones, nuestros egoísmos o nuestra indiferencia han contribuido al deterioro de la sociedad.

La Escritura nos recuerda continuamente que Dios no puede transformar un corazón que se considera perfecto. Solo quien reconoce su necesidad puede abrirse a la gracia. Por eso el primer paso para reconstruir una nación es reconstruir la conciencia.

Necesitamos personas capaces de decir: 
"He fallado."
"Debo reconciliarme con Dios y con los demás."
"Necesito cambiar."

Mientras cada uno espere únicamente que cambien los otros, nada cambiará realmente.

IV. La responsabilidad no destruye la esperanza.

         

Reconocer nuestras faltas no significa vivir paralizados por la culpa.
Todo lo contrario.
La Biblia une siempre el reconocimiento del pecado con el anuncio del perdón.
El Dios de los profetas no humilla para destruir.
Corrige para sanar.
Llama a la conversión porque desea devolver la vida.
Aquí encontramos uno de los grandes mensajes del Evangelio.
En Jesucristo Dios ha mostrado definitivamente que su misericordia es más fuerte que nuestro pecado.
Cristo no vino para condenar al mundo, sino para salvarlo.
Su cruz manifiesta que ninguna historia está perdida cuando se abre a la gracia.
Por eso el cristiano nunca puede ser pesimista.
Puede sufrir.
Puede llorar.
Puede experimentar derrotas.
Pero nunca pierde la esperanza.

V. Redescubrir que somos un pueblo

Otro aspecto muy importante de la Escritura consiste en que Dios nunca salva únicamente a individuos aislados. Siempre forma un pueblo.

Vivimos en una cultura profundamente individualista. Pensamos casi exclusivamente en nuestros problemas, nuestros intereses y nuestra familia. Sin embargo, la Biblia nos recuerda que nadie se salva solo. Todos influimos en la vida de los demás. El bien que hago fortalece a toda la sociedad. El mal que realizo también afecta a muchos. Por eso reconstruir un país exige reconstruir también el tejido social.

Necesitamos recuperar la confianza. Volver a creer que existen personas honestas. Buscar colaboradores. Crear espacios de diálogo. Fortalecer las familias. Apoyar a las comunidades. Educar en la solidaridad.

Servir sin esperar recompensas. Cuando muchas personas comienzan a vivir de esta manera, la transformación social deja de ser un sueño para convertirse en una posibilidad real.

VI. El estilo de Jesús

Si preguntáramos: ¿Cuál es el modelo de ciudadano que propone el Evangelio?

La respuesta sería sencilla. Jesús. Él nunca buscó el poder para dominar. Nunca respondió al odio con odio. Nunca utilizó la mentira para alcanzar objetivos nobles. Nunca dejó de servir. Toda su vida fue entrega. Lavó los pies de sus discípulos. Perdonó a quienes lo crucificaban. Acogió a los pobres. Escuchó a los excluidos.Defendió la verdad.Vivió para los demás.Este es el estilo que puede renovar una nación.

No basta exigir gobernantes honestos. También debemos formar ciudadanos honestos. No basta pedir justicia. Debemos vivir justamente. No basta denunciar la corrupción.  Debemos rechazar cualquier forma de corrupción en nuestra propia vida cotidiana.

VII. ¿Qué puedo hacer yo?

Al llegar aquí surge una pregunta inevitable. ¿Qué puedo hacer concretamente?

La respuesta comienza por lo pequeño. Puedo reconciliarme con Dios. Puedo recuperar la vida de oración. Puedo educar mejor a mis hijos. Puedo trabajar con honestidad. Puedo cumplir mi palabra.Puedo respetar las leyes justas. Puedo dejar de difundir odio. Puedo escuchar antes de juzgar.

Puedo ayudar a quien lo necesita. Puedo participar en mi comunidad.Puedo colaborar en iniciativas de servicio.Puedo construir puentes en lugar de levantar muros.

Quizá estas acciones parezcan pequeñas. Pero la historia demuestra que las grandes transformaciones nacen siempre de personas que decidieron vivir de manera diferente.

CONCLUSIÓN

La reconstrucción de un país no comienza en los parlamentos ni en los grandes discursos.

Comienza cuando una persona permite que Dios transforme su corazón. Comienza cuando recuperamos la responsabilidad, la esperanza y la confianza.

Comienza cuando dejamos de preguntarnos únicamente qué hacen los demás y empezamos a preguntarnos qué espera Dios de nosotros.

Los profetas anuncian siempre que después de la noche llega la aurora. Cristo ha confirmado definitivamente esa promesa con su muerte y su resurrección.

Por eso los cristianos somos hombres y mujeres de esperanza. Sabemos que el mal no tiene la última palabra. Sabemos que Dios continúa actuando en la historia. Y sabemos también que Él quiere hacerlo contando con nuestra libertad.

Que el Espíritu Santo nos conceda la humildad para reconocer nuestros errores, la valentía para asumir nuestras responsabilidades y la perseverancia para trabajar, unidos, por una sociedad más justa, más fraterna y más humana.

Solo así podremos contribuir, desde la fe y el compromiso, a la verdadera reconstrucción de nuestro país.

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