El compromiso político del cristiano no está en la izquierda ni
en la derecha.
Ser de izquierdas es luchar contra la desigualdad, armonizar el bien particular con el bien común, combatir la marginación, constituir en causa propia la dignidad y derechos humanos, buscar la propia realización desde una ética conjuntiva. Estos principios son de todos conocidos, pero en la práctica los obvia.
La prioridad de sacar provecho de la posición política,
favorecer a los que comparten la ideología aun a costa de su incompetencia e incapacidad;
todo está permitido para mantenerse en el poder, porque no hay nada más. Bienvenida la corrupción, el engaño y toda clase de miserias para mantenerse en el poder.
“Creo que el capitalismo es una especie e intento de hacer el egoísmo socialmente institucionalizado, dando prioridad a la acumulación del beneficio particular; el orden es una pantalla magnífica para ocultar la práctica fanáticamente. El progreso solo existe si la riqueza está en manos de la minoría de siempre”. Todo está permitido para mantener este orden: explotación, injusticia, robo y muerte. …
Cierto clima actual admite que se puede ser cristiano, pero sin traspasar la intimidad, es decir, como una vivencia subjetiva de ilusión, neurosis, alienación o proyección irreal.
La talla humana, desde un cierto horizonte de la cultura moderna, se la considera desmerecida si se la cobija bajo la sombra de la religión. La religión sacaría del mundo real, desnaturaliza e incapacita para la transformación social. Progreso y libertad, derechos humanos y tolerancia, ciencia y modernidad, revolución y democracia, son incompatibles con la fe. Esta nos exilia de la historia, de la sociedad, de la razón y de la realización humana. Esta es la necesidad de toda ideología que no quiere que nadie le recuerde sus límites y fallos.
Es un hecho que el cristianismo histórico se ha prostituido, registrando en su haber abusos de poder, machismos, antimodernidad, negación de derechos humanos.
Pero, también es un hecho que el cristianismo ha sido en la historia fuente de inspiración y espoleta de revoluciones, de defensa de la dignidad humana, de entrega amorosa hasta el límite por los últimos de la sociedad, de resistencia hasta el martirio contra abusos del poder y de particularismos idolatrados.
Se trata, por tanto, de discernir de qué cristianismo o socialismo hablamos. Y veremos que no siempre hay concordancia automática entre teoría y praxis y que es posible aquello de que ¡Una mala realización no invalida un buen proyecto!
El socialismo, en su proyecto, es más ético y consonante con el cristianismo que el capitalismo. La diferencia es básica: el socialismo apuesta por la igualdad, va de menos justicia y libertad a más justicia y libertad, de lo establecido a lo utópico, de la discriminación a la identidad humana universal. Para ello, un socialista muy carismático y protagónico dijo: "Ser socialista es, normalmente, tener muy poco y estar dispuesto a dar mucho" (José Luis Rodríguez Zapatero).
El capitalismo lleva en su entraña la filosofía que desiguala y discrimina y los objetivos del lucro y del máximo beneficio posible, a costa, claro, de la explotación del otro. La prosperidad de los ricos hace que el beneficio se desborde y llegue a los pobres. Tremenda mentira que justifica la miseria y muerte de las mayorías descartadas del pastel capitalista.
Jesucristo, el Señor de los cristianos, fue un profeta, un revolucionario, que habló de un Dios nuevo, de una humanidad sin fronteras, de unas relaciones fraternas, libres de orgullo, tiranía e hipocresía, de una religiosidad inseparable de la justicia y del amor, de una utopía (reino de Dios) donde los primeros son los últimos y los últimos los primeros.
Esa es la vertiente pública del mensaje del Nazareno, prendida como chispa en la hoguera de la historia, que puede calcinar alianzas, mercados, globalizaciones, totalitarismos. Si la pasión de Jesús se convierte en pasión de los cristianos, y esa pasión pasa por la justicia, perseguida desde los últimos, queda encendido el motor para una renovación de la izquierda y una refundación del socialismo. Hoy la economía está sin alma, la política con apenas ciudadanía. ¿De dónde recabar fuentes para levantar un nuevo sujeto humano?
La hegemonía de la cultura burguesa hace imposible una nueva sociedad, más democrática, igualitaria y fraterna. O creamos un nuevo sujeto posburgués, o continuaremos con unas democracias formales, sin alma.
"La posmodernidad niega la
radicalidad espiritual, el compromiso, la espiritualidad, la utopía; sustituye
la ética por la estética, lo utópico por lo agradable; ignora a los pobres y
deja de lado a la justicia; renuncia a los grandes 'relatos'; es narcisista:
dicen incluso que hemos pasado de Prometeo a Narciso” (Casaldáliga).
Es necesaria la política y la economía, los programas y las leyes, los presupuestos y las estrategias, pero si no hay mística, si no hay valores, si no hay pasión en torno a un proyecto de justicia, solidaridad y paz, la vida pública será el meandro oscuro donde actuará el sujeto burgués, neurotizado por su complejo de individualismo posesivo.