Evangelización, iniciación, catequesis, pastoral

sábado, septiembre 12, 2026

No olvidar el perdon para perdonar


Saludos, amigos y hermanos.

Este domingo seguimos, en cierto modo, examinando las relaciones comunitarias. Hoy reflexionamos sobre el perdón. En nuestras relaciones es tan importante saber corregir como saber perdonar.

Nos dice también la primera lectura: «Recuerda los mandamientos y no te enojes con tu prójimo». Con otras palabras, hemos escuchado: «El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra» (Jn 8,7).

Si alimentamos la ira contra el hermano, no podemos ser gratos a Dios. La compasión nos hace más humanos y más amigos de Dios. Si fuésemos más coherentes, antes de pedir nada al Señor, dejaríamos la ofrenda ante el altar e iríamos a reconciliarnos con nuestros hermanos.

El hombre resentido solo recuerda la ofensa recibida; el creyente, por el contrario, debe aprender a recordar una historia mayor: la de la fidelidad de Dios, que empequeñece cualquier otra cuenta pendiente.

La parábola de los dos siervos endeudados con su Señor nos ofrece una enseñanza definitiva: sin un proceso de humanización, frente a la ira y al resentimiento, no podemos seguir el camino de la salvación ni experimentar plenamente el perdón y la compasión de Dios. Sin ejercer la compasión con el otro, nos hacemos incapaces de acoger la misericordia de Dios.

San Pablo, en medio de una comunidad dividida, recuerda algo sencillo y, a la vez, revolucionario: «Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor. Para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos».

Vivimos en una cultura que nos empuja constantemente a colocarnos en el centro: mis derechos, mis heridas, mis cuentas. Pero el creyente descubre que el centro de su vida ya no es él mismo, sino Aquel a quien pertenece.

El perdón empieza, quizá, justo ahí: cuando dejamos de preguntarnos solamente qué nos hicieron y empezamos a preguntarnos qué está viviendo el otro.

En el Evangelio se nos dice claramente, ante la pregunta de Pedro, que no son los límites lo importante, sino la capacidad de compadecerse. Dios nunca comienza mirando nuestras cuentas; comienza mirando nuestro rostro. Antes que acreedores o deudores, somos hijos necesitados de misericordia.

El drama es que el deudor no solo no perdona, sino que ha olvidado. Ha olvidado que, un instante antes, estaba en el suelo pronunciando las mismas palabras que ahora escucha sin conmoverse; que estuvo de rodillas y que unas manos lo levantaron sin pedir nada a cambio.



Quizá el primer paso no sea intentar perdonar de inmediato, sino, sencillamente, volver a hacer memoria: recordar cuántas veces Dios ha tenido paciencia con nosotros; cuántas veces nos ha esperado mientras vivíamos encerrados en nuestras propias cuentas; cuántas veces Dios ha vuelto a empezar conmigo cuando yo ya había dejado de creer en mí mismo.

Porque quien recuerda la misericordia recibida puede aprender también a ofrecer misericordia. Y quizá ahí comienza el verdadero camino del perdón: no cuando dejamos de sentir la herida, sino cuando permitimos que el amor de Dios sea más grande que nuestro resentimiento.

 Señor, concédenos comprender que el perdón no nace primero de nuestro esfuerzo, sino de la contemplación de tu misericordia que nos precede. Solo quien permanece en la memoria de ese amor aprende, poco a poco, a mirar al hermano con los mismos ojos con los que Dios lo mira.


Domingo XXIV del TO, Ciclo A

LECTURAS 

Lectura del libro del Eclesiástico 27, 30 – 28, 7

Rencor e ira también son detestables,
el pecador los posee.
El vengativo sufrirá la venganza del Señor,
que llevará cuenta exacta de sus pecados.
Perdona la ofensa a tu prójimo
y, cuando reces, tus pecados te serán perdonados.
Si un ser humano alimenta la ira contra otro,
¿cómo puede esperar la curación del Señor?
Si no se compadece de su semejante,
¿cómo pide perdón por sus propios pecados?
Si él, simple mortal, guarda rencor,
¿quién perdonará sus pecados?
Piensa en tu final y deja de odiar,
acuérdate de la corrupción y de la muerte
y sé fiel a los mandamientos.
Acuérdate de los mandamientos
y no guardes rencor a tu prójimo;
acuérdate de la alianza del Altísimo
y pasa por alto la ofensa.

Salmo 102, 1-2. 3-4. 9-10. 11-12

R/. El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia.

Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios. R/.

Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa,
y te colma de gracia y de ternura. R/.

No está siempre acusando
ni guarda rencor perpetuo;
no nos trata como merecen nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpa. R/.

Como se levanta el cielo sobre la tierra,
se levanta su bondad sobre los que lo temen;
como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos. R/.

 

 

 

 

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 14, 7-9

Hermanos:
Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo.

Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; así que, ya vivamos ya muramos, somos del Señor.

Pues para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de muertos y vivos.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 18, 21-35

En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó:
«Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?».

Jesús le contesta:
«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por esto, se parece el reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus criados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo:
“Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”.

Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda.

Pero al salir, el criado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba diciendo:
“Págame lo que me debes”.

El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo:
“Ten paciencia conmigo y te lo pagaré”.

Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.

Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido.

Entonces el señor lo llamó y le dijo:
“¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste ¿no debías tener tú también compasión de un compañero, como yo tuve compasión de ti?”.

Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.

Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».

miércoles, septiembre 09, 2026

Vencer el mal con el bien


 La humanidad se enfrenta hoy a realidades profundas y desafiantes que amenazan nuestras certezas y nos llevan a cuestionar el sentido mismo de la vida. La insolidaridad, la injusticia, el abuso y la violencia en todas sus formas son algunas de estas realidades que, junto con la discriminación, la desigualdad y un consumismo destructivo y contaminante, nos hacen preguntarnos si la humanidad mantiene una actitud razonable ante la existencia o si, por el contrario, se ha convertido en la causa de su propia autodestrucción y de la destrucción de toda forma de vida.


Estas condiciones se agravan en tiempos de crisis y se ven potenciadas por el uso inapropiado de los medios digitales y de las nuevas tecnologías, a las que con frecuencia no se les imponen límites ni se aprovechan plenamente sus posibilidades para promover el bien común y, en definitiva, el cuidado de toda vida.


Existen dos circunstancias características de nuestro tiempo que merecen especial atención. Por un lado, las nuevas tecnologías de la información se utilizan de manera extraordinaria para captar nuestra atención y alejarnos del esfuerzo personal de reflexión y búsqueda de sentido; además, limitan nuestra capacidad de confrontar la realidad y dificultan la iniciativa, la creatividad y el compromiso con el bien común. Por otro lado, la tecnología que permite intervenir en el código genético humano, cuando se desarrolla sin una adecuada valoración ética, puede afectar de manera irreversible y fatal nuestra condición de personas humanas.

Hay realidades que alientan la esperanza y construyen vida; reconózcanoslas.

En estos momentos por los que atraviesa gran parte de la humanidad, junto con sus peligros, se hace evidente una gran verdad: toda persona y todo el ecosistema global están llamados a dar vida y a vencer el mal.

Contamos con dones tan extraordinarios como la amabilidad, la integridad, el inconformismo y la compasión. En las situaciones límite crecemos y respondemos con valentía y determinación en la búsqueda de soluciones en favor de la vida.

El ser humano tiene la capacidad de dudar de todo, incluso de sí mismo; pero, por muy condicionado que esté, sabe que es señor y no esclavo. Por eso se indigna ante la corrupción y la avaricia, y no descansa hasta vencer el mal.

El amor, la justicia y la paz no son palabras vacías; son caminos de vida que el ser humano recorre con coraje y valentía. La tolerancia, la verdad, el respeto y la inclusión son valores fundamentales de la naturaleza humana que le permiten entregarse a la gran tarea de cuidar, aliviar y sanar. Sin embargo, necesita un punto de apoyo que le permita salir más allá de los muros y las barreras que buscan someterlo.


¿Dónde buscar, pedir y llamar? Esta es una pregunta que cada persona debe responder para reconstruir la vida social, educarse para desaprender, disponerse a elegir en libertad y actuar con esperanza, fe y amor.



martes, septiembre 08, 2026


Nuestra Señora del Valle
8/09/26: Natividad de Nuestra Señora.

La fiesta de la Natividad de la Virgen es una de las más antiguas dentro de las celebraciones marianas. Su origen se remonta a Jerusalén, vinculada a la dedicación de la basílica «Sanctae Mariae ubi nata est», construida sobre el lugar donde, según la tradición, nació María, hija de Joaquín y Ana, padres de María.

 En Occidente, la celebración se introdujo hacia el siglo VII y fue promovida por el Papa Sergio I en  Roma. 
La fecha del 8 de septiembre se eligió porque ocurre nueve meses después de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción (8 de diciembre), marcando así un ciclo litúrgico que honra la concepción y nacimiento de María. La Iglesia católica reconoce únicamente tres natividades en su calendario: la de Jesús (25 de diciembre), la de Juan Bautista (24 de junio) y la de María (8 de septiembre). 






  







lunes, septiembre 07, 2026

Nuestros ojos están fijos en el Señor


R/. Nuestros ojos están en el Señor, esperando su misericordia.

A ti levanto mis ojos, a ti que habitas en el cielo.
Como están los ojos de los esclavos fijos en las manos de sus señores. 

Como están los ojos de la esclava fijos en las manos de su señora, así están nuestros ojos en el Señor, Dios nuestro, esperando su misericordia. 

Misericordia, Señor, misericordia, que estamos saciados de desprecios; nuestra alma está saciada del sarcasmo de los satisfechos, del desprecio de los orgullosos. 


Delante de Tí, 
que sostienes nuestra existencia, nuestras vidas descansan y en Ti esperan.
Estamos cansados, rodeados de desprecios y burlas de los poderosos, del desprecio de los orgullosos.
En tu misericordia nos alegramos y nos fortalecemos.

Música      







sábado, septiembre 05, 2026

Encontrarnos


Hermanos y amigos:

La experiencia de lo compartido, de aquello que no se reduce únicamente a lo propio, se encuentra profundamente cuestionada en nuestro tiempo. Los ejemplos abundan. Hace tiempo que la política parece tener más que ver con los intereses económicos que con la búsqueda del bien común. Las redes sociales, aunque nos ofrecen nuevas posibilidades de encuentro, también pueden acostumbrarnos a una relación superficial con nosotros mismos y con los demás.

La pérdida del sentido de la gratuidad, el aislamiento y la superficialidad nos conducen por caminos en los que el otro termina transformándose en un objeto de consumo afectivo.

La Palabra de Dios nos invita hoy a reconocernos como comunidad, a dejar de lado la indiferencia y a optar por el cuidado del otro. La lectura del profeta Ezequiel nos presenta también la responsabilidad de no desentendernos del hermano y la necesidad de ayudarle a corregir su camino. El salmo 94 nos recuerda que debemos escuchar la voz de Dios y no endurecer nuestro corazón. Y san Pablo nos deja una extraordinaria enseñanza que debemos tener siempre presente en nuestras relaciones: «A nadie le debáis nada, más que el amor mutuo».

El modelo evangélico propuesto por Jesús nos muestra un camino para salvar, cuidar y reconstruir la comunión antes de recurrir al juicio. La llamada «corrección fraterna» tiene que ver, sobre todo, con el valor del diálogo, la discreción, la escucha y el deseo sincero de reconciliación.


La reconciliación en la comunidad consiste precisamente en generar espacios de cercanía, intimidad y acogida para quien ha perdido el camino. Los vínculos tienen la capacidad de sanar.

La misma autoridad que Jesús otorga a Pedro para «atar y desatar» en el cielo y en la tierra aparece aquí confiada a toda la comunidad.

El conflicto, en sí mismo, no constituye un problema para Jesús. El verdadero problema aparece cuando renunciamos al otro y le negamos un lugar en nuestra vida.

Vivir juntos el proyecto de Jesús y hacer de la comunidad un reflejo del Reino implica atrevernos a ser presencia para el otro, dejar atrás nuestras seguridades y comenzar a construir aquello que es verdaderamente común, allí donde Dios mismo se hace presente.

Nuestra fe no puede entenderse únicamente como una relación personal con Dios. El modo en que nos relacionamos con los demás también forma parte de la experiencia creyente. La comunión eclesial no puede reducirse a un simple asentimiento de ideas; está llamada a vivirse en lo concreto de las relaciones dentro de nuestra comunidad.

Padre, concédenos reconocernos todos como hijos tuyos, para vivir en el encuentro, en la acogida y en el cuidado mutuo. Ayúdanos a hacer realidad en nuestra vida aquello que nos recuerda san Pablo: «A nadie le debáis nada, más que el amor mutuo». Amén.


Lecturas 

Lectura de la profecía de Ezequiel 33, 7-9

Esto dice el Señor:
«A ti, hijo de hombre, te he puesto de centinela en la casa de Israel; cuando escuches una palabra de mi boca, les advertirás de mi parte.
Si yo digo al malvado: “Malvado, eres reo de muerte”, pero tú no hablas para advertir al malvado que cambie de conducta, él es un malvado y morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre.
Pero si tú adviertes al malvado que cambie de conducta, y no lo hace, él morirá por su culpa, pero tú habrás salvado la vida».

Salmo 94, 1-2. 6-7. 8-9

R/. Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón».

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos. R/.

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía. R/.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras». R/.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 13, 8-10

A nadie le debáis nada, más que el amor mutuo; porque el que ama ha cumplido el resto de la ley. De hecho, el «no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no codiciarás», y cualquiera de los otros mandamientos, se resume en esto:
«Amarás a tu prójimo como a ti mismo».

El amor no hace mal a su prójimo; por eso la plenitud de la ley es el amor.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 18, 15-20

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano.

Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano.

En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos.

Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».



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