Saludos, amigos y hermanos.
Este domingo seguimos, en cierto modo, examinando las
relaciones comunitarias. Hoy reflexionamos sobre el perdón. En nuestras
relaciones es tan importante saber corregir como saber perdonar.
Nos dice también la primera lectura: «Recuerda los
mandamientos y no te enojes con tu prójimo». Con otras palabras, hemos escuchado: «El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra» (Jn 8,7).
Si alimentamos la ira contra el hermano, no podemos ser
gratos a Dios. La compasión nos hace más humanos y más amigos de Dios. Si
fuésemos más coherentes, antes de pedir nada al Señor, dejaríamos la ofrenda
ante el altar e iríamos a reconciliarnos con nuestros hermanos.
El hombre resentido solo recuerda la ofensa recibida; el
creyente, por el contrario, debe aprender a recordar una historia mayor: la de
la fidelidad de Dios, que empequeñece cualquier otra cuenta pendiente.
La parábola de los dos siervos endeudados con su Señor nos
ofrece una enseñanza definitiva: sin un proceso de humanización, frente a la
ira y al resentimiento, no podemos seguir el camino de la salvación ni
experimentar plenamente el perdón y la compasión de Dios. Sin ejercer la
compasión con el otro, nos hacemos incapaces de acoger la misericordia de Dios.
San Pablo, en medio de una comunidad dividida, recuerda algo
sencillo y, a la vez, revolucionario: «Si vivimos, vivimos para el Señor; si
morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor. Para
esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos».
Vivimos en una cultura que nos empuja constantemente a
colocarnos en el centro: mis derechos, mis heridas, mis cuentas. Pero el
creyente descubre que el centro de su vida ya no es él mismo, sino Aquel a
quien pertenece.
El perdón empieza, quizá, justo ahí: cuando dejamos de
preguntarnos solamente qué nos hicieron y empezamos a preguntarnos qué está
viviendo el otro.
En el Evangelio se nos dice claramente, ante la pregunta de
Pedro, que no son los límites lo importante, sino la capacidad de compadecerse.
Dios nunca comienza mirando nuestras cuentas; comienza mirando nuestro rostro.
Antes que acreedores o deudores, somos hijos necesitados de misericordia.
El drama es que el deudor no solo no perdona, sino que ha
olvidado. Ha olvidado que, un instante antes, estaba en el suelo pronunciando
las mismas palabras que ahora escucha sin conmoverse; que estuvo de rodillas y
que unas manos lo levantaron sin pedir nada a cambio.
Quizá el primer paso no sea intentar perdonar de inmediato,
sino, sencillamente, volver a hacer memoria: recordar cuántas veces Dios ha
tenido paciencia con nosotros; cuántas veces nos ha esperado mientras vivíamos
encerrados en nuestras propias cuentas; cuántas veces Dios ha vuelto a empezar
conmigo cuando yo ya había dejado de creer en mí mismo.
Domingo XXIV del TO, Ciclo A
LECTURAS
Lectura del libro del Eclesiástico 27, 30 – 28, 7
Rencor
e ira también son detestables,
el pecador los posee.
El vengativo sufrirá la venganza del Señor,
que llevará cuenta exacta de sus pecados.
Perdona la ofensa a tu prójimo
y, cuando reces, tus pecados te serán perdonados.
Si un ser humano alimenta la ira contra otro,
¿cómo puede esperar la curación del Señor?
Si no se compadece de su semejante,
¿cómo pide perdón por sus propios pecados?
Si él, simple mortal, guarda rencor,
¿quién perdonará sus pecados?
Piensa en tu final y deja
de odiar,
acuérdate de la corrupción y de la muerte
y sé fiel a los mandamientos.
Acuérdate de los mandamientos
y no guardes rencor a tu prójimo;
acuérdate de la alianza del Altísimo
y pasa por alto la ofensa.
Salmo 102, 1-2. 3-4. 9-10. 11-12
R/. El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y
rico en clemencia.
Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios. R/.
Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa,
y te colma de gracia y de ternura. R/.
No está siempre acusando
ni guarda rencor perpetuo;
no nos trata como merecen nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpa. R/.
Como se levanta el cielo sobre la tierra,
se levanta su bondad sobre los que lo temen;
como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos. R/.
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 14,
7-9
Hermanos:
Ninguno de nosotros vive
para sí mismo y ninguno muere para sí mismo.
Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para
el Señor; así que, ya vivamos ya muramos, somos del Señor.
Pues para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de
muertos y vivos.
Lectura del santo evangelio según san Mateo 18, 21-35
En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó:
«Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta
siete veces?».
Jesús le contesta:
«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por esto, se parece el reino de los
cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus criados. Al empezar a
ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con
qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y
todas sus posesiones, y que pagara así. El criado, arrojándose a sus pies, le
suplicaba diciendo:
“Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”.
Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar,
perdonándole la deuda.
Pero al salir, el criado aquel encontró a uno de sus
compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba diciendo:
“Págame lo que me debes”.
El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo:
“Ten paciencia conmigo y te lo pagaré”.
Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que
pagara lo que debía.
Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y
fueron a contarle a su señor todo lo sucedido.
Entonces el señor lo llamó y le dijo:
“¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste ¿no
debías tener tú también compasión de un compañero, como yo tuve compasión de
ti?”.
Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que
pagara toda la deuda.
Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón
a su hermano».


