Cuando la Palabra madura en el corazón, nace una fe firme, capaz de sostener una vida espiritual auténtica y un compromiso concreto con el Evangelio.
Acudió a Jesús tanta gente que
tuvo que subir a una barca para enseñarles. Aquel pueblo sencillo buscaba una
palabra que le devolviera la esperanza, porque no lograba descubrir el rostro
misericordioso de Dios en la enseñanza de los escribas y fariseos. En cambio,
Jesús siempre encontraba tiempo para los enfermos, los pobres, los pecadores y
todos aquellos a quienes el sistema religioso mantenía al margen del corazón de
Dios.
San Pablo nos revela cuál es la
misión de Jesús, el Enviado del Padre: «La creación, expectante, está
aguardando la manifestación de los hijos de Dios... con la esperanza de ser
liberada de la esclavitud de la corrupción para entrar en la gloriosa libertad
de los hijos de Dios». Cristo viene a restaurar la creación y a devolver al ser
humano la dignidad de hijo de Dios.
Sin embargo, aunque muchos buscan
a Jesús, no todos lo hacen con las mismas motivaciones. Algunos esperan
encontrar un camino más fácil frente a las exigencias de la ley, olvidando que
Jesús no vino a abolirla, sino a llevarla a su plenitud en el mandamiento del
amor y de la misericordia. Otros lo consideran simplemente un profeta o un
sabio, admirados por la autoridad con la que habla. Pero hay quienes descubren
en Él un verdadero espacio de gracia, de perdón y de sanación, donde comienza
una vida nueva.
Jesús enseña mediante parábolas
porque respeta profundamente la libertad y el proceso interior de cada persona.
No impone la verdad; la propone con humildad, confiando en que toda persona de
buena voluntad puede acoger la Palabra, comprenderla y dejar que transforme su
vida.
El Señor apuesta por el
crecimiento interior. La semilla necesita tiempo para echar raíces y dar fruto.
Cuando la Palabra madura en el corazón, nace una fe firme, capaz de sostener
una vida espiritual auténtica y un compromiso concreto con el Evangelio.
Por eso explica las parábolas a
sus discípulos. Ellos también deben dejar que la Palabra arraigue profundamente
en su corazón antes de anunciar el Reino a los demás. Solo quien ha sido
transformado por la Palabra puede sembrarla con esperanza.
No pidamos a Dios signos
espectaculares o manifestaciones extraordinarias. Lo que necesitamos es un
corazón disponible para acoger su Palabra, sea cual sea nuestra situación: el
borde del camino, el terreno pedregoso, los abrojos o la tierra buena.
La semilla siempre es la misma:
la Palabra de Dios. Lo que cambia es la disposición del corazón. Como explica
Jesús, unos la escuchan y el Maligno la arrebata porque no la comprenden; otros
la reciben con alegría, pero, al no tener raíces, sucumben ante las
dificultades; otros permiten que los afanes de la vida y la seducción de las
riquezas la ahoguen. Pero también están quienes escuchan la Palabra, la comprenden, la conservan y la ponen en práctica. Esos son los que dan fruto:
unos ciento, otros sesenta y otros treinta por uno.
Pidamos al Señor la gracia de ser
tierra buena, capaz de acoger su Palabra con fe, perseverar en ella y dar
abundantes frutos de amor, justicia y misericordia para la gloria de Dios y el
bien de nuestros hermanos.



