Nuestra vida
transcurre en lo cotidiano, y también ase vive nuestra vida cristiana. Como nos
recuerdan los Hechos de los Apóstoles, la comunidad perseveraba en la enseñanza
de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en la oración.
Unidos y constantes, acudían cada día al templo con un mismo espíritu; partían
el pan en las casas y compartían el alimento con alegría y sencillez de
corazón. Alababan a Dios y gozaban de la estima de todo el pueblo, y el Señor
iba agregando cada día a los que se salvaban.
Esta es la
imagen que el libro de los Hechos nos presenta de la vida diaria de la primera
comunidad. Sin embargo, sabemos que también fue una vida compleja, con
dificultades, logros y errores. Aun así, se esforzaban continuamente por dar
gracias a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo.
En esto
consiste nuestro don y también nuestra tarea: amar a Cristo sin haberlo visto y
creer en Él sin contemplarlo aún. Así nos llenamos de un gozo inefable y
radiante, alcanzando la meta de nuestra fe: la salvación.
El Evangelio
de hoy nos presenta un momento único en la vida de los discípulos. Estaban
encerrados, con miedo y desconcertados. Y es precisamente en ese contexto donde
Jesús se hace presente: sin reproches ni exigencias, ofreciéndoles sus dones de
paz y perdón. Y los confirma en su misión:
«Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Recibid el Espíritu
Santo; a quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados…».
El
Resucitado, a través de Tomás, nos enseña a integrar sus llagas con nuestra
propia vida. Tocar sus heridas es tocar la vida misma, en comunidad. Tomás
creyó porque experimentó algo más profundo que una prueba: el encuentro
personal con Jesús. No fueron solo las llagas lo que venció su incredulidad,
sino la cercanía, la comprensión y la misericordia del Señor. Jesús se muestra,
así como reconciliado y reconciliador.
También el
Evangelio de Juan nos habla de las dificultades para creer. No solo Tomás,
todos los apóstoles pasaron por momentos de duda. «Bienaventurados los que
creen sin haber visto», es decir, aquellos que acogen el testimonio de la vida
y la predicación de la Iglesia. Es decir, todos nosotros, que celebramos con
gozo este tiempo pascual.
Señor, en
este día en que celebramos de modo especial tu misericordia, enséñanos a
descubrir el poder sanador de nuestras propias heridas. Que nuestro
sufrimiento, unido a Ti, se convierta en bendición y en camino de redención.
Que, al experimentar tu sanación, tu ternura y tu acogida, sepamos compartirlo
con quienes se acercan a nosotros. «Señor
mío y Dios mío». 🙏