Hermanos y hermanas,
la Palabra que hoy se nos proclama en esta liturgia dominical es Palabra de
vida.
Es Palabra que anima, que reconforta el corazón y sana las heridas más
profundas.
No siempre tenemos la gracia de escuchar palabras tan llenas de esperanza;
hoy el Señor sale a nuestro encuentro y nos habla.
No son palabras cómodas ni rutinarias.
Son palabras que nos despiertan, que nos sacan de nuestras falsas seguridades
y nos invitan a romper el encierro de nuestro propio ego.
El Señor nos llama a vencer la egolatría,
a dejar atrás el narcisismo que nace cuando vivimos centrados solo
en nuestros problemas, intereses y preocupaciones.
No hemos sido creados para vivir aislados,
ni para buscar protagonismos que nos hagan sentir superiores a los demás,
sino para vivir en comunión, en servicio y en amor.
Así nos exhorta el profeta Isaías:
«Parte tu pan con el hambriento,
hospeda a los pobres sin techo,
cubre a quien veas desnudo
y no te desentiendas de los tuyos».
Esta llamada solo puede ser acogida desde la humildad,
como nos recuerda el apóstol Pablo, cuando confiesa:
«Nunca, cuando estuve entre vosotros,
me precié de saber cosa alguna,
sino a Jesucristo, y este crucificado.
Me presenté débil y temblando;
y mi palabra y mi predicación
no se apoyaron en una sabiduría humana persuasiva,
sino en la manifestación y el poder del Espíritu,
para que vuestra fe no se fundara en la sabiduría de los hombres,
sino en el poder de Dios».
Y en el santo Evangelio, el mismo Señor Jesús nos dice:
«Vosotros sois la sal de la tierra…
Vosotros sois la luz del mundo.
Brille así vuestra luz ante los hombres,
para que vean vuestras buenas obras
y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos».
Si vivimos conforme a esta Palabra,
entonces se cumplirá en nosotros la promesa del profeta:
«Surgirá tu luz como la aurora,
enseguida se curarán tus heridas;
delante de ti marchará la justicia
y detrás de ti, la gloria del Señor.
Entonces clamarás al Señor y te responderá;
pedirás ayuda y te dirá: “Aquí estoy”.
Cuando apartes de ti la opresión,
el dedo acusador y la calumnia;
cuando ofrezcas de lo tuyo al hambriento
y sacies al alma afligida,
brillará tu luz en las tinieblas
y tu oscuridad será como el mediodía».
Oremos:
Padre bueno,
concédenos el don de comprender tu Palabra
y la gracia de ponerla en práctica con un corazón sencillo y disponible.
Te damos gracias porque escondes estas cosas
a los sabios y entendidos
y las revelas a la gente sencilla.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.




