Notas sobre la encíclica Magnificat Humanitas
1. Introducción: motivo, actitud y preocupaciones de fondo
Motivo: «Nadie puede exigirnos que releguemos la religión a la intimidad secreta
de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional, sin
preocuparnos por la salud de las instituciones de la sociedad civil, sin opinar
sobre los acontecimientos que afectan a los ciudadanos».
He organizado esta síntesis del documento con el deseo de que, si alguno, ante las próximas elecciones en España, quiere dedicar un tiempo a reflexionar sobre los desafíos presentes, no caigamos en la trampa de dejarnos manipular por las distracciones politiqueras que nos ofrecen los detentores del poder, ya sean hechos (acampadas, huelga, manifestaciones) o problemáticas (Maricarmen, vivienda, miedos, integrismos).
Actitud:
• La comprensión de la verdad como un don que hay
que compartir y no como una posesión que hay que reclamar.
• En muchas cuestiones específicas, la Iglesia no
pretende ofrecer «una palabra definitiva», pero reconoce la importancia de
prestar atención a la investigación científica y de fomentar un diálogo serio y
leal entre los académicos, aceptando la diversidad de opiniones.
Pregunta que guía el texto: ¿Qué mundo estamos construyendo y qué significa
custodiar a la persona humana en el tiempo de la IA?
Resumen de los principios: a) la dignidad de la persona, b) el valor del trabajo, c) el destino universal de los bienes, d) la solidaridad y la subsidiariedad, e) el cuidado de la creación, f) la centralidad de la paz y la fraternidad.
2. Principios fundamentales de la
doctrina social
Dignidad de la persona y derechos
humanos
•
Cuando la
persona se reduce a un medio para obtener resultados, a un recurso para ser
usado y explotado, deja de ser reconocida como fin en sí misma. Jamás debe ser instrumentalizada.
• El valor de la persona no depende de lo que
realiza o produce, y existen derechos que corresponden a todos por el mero
hecho de ser personas.
• La dignidad fundamental de cada persona no se
adquiere, no debe ganarse ni necesita ser demostrada.
• Los derechos humanos son inviolables, porque son
«inherentes a la persona humana y a su dignidad». Entre ellos, el derecho a la
vida, desde la concepción hasta su fin natural.
• La dignidad se promueve con el reconocimiento de
los derechos y deberes fundamentales, y se propone un orden de convivencia,
también internacional, fundado en la verdad, la justicia, el amor y la
libertad.
• La libertad religiosa es un derecho fundamental
arraigado en la dignidad de la persona.
Destino universal de los bienes y
propiedad
• Los bienes de la tierra (el suelo, el agua, el
aire y los recursos naturales) han sido dados por Dios a toda la familia humana
para sostener la vida de todos, hoy y en las futuras generaciones. Toda persona
tiene un derecho originario al uso de dichos bienes.
• El derecho a la propiedad privada tiene su sentido
y su función propia, pero siempre subordinado al destino universal de los
bienes.
• Hoy deben incluirse entre los bienes destinados
universalmente las nuevas formas de propiedad: patentes, algoritmos,
plataformas digitales, infraestructuras tecnológicas y datos.
• Función social de la propiedad. La encíclica
denuncia los totalitarismos que atropellan la dignidad de la persona y sofocan
la vida social.
Subsidiariedad, solidaridad y justicia social
• Principio de subsidiariedad, principio de
solidaridad y principio de la justicia social.
• Las comunidades y los cuerpos intermedios no
pueden ser reducidos a destinatarios de decisiones tomadas en otros lugares,
sino que deben poder contribuir al discernimiento y a la vigilancia.
• Esto implica el deber de restituir dignidad y voz
a quienes han sido ignorados, favorecer procesos de sanación de la memoria
colectiva, combatir leyes y prácticas discriminatorias y sostener concretamente
a quienes cargan aún con las consecuencias de agravios del pasado.
• Tres principios son especialmente significativos
hoy: que el derecho prevalezca sobre el interés, la conciencia de que las
disparidades económicas son terreno fértil para las tensiones y la violencia, y
el valor de un tejido asociativo capaz de mediar entre el individuo y el
Estado.
• Criterios para juzgar y discernir el nuevo
escenario del poder del mundo digital: la dignidad inalienable de la persona,
el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad, la
solidaridad y la justicia social.
3. Desarrollo humano integral
• El desarrollo es el paso de condiciones de vida
menos humanas a condiciones más humanas, y es un proceso que atañe a «todos los
hombres y a todo el hombre». Pablo VI afirma que así concebido es «el nuevo
nombre de la paz».
• Por «desarrollo humano integral» se entiende un proceso
en el cual el crecimiento de las personas y de los pueblos abarca todas las
dimensiones de la existencia y abre el futuro también a las generaciones
venideras.
• No es verdadero progreso lo que aumenta el
bienestar de algunos degradando los ecosistemas, descargando costos sobre las
comunidades más vulnerables o comprometiendo las condiciones de vida de quienes
vendrán después.
• La encíclica reconoce el fracaso de muchos
intentos por reducir el retraso económico de los pueblos pobres y acompañar su
industrialización. Constata la persistencia, y a veces la ampliación, de la
brecha entre el Norte y el Sur del mundo.
• Propone la cultura del encuentro, una «mejor
política» capaz de buscar el bien común, caminos de reconciliación y un mundo
que garantice «tierra, techo y trabajo para todos».
• Un orden internacional basado en el reconocimiento
de la dignidad humana, la justicia y la paz.
Migrantes y refugiados
• Debe prestarse atención especial a los migrantes,
los refugiados y cuantos son obligados a desplazarse a causa de la pobreza, la
violencia, el cambio climático y los desastres naturales.
• También hay que promover el derecho a permanecer
en la propia tierra en paz y seguridad, afrontando las causas profundas que
obligan a migrar, incluidas las injusticias económicas y la crisis climática.
4. Trabajo, familia y orden económico
El trabajo
• Primacía del trabajo humano sobre cualquier lógica
puramente productiva o financiera, con atención a las personas y familias más
expuestas a la explotación. Existe un vínculo indisoluble entre el anuncio
evangélico y la búsqueda de un orden social más justo.
• El trabajo no es solo un problema que gestionar o
un medio para obtener ingresos. Es un bien fundamental para la persona,
principio de la actividad económica y clave de toda la cuestión social.
• Es también un espacio de expresión, de relaciones
y de contribución a la comunidad.
• La automatización, la robótica y la IA están
transformando rápidamente la estructura misma del trabajo, pero los «nuevos
modos» de trabajar no son necesariamente mejores.
• En la era de la IA y de la robótica ya no basta
confiar en la «mano invisible» del mercado. La política debe orientar las
dinámicas económico-tecnológicas hacia el bien común, promoviendo el trabajo
digno, la inclusión social y una distribución equitativa de los beneficios de
la innovación.
• Para los jóvenes, la precariedad laboral es
especialmente grave.
• Adolescentes y niños trabajan en condiciones
peligrosas triturando los materiales de los que se obtienen las tierras raras.
• La familia es un bien social primario.
Poder económico
• Los principales motores del desarrollo son actores
privados, a menudo transnacionales, con recursos y capacidad de acción
superiores a los de muchos gobiernos. Hay que preguntarse con realismo quién
detenta hoy ese poder y hacia qué fines lo orienta.
• Se critica la concentración del poder económico en
pocas manos. Se critica tanto la competencia sin límites como los proyectos
colectivistas que anulan la libertad y la responsabilidad de las personas.
5. Inteligencia artificial y paradigma tecnocrático
Desafíos actuales
• La tendencia a dejar que la lógica de la
eficiencia, del control y del lucro gobierne por sí sola las decisiones
personales, sociales y económicas.
• El peligro de que la humanidad sea víctima de sus
propias conquistas, ya percibido con lucidez por san Pablo VI.
• La tentación de equiparar esta «inteligencia
artificial» a la humana, por la facilidad para lograr el resultado, la
impresión de objetividad y la simulación de la comunicación humana.
• La palabra simulada no construye una relación,
sino una apariencia.
• Confiar a un algoritmo el poder de seleccionar
quién es digno y quién no, sin que nadie asuma el peso de la decisión. El
descarte de los débiles queda revestido de una neutralidad y una objetividad
ante las cuales es imposible protestar.
• El control social que hacen posible la
recopilación masiva de datos y el uso de sistemas algorítmicos: un riesgo menos
visible, pero no menos grave.
• El riesgo no es solo el mal uso de algunas
tecnologías. El paradigma tecnocrático, potenciado por la revolución digital y
la IA, puede hacer parecer justa y normal una visión antihumana, según la cual
la plenitud de la vida consistiría en tener más, reducir la fragilidad,
eliminar lo imprevisto y controlarlo todo.
• Cuando el ser humano es tratado como materia para
ser perfeccionada o superada, se vuelve más fácil aceptar que algunos sean
considerados menos útiles, menos deseables, menos dignos.
• Las mismas tecnologías que facilitan la
comunicación y el acceso a los recursos pueden sustentar modelos que explotan a
los más vulnerables, alimentan nuevas esclavitudes y transforman el conflicto
en oportunidad de lucro.
Propuestas y criterios
• Un orden social justo en la era digital garantiza
a todos un acceso igualitario a las oportunidades, protege a los más pequeños y
frágiles, se opone al odio y a la desinformación y somete a control público el
uso de los datos y de las tecnologías. El criterio no es solo el beneficio,
sino la dignidad de cada persona y el bien de los pueblos.
• La propiedad de los datos no puede confiarse sólo
al sector privado, sino que debe reglamentarse. Son fruto del aporte de muchos
y no pueden ser vendidos o confiados a unos pocos.
• Transformar el conocimiento compartido en bien
común, no en herramienta de dominio. Devolver a los pueblos no sólo los datos
que los describen, sino también la posibilidad de decidir cómo se utilizarán,
quién los utilizará y para quién.
• «Desarmar» significa romper la equivalencia entre
poder tecnológico y derecho a gobernar. No es renunciar a la tecnología, sino
impedirle el dominio sobre lo humano.
• No se trata de oponerse a la inteligencia, sino de
recordar que, cuando se repliega en sí misma, olvida que ha sido hecha para
servir a la vida y a la persona humana.
• No basta con que la IA nos haga más eficientes o
conectados. Debe servir para edificar la familia humana universal, con derechos
y deberes compartidos, donde la proximidad digital sea una ocasión real de
encuentro y de cuidado recíproco.
6. Verdad, desinformación y democracia
• La desinformación no surge con la IA, pero
encuentra en ella un potente multiplicador. La posibilidad de manipular
contenidos, imágenes y vídeos expone a los ciudadanos a perspectivas parciales
o engañosas.
• Sólo la búsqueda compartida de la verdad de los
hechos, asumida como bien común, puede sentar las bases de una comunicación
justa.
• La búsqueda de la verdad es esencial para la democracia,
que es en sí misma un instrumento de participación en el bien común. Cuando la
pregunta sobre lo verdadero pierde interés y se impone un pragmatismo que se
conforma con lo útil o eficaz, la vida democrática se debilita.
• Los medios deben gestionarse a partir de un punto
fijo: la verdad es un bien común y no una propiedad de quienes tienen poder o
visibilidad.
• La omnipresencia de los medios digitales genera
una cultura de la inmediatez y la sobreestimulación, que alimenta el cansancio,
el aburrimiento y la apatía ante el esfuerzo de buscar la verdad.
7. Educación y juventud
• Hace falta una nueva conciencia educativa y
formación en el uso correcto y crítico de las herramientas digitales, la IA y
las plataformas de compra e inversión.
• La literatura psicológica y psiquiátrica ha
documentado cómo una exposición precoz y sin supervisión a los dispositivos
digitales y las redes sociales puede afectar negativamente al sueño, la
atención, la regulación emocional y las relaciones, especialmente en las edades
más vulnerables, con consecuencias a veces dramáticas.
• Tener un teléfono móvil personal demasiado pronto
y usarlo sin control de los adultos puede acentuar la fragilidad y favorecer
las adicciones, y expone a los jóvenes al aislamiento, el acoso y el
ciberacoso, y a la presión de compartir imágenes íntimas o datos sensibles.
• «¡Invirtamos en la educación que empieza por
nosotros mismos!»
8. Paz, cultura del poder y diálogo
La paz
• La paz no se reduce a la ausencia de guerra, sino
que se concreta en el camino hacia un desarrollo humano integral.
• No es una esperanza ingenua: es fruto, siempre
posible, de la justicia y la caridad.
La cultura del poder
• Se está consolidando una cultura del poder, en la
que la disponibilidad de medios y la capacidad de dominar tienden a dictar la
agenda y los criterios de decisión. El bien común de la humanidad queda en
segundo plano, y el drama concreto de los pueblos en guerra se reduce a una
variable secundaria frente a los intereses estratégicos.
• Surge también de la crisis del sistema
multilateral. La globalización no ha generado automáticamente unidad y paz,
sino reacciones fundamentalistas, identitarias y nacionalistas.
• La cooperación para el desarrollo, el desarme, la
prevención de conflictos y el fomento de la confianza mutua quedan relegados en
nombre de lógicas de poder.
• El ciberespacio es también terreno de
enfrentamiento. Los ataques informáticos, la manipulación de datos y las
campañas de influencia orquestadas con IA pueden desestabilizar países enteros,
incluso antes de un enfrentamiento armado abierto.
Responsabilidad y realismo
• Un peligro es pensar que los problemas son
demasiado grandes y nosotros demasiado pequeños, y que nuestras decisiones no
cambian nada. Nadie está exento de responsabilidad, y todos, a cualquier nivel,
podemos contribuir al fundamento de la paz, que es la justicia.
• Hay conflictos en los que no es justo permanecer
neutrales, y no basta pensar en «no ser cómplices». Los bombardeos contra
civiles, los ataques contra hospitales, escuelas o infraestructuras vitales y
los abusos que afectan a los niños son escándalos que hieren a la humanidad
misma.
•
Hace falta un
sano realismo que evite tanto el idealismo político como el cinismo: ni
manipulación que falsea los hechos, ni conformismo que se resigna. El realismo auténtico no renuncia a cambiar el mundo.
El diálogo
• Para construir la civilización del amor hay que
ejercitar el diálogo, principal instrumento de la convivencia entre personas y
pueblos y alternativa al conflicto abierto.
• A nivel político es urgente pasar de la «cultura
del poder» a una auténtica «cultura de la negociación», en la que el diálogo y
las relaciones diplomáticas sean la vía habitual para afrontar los conflictos.
• En las relaciones internacionales, el diálogo es
el instrumento insustituible de la diplomacia para prevenir los conflictos y
restablecer los lazos de confianza.
• La civilización del amor no es una utopía ingenua,
sino un proyecto exigente.
9. Fundamento antropológico y cristiano
En el centro está el misterio de la Encarnación:
el Verbo se hizo carne y puso su morada entre nosotros. La carne del Hijo,
pobre y vulnerable, evoca la de tantos hermanos y hermanas despojados de su
dignidad y reducidos al silencio.
• A través de esta cercanía, el don de la paz entra
en el mundo de modo paradójico: como el poder de llegar a ser hijos de Dios. Se
aviva cuando nos dejamos conmover por el llanto de los pequeños, la fragilidad
de los ancianos, el silencio de las víctimas y el esfuerzo de quienes luchan
contra el mal que no querrían hacer.
• Las ideologías antiguas y nuevas empujan al hombre
a la superación técnica del límite y a elevarse sobre los demás para afianzar
un dominio.
• En Cristo, el hombre está llamado a ser
colaborador en la obra de la creación, y no espectador resignado ante los
procesos tecnológicos que limitan su libertad y su responsabilidad.
• La finitud, cuando se acoge en la verdad, no
empobrece al ser humano, sino que lo abre al reconocimiento del rostro de Dios
y del otro.
•
La tradición
cristiana afirma desde hace siglos que el ser humano no está encerrado en los
límites de su naturaleza, sino llamado a trascenderse, no para huir de la
realidad o despreciar el límite, sino para realizarse en el amor. La fe conoce un «más allá».
• «Llegamos a ser plenamente humanos cuando somos
más que humanos, cuando le permitimos a Dios que nos lleve más allá de nosotros
mismos para alcanzar nuestro ser más verdadero» (Papa Francisco).
• Ningún sistema de cálculo, por sofisticado que
sea, genera un corazón que se entrega ni una conciencia capaz de discernir el
bien. Aunque las máquinas sobresalgan en eficiencia, el centro de la historia
sigue siendo un rostro humano que exige ser contemplado.
• La verdad que no debemos perder es la de Dios y la
del ser humano, tal como Cristo nos la ha revelado. Hay que abandonar una
visión individualista y técnica del hombre, como si la realidad fuera solamente
materia para modelar según intereses egoístas, individuales o de grupo.
• En una época que tiende a acelerar y fragmentar,
la carne humana sigue pidiendo ser cuidada y reconocida por manos capaces de
ternura, mentes atentas y buenas palabras. La cultura digital multiplica las
conexiones, pero el corazón humano conserva una necesidad irrenunciable de
proximidad.
10. Conclusion: Esperanza y llamado
•
«Mientras el
ruido de la confusión nos rodea, el bien crece silenciosamente desde la
tierra». Con las palabras del profeta: «Yo estoy por hacer algo nuevo: ya está
germinando, ¿no se dan cuenta?» (Is 43,19).
• «Que cada cual se fije bien de qué manera
construye» (1 Co 3,10): palabras de san Pablo, que exhorta a los cristianos de
Corinto a custodiar la unidad.
• La encíclica se escribe con el compromiso de
motivar a preguntarnos qué mundo estamos construyendo y qué significa custodiar
a la persona humana en el tiempo de la IA.


















