viernes, mayo 29, 2026

Concilio Vaticano II Hoy

¿Qué sabes del  Concilio Vaticano II?

¿Sabías que:

  • ·  El concilio sigue vigente, la era postconciliar debe ir más allá del concilio por fidelidad al concilio.
  • El peligro es que sus textos no sean leídos o que se utilicen como meras citas de adorno, valorar el «espíritu» del Concilio frente a la «letra» de los documentos.
  • ·     En el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza»
  • ¿La renovación permanente que propone el Cancillo es por fidelidad al Evangelio de Jesucristo, el corazón del deseo de adaptación que nace desde dentro y desde la mejor tradición eclesial?

 i. El concilio no es un acontecimiento del pasado.

Podemos ver el Concilio como la gran gracia que la Iglesia ha recibido en el siglo XX. «Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza». Momento de gracia y don del Espíritu para nuestro tiempo. El concilio en concreto incluye la formulación de un nuevo modelo de Iglesia y una nueva orientación de su misión. 

Se logró crear una especie de «ley fundamental de la Iglesia», una suerte de «texto constitucional de la fe». Y esto lo podemos decir porque la letra de los documentos nos permitirá descubrir el verdadero espíritu. Una «reforma sin ruptura», proponiendo una hermenéutica de la reforma y rechazando una hermenéutica de la discontinuidad o de la ruptura.

Pero ¿en qué sentido se puede hablar de un «antes» y un «después», de una Iglesia pre‑conciliar y una Iglesia post‑conciliar? Un antes reflejado en una teología «nocional» romana, atemporal, escolástica, irreformable, y un después en una teología inspirada en la revelación y de orientación histórica.

Esta situación debió enfrentarse seriamente para responder a la esperanza nacida por el soplo del Espíritu Santo: un concilio orientado por el anuncio del mensaje cristiano al mundo de hoy, no un concilio encenagado en abstrusas cuestiones disputadas entre las escuelas.

Un ejemplo meridiano de este «antes» y «después» fue el de la declaración acerca de la libertad religiosa. O. Cullmann llegó a reconocer, en nombre de los observadores protestantes, que el decreto sobre el ecumenismo rebasaba con mucho sus más audaces esperanzas.

La capacidad creadora del Vaticano II, que, renunciando a las formulaciones apodícticas, ha estimulado nuevas líneas de avance y ha abierto muchas puertas ‑desde el primer documento conciliar, Sacrosanctum Concilium, con las nuevas formas litúrgicas‑, se manifiesta en la cuarta y última constitución, con la teología y la valoración evangélica de las realidades terrenas (G. Thils).

Esta novedad nació de la misma «experiencia» (J. Komonchak) o proceso conciliar, de manera que en este documento se refleja de manera eminente el «espíritu» del Concilio.

 Por ello puede concluirse que la carta de presentación de la Iglesia católica romana ante la palestra pública internacional ha quedado diseñada con los trazos que delinean Gaudium et Spes, Unitatis Redintegratio, Nostra Aetate y Dignitatis Humanae.

. La nueva conciencia de La Iglesia

A comienzos del siglo XX con la vuelta a las fuentes bíblicas y patrísticas, con la renovación litúrgica, con la mirada ecuménica hacia la Iglesia oriental y hacia las Iglesias de la Reforma, con el relanzamiento del apostolado seglar, con una nueva conciencia de la manera de estar la Iglesia en el mundo y en la sociedad moderna.

Este es el aggiornamento querido por el Papa San Juan XXIII: «Guardando los métodos y las exigencias propias de la ciencia sagrada, [los teólogos] están invitados a buscar siempre un modo más apropiado de comunicar las doctrinas a los hombres de su época, porque una cosa es el depósito mismo de la fe, o sea, sus verdades, y otra cosa es el modo de formularlas conservando el mismo sentido y el mismo significado».

Sin caer en el triunfalismo efímero: “fin de la Contra‑reforma, fin de la etapa constaniniana”. Al menos hay que decir, como reconoce H. Küng en su autobiografía, que sin el Vaticano II nos hallaríamos en una situación muy diferente en liturgia, en teología, en pastoral, en ecumenismo, en las relaciones con el judaísmo, con las demás religiones del mundo y con la sociedad moderna.

Los documentos conciliares han dejado puestas las bases para el despliegue de la eclesiología de comunión, para el avance en el ecumenismo, para el desarrollo de una teología más bíblica, para el redescubrimiento de la teología del laicado y de la misión. La llamada teología de las realidades temporales ha encontrado su prolongación en la teología política, en la teología de la liberación y en las teologías contextuales.

La raíz última de este aggiornamento hay que buscarla en las palabras programáticas de Juan XXIII: «Una cosa es el depósito mismo de la fe, es decir, las verdades que contiene nuestra venerada doctrina, y otra la manera como se expresa; y de ello ha de tenerse gran cuenta, con paciencia si fuese necesario, ateniéndose a las normas y exigencias de un magisterio de carácter prevalentemente pastoral».

3. la ley fundamental de la Iglesia al servicio de sumisión

Magisterio «pastoral» significa una formulación positiva de la doctrina de la fe que está preocupada por buscar un lenguaje que llegue a la gente de hoy.

La Constitución sobre la Iglesia, Lumen Gentium, ha surgido de la profunda reflexión acerca de esta pregunta: «Iglesia, ¿qué dices de ti misma?». La visión cristológica del misterio de la Iglesia y su concepción del pueblo de Dios, que impregna los otros documentos conciliares, es ‑pese a sus altos vuelos‑ un elemento más dinamizante y renovador que otras muchas disposiciones concretas dispersas en los otros textos.

Un ejemplo clave: la revisión del axioma «fuera de la Iglesia no hay salvación», elaborada desde esa profunda visión de la Iglesia como sacramento de Lumen Gentium: signo e [LAP1] instrumento de la comunión de la humanidad con Dios y del género humano entre sí nos permite comprender el sentido genuino de esta formulación tan socorrida en el pasado.

El aggiornamento no viene impuesto desde fuera, como si el mundo dictara la reforma eclesial, sino que la renovación ha brotado de la vitalidad interior, reanimada conscientemente y movilizada desde su centro sustancial por el Concilio.

Estos cuatro objetivos marcados por Pablo VI «la noción o, si se prefiere, la conciencia de la Iglesia, su renovación, el restablecimiento de la unidad entre todos los cristianos y el diálogo de la Iglesia con los hombres de nuestra época».

la reflexión sobre el episcopado completa la visión de la jerarquía eclesiástica, evitando una concepción aislacionista del primado pontificio; el reconocimiento del puesto sustantivo del laicado derrumba una concepción piramidal de la Iglesia; el centramiento en la Escritura y en la Liturgia; la Iglesia sentida como pueblo de Dios, todo él vibrátil e intercomunicado; la hermandad sustancial que enlaza a todos los bautizados; el apostolado como exigencia de la propia vocación cristiana; la dignidad de la persona humana; el sentido de servicio de la Iglesia respecto de la humanidad; la nueva valoración de las Iglesias locales frente a la Iglesia en su conjunto; la apertura ecuménica del concepto de Iglesia y la apertura al mundo de las religiones; finalmente, la pregunta por el lugar específico de la Iglesia católica, que se concreta en la fórmula de la Iglesia una, santa, católica y apostólica, de la que habla el Credo y que «subsástit in Ecclesia catholica». En ello se sustancia «la ley fundamental de la Iglesia» (P. Hünermann) que se adentra en el siglo XXI.

4. La actualización del concilio continua

Así pues, el esfuerzo colectivo de actualización post‑conciliar. Nace desde el miso momento del clausura. Porque un Concilio no termina con su clausura. Más bien, la clausura de un Concilio señala en la historia de la Iglesia el comienzo de una nueva era: la era postconciliar.

«Ayer la Iglesia era considerada sobre todo como institución; hoy la vemos mucho más claramente como comunión. Ayer se veía sobre todo al papa; hoy estamos en presencia del obispo unido al papa. Ayer se consideraba al obispo solo; hoy a los obispos todos juntos. Ayer se afirmaba el valor de la jerarquía; hoy descubre el pueblo de Dios. Ayer la teología ponía en primera línea lo que separa; hoy lo que une. Ayer la teología de la Iglesia consideraba sobre todo su vida interna; hoy es la Iglesia vuelta hacia el exterior».

La Iglesia debe reformarse sin cesar para guardar su identidad en el tiempo, para readaptarse, hacer valer el principio de ir más allá del Concilio por fidelidad al Concilio.

Una de las cuestiones más candentes era la pertenencia a la Iglesia de Cristo de los cristianos no católicos; de una adecuada respuesta dependía todo el problema ecuménico.

El establecimiento de una diferencia esencial y no sólo de grado» entre el sacerdocio común y el sacerdocio ministerial ha seguido reclamando nuevas explicaciones en el marco de la eclesiología total o de la eclesiología de comunión. La más neta manera de expresa continuidad se encuentra precisamente en aquellos lugares que entrañan un mayor avance doctrinal. En este sentido hay que referirse a dos pasajes altamente significativos:

a) la reflexión sobre la revelación en la constitución Dei Verbum se hace < siguiendo las huellas de los concilios Tridentino y Vaticano I;

b) cuando la constitución dogmática sobre la Iglesia comienza a plantear en el capítulo III de Lumen Gentium la doctrina de la colegialidad episcopal, lo hace en continuidad con la definición del primado de jurisdicción y magisterial del papa del Concilio Vaticano I.

Recordemos lo que escribió K. Rahner: «La inmutabilidad del dogma de la Iglesia no excluye la historia de los dogmas, sino que, por el contrario, la implica»".

¿Cómo la necesidad de salvación de la Iglesia es compatible con la posibilidad de salvación de un hombre que no pertenece a ella?; cómo en el reino de la gracia cada uno puede depender de cada justificado, y así, sobre todo, de María, siendo, sin embargo, Jesucristo el mediador único entre Dios y el hombre.

A título de ejemplo, siguiendo esta lógica «por fidelidad al Concilio», en esta etapa de drástica carencia de vocaciones, ¿no habría que saludar de forma más optimista la emergencia de nuevos servicios? A la vista de la escasez de clero para cubrir las necesidades de las parroquias en las diócesis hispanas, ¿qué postura contiene más semillas de futuro: la de aquellos que piensan en las nuevas modalidades de la integración del laicado a la atención pastoral (al hilo del c. 517,2) o las directrices de la Instrucción acerca de la colaboración de los laicos en el ministerio de los sacerdotes?

Se pueden aducir varios lugares y actuaciones magisteriales en los que, por fidelidad al Concilio, ya se ha ido más allá del Concilio: si la teología del primado papal fue resituada por el Vaticano II en el horizonte de la colegialidad, es claro que ha habido una evolución doctrinal en la notable invitación ecuménica lanzada por Juan Pablo II, en la encíclica Ut unum sint (1995), a un diálogo sobre el ejercicio del primado del Sucesor de Pedro con las otras Iglesias y comunidades cristianas.

A partir del replanteamiento del lugar de la Iglesia en el mundo se ha desplegado, al hilo de los Sínodos (de 1971 y de 1974), una ampliación del concepto cristiano de salvación que integra la promoción humana en el anuncio del Evangelio (Evangelium nuntiandi), es decir, la unidad del servicio a la fe y la promoción de la justicia.

«Toda renovación de la Iglesia consiste esencialmente en un aumento de la fidelidad a su vocación. La Iglesia, peregrina en este mundo, es llamada por Cristo a esta reforma permanente de la que ella, como institución humana y terrena, necesita continuamente; de modo que si algunas cosas, por circunstancias de tiempo y de lugar, hubieran sido observadas menos cuidadosamente en las costumbres, en la disciplina eclesiástica o incluso en el modo de exponer la doctrina ‑que debe distinguirse cuidadosamente del depósito mismo de la fe‑, deben restaurarse en el momento oportuno recta y debidamente» (UR 6).

Todo ello nos obliga a tomar conciencia de la identidad profunda entre la Iglesia de después del Concilio y la de antes del Concilio y la de todos los tiempos, cuyo objetivo no es otro ‑como indica LG 8‑ que «revelar en el mundo el misterio de Cristo, aunque bajo sombras, sin embargo, con fidelidad hasta que al final se manifieste a plena luz».    



martes, mayo 26, 2026

Magnífica Humanidad

                           Humanidad magnífica, resumen de la encíclica.

En la era de la Inteligencia Artificial, la humanidad se enfrenta a una disyuntiva: dejarse guiar por la tecnología y el progreso como únicos principios para construir nuestra civilización, o priorizar la dignidad de la persona , reduciendo el progreso técnico a un mero instrumento. Para explicar esto, el Papa León XIII utiliza dos imágenes bíblicas: la construcción de la Torre de Babel y la reconstrucción de Jerusalén.Elegir el camino “correcto” requiere un ENFOQUE DINÁMICO (capítulo 1), que se basa en la Doctrina Social de la Iglesia siguiendo las enseñanzas del Concilio Vaticano II: escuchar, discernir e interpretar nuestros tiempos a la luz del Evangelio, para poder devolver a la humanidad la verdad revelada, utilizando los términos del presente.


Para comprender mejor la res novae de nuestro tiempo en función de la dignidad de la persona, nos ayudan los FUNDAMENTOS Y PRINCIPIOS DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA (capítulo 2). Los fundamentos se refieren al ser humano, imagen del Dios Trino y, como tal, portador de derechos inviolables y de una dignidad intrínseca, sin distinciones. Los principios son los del bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad y la solidaridad, así como la justicia social, que, al situarse en la piedra angular de las relaciones sociales, conducen a lo que Pablo VI fue el primero en resumir en el concepto de desarrollo humano integral .


Así llegamos al punto central del tema: la relación entre tecnología, poder y persona humana (capítulo 3). Si bien el Papa León XIII reconoce el valor del desarrollo tecnológico como expresión de la creatividad humana, advierte del riesgo de que se convierta en el criterio absoluto de juicio. La inteligencia artificial, al carecer de experiencias, valores y sentimientos, no puede ni debe asumir un papel de responsabilidad y supremacía sobre la inteligencia humana.


Para escapar de este peligro, es necesario, por lo tanto , SALVAGUARDAR LA HUMANIDAD EN LA TRANSFORMACIÓN (capítulo 4). El primer ámbito a considerar es el de la verdad : en una era en la que todo puede ser manipulado, es necesario preservar una educación crítica que permita distinguir lo verdadero de lo falso. El segundo es el trabajo : cuando el criterio dominante se convierte en la eficiencia, el trabajo corre el riesgo de perder su valor humano y relacional. El tercer ámbito es el de la libertad : amenazada por la dependencia digital que recopila enormes cantidades de datos, la defensa de la libertad requiere normas justas, responsabilidad compartida y educación. Para preservar las condiciones de una vida auténticamente humana, capaz de la verdad, el trabajo digno y la verdadera libertad, es necesario un esfuerzo colectivo.


En este punto de la Carta Encíclica, el Papa León XIII recuerda que la Inteligencia Artificial tiene efectos, a menudo dramáticos, también en la guerra. Las innovaciones tecnológicas no se limitan a hacer más eficientes los medios de defensa, sino que corren el riesgo de automatizar e impersonalizar decisiones que implican la vida y la muerte, las cuales deberían requerir ética y responsabilidad moral. Esta es LA CULTURA DEL PODER , que se opone a LA CIVILIZACIÓN DEL AMOR (capítulo 5).

Ante la tendencia a priorizar la eficacia de los medios sobre el juicio moral y los resultados militares sobre la protección de la vida humana, la única perspectiva de salvación es una civilización fundada en la justicia, la fraternidad y el diálogo . En la civilización del amor, todos podemos poner de nuestra parte, comenzando por desarmar nuestras palabras, practicando la justicia, asumiendo la perspectiva de las víctimas, cultivando el diálogo, sin refugiarnos en el idealismo, sino confiando en un sano realismo. Todas estas buenas prácticas encuentran su fuerza vital en la oración .

El capítulo final se detiene en la dimensión espiritual y teológica . A lo largo de la historia, la misericordia de Dios ha puesto en el centro el misterio de la Encarnación. Dios se hizo hombre y nos enseñó la verdadera humanidad y una atención preferencial por los más pequeños. Es en esto donde reside la grandeza deEl ser humano reside, no en el poder técnico, sino en la libertad, el amor y la gracia. En una época que genera exclusión, estamos llamados, como hermanos y hermanas unidos en “ un solo cuerpo en Cristo ”, a salvaguardar los vínculos, en particular mediante la solidaridad y el cuidado de los más débiles. Salvaguardar al ser humano en la era de la Inteligencia Artificial es, por tanto, una responsabilidad común y compartida. Vuelve la imagen inicial de la oposición entre la Torre de Babel y la Ciudad Santa: ¿a cuál queremos contribuir a construir? 

Si nos convertimos en «arquitectos sabios» y constructores fieles a la verdad, que salvaguardan las relaciones e invierten en educación, amantes de la justicia y la paz, la humanidad no perderá su propia magnificencia . Es importante, pues, no permanecer como espectadores resignados, sino como tejedores de esperanza , con la misma fe de María, quien, en su humildad, bajo dominación extranjera y con un pueblo hu      millado y dividido, fue capaz de ver la obra invisible y salvífica de Dios.    


Video                  Magnifica humanidad 




sábado, mayo 23, 2026

Diversidad de lenguas y culturas, un solo Espríritu



En el Evangelio de la solemnidad de Pentecostés aparecen los dos principales frutos de la Pascua y dones del Espíritu: la paz («Paz a vosotros») y la alegría («Se llenaron de alegría»).

El Espíritu Santo es el amor de Dios derramado en nuestros corazones y actuando en nosotros. En Él podemos vivir la paz como don y como misión, desde la alegría del Evangelio.

Estas primeras palabras de Cristo resucitado también se dirigen hoy a nosotros, en medio de guerras, enfrentamientos, polarización y violencia que anidan en el corazón humano y que las nuevas tecnologías, la industria armamentística y los medios de comunicación han extendido y multiplicado.

No hablamos de una paz negociada, fruto de componendas y, en definitiva, construida a costa del sufrimiento de los más débiles. La paz que Cristo nos ofrece es fruto de la Pascua y don del Espíritu, porque viene de Dios.

Los primeros cristianos comprendieron enseguida que, a pesar de la ausencia física de Jesús, no estaban huérfanos: eran hijos de Dios. Y gracias a esa certeza, aun viviendo sin muchos motivos humanos para la esperanza, supieron encontrarla permaneciendo unidos al Padre. Reunidos en la fraternidad y en la oración, encerrados en una habitación, por miedo a los judíos, Cristo mismo se hizo presente en medio de ellos y les dijo: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

En el descubrimiento de esa misión se sintieron habitados por la fuerza del Espíritu. Tuvieron dificultades, persecuciones y mártires, pero supieron vivir todos esos avatares con la alegría de saberse enviados por el mismo Señor.

Pablo lo expresa claramente desde las primeras predicaciones apostólicas: «Nadie puede decir: “Jesús es Señor”, sino por el Espíritu Santo». Y desde esta gozosa realidad comprendemos que hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos.

ORACIÓN

Padre, concédenos que el Espíritu Santo, Espíritu de amor y servicio, en el que hemos sido bautizados para formar un solo cuerpo, haciendo que caminemos juntos como Iglesia, nos abra al mundo entero, respetando la diversidad de lenguas y culturas, llevando al mundo la paz y la alegría de Cristo. Amén.

 

   

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2, 1-11

Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse.

Residían entonces en Jerusalén judíos devotos venidos de todos los pueblos que hay bajo el cielo. Al oírse este ruido, acudió la multitud y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Estaban todos estupefactos y admirados, diciendo:
«¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos, elamitas y habitantes de Mesopotamia, de Judea y Capadocia, del Ponto y Asia, de Frigia y Panfilia, de Egipto y de la zona de Libia que limita con Cirene; hay ciudadanos romanos forasteros, tanto judíos como prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua».

Salmo

Salmo 103, 1ab y 24ac. 29bc-30. 31 y 34 R/. Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra

Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Cuántas son tus obras, Señor;
la tierra está llena de tus criaturas. R/.

Les retiras el aliento, y expiran
y vuelven a ser polvo;
envías tu espíritu, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra. R/.

Gloria a Dios para siempre,
goce el Señor con sus obras;
que le sea agradable mi poema,
y yo me alegraré con el Señor. R/.

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 12, 3b-7. 12-13

Hermanos:
Nadie puede decir: «Jesús es Señor», sino por el Espíritu Santo.

Y hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. Pero a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común.

Pues, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo.

Pues todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.

Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-23

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a vosotros».

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.

Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

 

martes, mayo 19, 2026

Familia


 Los cambios en el ámbito familiar son evidentes, y es importante considerar que estos cambios no son tanto fruto de una búsqueda de mejor relación en el entorno familiar como de la adaptación a los nuevos elementos presentes, tanto de relación personal como en el ámbito social y global. El control de la sexualidad y las nuevas técnicas de reproducción, la permisibilidad ambiental, el nuevo papel de la mujer en la sociedad, la secularidad de las costumbres, el pluralismo social y religioso, la llamada sociedad del bienestar que reemplaza con éxito las funciones que durante siglos ha venido ejerciendo la familia, la pluriformidad de los modelos familiares han supuesto graves tensiones para la familia tradicional y para su papel socializador.

La familia se ha revalorizado como lugar de encuentro y aceptación en medio de una sociedad confusa y conflictiva; esto significa que se está revalorizando el grupo familiar como proveedor de apoyo y de identidad, por medio de una profunda diversificación de formas familiares, de un cambio en las relaciones de poder y, por ende, en las relaciones que se establecen entre los miembros.


Hay que reconocer que hay padres que se sienten desbordados por causa de estrategias educativas equivocadas, por falta de autoridad y por cierta incapacidad de establecer límites definidos par sus hijos. Hoy el mundo familiar tiene, sobre todo, un carácter emocional y afectivo; se ha ganado en capacidad para colmar de afecto a sus miembros, puesto que el núcleo familiar es el único lugar donde  sus miembros son valorados y queridos en todas las facetas de su ser, frente a la polarización  que experimenta el individuo en cada uno de los ámbitos externos  en los que interactúa.  La familia es el ámbito donde las personas pueden protegerse frente a las experiencias , mediáticas o  no, procedentes del mundo global.

El punto de vista ideológico y religioso es un campo donde la familia ha reducido su influencia. Sobre temas políticos y religiosos se habla poco en la familia; existe como un pacto de no molestar. La tolerancia, el respeto y la libertad de expresión han copado el espacio anteriormente dedicado a temas ideológicos y religiosos.


Este aspecto ha influenciado notablemente la relación entre padres y adolescentes o jóvenes. La democratización de la familia, la mejora de la educación de los padres, la mayor permisividad social, ética y familiar y los propios valores asumidos han influenciado este cambio. A diferencia de la juventud  anterior, que buscaba salir del hogar cuanto antes, la de ahora se instala confortablemente en él y no tiene prisa de abandonarlo.

Hasta hace poco, los padres en el plano de los valores enseñaban a sus hijos lo que ellos habían aprendido de los abuelos; las nuevas generaciones asimilan valores a través de amigos y compañeros por medio de nuevas tecnologías de la  comunicación, la televisión, la música, internet, bajo la influencia de corrientes y modas efímeras.

 A esto se une la dejación de los padres de sus deberes educativos ante lo complejo de los desafíos que sobrepasan sus capacidades, por cansancio o por la perniciosa actitud de quienes buscan mantenerse jóvenes dejando de lado sus compromisos y deberes con sus propios hijos.

En conclusión, los niños y adolescentes crecen, en la mayoría de las familias, sin la experiencia del valor religioso como referencia existencial.

Tomado del libro de  Antonio Jiménez Ortiz,  La fe en tiempos de incertidumbre, Ed. San Pablo 2018.


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sábado, mayo 16, 2026

La ASCENSIÓN

 Lucas nos recuerda que hemos visto, a través de los Evangelios, a Jesús trabajar sin descanso para establecer el Reino de Dios y su justicia, para desvelar el verdadero rostro del Dios del amor. Él, en sus escritos, nos ha mostrado todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el comienzo hasta el día en que fue llevado al cielo, después de haber dado instrucciones a los apóstoles.

Hasta el último instante, los apóstoles no comprendieron plenamente el mensaje de Jesús. Por eso, la última pregunta que le hicieron fue: «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?». No llegaron a entender que Jesús les hablaba de:

  • Un Dios de amor que espera al hombre entre los recovecos de la vida y las revueltas del camino, y busca sacarlo cuidadosamente de muchos enredos y limpiar sus heridas…, como hizo el samaritano…
  • Un Dios libertador que manda tirar la camilla y las muletas, vencer la parálisis y los males para empezar una vida nueva y responsable, incluso aunque sea en sábado, día de la ley, como hizo con tantos…
  • Un Dios acogedor y lleno de amor, que no reprocha nada al hijo pródigo, sino que se alegra de acoger, perdonar y celebrar una fiesta… Y también de acoger al hijo mayor…
  • Un Dios de misericordia que come con los pecadores y que va directamente al corazón para encontrar allí los sentimientos capaces de renovarnos…
  • Un Dios, buen pastor, que busca a la oveja perdida y se alegra al encontrarla…
  • Un Dios que advierte contra el peligro de juzgar y condenar a los demás…
  • Un Dios que llama dichosos, benditos y bienaventurados a los que trabajan para que el sufrimiento y el dolor en la tierra sean menores; que cura enfermos y resucita a los muertos; que busca la paz y el amor…
  • Un Dios que se preocupa de los niños y los jóvenes, de los huérfanos y de las viudas…
  • Un Dios que no se manifiesta en el poder, sino en el misterio de una cruz…
  • Un Dios que resucita y se aparece a los suyos para animar su fe, aun cuando duden, y que llama bienaventurados a los que creen sin haber visto…
  • Un Dios que quiere ser conocido en el mundo por su mensaje de amor y nos manda ser sus testigos… y promete ¡no dejarnos solos!

La ASCENSIÓN no es el final; es “como un capítulo” más de la vida de Jesús para seguir comprometiéndonos. Él conoce muy bien a sus apóstoles, pero les dice: «Haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado». Y añade: «Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos».

Esta tarea y esta promesa de estar con nosotros todos los días son posibles gracias al Espíritu de sabiduría y revelación que se nos ha dado, para conocerlo e iluminar los ojos de nuestro corazón.



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