«Mis planes no son vuestros planes». La historia
del ser humano, tal como aparece en la Sagrada Escritura, es también la historia
de cómo los planes de Dios para nuestra felicidad y salvación son muchas veces
echados por tierra.
La Palabra de Dios de este domingo responde a una
gran inquietud que muchos llevamos dentro. Todos, en algún momento, reconocemos
que no actuamos según los planes de Dios, según los proyectos de su corazón de
Padre, y que pecamos.
¿Qué podemos hacer? Somos débiles y volvemos una y
otra vez a nuestros caprichos y egoísmos. El salmo
nos anima, nos recuerda: «Buscad al Señor mientras se deja encontrar». «Cerca
está el Señor de los que lo invocan, de los que lo invocan sinceramente».
En el Evangelio, Jesús nos habla de la compasión
de Dios. Lo presenta como un padre que espera a su hijo y le ofrece
misericordia, y también como el dueño de una viña que sale a buscar
trabajadores durante todo el día, sin medir su valor únicamente por su
eficacia, sino teniendo en cuenta sus necesidades.
El Reino de Dios no funciona según los criterios
del mundo: «Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos, primeros». Estas
palabras rompen nuestros esquemas y nuestra lógica de cálculo. Aquellos que
parecen los últimos también son tenidos en cuenta por Dios, igual que tú y yo.
Dios no está sometido a nuestro modo de medir el
tiempo. No hay últimos ni primeros ante Él; esa es una clasificación nuestra.
Lo que Dios quiere es que respondamos a su llamada, ya sea al amanecer, a media
mañana, al mediodía o al caer la tarde. Lo que nos pide es fidelidad a su
voluntad y generosidad para realizar aquello que nos confía, sin cuestionar la
manera en que Él trata a los demás.
No pocas veces hemos pretendido que Dios tome
partido por un grupo humano frente a otro. Hemos defendido una justicia
separada de la misericordia cuando juzgábamos cómo debían ser tratados los
demás. Pero Dios no excluye a nadie. Invita a todos a vivir y trabajar en su
viña, a encontrar una vida con sentido, de servicio y felicidad.
Piensa: ¿fuiste llamado desde el amanecer de tu
existencia, a media mañana, al mediodía? ¿O eres de los que han permanecido
durante años paralizados por sus miedos, sus prejuicios o sus circunstancias, y
han escuchado la llamada al caer de la tarde? ¿Quizá te has sentido tratado con
indiferencia, como si nadie hubiera confiado plenamente en ti? Pues
escucha hoy al Señor que te dice: «Ve también tú a mi viña».
No estás en la vida para recibir un diploma de buena conducta. Has sido llamado a ser feliz y a construir el Reino de Dios. No tengas miedo: nunca es tarde cuando el Señor llama.
Este es el salario que Dios nos ofrece: «Para mí la vida es Cristo».
Señor, que no proteste ante tu generosidad con mi
hermano, ni me deje llevar por la envidia. Haz que viva siempre agradecido por
tu llamada. No importa la hora en que me hayas llamado, sino la generosidad con
la que acoges y entregas tu amor. Amén.
LECTURAS del DOMINGO XXV
Buscad
al Señor mientras se deja encontrar,
invocadlo mientras está cerca.
Que el malvado abandone su camino,
y el malhechor sus planes;
que se convierta al Señor, y él tendrá piedad,
a nuestro Dios, que es rico en perdón.
Porque mis planes no son
vuestros planes,
vuestros caminos no son mis caminos
—oráculo del Señor—.
Cuanto dista el cielo de la tierra,
así distan mis caminos de los vuestros,
y mis planes de vuestros planes.
Salmo 144, 2-3. 8-9. 17-18
R/. Cerca está el Señor de los
que lo invocan.
Día tras día, te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.
Grande es el Señor, merece toda alabanza,
es incalculable su grandeza. R/.
El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas. R/.
El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones.
Cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente. R/.
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses
1, 20c-24. 27a
Hermanos:
Cristo será glorificado en mi cuerpo, por mi vida o por mi muerte.
Para mí la vida es Cristo
y el morir una ganancia. Pero, si el vivir esta vida mortal me supone trabajo
fructífero, no sé qué escoger.
Me encuentro en esta alternativa: por un lado, deseo partir para estar con
Cristo, que es con mucho lo mejor; pero, por otro, quedarme en esta vida veo
que es más necesario para vosotros.
Lo importante es que vosotros llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:
«El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar
jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario
por jornada, los mandó a la viña.
Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo
y les dijo:
“Id también vosotros a mi viña y os pagaré lo debido».
Ellos fueron.
Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo.
Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo:
“Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?”.
Le respondieron:
“Nadie nos ha contratado”.
Él les dijo:
“Id también vosotros a mi viña».
Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz:
“Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y
acabando por los primeros”.
Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron
los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un
denario cada uno. Al recibirlo se pusieron a protestar contra el amo:
“Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a
nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno”.
Él replicó a uno de ellos:
“Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo
tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo
libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque
yo soy bueno?”.
Así, los últimos serán
primeros y los primeros, últimos».


