sábado, agosto 22, 2026

¿Quién decís que soy yo?


Queridos amigos y hermanos,

Hay preguntas que no buscan información, sino que invitan a quien es preguntado a tomar una decisión y responder desde el corazón y desde la propia vida. En el Evangelio de este domingo, Jesús formula una de esas preguntas decisivas: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»

Es una pregunta que atraviesa los siglos y llega también hasta cada uno de nosotros. Podemos conocer muchas cosas sobre Jesús, haber oído hablar de Él y saber muchas cosas acerca de su vida y de su mensaje. Pero llega un momento en que no basta con repetir respuestas aprendidas. Es necesario dar una respuesta personal.

Jesús comienza preguntando qué dice la gente sobre Él y luego llega la pregunta decisiva: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Ya no se trata de lo que dicen los demás. Ahora la respuesta es personal.

Pedro responde con una confesión admirable: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». Pero Jesús le recuerda inmediatamente que esa respuesta no nace solamente de su inteligencia o de sus capacidades: «Eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos».

La fe es un regalo antes que un mérito. Es siempre gracia. No es simplemente el resultado de un razonamiento perfecto ni la conquista de un esfuerzo humano. Es Dios quien sale a nuestro encuentro y abre nuestros ojos para reconocer a Cristo. La fe no atraviesa solamente nuestra mente y nuestras ideas; toca también el corazón y transforma nuestra vida.

San Pablo, en la segunda lectura, concluye con una admirada alabanza: «¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios!» La fe no consiste en poseer todas las respuestas, sino en dejarnos abrazar por Dios y caminar confiados detrás de Aquel que tiene palabras de vida eterna.

Por eso estamos llamados a edificar nuestra existencia sobre esa misma roca: Cristo. No sobre nuestras seguridades, nuestros éxitos, nuestros bienes o nuestras propias fuerzas, sino sobre Aquel que permanece cuando todo lo demás puede tambalearse.

Y la respuesta más verdadera a la pregunta de Jesús se expresa en nuestra manera de vivir, de amar, de servir, de perdonar, de compartir y de confiar.

Señor Jesús, gracias por el maravilloso don de la fe, por llamarnos a seguirte y por permitirnos formar parte de tu Iglesia. Ayúdanos a reconocerte como el Mesías, el Hijo del Dios vivo, y a construir nuestra vida sobre la roca firme de tu amor.


Lecturas del Domingo XXI del Tiempo  Ordinario 

Domingo XXI  TO “A” Evangelio de Mt.16,13-20

Lectura del libro de Isaías 22, 19-23

Esto dice el Señor a Sobná, mayordomo de palacio:
«Te echaré de tu puesto,
te destituirán de tu cargo.
Aquel día llamaré a mi siervo,
a Eliaquín, hijo de Esquías,
le vestiré tu túnica,
le ceñiré tu banda,
le daré tus poderes;
será padre para los habitantes de Jerusalén
y para el pueblo de Judá.
Pongo sobre sus hombros
la llave del palacio de David:
abrirá y nadie cerrará;
cerrará y nadie abrirá.
Lo clavaré como una estaca en un lugar seguro,
será un trono de gloria para la estirpe de su padre».

Salmo

Salmo 137, 1-2a. 2bcd-3. 6 y 8bc R/. Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos.

Te doy gracias, Señor, de todo corazón,
porque escuchaste las palabras de mi boca;
delante de los ángeles tañeré para ti;
me postraré hacia tu santuario. R/.

Daré gracias a tu nombre:
por tu misericordia y tu lealtad,
porque tu promesa supera a tu fama.
Cuando te invoqué, me escuchaste,
acreciste el valor en mi alma. R/.

El Señor es sublime, se fija en el humilde
y de lejos conoce al soberbio.
Señor, tu misericordia es eterna,
no abandones la obra de tus manos. R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 11, 33-36

¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos!
En efecto, ¿quién conoció la mente del Señor? O ¿quién fue su consejero? O ¿quién le ha dado primero para tener derecho a la recompensa?
Porque de él, por él y para él existe todo. A él la gloria por los siglos. Amén.

 Lectura del santo evangelio según san Mateo 16, 13-20

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesárea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos:
«¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?».
Ellos contestaron:
«Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas».
Él les preguntó:
«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».
Simón Pedro tomó la palabra y dijo:
«Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo».
Jesús le respondió:
«¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos.
Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.
Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».
Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.

 

domingo, agosto 16, 2026

Todos llamados a la Salvación

                                 

La liturgia de este domingo nos invita a confrontarnos, desde la Palabra de Dios, con una realidad siempre presente en la comunidad humana y especialmente actual en nuestro tiempo: ¿cómo nos relacionamos con quienes son diferentes de nosotros?

Aunque tengamos deseos de ser acogedores con el extranjero y con el inmigrante, muchas veces encontramos razones para sospechar de su presencia. Parece existir en el corazón humano una tendencia a dividir, un miedo a aceptar al diferente y una dificultad para mirarnos desde el respeto, el diálogo y la fraternidad.

También el pueblo de Israel, que se sabía elegido por Dios para manifestar al mundo las maravillas de la salvación, tuvo muchas veces miedo de los extranjeros, hasta considerar peligroso todo lo que venía de fuera. Sin embargo, el profeta Isaías anuncia un horizonte nuevo: la salvación de Dios está destinada a todos los pueblos. La casa de Dios será una casa de oración para todas las naciones.

La salvación que Dios ofrece no puede ser auténtica cuando excluye o separa, sino cuando acerca, hermana y facilita el encuentro. La fe no puede reducirse al cumplimiento externo de normas; debe conducirnos al encuentro con Dios y con los demás, a la fraternidad, a la dignidad y al respeto por toda persona.

También san Pablo descubre, por la acción del Espíritu Santo, que el amor de Dios no puede quedar encerrado en una cultura, una tradición o una institución. Todos están llamados a alcanzar la misericordia, porque la gracia es iniciativa de Dios y su proyecto es que nadie quede fuera.


Esta verdad aparece con especial fuerza en el Evangelio, en el encuentro de Jesús con la mujer cananea. Es una mujer pagana que se acerca gritando de dolor y suplicando por su hija. Se encuentra con una mentalidad religiosa que establecía fronteras entre los que pertenecían al pueblo elegido y los que estaban fuera. Incluso los discípulos quieren que Jesús la atienda para que deje de gritar y los moleste.

Pero aquella mujer no se rinde. Su respuesta se convierte en una de las grandes confesiones de fe del Evangelio: “También los perros comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”. Esta simple frase se convierte en una enorme confesión de fe, de las más grandes que recogen los evangelios: Dios es para todos.

El mundo en el que vivimos tiene muchas “mujeres cananeas” que gritan desesperadas por sus hijos enfermos, moribundos, endemoniados… Los que estamos de este lado de la mesa no podemos sino abrirla para que quepan todos y se sientan en casa. No es solo el alimento o el vestido: es la fraternidad, es el espíritu de dignidad humana, es el corazón del Evangelio que nos empuja a amar.

 




sábado, agosto 15, 2026

La Asunción: Virgen María elevada en cuerpo y alma a los cielos

La Asunción de la Virgen María nos invita a contemplar la esperanza de la resurrección.


Este dogma fue definido por el papa Pío XII el 1 de noviembre de 1950 mediante la constitución apostólica Munificentissimus Deus, aunque la creencia forma parte de la tradición cristiana desde los primeros siglos. La Asunción es la fiesta de la Virgen María elevada en cuerpo y alma a los cielos tras finalizar su vida terrenal; y  manifiesta el destino al que está llamada toda la Iglesia: participar plenamente de la resurrección de Cristo. 

Esta solemnidad nos recuerda que María, preservada del pecado por singular gracia de Dios y plenamente unida a la misión de su Hijo, anticipa la gloria prometida a todos los creyentes. La liturgia la presenta como “signo de esperanza cierta y de consuelo para el pueblo peregrino de Dios”.

Una de las solemnidades marianas más importantes

En numerosos países de tradición católica, esta festividad se celebra con procesiones, peregrinaciones, festividades patronales y actos de piedad popular. En muchas comunidades hispanas, esta solemnidad constituye uno de los momentos más significativos del mes dedicado al Inmaculado Corazón de María.

Un mensaje de esperanza   

Para los creyentes, la Asunción no solo honra a María, sino que también les recuerda la promesa cristiana de la vida eterna.   

Mientras millones de católicos elevan sus oraciones a la Virgen María el 15 de agosto, esta solemnidad nos recuerda que el objetivo de la vida cristiana es compartir la gloria de Cristo resucitado, una esperanza que la Iglesia contempla realizada plenamente en la Madre del Señor. 



martes, agosto 11, 2026

El justo debe ser humano


"El justo debe ser humano" (Libro de la Sabiduría (Sab 12, 19)

I. El ser humano hace tiempo que se está convirtiendo en la víctima principal de las ideologías y sus guerras. Nacional Socialismo Obrero Alemán (1933), el socialismo radical marxista (1939-1945), liberalismo, capitalismo.

Frente a los reduccionismos del individualismo liberal, a menudo desvinculado de toda referencia trascendente, y del colectivismo marxista, que pone el acento en la emancipación material y colectiva, el humanismo cristiano [Jacques Maritain] propone una visión integradora de la persona, a la que le pertenecen su dignidad humana, la justicia social y la apertura a la trascendencia.

 Guardini sostuvo un "realismo cristiano" que cree en la persona, la libertad y la dignidad humana vivida en la fe.

Emmanuel Mounier lanza la filosofía del personalismo y sostiene que todo ser humano es “persona” y, por ser tal, es merecedor de la “dignidad”, del máximo respeto, sujeto de derechos, obligaciones y responsabilidades, llamado a realizar su libertad en la relación equitativa, justa y solidaria con los demás. Ni la raza, ni el Estado, ni el capital son más que la persona; todo es para el Bien Común de las personas”.

La persona, como ser esencialmente social, “no es el fin de sí misma, no está clausurada en sí ni en su felicidad. Su final está más allá de ella. Tanto es así que la persona se construye como tal en la medida en que se descentre, en que su vida sea desvivirse por otros en la realización de un horizonte de sentido. La vida de la persona es realización de un sentido que va descubriendo y que está más allá de sí” (Xosé M. Domínguez).

Para los que celebramos el nacimiento de Jesús de Nazaret porque conocemos lo que fue y es, lo que hizo y hace, lo que pensaba e inspira, encontramos en él el mejor modelo de persona y ser humano de cuantos hemos conocido en el presente y en la historia. Su testimonio y propuesta son el mejor modelo de lo que es la esencia del ser humano. (Padre Jesús Montero Tirado)

II. El 10 de diciembre de 1948, tres años después de acabada la Segunda Guerra Mundial, las Naciones Unidas elaboraron y firmaron la Declaración Universal de los Derechos Humanos, profunda y extensamente inspirada en la filosofía del personalismo. Hoy continúa siendo en nuestros días una de las más altas expresiones de la conciencia humana. Los derechos humanos son inviolables, porque son «inherentes a la persona humana y a su dignidad».

El texto de la Declaración de los Derechos Humanos refleja en todos sus conceptos los principios fundamentales del personalismo, poniendo a la persona como el centro medular de todo el documento, hasta el punto expresivo de repetir la palabra persona veintiocho veces y la palabra personalidad tres en los treinta breves artículos que contiene toda la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

La persona humana no puede reducirse a un medio para obtener resultados, a un recurso para ser usado y explotado, y debe ser reconocida como fin en sí misma, jamás puede instrumentalizarse.

 Pero el valor de la persona no depende de lo que realiza o produce; existen derechos que corresponden a todos por el mero hecho de ser personas. Por lo tanto, la dignidad fundamental de cada persona no se adquiere, no debe ganarse ni necesita ser demostrada.

La dignidad moral, dignidad social y la dignidad existencial, que alude al modo en el que una persona percibe el valor de sí y de su propia vida. Más allá de estos significados, hay un nivel más profundo, el más importante, que consiste en la dignidad ontológica. Es la dignidad que pertenece a todo ser humano simplemente por el hecho de existir, de haber sido querido, creado y amado por Dios; ningún pecado, ningún fracaso, ninguna humillación, ninguna exclusión puede afectar el valor profundo de una vida humana que Él ha querido y llamado al ser. 

«Una dignidad infinita, que se fundamenta inalienablemente en su propio ser, le corresponde a cada persona humana, más allá de toda circunstancia y en cualquier estado o situación en que se encuentre», porque es infinito el amor de Dios que lo llama a la amistad con Él, y porque es absolutamente incondicionada, en el sentido de que, aun buscando hasta el infinito, nunca se encontrará nada que pueda suprimirla o negarla. El derecho a la vida, desde la concepción hasta su fin natural.

Estos derechos no pueden quedarse en una declaración puramente formal, mientras que, junto con el progreso tecnológico, avanzan de manera disimulada o evidente violaciones de la dignidad humana. Ni renunciar al fundamento de su universalidad, porque se ha renunciado a la «búsqueda de los fundamentos más sólidos que están detrás de nuestras opciones y también de nuestras leyes».

Junto a una mayor conciencia del valor de toda persona humana y de sus derechos, ha crecido también el reconocimiento de los derechos de las minorías. Los derechos de una gran parte, por ejemplo, los de las mujeres, estén realmente garantizados en todo el mundo. Es una realidad que «doblemente pobres son las mujeres que sufren situaciones de exclusión, maltrato y violencia, porque frecuentemente se encuentran con menores posibilidades de defender sus derechos».

No basta con exaltar la libertad individual o la iniciativa privada, si después se acepta que una multitud de personas siga viviendo sin un trabajo digno, sin tutelas y sin acceso a los bienes fundamentales. [MAGNIFICA HUMANITAS de León XIV] 

III. Sentido humano. La dignidad del ser humano y su realización. La cuestión decisiva se encuentra en el fundamento último de la realización del individuo, aquello que da sentido y plenitud a nuestra vida. Desde el humanismo cristiano, la respuesta es muy clara: el ser humano, creado a imagen de Dios, se sitúa en el centro de la creación, donde encuentra el fundamento de su dignidad, libertad y responsabilidad.

Sus planteamientos influyeron de manera decisiva en la filosofía política, la ética social y la doctrina social de la Iglesia. Nuestra cultura está innegablemente marcada por el cristianismo como impulsor de una visión del ser humano basada en tres pilares fundamentales:

Dignidad de la persona, fundada en su condición de hijo de Dios. Libertad orientada al bien, entendida como la capacidad de elegir aquello que perfecciona a la persona. Solidaridad y fraternidad, nacidas del reconocimiento de que todos somos hijos del mismo Dios, lo que nos hace responsables unos de otros.

 Posmodernismo: el siglo XXI marcado por el individualismo y la pérdida de sentido. Esta tradición insiste en que la persona no puede reducirse solo a lo material o a lo individual, sino que necesita valores, relaciones y un horizonte que dé sentido a la vida.

En este contexto, cabe destacar al filósofo Charles Taylor, quien ha reflexionado profundamente sobre la cultura moderna y la secularización. Su pensamiento subraya que el ser humano busca sentido y orientación moral, y que incluso en una sociedad secular esta búsqueda sigue abierta. Desde esta perspectiva, el humanismo cristiano continúa siendo una propuesta válida para comprender al ser humano y su necesidad de plenitud en el siglo XXI.

La corriente filosófica y política que integra los principios del humanismo clásico —como la defensa de la razón, la libertad individual y el desarrollo humano— con las enseñanzas y valores del cristianismo. Esta perspectiva sitúa a la persona humana en el centro del orden social, económico y político, fundamentando su valor absoluto en la convicción de que todo ser humano está creado a imagen y semejanza de Dios.

· Dignidad intrínseca: Cada persona posee un valor sagrado e inalienable desde la concepción hasta la muerte natural.

· Libertad orientada al bien: Capacidad de elegir de forma autónoma aquello que perfecciona al individuo y respeta la libertad de los demás.

· Fraternidad y solidaridad: Reconocimiento de que toda la humanidad comparte una misma condición de hermandad, obligando al cuidado mutuo y a la justicia social.

· Bien común: Búsqueda del desarrollo integral de la sociedad, armonizando los derechos individuales con los deberes hacia la comunidad.

 El humanismo cristiano moderno se desarrolla como diálogo crítico con otras corrientes de los siglos XIX y XX, especialmente con el humanismo marxista y el liberal, en un contexto marcado por profundas crisis sociales y políticas.


                              HUMANISMO CRISTIANO - HUMANISMO SECULAR

  • Humanismo cristiano: La dignidad del ser humano es sagrada e inalienable porque está creado a imagen y semejanza de Dios.
  • Humanismo secular: La dignidad es un valor intrínseco y natural derivado de la propia condición humana, la razón y la capacidad de sentir, sin necesidad de validación divina.
  • Humanismo cristiano: EL origen de la moral y el destino del ser humano. Mientras el primero parte de una base teocéntrica (Dios como origen), 
  • Humanismo secular: el segundo es antropocéntrico (el ser humano como medida de todas las cosas).
  • Humanismo cristiano: La moral se apoya en leyes divinas y verdades reveladas (como los Evangelios), complementadas con el uso de la razón.
  • Humanismo secular: La ética se construye de forma autónoma mediante la razón, la experiencia acumulada, la empatía y la ciencia, adaptándose a las necesidades de la sociedad de cada época.
  • Humanismo cristiano: La existencia humana tiene una dimensión trascendente. La vida terrenal es un camino hacia la realización plena en una existencia eterna junto a Dios.
  • Humanismo secular: La vida se limita a la existencia terrenal. El sentido de la vida no viene dado desde fuera; lo construye cada individuo mediante sus acciones, su felicidad y su aportación a la humanidad.
  •  Humanismo cristiano: Armoniza la fe y la razón. Considera que la ciencia y la investigación son válidas, pero la revelación espiritual ofrece respuestas a las preguntas últimas del ser humano.
  • Humanismo secular: Se basa estrictamente en el método científico, el escepticismo y el racionalismo. Rechaza los dogmas, los textos sagrados y las explicaciones sobrenaturales para entender el universo.

Humanismo posmoderno: Es el eco de un mundo que ha perdido su centro y ha aprendido a vivir en la incertidumbre, la ironía y el collage de fragmentos que es la vida contemporánea. El humanismo secular,  es una corriente filosófica que defiende la idea de que el ser humano debe ser el centro de todas sus actividades y decisiones, sin tener en cuenta la posible existencia de Dios.

Humanismo cristiano: Sitúa a la persona humana en el centro de la reflexión y de la sociedad, defendiendo su plena dignidad a partir de los valores cristianos y la condición del hombre como imagen de Dios.

Presentamos un cuadro de referencia sobre cómo el modernismo se distancia del humanismo cristiano.

 CUADRO COMPARATIVO – HUMANISMO

Humano (posmoderno)     

 

Humanismo moderno

1. Cuestionar la realidad existente hasta ahora, y deja de representarse al hombre como el centro y la medida de todas las cosas.

1. Centra la atención firmemente en lo que tiene éxito, haciendo caso omiso de los efectos colaterales.

2. La pluralidad y multiplicidad de la sociedad,

Somos sintetizadores, absorbiendo información de una amplia gama de fuentes.

2. Aplica el análisis lineal y evita distracciones.

3. Un sujeto fragmentado, moldeado por el poder, la cultura y el lenguaje.

3. Quieren hacer o tener, producir, tener riqueza, estar al día, y valoran el progreso económico y tecnológico.

4. Las verdades son relativas, construidas y sujetas a perspectivas.

4.- Las instituciones saben mejor lo que hay que hacer.

 

5. Piensan que cuerpo, mente y espíritu necesitan estar unificados. Altruismo, la estética, el sentimiento y la imaginación

Fomenta un replanteamiento de la relación humana con el entorno, y cuestiona la frontera entre lo humano, lo animal y lo tecnológico.

5. Ven al cuerpo como una máquina y a las organizaciones también.

6. Están preocupados por el futuro del planeta y las futuras generaciones. Quieren corporaciones responsables y respetuosas del medio que les rodea.

6. La eficiencia y la velocidad son prioridades.

7. Ven al planeta como un ser viviente y a la humanidad como una sola persona.

7. Separan sociedad y naturaleza.

8. Piensan en términos de sistemas, y creen en verdades subjetivas como la existencia de un universo no puramente físico.

8. Es mejor estar en la cima y tener el control.

9. "No pueden sustentarse en una trascendencia divina", sino "en la misma condición humana".

9. Lo trascendente es considerado una posición privada que responde a intereses personales.

 

Señor de la vida, oración del Papa León

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

 Tú nos creaste por amor y nos llamaste a vivir en plenitud. Cada persona es un don sagrado que refleja tu rostro, desde el primer instante de su existencia hasta el último respiro de su camino en la tierra, el valor único e irrepetible de cada ser humano.
Que aprendamos a acoger la vida sin condiciones, a sostener con ternura la fragilidad, a acompañar con respeto cada etapa y a defender con valentía a quienes no tienen voz, cuando caemos en la indiferencia o en la cultura del descarte, cuando dejamos de ver en el otro a un ser digno de amor.
Danos un corazón nuevo, capaz de elegir siempre la vida, y manos generosas que la protejan con gestos concretos, un hogar abierto donde toda existencia sea celebrada, donde nadie se sienta sobrante, y donde la dignidad sea respetada y cuidada siempre, que amemos la vida como Tú la amas: con ternura, fidelidad y entrega.
Que sepamos proclamar, con palabras y gestos, que cada vida humana vale el don total de sí misma. Hoy te pedimos la gracia de reconocer y custodiar. Perdónanos, Señor, haz de tu Iglesia un testimonio vivo del Evangelio de la vida, Señor Jesús. 

Amén.

sábado, agosto 08, 2026

Ánimo, soy yo, no tengas miedo


Domingo XIX TO Ciclo “A”

Queridos hermanos:

En la primera lectura encontramos a Elías en uno de los momentos más difíciles de su vida. Ha sido perseguido, amenazado y experimenta el peso del fracaso. Llega al Horeb buscando a Dios y espera encontrarlo en una manifestación extraordinaria, en el huracán, el terremoto o el fuego. Sin embargo, Dios no está allí, sino que se hace presente en el susurro de una brisa suave.

Dios no siempre actúa desde lo espectacular, sino desde la discreción y la cercanía. Dios se acerca en la sencillez de una oración, en una palabra que nos reconforta, en una amistad que nos acompaña o en una paz interior que devuelve serenidad al corazón.

Dios no viene a dar explicaciones, sino a recordarnos que no estamos solos. También nosotros  necesitamos escuchar esa misma voz que nos dice: "Ánimo, soy yo, no tengas miedo".

La segunda lectura nos abre una ventana al corazón de san Pablo. No se trata de una preocupación pasajera, sino del sufrimiento que nace del amor.

Pablo lleva a los suyos en el corazón y desearía que todos descubrieran la salvación de Cristo. También nosotros conocemos ese dolor. Todos tenemos nombres y rostros que nos acompañan: un hijo que atraviesa una situación complicada, un hermano con el que se ha enfriado la relación, un amigo que se ha alejado de la fe o una persona querida que vive momentos difíciles.

Hay sufrimientos que no podemos resolver y caminos que no podemos recorrer por los demás. Y precisamente ahí aparece la tentación de la indiferencia, de pensar que ya no hay nada que hacer. Quizá una de las formas más hermosas de la caridad sea precisamente esta: continuar llevando a alguien en el corazón cuando ya no sabemos qué más hacer por él. También en esa impotencia el Señor nos repite: «Ánimo, soy yo, no tengas miedo». 

Después de despedir a la gente, Jesús subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba allí solo. Los discípulos están en medio de la noche, lejos de la orilla, sacudidos por las olas y por un viento contrario. La oscuridad, el cansancio y el miedo los dominan.

Pero Jesús no está lejos de sus seguidores, siempre cercano para gritarnos en el momento oportuno: “Ánimo, soy yo, no tengan miedo.” Es significativo que, antes de calmar la tormenta, Jesús quiera calmar el corazón de sus discípulos.

Pedro lo quiere más cerca, y le dice: "Mándame ir hacia ti". Y Él le dijo: "Ven". Pedro se atreve a salir de la barca y, mientras mantiene la mirada fija en Jesús, camina sobre las aguas. Pero cuando dirige su atención al viento y a las olas, comienza a hundirse. Es una imagen muy cercana a nuestra propia vida. Cuando fijamos la mirada únicamente en los problemas, en los miedos o en las incertidumbres, sentimos que nos hundimos. Entonces, como Pedro, solo nos queda una oración sencilla y sincera: «Señor, sálvame».

Y el Evangelio nos dice que Jesús extendió inmediatamente la mano para sostenerlo. No lo reprendió primero, no lo dejó hundirse un poco más para que aprendiera la lección; lo sostuvo enseguida. Así actúa Dios con nosotros.

Las tres lecturas nos hablan, en el fondo, de tres miedos muy humanos: el miedo al fracaso, representado por Elías; el miedo a sufrir por quienes amamos, reflejado en Pablo; y el miedo a hundirnos en medio de las tormentas de la vida, simbolizado en Pedro.

En el silencio de nuestras decepciones, en el dolor por las personas que amamos y en medio de las tormentas que amenazan con hundirnos, Cristo sigue acercándose a nuestra barca y continúa pronunciando la misma palabra: «¡Ánimo, soy yo, no tengas miedo!».


LECTURAS   

Domingo XIX del Tiempo Ordinario (Ciclo A) son: la primera lectura del Primer Libro de los Reyes (1R 19, 9a. 11-13a) sobre la brisa tenue en el Horeb; la segunda lectura de la este fragmento de la Carta a los Romanos (Rm 9, 1-5); y el Evangelio según San Mateo (Mt 14, 22-33) acerca de Jesús caminando sobre el lago.

Lectura del primer libro de los Reyes 19, 9a. 11-13a

En aquellos días, cuando Elías llegó hasta el Horeb, el monte de Dios, se introdujo en la cueva y pasó la noche. Le llegó la palabra del Señor, que le dijo:
«Sal y permanece de pie en el monte ante el Señor».

Entonces pasó el Señor y hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebraba las rocas ante el Señor, aunque en el huracán no estaba el Señor. Después del huracán, un terremoto, pero en el terremoto no estaba el Señor. Después del terremoto fuego, pero en el fuego tampoco estaba el Señor.

Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se mantuvo en pie a la entrada de la cueva.

Salmo 84, 9ab-10. 11-12. 13-14 R/. Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación.

Voy a escuchar lo que dice el Señor:
«Dios anuncia la paz
a su pueblo y a sus amigos».
La salvación está ya cerca de los que lo temen,
y la gloria habitará en nuestra tierra. R/.

La misericordia y la fidelidad se encuentran,
la justicia y la paz se besan;
la fidelidad brota de la tierra,
y la justicia mira desde el cielo. R/.

El Señor nos dará la lluvia,
y nuestra tierra dará su fruto.
La justicia marchará ante él,
y sus pasos señalarán el camino. R/.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 9, 1-5

Hermanos:
Digo la verdad en Cristo, no miento —mi conciencia me atestigua que es así, en el Espíritu Santo—: siento una gran tristeza y un dolor incesante en mi corazón; pues desearía ser yo mismo un proscrito, alejado de Cristo, por el bien de mis hermanos, los de mi raza según la carne: ellos son israelitas y a ellos pertenecen el don de la filiación adoptiva, la gloria, las alianzas, el don de la ley, el culto y las promesas; suyos son los patriarcas y de ellos procede el Cristo, según la carne; el cual está por encima de todo, Dios bendito por los siglos. Amén.

 Lectura del santo evangelio según san Mateo 14, 22-33

Después de que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.

Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo.

Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma.

Jesús les dijo enseguida:
«Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!».

Pedro le contestó:
«Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua».

Él le dijo:
«Ven».

Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó:
«Señor, sálvame».

Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo:
«Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?».

En cuanto subieron a la barca amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él diciendo:
«Realmente eres Hijo de Dios».

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