En dos semanas concluye el tiempo de Pascua y nos preparamos para celebrar la presencia del Espíritu Santo entre nosotros. La Iglesia nos dispone para acoger esta buena noticia con alegría y compromiso.
En el Evangelio, el Señor promete a sus discípulos el envío
de un Defensor o Consolador, que no es otro que el Espíritu mismo de Dios: su
fuerza y su energía. Es Espíritu de verdad porque procede de Dios, que es la
Verdad en plenitud; no un concepto ni una fórmula, sino el mismo Ser Divino que
ha dado existencia a todo cuanto existe y que conduce la historia humana hacia
su plenitud. No somos huérfanos, porque el Espíritu siempre está con nosotros.
Es interesante que, para anunciarnos esta buena noticia y lo
que significa para la vida de los cristianos, los apóstoles no utilicen
complicados discursos, sino que nos narren una historia de encuentro,
reconciliación y fraternidad.
La ciudad de Samaría se llenó de alegría porque reconoció
los signos que Dios hacía entre ellos. A esta ciudad tan despreciada por los
judíos, los discípulos bajaron y oraron por sus habitantes para que recibieran
el Espíritu Santo, pues aún no había descendido sobre ninguno de ellos;
solamente estaban bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían
las manos y recibían el Espíritu Santo.
Ante este don de Dios, Pedro nos invita a estar siempre
dispuestos a dar razón de nuestra esperanza a todo el que nos la pida, pero con
delicadeza y respeto, manteniendo una buena conciencia, para que, cuando os calumnien,
queden en ridículo quienes atentan contra vuestra buena conducta en Cristo.
– Es el Espíritu de la Verdad. Nos hace salir de la mentira
y del engaño. Quien recibe el Espíritu de Dios aprende a apreciar, a ser
sensible y a descubrir cuanto hay de bueno, bello, noble y justo en la
realidad; aprende a no ser derrotista ni fatalista, como nos pedía san Pedro; a
poseer sentido del bien y del mal; a tomar decisiones habiendo percibido su
llamada y a tener el coraje para seguirla.
– Es también el Defensor. El camino de la vida cristiana
está sujeto a crisis, luchas y obstáculos. Atraviesa momentos de aridez,
cansancio, tentaciones e incluso sensación de desánimo; además, debe
justificarse frente a una cultura que muchas veces no la comprende o la rechaza
abiertamente. El Espíritu del Señor se convierte entonces en íntimo conocedor
de nuestras desolaciones y en quien sostiene la fidelidad del seguimiento.
– Es quien nos une a Dios. Nos da espíritu de hijos. Saberse
hijo, incondicionalmente amado, constantemente perdonado y acogido, es el punto
del que depende no solo nuestra salud espiritual, sino también nuestro
equilibrio personal.
«Concédeme hoy ser motivo de consuelo para mis hermanos, en
especial para los más tristes y para quienes atraviesan las pruebas más
difíciles. Concédeme hoy hacer brillar un rayo de luz en el camino de quienes
no conocen la belleza de la vida»
