En el Evangelio de la solemnidad de Pentecostés aparecen los
dos principales frutos de la Pascua y dones del Espíritu: la paz («Paz a
vosotros») y la alegría («Se llenaron de alegría»).
El Espíritu Santo es el amor de Dios derramado en nuestros
corazones y actuando en nosotros. En Él podemos vivir la paz como don y como
misión, desde la alegría del Evangelio.
Estas primeras palabras de Cristo resucitado también se
dirigen hoy a nosotros, en medio de guerras, enfrentamientos, polarización y
violencia que anidan en el corazón humano y que las nuevas tecnologías, la
industria armamentística y los medios de comunicación han extendido y
multiplicado.
No hablamos de una paz negociada, fruto de componendas y, en
definitiva, construida a costa del sufrimiento de los más débiles. La paz que
Cristo nos ofrece es fruto de la Pascua y don del Espíritu, porque viene de
Dios.
Los primeros cristianos comprendieron enseguida que, a pesar
de la ausencia física de Jesús, no estaban huérfanos: eran hijos de Dios. Y
gracias a esa certeza, aun viviendo sin muchos motivos humanos para la
esperanza, supieron encontrarla permaneciendo unidos al Padre. Reunidos en la fraternidad y en la oración, encerrados
en una habitación, por miedo a los judíos, Cristo mismo se hizo presente en
medio de ellos y les dijo: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así
también os envío yo».
En el descubrimiento de esa misión se sintieron habitados
por la fuerza del Espíritu. Tuvieron dificultades, persecuciones y mártires,
pero supieron vivir todos esos avatares con la alegría de saberse enviados por
el mismo Señor.
Pablo lo expresa claramente desde las primeras predicaciones
apostólicas: «Nadie puede decir: “Jesús es Señor”, sino por el Espíritu Santo».
Y desde esta gozosa realidad comprendemos que hay diversidad de carismas, pero
un mismo Espíritu; diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y diversidad
de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos.
ORACIÓN
Padre, concédenos que el Espíritu Santo, Espíritu de amor y servicio, en el
que hemos sido bautizados para formar un solo cuerpo, haciendo que caminemos
juntos como Iglesia, nos abra al mundo entero, respetando la diversidad de
lenguas y culturas, llevando al mundo la paz y la alegría de Cristo. Amén.
Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2, 1-11
Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en
el mismo lugar. De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de
viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban
sentados. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían,
posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y
empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía
manifestarse.
Residían entonces en Jerusalén judíos devotos venidos de
todos los pueblos que hay bajo el cielo. Al oírse este ruido, acudió la
multitud y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propia
lengua. Estaban todos estupefactos y admirados, diciendo:
«¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada
uno de nosotros los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay
partos, medos, elamitas y habitantes de Mesopotamia, de Judea y Capadocia, del
Ponto y Asia, de Frigia y Panfilia, de Egipto y de la zona de Libia que limita
con Cirene; hay ciudadanos romanos forasteros, tanto judíos como prosélitos;
también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las grandezas de
Dios en nuestra propia lengua».
Salmo
Salmo 103, 1ab y 24ac. 29bc-30. 31 y 34 R/. Envía tu
Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra
Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Cuántas son tus obras, Señor;
la tierra está llena de tus criaturas. R/.
Les retiras el aliento, y expiran
y vuelven a ser polvo;
envías tu espíritu, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra. R/.
Gloria a Dios para siempre,
goce el Señor con sus obras;
que le sea agradable mi poema,
y yo me alegraré con el Señor. R/.
Segunda lectura
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los
Corintios 12, 3b-7. 12-13
Hermanos:
Nadie puede decir: «Jesús
es Señor», sino por el Espíritu Santo.
Y hay
diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios,
pero un mismo Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que
obra todo en todos. Pero a cada cual se le otorga la manifestación del
Espíritu para el bien común.
Pues, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros,
y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así
es también Cristo.
Pues todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres,
hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos
hemos bebido de un solo Espíritu.
Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-23
Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban
los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y
en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a vosotros».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los
discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.
Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el
Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu
Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se
los retengáis, les quedan retenidos».