jueves, junio 18, 2026

Preocupaciones


Solemos ir en busca de mil cosas; nos preocupamos por satisfacer todas nuestras más mínimas necesidades, nos proponemos infinidad de actividades y nos metemos en mil diligencias. Pareciera que nuestra vida no tendría sentido, sin entregarnos permanentemente a una actividad incansable.

La agitación, el apresuramiento, la perturbación es el precio a pagar; es la otra cara de nuestras prisas y activismos. Tasa impuesta por el impulso, siempre insatisfecho, de estar ocupados, como huyendo de nosotros mismos, en camino hacia no sabemos muy bien dónde. Todo ello nos produce un estado de ánimo y de cuerpo que llamamos estrés y que, al menos físicamente, es una alerta de que no logramos integrar lo que somos, hacia dónde vamos y lo que hacemos, sin renunciar a nuestra condición de seres inquietos en búsqueda, aunque podemos equivocarnos o perder el sentido de nuestra vocación.


Apasionarse por la Sabiduría es la mejor de las ambiciones, nos dice hoy la Escritura. Si bien son muchas las cosas que nos inquietan y exigen nuestro compromiso, debemos ordenar nuestras prioridades, para entregarnos de lleno a nuestra misión sin confusión ni desenfreno.

 La verdadera Sabiduría nos permite movernos y entregarnos con radicalidad sin el fantasma del tiempo perdido, sin el pánico de descentrarnos de nosotros mismos, porque nuestro centro, nuestra vida está dado en el Otro, con mayúscula, y así la Sabiduría nos invita a no medirnos en la entrega a los demás.

Esforcémonos por poseer esta sabiduría que da sentido a nuestra existencia, vigor a nuestro servicio y alegría y gozo en nuestro amor. No sea que al final, por nuestra desidia, no podamos entrar en la fiesta de la vida. (Mt 25,1-13)

lunes, junio 15, 2026

Adiptos sin saber.

Adicción a los teléfonos inteligentes y al internet.

Nuestro mundo está lleno de información, ofertas y ruido, pero sigue teniendo hambre de sentido.Vivimos en una sociedad marcada por la incertidumbre, el cansancio y la superficialidad. En una sociedad donde todo parece tener un precio y donde las personas son valoradas por su rendimiento, su imagen o su utilidad. Hay muchas personas cansadas, heridas y desorientadas. Frente a esta realidad. ¿Somos individuos libres, o masa de anónimos consumidores a merced de los algoritmos de alguna corporación?


Podemos caer en el vicio actual; es el celular o cualquier pantalla conectada a internet. No me mata, pero tampoco me deja vivir. 

Son muchos los cambios en la sociedad y la cultura y ahora podemos decir que vivimos en la economía de la atención; es el recurso más valioso, pero solo cuentas con una reserva de veinticuatro horas y algunas de ellas las has de ocupar en dormir y vivir tu vida. Los grandes competidores por atraer tu atención lo saben; ellos, nuestros competidores más grandes, son Facebook, YouTube y el sueño; ya ves por dónde van los tiros.

Que no cunda el pánico, pero no renuncies a conocer entre quién te encuentras. Las mentes más brillantes en  programación, tecnología, neurología, psicología social, etc., han sido compradas para alcanzar una sola misión: captar tu atención, hacerte adicto; conocer las debilidades de tu mente para mantenerte atrapado a la pantalla por todo el tiempo posible. 


Se habla de economía de la información; el hombre administra sus recursos escasos para que lleguen para el bien de todos. Bueno, eso es en teoría, pero ahora  vamos a entrar en eso. Lo que nos interesa entender en este punto es cuál es el objetivo  de todo esfuerzo humano.

Pero parece que la información no es escasa  ni valiosa; producimos tanta información como basura. Pero hay que reconocer que algo valioso se esconde en esta baraúnda informativa: captar la atención de la gente. Cada dos días se genera más información que el resto de la producida por toda la larga historia de la humanidad. 

Tenemos algo seguro: el cliente no eres tú, sino los anunciantes que pagan para captar tu atención. Buscar información y responder a nuestro instinto de socializar son los instintos primarios que hacen posible pasar  más de dos horas pendientes de pendejadas y memes estúpidos y  juegos adictivos. No digas: "Pero yo tengo libre albedrío, pues, cuando quiero, puedo dejar de mirar la pantalla, pero no es tan fácil". Los logaritmos utilizados  por las compañías dispensadoras de información conocen mucho de ti, de tus gustos, lo que capta tu atención, interés… y hasta necesidades. Puede mantenerte pegado a la pantalla consumiendo anuncios por tiempo indefinido.

Y hay algo muy grave que está en riesgo, que nos despojen de nuestra capacidad de empatía, que te hace ponerte en el lugar del otro; eres capaz de compartir sentimientos, no por instinto de conservación, por hábitos aprendidos, no se trata de búsqueda de recompensa y sensaciones,  de seguridad y placer. Estamos hablando de esos sentimientos humanos forjados en el conocimiento, la libertad y la voluntad, arropados por la capacidad de elegir y tomar decisiones, y no solo para tu provecho, sino para la felicidad del otro.


La ansiedad es la enfermedad más extendida; tu salud está en juego. La felicidad es relativa, pero solo ves la vida de los otros y solo ves el mundo catastrófico, enemigos, tragedias; los otros siempre son el problema… para que vivas una silenciosa resignación. 

No te hagas ilusiones, no vamos a utilizar logaritmos que nos permitan manejar la estupidez humana; a eso no va a renunciar, porque si no, otros ocuparían ese lugar en captar la atención. Por lo tanto, eres tú quien tiene que romper y actuar. 

Comineza con esta pequeña pregunta: ¿ Cuando fue el momento que pasaste  5 minutos  de silencio?



sábado, junio 13, 2026

Es contigo. Eres llamado y enviado

La primera lectura de este domingo nos sitúa en un momento decisivo para Israel. El pueblo ha salido de la esclavitud, pero aún no sabe vivir como un pueblo libre. Egipto sigue habitando en su corazón. Y es precisamente ahí donde Dios irrumpe, no con imposiciones, sino con una declaración de amor: «Os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí».

Esta imagen nos revela que Dios no libera para abandonar, sino para establecer una alianza y confiar una misión. Pero la alianza tiene una condición: «Si escucháis mi voz y guardáis mi alianza». No se trata de una obediencia ciega, sino de una escucha que transforma la vida. Escuchar a Dios significa reordenar prioridades, dejar atrás el egoísmo, la indiferencia y la dureza de corazón para abrir espacio a su presencia.

La segunda lectura nos presenta una verdad sorprendente: Cristo murió por los impíos. No por los justos ni por los perfectos, sino cuando aún éramos débiles y pecadores. Dios no espera a que cambiemos para amarnos; nos ama primero para que podamos cambiar. Su amor gratuito derriba nuestras excusas.

Desde esa misma compasión nace el envío de los Doce en el Evangelio. Jesús los envía sin poder ni seguridades humanas, porque el Evangelio se sostiene por el testimonio. Y les recuerda: «Gratis lo recibisteis, dadlo gratis».

Esta llamada no es solo para algunos. Todos los bautizados somos enviados allí donde vivimos: en la familia, en el trabajo, en la comunidad. No se trata de hacer más cosas, sino de aprender a mirar con los ojos de Jesús.

También nosotros vivimos hoy en un desierto marcado por la incertidumbre, el cansancio y la superficialidad. En una sociedad donde todo parece tener un precio y donde las personas son valoradas por su rendimiento, su imagen o su utilidad, el Evangelio nos recuerda el valor de la gratuidad.

Nuestro mundo está lleno de información, ofertas y ruido, pero sigue teniendo hambre de sentido. Hay muchas personas cansadas, heridas y desorientadas que necesitan encontrar testigos capaces de acercarse con compasión. Frente a esta realidad, los cristianos estamos llamados a ser puentes entre Dios y los hombres, entre el sufrimiento y la esperanza.

La gratuidad, la compasión y el testimonio siguen siendo hoy la forma más creíble de anunciar el Evangelio.



miércoles, junio 10, 2026

«Alegraos y regocijaos» (Mt 5,12)


    «Alegraos y regocijaos» (Mt 5,12)

«Camina en mi presencia y sé perfecto» (Gn 17,). ««Corramos, con constancia, en la carrera que nos toca» (Heb. 12,1). Porque a cada uno de nosotros el Señor nos eligió «para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor» (Ef1,4) 

            El papa ha encontrado una expresión actual para animarnos a ver la santidad como algo cercano el habla de los santos de la puerta de al lado. Una manera de ayudarnos para acercarnos a la santidad  de nuestros hermanos, bautizados que vivieron  plenamente su  condición de cristianos.

«Fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente». Por eso nadie se salva solo, como individuo aislado.

·       Hablar de santos  nos obliga a  reconocernos como pueblo, el santo no es un solitario, un individualista, él no es auto referente, él se ve como parte de un pueblo y se construye para servir mejor a sus hermanos.

            Por otra parte, hablar de santidad no es algo extraño y etéreo; escuchen lo que nos dice el Papa: “Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad «de la puerta de al lado», de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios o, para usar otra expresión, «la clase media de la santidad».

Piensen de la santidad de esta manera: La santidad es el rostro más bello de la Iglesia. Pero aun fuera de la Iglesia Católica y en ámbitos muy diferentes, el Espíritu suscita «signos de su presencia, que ayudan a los mismos discípulos de Cristo».

·       Hablamos directamente de santidad, como  vida plena, de vida cristiana total.

El Señor llama

1.     La tarea de la santidad no es un proyecto propio, ni un logro que elegimos por propia iniciativa e interés. Siempre tenemos que tener claro que es el Señor el que llama, el que invita.  «Sed santos, porque yo soy santo» (Lv 11,45; cf. 1 P 1,16 «Antes de formarte en el vientre, te elegí; antes de que salieras del seno materno, te consagré» (Jr 1,5).

 

Les recuerdo una historia. Domingo Savio, un adolescente de apenas 15 años, conoce a Don Bosco y experimenta una sensación de que él está en la misma onda que él; desde niño ha sentido esa misma necesidad de ser santo.

 En un momento de su encuentro con Don Bosco, donde le ha hablado de llevarle a Turín a estudiar, le pregunta si lo va a llevar y don Bosco dice: creo que tú eres buena tela. ¿Para qué podría servir esa tela? Pregunto Domingo Savio y Don Bosco le contestó: puede servir para hacer hermosos trajes y regalárselos a al Señor. Domingo captó el sentido y dijo: “Ya entiendo, de acuerdo, yo soy esa tela y Ud. es el sastre. Lléveme a Turín y usted haga de mi un hermoso traje para Dios.”


             «Cada uno por su camino»

2.      Para ser santos no es necesario ser obispos, sacerdotes, religiosas o religiosos. Muchas veces tenemos la tentación de pensar que la santidad está reservada solo a quienes tienen la posibilidad de tomar distancia de las ocupaciones ordinarias, para dedicar mucho tiempo a la oración. No es así . Deja que la gracia de tu Bautismo fructifique en un camino de santidad

Esta santidad a la que el Señor te llama irá creciendo con pequeños gestos. «Hay inspiraciones que tienden solamente a una extraordinaria  perfección de los ejercicios ordinarios de la vida». «Aprovecho las ocasiones
que se presentan cada día para realizar acciones ordinarias de manera extraordinaria».

Es posible amar con el amor incondicional del Señor, porque el Resucitado comparte  su vida poderosa con nuestras frágiles vidas: «Su amor no tiene límites y una vez dado nunca se echó atrás. Fue incondicional y permaneció fiel. Amar así no es fácil porque muchas veces somos tan débiles. Pero precisamente para tratar de amar como Cristo nos amó, Cristo comparte su propia vida resucitada con nosotros. De esta manera, nuestras vidas demuestran su poder en acción,
incluso en medio de la debilidad humana»

3.      No le tengas miedo a tu debilidad, ni te quedes paralizado porque has experimentado muchas veces la fragilidad de tus propósitos y buenas intenciones.

 Cuando sientas la tentación de enredarte en tu debilidad, levanta los ojos al Crucificado y dile: «Señor, yo soy un pobrecillo, pero tú puedes realizar el milagro de hacerme un poco mejor». En la Iglesia, santa y compuesta de pecadores, encontrarás todo lo que necesitas para crecer hacia la santidad. El Señor la ha llenado de dones con la Palabra, los sacramentos, los santuarios, la vida de las comunidades, el testimonio de sus santos, y una múltiple belleza que procede del amor del Señor, «como novia que se adorna con sus joyas» (Is 61,10).

Tu misión en Cristo

            La santidad es una aventura de alto riesgo, es la suprema meta  a la que podemos aspira , la plenitud de vida. Dicho en un lenguaje de fe diremos que «La  santidad se mide por la estatura que Cristo alcanza en nosotros, por el grado como, con la fuerza del Espíritu Santo, modelamos toda nuestra vida según la suya.

4.     ¿Por qué ser santo?  Esta es la respuesta que nos deja el Papa Francisco:” Ojalá puedas reconocer cuál es esa palabra, ese mensaje de Jesús que Dios quiere decir al mundo con tu vida. Déjate transformar, déjate renovar por el Espíritu, para que eso sea posible, y así tu preciosa misión no se malogrará. El Señor la cumplirá también en medio de tus errores y malos momentos, con tal que no abandones el camino del amor y estés siempre abierto a su acción sobrenatural que purifica e ilumina.

La actividad que santifica

 ¿De qué se trata? Cómo ser santo.  Ser santo no es cuestión de buenas intenciones y propósitos, no se trata de buen comportamiento y ser perfectos, eso no es santidad. Santidad tiene que ver con vida en el Espíritu, estar despierto y acción, dejándote llevar del Espíritu Santo  en el que van a ser confirmados.

Como no puedes entender a Cristo sin el Reino que él vino a traer, tu propia misión es inseparable de la construcción de ese Reino: «Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia» (Mt6,33). Tu identificación con Cristo y sus deseos,
implica el empeño por construir, con él, ese reino de amor, justicia y paz para todos.

            No es sano amar el silencio y rehuir el encuentro con el otro, desear el descanso y rechazar la actividad, buscar la oración y menospreciar el servicio. Todo puede ser aceptado e integrado como parte de la propia existencia en este
mundo, y se incorpora en el camino de santificación. Somos llamados a vivir la contemplación también en medio de la acción, y nos santificamos en el ejercicio responsable y generoso de la propia misión.

·       Pero cuidado,  no caigas en la trampa del  modelo mundano

5. A tener en cuenta. Una tarea movida por la ansiedad, el orgullo, la necesidad de aparecer y de dominar, ciertamente no será santificadora. El desafío es vivir la propia entrega de tal manera que los esfuerzos tengan un sentido evangélico y nos identifiquen más y más con Jesucristo. De ahí que suela hablarse, por ejemplo, de una espiritualidad del catequista, de una espiritualidad del clero diocesano, de una espiritualidad del trabajo. Por la misma razón, en Evangelii Gaudium quise concluir con una espiritualidad de la misión, en Laudato si’ con una espiritualidad  ecológica y en Amoris laetitia con una espiritualidad de la vida familiar.

            Esto no implica despreciar los momentos de quietud, soledad y silencio ante Dios. Al contrario. Porque las constantes novedades de los recursos tecnológicos, el atractivo de los viajes, las innumerables ofertas para el consumo, a veces no dejan espacios vacíos donde resuene la voz de Dios. Todo se llena de palabras, de disfrutes epidérmicos y de ruidos con una velocidad siempre mayor. Allí no reina la alegría  sino la insatisfacción de quien no sabe para qué vive.

·       Más vivos, más humanos

No tengas miedo de la santidad. No te quitará fuerzas, vida o alegría. Todo lo contrario, porque llegarás a ser lo que el Padre pensó cuando te creó y serás fiel a tu propio ser. No tengas miedo de apuntar más alto, de dejarte amar y liberar por Dios. No tengas miedo de dejarte guiar por el Espíritu Santo. La santidad no te hace menos humano, porque es el encuentro de tu debilidad con la fuerza de la
gracia. En el fondo, como decía León Bloy, en la vida «existe una sola tristeza, la de no ser santos»[32]

·       Se inteligente conoce al enemigo

Dos falsificaciones de la santidad que podrían desviarnos del camino: el gnosticismo y el pelagianismo:

¿Qué es el gnosticismo actual? parece una palabra extraña pero eso lo vivimos continuamente: El gnosticismo supone «una fe encerrada en el subjetivismo, donde solo interesa una determinada experiencia o una serie de razonamientos y
conocimientos que supuestamente reconfortan e iluminan, pero en definitiva el sujeto queda clausurado en la inmanencia de su propia razón o de sus sentimientos»

Los «gnósticos» tienen una confusión en este punto, y juzgan a los demás según la capacidad que tengan de comprender la profundidad de determinadas doctrinas. Conciben una mente sin encarnación, incapaz de tocar la carne sufriente de Cristo en los otros, encorsetada en una enciclopedia de abstracciones. Al descarnar el misterio finalmente prefieren «un Dios sin Cristo, un Cristo sin Iglesia, una Iglesia sin pueblo».

Porque también es propio de los gnósticos creer que con sus explicaciones ellos pueden hacer perfectamente comprensible toda la fe y todo el Evangelio. Absolutizan sus propias teorías y obligan a los demás a someterse a los razonamientos que ellos usan. Una cosa es un sano y humilde uso de la razón para reflexionar sobre la enseñanza teológica y moral del Evangelio; otra es pretender reducir la enseñanza de Jesús a una lógica fría y dura que busca dominarlo todo.

Porque el gnosticismo «por su propia naturaleza quiere domesticar el misterio»[38], tanto el misterio de Dios y de su gracia, como el misterio de la vida de los demás.

·       Atento. Fíjense en esta afirmación:

            Cuando alguien tiene respuestas a todas las preguntas, demuestra que no está en un sano camino y es posible que sea un falso profeta, que usa la religión en beneficio propio, al servicio de sus elucubraciones psicológicas y mentales.
Dios nos supera infinitamente, siempre es una sorpresa y no somos nosotros los que decidimos en qué circunstancia histórica encontrarlo, ya que no depende de nosotros determinar el tiempo y el lugar del encuentro. Quien lo quiere todo claro y seguro pretende dominar la trascendencia de Dios.

Y lo más bello que hoy puedas escuchar, como nos dicen  en Facebook cuando no mandan un mensaje:      a un cuando la existencia de alguien haya sido un desastre, aun cuando lo veamos destruido por los vicios o las adicciones, Dios está en su vida. Si nos dejamos guiar por el Espíritu más que por nuestros razonamientos, podemos y debemos buscar al Señor en toda vida humana.

. Porque el poder que los gnósticos atribuían a la inteligencia, algunos comenzaron a atribuírselo a la voluntad humana, al esfuerzo personal. Así surgieron los pelagianos y los semipelagianos. Ya no era la inteligencia lo que ocupaba el lugar del misterio y de la gracia, sino la voluntad. Se olvidaba que «todo depende no del querer o del correr, sino de la misericordia de Dios» (Rm 9,16) y que «él nos amó primero» (1 Jn 4,19) Pelagianismo

·       Es importante

56. Solamente a partir del don de Dios, libremente acogido y humildemente recibido, podemos cooperar con nuestros esfuerzos para dejarnos transformar más y más[62]. Lo primero es pertenecer a Dios. Se trata de ofrecernos a él que nos primerea, de entregarle nuestras capacidades, nuestro empeño, nuestra lucha contra el mal y nuestra creatividad, para que su don gratuito crezca y se desarrolle en nosotros: «Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios» (Rm 12,1). Por otra parte, la Iglesia siempre enseñó que solo la caridad hace posible el crecimiento en la vida de la gracia, porque si no tengo caridad,
no soy nada (cf. 1 Co 13,2)

·       Lo definitivo

63. Puede haber muchas teorías sobre lo que es la santidad, abundantes explicaciones y distinciones. Esa reflexión podría ser útil, pero nada es más iluminador que volver a las palabras de Jesús y recoger su modo de transmitir la verdad. Jesús explicó con toda sencillez qué es ser santos, y lo hizo cuando nos dejó las bienaventuranzas (cf. Mt5,3-12; Lc6,20-23). Son como el carnet de identidad del cristiano. Así, si alguno de nosotros se plantea la pregunta: «¿Cómo se hace para llegar a ser un buen cristiano?», la respuesta es sencilla: es necesario hacer, cada uno a su modo, lo que dice Jesús en el sermón de las bienaventuranzas [66]. En ellas se dibuja el rostro del Maestro, que estamos llamados a transparentar en lo cotidiano de nuestras vidas.


·      Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.                                    Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.                                              Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.                                                   Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.                    Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán la misericordia.                              Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.                                        Bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.                    Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa.

 ·       El gran protocolo

Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en los cielos.

En el capítulo 25 del evangelio de Mateo (vv. 31-46), Jesús vuelve a detenerse en una de estas bienaventuranzas, la que declara felices a los misericordiosos. Si buscamos esa santidad que agrada a los ojos de Dios, en este texto hallamos precisamente un protocolo sobre el cual seremos juzgados: «Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme» (25,35-36).

¡Te puede pasar esto ¡

Lamento que a veces las ideologías nos lleven a dos errores nocivos. Por una parte, el de los cristianos que separan estas exigencias del Evangelio de su relación personal con el Señor, de la unión interior con él, de la gracia. Así se
convierte al cristianismo en una especie de ONG, quitándole esa mística luminosa que tan bien vivieron y manifestaron san Francisco de Asís, san Vicente de Paúl, santa Teresa de Calcuta y otros muchos. A estos grandes santos ni la oración, ni el amor de Dios, ni la lectura del Evangelio les disminuyeron la pasión o la eficacia de su entrega al prójimo, sino todo lo contrario

·       Algunas palabras que aclarar

Ser santos que tiene que ver con ser íntegros, honestos, castos, piadosos, auténticos, pacíficos , tolerantes .            También con Aguante, paciencia y mansedumbre, Alegría y sentido del humor , comunidad, grupo, parroquia.

140. Es muy difícil luchar contra la propia concupiscencia y contra las asechanzas y tentaciones del demonio y del mundo egoísta si estamos aislados. Es tal el bombardeo que nos seduce que, si estamos demasiado solos, fácilmente
perdemos el sentido de la realidad, la claridad interior, y sucumbimos.

·       Siempre

 COMBATE, VIGILANCIA Y DISCERNIMIENTO. Despiertos y confiados, perseverantes , constantes , fuerte ante la adversidad , no contaminados con afanes mundanos.

Cuidado con la corrupción espiritual

164. El camino de la santidad es una fuente de paz y de gozo que nos regala el Espíritu, pero al mismo tiempo requiere que estemos «con las lámparas encendidas» (Lc 12,35) y permanezcamos atentos: «Guardaos de toda clase de
mal» (1 Ts 5,22). «Estad en vela» (Mt 24,42; cf. Mc 13,35). «No nos entreguemos al sueño» (1 Ts 5,6). Porque quienes sienten que no cometen faltas graves contra la Ley de Dios, pueden descuidarse en una especie de atontamiento o adormecimiento. Como no encuentran algo grave que reprocharse, no advierten esa tibieza que poco a poco se va apoderando de su vida espiritual y terminan desgastándose y corrompiéndose.



sábado, junio 06, 2026

Cuerpo de Cristo

Este domingo la Iglesia celebra el Corpus Christi. Tenemos la oportunidad de acercarnos a este misterio de comunión y unión desde un contexto de estar en camino. La lectura del Deuteronomio nos «recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto», para probarte y conocer tu fidelidad. El que te sacó de Egipto, de la casa de la esclavitud, para hacerte reconocer que no solo de pan vive el hombre.

Así, la experiencia del maná en el desierto se convierte en una escuela de confianza y memoria providente, que se refleja en la liturgia y en el significado profundo de la Eucaristía.

San Pablo, comprometido en construir auténticas comunidades unidas a Cristo, porque formamos un solo Cuerpo» les recuerda a los primeros convertidos de Colosas: El cáliz de bendición y el pan partido son signos de la participación en el cuerpo y sangre de Cristo y, a través de ellos, la Iglesia se edifica, crece y vive. La Eucaristía es así el sacramento de la unidad, la reconciliación y la vida compartida, en la que cada persona encuentra alimento espiritual y se fortalece la comunidad de creyentes.

El evangelio afirma hoy que Cristo es el verdadero alimento que Dios nos da para que tengamos vida. Así como en el Antiguo Testamento Dios alimenta a su pueblo dándole de comer y de beber para que no muera.

Según el Concilio Vaticano II, la Eucaristía constituye la culminación de toda la vida cristiana y el fundamento sobre el que la Iglesia se construye y progresa.


Que nuestra celebración de hoy del Cuerpo de Cristo sea para nosotros como una oportunidad para reflexionar sobre el misterio de la presencia de Cristo, hacer memoria agradecida de la acción divina y renovar el compromiso de fe, confianza y comunión.

Cuando recibimos el cuerpo y sangre de Cristo nos convertimos en aquello que comemos. Además, y como consecuencia, “todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque participamos de ese único pan”.

El evangelio afirma hoy que Cristo es el verdadero alimento que Dios nos da para que tengamos vida. Así como en el Antiguo Testamento Dios alimenta a su pueblo dándole de comer y de beber para que no muera, el concilio nos dice:  la Eucaristía constituye la culminación de toda la vida cristiana y el fundamento sobre el que la Iglesia se construye y progresa.

Que nuestra celebración de hoy del Cuerpo de Cristo sea para nosotros como una oportunidad para reflexionar sobre el misterio de la presencia de Cristo, hacer memoria agradecida de la acción divina y renovar el compromiso de fe, confianza y comunión.

Cuando recibimos el cuerpo y sangre de Cristo nos convertimos en aquello que comemos. Además, y como consecuencia, “todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque participamos de ese único pan”.

El doble fruto de la Eucaristía, unión y comunión nos impulsa a la misión: al celebrar el Corpus, renovamos nuestra fe, nuestra creencia en que Cristo está presente realmente por la acción del Espíritu Santo y por las palabras de la consagración y nuestro compromiso de acércanos al hermano, especialmente el que más nos necesita.


¿A qué me compromete la fiesta que celebramos hoy? ¿Cómo superar la rutina de las celebraciones eucarísticas, diarias o dominicales?

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