El texto plantea una crítica social y antropológica del ecosistema digital, especialmente de cómo el mercado convierte nuestra atención, nuestros datos, nuestro tiempo y hasta nuestras relaciones personales en mercancía.
Desconectados
Cada vez resulta más complicado sentarse a conversar con
alguien sin la presencia inoportuna de un teléfono móvil sobre la mesa que, sin
parar de vibrar, reclama tiránicamente una atención permanente. Consultar el
WhatsApp.
Vivimos en un contexto digital caracterizado por el uso
constante y masivo de tecnología, desplazando el sentimiento y sentido más
profundo y significativo del encuentro personal. Esto es la última estrategia
del capitalismo convertido hoy en tecnofeudalismo.
Es fundamental preservar la vida y la relación de la
profanación del mercado. Disidencia improductiva frente a la sibilina
mercantilización de nuestras existencias. Defender la sostenibilidad, libertad
y dignidad
El scroll continuo erosiona nuestras capacidades de
concentración y nuestra libertad de elección y banaliza nuestra personalidad
única como si fuera un producto de mercado.
1. Mercado - vampiro
El problema no es la tecnología en sí misma, sino la
lógica mercantil que puede esconderse detrás de ella.
En la llamada economía de la atención, dejamos de ser
solamente consumidores para convertirnos también en productores de datos:
nuestras búsquedas, fotografías, conversaciones, gustos, movimientos, opiniones
y relaciones alimentan unos sistemas que permiten predecir e influir en
nuestros comportamientos.
La alianza poder-mercado intenta absorber todos los
recursos naturales, las fuerzas y el tiempo y, en definitiva, la vida misma. Esta
alianza aspira a subsumir no solo nuestros productos y creaciones, la
comunicación y la cultura, sino nuestra propia vida.
De este modo, nuestra atención se convierte en mercancía y
nuestra intimidad, en fuente de beneficio. La tecnología puede llegar a ocupar
espacios que antes pertenecían al encuentro, al descanso, a la conversación y a
la vida compartida.
Y esto sucede envuelto en un atractivo que nos hace bajar la
guardia y nos desnuda frente a la avaricia desmedida del mercado. Toda nuestra
vida convertida en datos que cuatro empresas agregarán y venderán.
Convertir nuestra casa paterna en un apartamento turístico,
convertir nuestros hogares en espacio de teletrabajo, nuestro tiempo libre en
publicación compulsiva en redes.
Gamer, influencer, bloguero son algunos de los nombres que
pueden ser referencia del nuevo esclavo de la nube. Son nuestros aportes, fotos,
historias, videos, reseñas, likes, el verdadero stock de la nueve. Miles de
millones de personas convertidas en siervos de la nube, dispuestos a trabajar
gratis para reproducir el capital en la nube en beneficio de unos pocos
propietarios.
Los teléfonos inteligentes (smartphone) que llevamos a todos
lados y a todas horas actúan como herramienta que se activa, cuando, como
obreros del clic, compartimos imágenes, reacciones, intereses, fechas en el
universo digital.
Lo que preocupa no es la inmensa variedad de elementos tecno
digitales disponibles, sino nuestra ceguera social ante las dinámicas extractivistas
que amenazan nuestras vidas privadas y nuestra conciencia crítica frente al
mordisco del mercado.
2. Ecosistema digital
También existe un coste medioambiental: los centros de
datos, servidores y dispositivos necesitan enormes cantidades de energía y
recursos naturales. Por eso, el desafío digital no es únicamente tecnológico,
sino también social, ecológico y ético.
La gestión de datos consume cantidades ingentes de energía
eléctrica y agua. Servidores, aparatos físicos con fuentes de alimentación,
placas base, memorias RAM, discos duros y procesadores apiñados en granjas de
servidores. Miles de ordenadores que necesitan refrigeración continua.
La ausencia de conciencia sobre el impacto medioambiental de
nuestros usos digitales no deja de ser un problema ecosocial en un futuro no
muy lejano.
3. Economía de la atención
Captar la atención de miles de potenciales consumidores
distraídos entre miles de pantallas nos lleva a lo que se llama economía de la
atención.
Los algoritmos del nuevo mercado digital buscan proporcionar
una publicidad personalizada. De ser consumidores pasamos a ser consumidos.
Prosumidores: consumidores al tiempo que productores no remunerados.
Predecir nuestros comportamientos, guiar nuestras
preferencias, influir en nuestras decisiones, hacernos cambiar de opinión para,
así, reducirnos a sus sirvientes ni remunerados; nuestro trabajo es proporcionar
nuestra información, nuestra atención, nuestra identidad y, sobre todo, los
patrones de comportamiento que entrenan a sus algoritmos.
¿Hasta dónde queda comprometida nuestra libertad de
elección? ¿El comportamiento mercantilista de nuestra concentración? ¿Hasta qué
punto nuestra capacidad de elección en ámbitos comerciales?
4. Conclusiones
Vender los propios órganos, alquilar el vientre para gestar
un bebe ajeno, recibir dinero a cambio de prostituirse o prestarse a
transportar droga.
Más sofisticadamente, ya existe dejarse escanear el iris de
sus ojos por una pequeña remuneración económica (datos biométricos que nos
identifican). Reconocimiento facial, la huella digital, pagos on line, el smartwach
facilita en tiempo real nuestra actividad física.
Solo una minoría de usuarios es consciente del grado de vigilancia al que estamos sometidos. No es necesario caer en un miedo paranoico, pero Alexa. Siri y Cortana están permanentemente a la escucha de nuestras instrucciones, de nuestras conversaciones, suspiros y jadeos.
La meta del mercado es el control de nuestras mentes y vidas, sin que la
presencia de ese poder infiltrado llegue ni siquiera a inquietarnos.
Necesitamos recuperar una mirada crítica que nos permita
preguntarnos: ¿hasta dónde somos realmente libres en nuestras decisiones?
¿Quién controla nuestra atención? ¿Qué estamos entregando a cambio de la
comodidad digital?
Frente a la mercantilización de la existencia, estamos
llamados a defender la libertad, la dignidad, la intimidad, las relaciones
personales y el cuidado de la creación. La verdadera disidencia quizá
consista en aprender nuevamente a desconectarnos para poder encontrarnos.
