El profeta
Eliseo, hombre de Dios, es acogido con generosidad por una familia. Como
recompensa a su hospitalidad, el profeta les anuncia el don de la fecundidad.
Este hecho nos invita a reconocer la misericordia y la bondad de Dios, como
proclama también el salmo: «Cantaré eternamente las misericordias del Señor». Nos
acerca a la proclamación que escuchamos hoy en el Evangelio, donde Jesús promete
una recompensa.
En la segunda lectura, san Pablo nos recuerda cómo Dios ha sido inmensamente misericordioso con nosotros: «Por el bautismo fuimos sepultados con Cristo en la muerte, para que, así como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, también nosotros llevemos una vida nueva».
¿Cómo responder a tanta generosidad? El Evangelio nos ofrece una respuesta clara. La familia, los afectos o las seguridades humanas no deben convertirse en un obstáculo para responder con generosidad: el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí.
La llamada
de Jesús no puede ser motivo de miedo o duda para no entregarnos plenamente a
Él, como Él se entregó por nosotros.
No se trata de dejar de amar a nuestros padres o a nuestros hijos. La invitación de Jesús no es a amar menos, sino a ordenar rectamente nuestros amores, poniendo a Dios en el primer lugar de nuestra vida, como nos enseña el primer mandamiento: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos.
No nos
alejemos del amor de Dios. Reconozcámonos enviados para ser testigos de su amor
ante todos, porque la tarea de anunciar el Evangelio pertenece a toda la
comunidad cristiana. Recordemos las palabras del Señor: «El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua
fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo
que no perderá su recompensa».
Señor, danos
la fortaleza para acoger tu Palabra sin miedo y no permitas que nada ni nadie
nos aparte de tu amor y de tu seguimiento; el que pierda su vida por mí, la
encontrará». Amén.
Lecturas del Domingo XIII
Lectura del segundo libro de los Reyes 4, 8-11. 14-16ª
Pasó Eliseo un día por Sunén. Vivía allí una mujer principal que le insistió en que se quedase a comer; y, desde entonces, se detenía allí a comer cada vez que pasaba.
Ella dijo a su marido:
«Estoy segura de que es un hombre santo de Dios el que viene siempre a vernos. Construyamos en la terraza una pequeña habitación y pongámosle arriba una cama, una mesa, una silla y una lámpara, para que cuando venga pueda retirarse».
Llegó el día en que Eliseo se acercó por allí y se retiró a la habitación de arriba, donde se acostó.
Entonces se preguntó Eliseo:
«¿Qué podemos hacer por ella?».
Respondió Guejazí, su criado:
«Por desgracia no tiene hijos y su marido es ya anciano».
Eliseo ordenó que la llamase. La llamó y ella se detuvo a la entrada.
Eliseo le dijo:
«El año próximo, por esta época, tú estarás abrazando un hijo».
Salmo 88, 2-3. 16-17. 18-19 R/. Cantaré eternamente las misericordias del Señor.
Cantaré eternamente las misericordias del Señor,
anunciaré tu fidelidad por todas las edades.
Porque dijiste: «La misericordia es un edificio eterno», más que el cielo has afianzado tu fidelidad. R/.
Dichoso el pueblo que sabe aclamarte:
caminará, oh, Señor, a la luz de tu rostro;
tu nombre es su gozo cada día,
tu justicia es su orgullo. R/.
Porque tú eres su honor y su fuerza,
y con tu favor realzas nuestro poder.
Porque el Señor es nuestro escudo,
y el Santo de Israel nuestro rey. R/
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 6, 3-4. 8-11
Hermanos: Cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte.
Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva.
Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él. Porque quien ha muerto, ha muerto al pecado de una vez para siempre; y quien vive, vive para Dios.
Lo mismo vosotros, consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.
Lectura del santo evangelio según san Mateo 10, 37-42
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:
«El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí.
El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo.
El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa».
