EVANGELIZACIÓN, INICIACIÓN, CATEQUESIS, PASTORAL

sábado, septiembre 19, 2026

Mi salario es Cristo


 COMENTARIO A LAS LECTURAS DEL DOMINGO XXV del TO
    
Saludos, hermanos y amigos,  a todos los que dedicáis unos minutos a leer esta reflexión dominical.

«Mis planes no son vuestros planes». La historia del ser humano, tal como aparece en la Sagrada Escritura, es también la historia de cómo los planes de Dios para nuestra felicidad y salvación son muchas veces echados por tierra.

La Palabra de Dios de este domingo responde a una gran inquietud que muchos llevamos dentro. Todos, en algún momento, reconocemos que no actuamos según los planes de Dios, según los proyectos de su corazón de Padre, y que pecamos.

¿Qué podemos hacer? Somos débiles y volvemos una y otra vez a nuestros caprichos y egoísmos. El salmo nos anima, nos recuerda: «Buscad al Señor mientras se deja encontrar». «Cerca está el Señor de los que lo invocan, de los que lo invocan sinceramente».

En el Evangelio, Jesús nos habla de la compasión de Dios. Lo presenta como un padre que espera a su hijo y le ofrece misericordia, y también como el dueño de una viña que sale a buscar trabajadores durante todo el día, sin medir su valor únicamente por su eficacia, sino teniendo en cuenta sus necesidades.

El Reino de Dios no funciona según los criterios del mundo: «Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos, primeros». Estas palabras rompen nuestros esquemas y nuestra lógica de cálculo. Aquellos que parecen los últimos también son tenidos en cuenta por Dios, igual que tú y yo.

Dios no está sometido a nuestro modo de medir el tiempo. No hay últimos ni primeros ante Él; esa es una clasificación nuestra. Lo que Dios quiere es que respondamos a su llamada, ya sea al amanecer, a media mañana, al mediodía o al caer la tarde. Lo que nos pide es fidelidad a su voluntad y generosidad para realizar aquello que nos confía, sin cuestionar la manera en que Él trata a los demás.

No pocas veces hemos pretendido que Dios tome partido por un grupo humano frente a otro. Hemos defendido una justicia separada de la misericordia cuando juzgábamos cómo debían ser tratados los demás. Pero Dios no excluye a nadie. Invita a todos a vivir y trabajar en su viña, a encontrar una vida con sentido, de servicio y felicidad.



Piensa: ¿fuiste llamado desde el amanecer de tu existencia, a media mañana, al mediodía? ¿O eres de los que han permanecido durante años paralizados por sus miedos, sus prejuicios o sus circunstancias, y han escuchado la llamada al caer de la tarde? ¿Quizá te has sentido tratado con indiferencia, como si nadie hubiera confiado plenamente en ti? Pues escucha hoy al Señor que te dice: «Ve también tú a mi viña».

No estás en la vida para recibir un diploma de buena conducta. Has sido llamado a ser feliz y a construir el Reino de Dios. No tengas miedo: nunca es tarde cuando el Señor llama.


No te asustes por ciertos comentarios o miradas, ni por quienes pretenden situarse por encima de los demás. Sé humilde y recuerda: «Los últimos serán los primeros, y los primeros, los ú
ltimos».


Este es el salario que Dios nos ofrece: «Para mí la vida es Cristo».

Señor, que no proteste ante tu generosidad con mi hermano, ni me deje llevar por la envidia. Haz que viva siempre agradecido por tu llamada. No importa la hora en que me hayas llamado, sino la generosidad con la que acoges y entregas tu amor. Amén.



LECTURAS del DOMINGO XXV

 Lectura del libro de Isaías 55, 6-9

Buscad al Señor mientras se deja encontrar,
invocadlo mientras está cerca.
Que el malvado abandone su camino,
y el malhechor sus planes;
que se convierta al Señor, y él tendrá piedad,
a nuestro Dios, que es rico en perdón.
Porque mis planes no son vuestros planes,
vuestros caminos no son mis caminos

—oráculo del Señor—.
Cuanto dista el cielo de la tierra,
así distan mis caminos de los vuestros,
y mis planes de vuestros planes.

Salmo 144, 2-3. 8-9. 17-18

 R/. Cerca está el Señor de los que lo invocan.

Día tras día, te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.
Grande es el Señor, merece toda alabanza,
es incalculable su grandeza. R/.

El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas. R/.

El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones.
Cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente. R/.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 1, 20c-24. 27a

Hermanos:
Cristo será glorificado en mi cuerpo, por mi vida o por mi muerte.
Para mí la vida es Cristo y el morir una ganancia. Pero, si el vivir esta vida mortal me supone trabajo fructífero, no sé qué escoger.
Me encuentro en esta alternativa: por un lado, deseo partir para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor; pero, por otro, quedarme en esta vida veo que es más necesario para vosotros.
Lo importante es que vosotros llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo.

 Lectura del santo evangelio según san Mateo 20, 1-16

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:
«El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña.
Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo y les dijo:
“Id también vosotros a mi viña y os pagaré lo debido».
Ellos fueron.
Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo.
Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo:
“Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?”.
Le respondieron:
“Nadie nos ha contratado”.
Él les dijo:
“Id también vosotros a mi viña».
Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz:
“Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros”.
Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Al recibirlo se pusieron a protestar contra el amo:
“Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno”.
Él replicó a uno de ellos:
“Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”.
Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos».






martes, septiembre 15, 2026

La Virgen dolorosa



15 de septiembre: conmemoración de la Virgen de los Dolores. Madre al pie de la cruz.


Stabat Mater Dolorosa 

Estaba la Madre dolorosa
junto a la Cruz llorando,
mientras su Hijo pendía.
Su alma llorosa,
triste y dolorida,
traspasada por una espada.

 



¡Oh cuán triste y afligida
estuvo aquella bendita
¡Madre del Unigénito!
Estaba triste y dolorosa,
como madre piadosa,
al ver las penas de su Divino Hijo.
 

¿Qué hombre no lloraría,
si viese a la Madre de Cristo
en tan atroz suplicio?
¿Quién no se contristaría,
al contemplar a la Madre de Cristo
dolerse con su Hijo?

 Por los pecados de su pueblo,
vio a Jesús en los tormentos,
y sometido a los azotes.
Vio a su dulce Hijo
morir abandonado,
cuando entregó su espíritu.

 ¡Oh, Madre, ¡fuente de amor!
Haz que sienta tu dolor
para que contigo llore.
Haz que arda mi corazón
en amor de Cristo mi Dios,
para que así le agrade.

 ¡Oh santa Madre! Haz esto:
graba las llagas del Crucificado
en mi corazón hondamente.
De tu Hijo lleno de heridas,
que se dignó padecer tanto por mi,
reparte conmigo las penas.
 

Haz que yo contigo piadosamente llore,
y que me con duela del Crucificado,
mientras yo viva.
Haz que esté contigo
junto a la Cruz;
pues deseo asociarme en el llanto.
 

¡Oh Virgen la más ilustre de todas las vírgenes!
no seas ya dura para mí;
haz que contigo llore.
Haz que lleve la muerte de Cristo;
hazme socio de su Pasión
y que venere sus llagas.
 

Haz que, herido con sus heridas,
sea yo embriagado con la Cruz
y con la Sangre de tu Hijo.
Para que no me queme y arda en las llamas,
por ti, oh Virgen, sea defendido
en el día del juicio.

¡Oh Cristo! Cuando hubiere de salir de aquí,
dame, por tu Madre,
que llegue a la palma de la victoria.
Cuando el cuerpo feneciere,
haz que al alma se le de
la gloria del Paraíso.
Amén. Aleluya.

sábado, septiembre 12, 2026

No olvidar el perdon para perdonar


Saludos, amigos y hermanos.

Este domingo seguimos, en cierto modo, examinando las relaciones comunitarias. Hoy reflexionamos sobre el perdón. En nuestras relaciones es tan importante saber corregir como saber perdonar.

Nos dice también la primera lectura: «Recuerda los mandamientos y no te enojes con tu prójimo». Con otras palabras, hemos escuchado: «El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra» (Jn 8,7).

Si alimentamos la ira contra el hermano, no podemos ser gratos a Dios. La compasión nos hace más humanos y más amigos de Dios. Si fuésemos más coherentes, antes de pedir nada al Señor, dejaríamos la ofrenda ante el altar e iríamos a reconciliarnos con nuestros hermanos.

El hombre resentido solo recuerda la ofensa recibida; el creyente, por el contrario, debe aprender a recordar una historia mayor: la de la fidelidad de Dios, que empequeñece cualquier otra cuenta pendiente.

La parábola de los dos siervos endeudados con su Señor nos ofrece una enseñanza definitiva: sin un proceso de humanización, frente a la ira y al resentimiento, no podemos seguir el camino de la salvación ni experimentar plenamente el perdón y la compasión de Dios. Sin ejercer la compasión con el otro, nos hacemos incapaces de acoger la misericordia de Dios.

San Pablo, en medio de una comunidad dividida, recuerda algo sencillo y, a la vez, revolucionario: «Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor. Para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos».

Vivimos en una cultura que nos empuja constantemente a colocarnos en el centro: mis derechos, mis heridas, mis cuentas. Pero el creyente descubre que el centro de su vida ya no es él mismo, sino Aquel a quien pertenece.

El perdón empieza, quizá, justo ahí: cuando dejamos de preguntarnos solamente qué nos hicieron y empezamos a preguntarnos qué está viviendo el otro.

En el Evangelio se nos dice claramente, ante la pregunta de Pedro, que no son los límites lo importante, sino la capacidad de compadecerse. Dios nunca comienza mirando nuestras cuentas; comienza mirando nuestro rostro. Antes que acreedores o deudores, somos hijos necesitados de misericordia.

El drama es que el deudor no solo no perdona, sino que ha olvidado. Ha olvidado que, un instante antes, estaba en el suelo pronunciando las mismas palabras que ahora escucha sin conmoverse; que estuvo de rodillas y que unas manos lo levantaron sin pedir nada a cambio.



Quizá el primer paso no sea intentar perdonar de inmediato, sino, sencillamente, volver a hacer memoria: recordar cuántas veces Dios ha tenido paciencia con nosotros; cuántas veces nos ha esperado mientras vivíamos encerrados en nuestras propias cuentas; cuántas veces Dios ha vuelto a empezar conmigo cuando yo ya había dejado de creer en mí mismo.

Porque quien recuerda la misericordia recibida puede aprender también a ofrecer misericordia. Y quizá ahí comienza el verdadero camino del perdón: no cuando dejamos de sentir la herida, sino cuando permitimos que el amor de Dios sea más grande que nuestro resentimiento.

 Señor, concédenos comprender que el perdón no nace primero de nuestro esfuerzo, sino de la contemplación de tu misericordia que nos precede. Solo quien permanece en la memoria de ese amor aprende, poco a poco, a mirar al hermano con los mismos ojos con los que Dios lo mira.


Domingo XXIV del TO, Ciclo A

LECTURAS 

Lectura del libro del Eclesiástico 27, 30 – 28, 7

Rencor e ira también son detestables,
el pecador los posee.
El vengativo sufrirá la venganza del Señor,
que llevará cuenta exacta de sus pecados.
Perdona la ofensa a tu prójimo
y, cuando reces, tus pecados te serán perdonados.
Si un ser humano alimenta la ira contra otro,
¿cómo puede esperar la curación del Señor?
Si no se compadece de su semejante,
¿cómo pide perdón por sus propios pecados?
Si él, simple mortal, guarda rencor,
¿quién perdonará sus pecados?
Piensa en tu final y deja de odiar,
acuérdate de la corrupción y de la muerte
y sé fiel a los mandamientos.
Acuérdate de los mandamientos
y no guardes rencor a tu prójimo;
acuérdate de la alianza del Altísimo
y pasa por alto la ofensa.

Salmo 102, 1-2. 3-4. 9-10. 11-12

R/. El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia.

Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios. R/.

Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa,
y te colma de gracia y de ternura. R/.

No está siempre acusando
ni guarda rencor perpetuo;
no nos trata como merecen nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpa. R/.

Como se levanta el cielo sobre la tierra,
se levanta su bondad sobre los que lo temen;
como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos. R/.

 

 

 

 

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 14, 7-9

Hermanos:
Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo.

Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; así que, ya vivamos ya muramos, somos del Señor.

Pues para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de muertos y vivos.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 18, 21-35

En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó:
«Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?».

Jesús le contesta:
«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por esto, se parece el reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus criados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo:
“Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”.

Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda.

Pero al salir, el criado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba diciendo:
“Págame lo que me debes”.

El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo:
“Ten paciencia conmigo y te lo pagaré”.

Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.

Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido.

Entonces el señor lo llamó y le dijo:
“¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste ¿no debías tener tú también compasión de un compañero, como yo tuve compasión de ti?”.

Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.

Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».

miércoles, septiembre 09, 2026

Vencer el mal con el bien


 La humanidad se enfrenta hoy a realidades profundas y desafiantes que amenazan nuestras certezas y nos llevan a cuestionar el sentido mismo de la vida. La insolidaridad, la injusticia, el abuso y la violencia en todas sus formas son algunas de estas realidades que, junto con la discriminación, la desigualdad y un consumismo destructivo y contaminante, nos hacen preguntarnos si la humanidad mantiene una actitud razonable ante la existencia o si, por el contrario, se ha convertido en la causa de su propia autodestrucción y de la destrucción de toda forma de vida.


Estas condiciones se agravan en tiempos de crisis y se ven potenciadas por el uso inapropiado de los medios digitales y de las nuevas tecnologías, a las que con frecuencia no se les imponen límites ni se aprovechan plenamente sus posibilidades para promover el bien común y, en definitiva, el cuidado de toda vida.


Existen dos circunstancias características de nuestro tiempo que merecen especial atención. Por un lado, las nuevas tecnologías de la información se utilizan de manera extraordinaria para captar nuestra atención y alejarnos del esfuerzo personal de reflexión y búsqueda de sentido; además, limitan nuestra capacidad de confrontar la realidad y dificultan la iniciativa, la creatividad y el compromiso con el bien común. Por otro lado, la tecnología que permite intervenir en el código genético humano, cuando se desarrolla sin una adecuada valoración ética, puede afectar de manera irreversible y fatal nuestra condición de personas humanas.

Hay realidades que alientan la esperanza y construyen vida; reconózcanoslas.

En estos momentos por los que atraviesa gran parte de la humanidad, junto con sus peligros, se hace evidente una gran verdad: toda persona y todo el ecosistema global están llamados a dar vida y a vencer el mal.

Contamos con dones tan extraordinarios como la amabilidad, la integridad, el inconformismo y la compasión. En las situaciones límite crecemos y respondemos con valentía y determinación en la búsqueda de soluciones en favor de la vida.

El ser humano tiene la capacidad de dudar de todo, incluso de sí mismo; pero, por muy condicionado que esté, sabe que es señor y no esclavo. Por eso se indigna ante la corrupción y la avaricia, y no descansa hasta vencer el mal.

El amor, la justicia y la paz no son palabras vacías; son caminos de vida que el ser humano recorre con coraje y valentía. La tolerancia, la verdad, el respeto y la inclusión son valores fundamentales de la naturaleza humana que le permiten entregarse a la gran tarea de cuidar, aliviar y sanar. Sin embargo, necesita un punto de apoyo que le permita salir más allá de los muros y las barreras que buscan someterlo.


¿Dónde buscar, pedir y llamar? Esta es una pregunta que cada persona debe responder para reconstruir la vida social, educarse para desaprender, disponerse a elegir en libertad y actuar con esperanza, fe y amor.



martes, septiembre 08, 2026


Nuestra Señora del Valle
8/09/26: Natividad de Nuestra Señora.

La fiesta de la Natividad de la Virgen es una de las más antiguas dentro de las celebraciones marianas. Su origen se remonta a Jerusalén, vinculada a la dedicación de la basílica «Sanctae Mariae ubi nata est», construida sobre el lugar donde, según la tradición, nació María, hija de Joaquín y Ana, padres de María.

 En Occidente, la celebración se introdujo hacia el siglo VII y fue promovida por el Papa Sergio I en  Roma. 
La fecha del 8 de septiembre se eligió porque ocurre nueve meses después de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción (8 de diciembre), marcando así un ciclo litúrgico que honra la concepción y nacimiento de María. La Iglesia católica reconoce únicamente tres natividades en su calendario: la de Jesús (25 de diciembre), la de Juan Bautista (24 de junio) y la de María (8 de septiembre). 






  







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