EVANGELIZACIÓN, INICIACIÓN, CATEQUESIS, PASTORAL

10/14/2026

Cuando el amor falta

CUANDO EL AMOR FALTA

Tomado del libro “Cuando el amor falta” de Jesús Higueras. Ediciones RIALP – Madrid. (págs. 15-49)

INTRODUCCIÓN
 Hay escenas en el Evangelio que destacan por la sencillez de los elementos presentes: un banquete, un descuido, unas tinajas vacías, un vino que falta, una madre que intercede, un hijo que reacciona con libertad ante el ruego de la madre. Poco más que un episodio doméstico. Y, sin embargo, en estas líneas sencillas del segundo capítulo del Evangelio de Juan late un misterio inmenso, un eco que atraviesa los siglos y nos alcanza a nosotros hoy.


En Caná acontece una revelación que es clave para comprender nuestra fe. Porque, si somos sinceros, un día llegaremos a descubrir que nos falta el vino. Que la alegría se nos escapa, que la vida pierde sabor, que la fe corre el riesgo de convertirse.

Tener presente que el Evangelio no es una teoría, sino un milagro cotidiano, que nos permite escuchar la voz suave y firme de María, que nos dice: “No tienen vino”. Que el vino no falte nunca.

Para que el Evangelio sea el don que nos señala: que hay alguien capaz de colmar nuestro vacío, necesitamos vivir en la verdad.

 La verdad

La verdad nos hace libres. Vivir en la verdad nos despoja de todo aquello que no somos y, al mismo tiempo, nos devuelve a nosotros mismos. Para los cristianos, la verdad tiene un rostro, una voz, un nombre: Jesús.

La verdad es inseparable de la humildad; sin esta adhesión humilde y sincera no puede nacer la fe. Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón. (Mt 11.29)

Vivir en la verdad es vivir en la libertad de saberse amado sin condiciones, y en la humildad de reconocer que necesitamos ser salvados.

La libertad

La libertad interior, profunda, brota de la verdad misma y nos configura desde dentro.

Ser cristiano es, ante todo, la experiencia de una libertad radical, porque Dios no quiere siervos sometidos, sino hijos libres.

La libertad que consiste en conocer la voluntad de Dios y seguirla. “Si conocéis mis enseñanzas, conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”. (Jn 8, 31)

El miedo y la ignorancia son los enemigos de esta libertad, lo que nos hace vivir pendientes de la voluntad ajena y en la oscuridad. Nuestra meta es ser nosotros mismos, hasta llegar al Padre.

Esto solo puede ser si nuestra fe no nace del miedo. Nace de una decisión libre y consciente de responder al amor que nos ha precedido.

 La verdad y libertad no es una simple experiencia emotiva y autorreferente: hay un contenido de fe que recibimos y compartimos en comunión. Ese contenido fundamental que Jesús nos ha revelado es que somos radicalmente amados.

El drama no está en que Dios nos priva de su amor, sino en la libertad del hombre, que puede, trágicamente, rechazar ser amado.

El amor que da sentido a todo   

Somos amados por Dios, no por lo que hacemos, sino por lo que somos, desde la eternidad con su mirada de ternura. La salvación no es la recompensa a una vida correcta. La salvación es un regalo.

 El amor comenzó a transformarnos el día que fuimos bautizados. La tarea de nuestra vida no es ganarnos ese amor, sino creer en él. Amor que no se queda en nosotros, que se desborda hacia los demás y hacia Dios. Solo el que ha sido amado puede amar de verdad. No olvidemos que el cristianismo es el asombro de saberse amado gratuitamente. Este es el mandamiento: amar a Dios, al prójimo y a ti mismo.

Ser cristiano no es simplemente ser correcto, bueno. Es haber sido tocados por la gracia. Es vivir desde dentro de un amor que nos transforma.

Hacer las cosas por obligación, por cumplir, no es lo propio de quien es amado y se siente amado.

El combate contra los ídolos

 No sabemos amar, amamos poco o de forma desordenada, nos dejamos fascinar por atajos ilusorios, falsos refugios, espejismos engañosos. Es necesaria la humildad, la sinceridad y la verdad para reconocerlo. Descubrir cuáles son nuestros ídolos, aquello que ocupa en nuestra vida el lugar que solo le corresponde a Dios. Entonces podremos entender lo que nos dice Jesús: “Convertíos” (Mc 1,15).

Reconocimiento humilde de que hemos puesto nuestra confianza, nuestra esperanza y nuestro amor en lugares equivocados. Llamar a cada ídolo por su nombre y decir: vuelvo a mi Dios.

Nuestro mundo está lleno de propuestas idolátricas. Nos venden falsas promesas de felicidad, alternativas seductoras que parecen más fáciles e inmediatas.

Por eso la conversión es un proceso continuo, un camino permanente de discernimiento y renuncia. Al final, la conversión es dejar espacio para que Dios sea Dios; no es un ejercicio de autoculpabilidad. Es práctica de libertad, y confianza; es ese momento de renuncia interior cuando el espíritu empieza a reconstruir.

Hijos en el Hijo

Dios, al crearnos, nos llama a la existencia con un amor gratuito y originario. Pero somos hijos no solo porque hemos sido creados, sino porque hemos sido rescatados y transformados. Somos hijos en Cristo por gracia, no por naturaleza. En el bautismo hemos renacido del agua y del Espíritu.

“Hay que nacer de nuevo” (Jn 3,7). Nuestra identidad más profunda: somos hijos amados. Nuestro empeño principal es aprender a vivir como hijos.

Todo es gracia.

Todo lo que somos, y todo lo que algún día podamos llegar a ser, es gracia. “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rm 5,5). Todo es don.

La Cruz nos da la vida de Dios, en los sacramentos, la Palabra de Dios, la caridad vivida en la vida cotidiana. Nuestra vida unida a Cristo es un altar invisible donde la gracia se derrama. Y nuestro mérito está en decir sí. “Nadie puede decir: Jesús es el Señor, si no es por el Espíritu Santo” (1 Cor 12,3).

 Cuando miras atrás y ves cómo has podido sacar adelante a tus hijos, cómo has sostenido tu familia, cómo has perseverado en la fe a pesar de las tormentas, cómo has seguido creyendo cuando todo parecía oscuro… no puedes sino reconocer que todo ha sido un regalo.


Comunicación y comunión

 El cristianismo es un encuentro personal. Creer es una relación con Dios, es confiar en Él. Por eso Pablo pudo decir: “Vivo yo, pero ya no soy yo; es Cristo quien vive en mí. Y mi vida presente en la carne la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí. (Gal 2,20)

La fe no nace de un razonamiento humano, sino de la iniciativa de Dios que sale a nuestro encuentro. La verdadera fe no solo es conocimiento intelectual; debe ser siempre la comunión. El proceso de la fe es comunicación que lleva a la comunión.

La comunión no es un estado emocional, ni un sentimiento pasajero. Es Dios quien quiere vivir con nosotros. Y cuando esa relación se rompe, cuando dejamos de vivir la relación con Dios, cuando la oración se enfría y la vida sacramental se descuida, cerramos la puerta a la Palabra y la fe se convierte en cáscara vacía.

La comunión con Dios nos lleva necesariamente a la comunión con los demás. Decir Iglesia es decir comunión.

Vivir para la gloria de Dios

 “Ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo por la gloria de Dios” (1 Cor 10,31). Gloria, que consiste en cumplir la voluntad del Padre, en amar hasta el extremo y devolver al Padre el amor recibido.

Debemos estar atentos porque queremos que las cosas nos salgan bien, que los demás nos valoren, que se hable bien de nosotros, que nuestra historia deje huella, pero el único reconocimiento que vale, la única mirada que nos sostiene, es la de Dios.

“La gloria de Dios es el hombre vivo” (San Ireneo de Lyon). Cada vez que una vida que parecía perdida vuelve a encontrar su rumbo, cada vez que la dignidad de los pequeños, de los pobres, de los descartados es restaurada, se alcanza la gloria de Dios.

La gloria de Dios pasa por la justicia verdadera, por la caridad concreta, por la misericordia vivida. Una iglesia que solo se preocupa de lo espiritual, y descuida las necesidades del hombre y la mujer concreta, no sería Iglesia de Cristo. (Mt 25,35-36) Vivir para la gloria de Dios es vivir para los demás.

 


Continuará 

10/10/2026

INVITADOS

DOMINGO XXVIII

 El profeta Isaías nos habla del proyecto de Dios para la historia humana mediante la imagen de un festín de manjares exquisitos y vinos refinados. Dios quiere sentar a todos los pueblos, sin excepción, a la misma mesa; quiere que todos participen de la misma fiesta, compartan la misma alegría y disfruten del mismo alimento.

El festín es símbolo de la alianza y de la comunión que Dios quiere establecer con toda la humanidad. El Señor enjugará las lágrimas de todos los rostros. Sin embargo, durante la vida presente, este sueño encuentra graves obstáculos, como las guerras, las injusticias y toda clase de sufrimientos. No obstante, Dios mantiene su promesa: llegará el día en que todos los pueblos participarán de esta fiesta. Este es el Señor en quien esperamos.

Con palabras más sencillas, el salmo 22 nos transmite el mismo mensaje: «El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan».

También san Pablo nos recuerda que Dios proveerá a todas nuestras necesidades con generosidad, conforme a su riqueza en Cristo Jesús. Nuestra confianza no se fundamenta en la ausencia de dificultades, sino en la certeza de que Dios permanece a nuestro lado y nos sostiene en medio de las tribulaciones.


En el Evangelio, las parábolas del Reino vuelven a manifestarnos esta voluntad de Dios de compartir con nosotros su alegría y su fiesta.

Las excusas y el rechazo de los primeros invitados no son motivo suficiente para que Dios renuncie a su proyecto de salvación. Al contrario, su respuesta manifiesta la universalidad de su amor: el banquete está abierto a todos. Por eso, el rey manda reunir a cuantos encuentran por los caminos, «malos y buenos».

La segunda parábola nos habla del invitado que entra al banquete sin llevar el vestido de boda. Esta imagen parece advertirnos de que no basta con aceptar la invitación; también es necesario prepararse para participar dignamente en la fiesta. Presentarse sin el vestido adecuado representa una actitud de indiferencia o autosuficiencia, semejante a la de quienes rechazaron la invitación. Este hombre aceptó la llamada, pero no respondió a ella con una actitud verdaderamente nueva.


Señor, hemos sido invitados a tu banquete y nos alegramos por la alianza que has establecido con nosotros. Concédenos la sabiduría y la gracia necesarias para corresponder a tanta bondad y misericordia con un corazón renovado y una vida entregada al servicio de los demás. Amén.

Lecturas Domingo XXVIII

Lectura del libro de Isaías 25, 6-10a

Preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares exquisitos, vinos refinados.

Y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos, el lienzo extendido sobre todas las naciones.

Aniquilará la muerte para siempre.

Dios, el Señor, enjugará las lágrimas de todos los rostros, y alejará del país el oprobio de su pueblo - lo ha dicho el Señor -.

Aquel día se dirá: «Aquí está nuestro Dios. Esperábamos en él y nos ha salvado. Este es el Señor en quien esperamos. Celebremos y gocemos con su salvación, porque reposará sobre este monte la mano del Señor».

Salmo 22, 1-3a. 3b-4. 5. 6.

R/. Habitaré en la casa del Señor por años sin término

El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas. R/.

Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan. R/.

Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa. R/.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término. R/.

 Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 4, 12-14. 19-20

Hermanos:
Sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy avezado en todo y para todo: a la hartura y al hambre, a la abundancia y a la privación. Todo lo puedo en aquel que me conforta. En todo caso, hicisteis bien en compartir mis tribulaciones.

En pago, mi Dios proveerá a todas vuestras necesidades con magnificencia, conforme a su riqueza en Cristo Jesús.

A Dios, nuestro Padre, la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

 Lectura del santo evangelio según san Mateo 22, 1-14

En aquel tiempo, volvió a hablar Jesús en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo:

«El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo; mandó a sus criados para que llamaran a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar otros criados encargándoles que dijeran a los convidados:

“Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda”.

Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, los demás agarraron a los criados y los maltrataron y los mataron.

El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad.

Luego dijo a sus criados:
“La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, llamadlos a la boda”.

Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo:
“Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?”.

El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los servidores:
“Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”.

Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos».