FIESTA DE TODOS LOS SANTOS
La solemnidad de Todos los Santos puede llevarnos fácilmente
a pensar en personas extraordinarias, casi inalcanzables, cuya vida parece muy
distante de la nuestra. Sin embargo, el Evangelio nos propone una mirada muy
distinta.
Jesús no presenta la santidad como un privilegio reservado a
unos pocos, sino como una llamada universal que se concreta en la vida
cotidiana.
En la lectura del Apocalipsis que escuchamos hoy se nos dice
que el número de los santos es incontable: «Una muchedumbre inmensa, que nadie
podría contar, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas».
San Juan nos recuerda en su primera carta: «Queridos, ahora
somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que,
cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual
es. Todo el que tiene esta esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es
puro».
En las bienaventuranzas encontramos el camino de una
santidad posible, cercana y profundamente humana. Son una invitación a dejarnos
transformar por el Evangelio, para que nuestra manera de vivir haga visible, aquí
y ahora, el rostro de Dios.
Así descubriremos que la verdadera felicidad no nace del
poder, del éxito o del reconocimiento, sino del amor vivido con humildad,
misericordia y entrega.
Ser santos significa:
- Despojarnos
de la fiebre posesiva, liberarnos del afán de tener y poner nuestros
dones al servicio de los demás.
- Tener
un corazón manso, amable y bondadoso. Tomar la decisión de fijarnos
mucho más en lo positivo y bueno que hay en los demás que en sus zonas
oscuras.
- Ser
capaces de llorar con quien llora y reír con quien ríe. Aprender de
los niños y de los santos a vivir con un corazón sensible y compasivo.
- No
ser injustos, ni con nuestros pensamientos, ni con nuestras palabras,
ni con nuestras acciones, ni tampoco con nuestros silencios cómplices.
- Creer
generosamente en los demás, convencidos de que es preferible ser
engañados alguna vez que pasarnos toda la vida desconfiando de todos. Si
queremos ser felices, limpiemos nuestro corazón. Ser puros de corazón
significa no poner a Dios al mismo nivel que nuestros ídolos.
- Trabajar
por la paz. No permanecer indiferentes ante los conflictos que nos
rodean. Intentar evitarlos, resolverlos y construir puentes de
entendimiento. Los que trabajan por la paz serán llamados hijos de Dios.
- Atrevernos
a luchar por la justicia, sin rendirnos cuando llegue el cansancio o
cuando los demás nos dejen solos.
- Ser
capaces de soportar los insultos, la persecución y la calumnia por causa
de Jesús. Como nos dice el Evangelio: «Alegraos y regocijaos, porque
vuestra recompensa será grande en el cielo».
Mañana celebramos la conmemoración de todos los fieles
difuntos. Es un día especial para recordar a quienes nos han dejado y ponerlos
en las manos de Dios, y que desde el cielo nos contemplan y oran por nosotros.
También es una ocasión para renovar nuestra esperanza y
recordar que la muerte no tiene la última palabra. Caminamos hacia el mismo
encuentro con Dios que ellos anhelaron y al que nosotros estamos llamados.
No olvidemos que estamos llamados a la santidad. Vivamos,
por tanto, según el espíritu de las bienaventuranzas, para que un día podamos
reunirnos con nuestros seres queridos en el Reino de los Cielos.