Dios Padre y creador, en su infinita misericordia, nos ha hecho partícipes de su amor. Nos ha regalado el don de la vida y nos permite ser protagonistas de nuestra existencia. La libertad es el signo de que su amor no nos manipula ni nos coarta.
Pero nos ha regalado algo más extraordinario: el ser
partícipes de su propia vida inmortal.
Compadecido de nuestros errores, nos envió a su propio Hijo
para reconciliarnos con su amor, perdonar nuestros pecados y hacernos partícipes
de la resurrección.
Este misterio de amor lo llamamos el misterio de la Encarnación.
Jesús se hizo hombre, uno de nosotros, compartió nuestras fortalezas y debilidades,
menos el pecado, y lo que Dios ama en su Hijo, lo ama en nosotros.
Pero este misterio de la manifestación de la bondad y misericordia
de Dios manifiesta un modo nuevo de relacionarse con sus creaturas.
Por medio de la misma naturaleza nos ha querido hacer llegar
su gracia, su salvación. Un ejemplo importante es la Iglesia.
La iglesia, humanamente hablando, es un colectivo, entre
otros, que surge de la necesidad del ser humano de expresar su condición social
y sus valores, creencias o intereses le llevan a crear estos colectivos y comunidad.
Pero Dios, que ha querido que le conociéramos de una manera única dándonos el
don de fe, ha querido que a través de la Iglesia que su propio Hijo instituyó
con sus discípulos fuera portadora de su gracia y salvación, la Iglesia
sacramente de salvación. Su Espíritu Santo prometido por su Hijo fue enviado a
los discípulos reunidos y así nació la Iglesia de Jesús.
No es necesario que encuentres una sana relación entre tu fe
en el Dios que nos ha revelado Jesucristo y su Iglesia. Para ello, la palabra de
Dios, el Evangelio de Jesús, será un camino seguro para alcanzar la aceptación
del misterio de Dios que manifiesta su poder en la debilidad.
