sábado, agosto 29, 2026

Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir

Saludos, hermanos y amigos:

Hemos de experimentar la emoción y la alegría que nos describe el profeta Jeremías: «Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir». Pero esta experiencia va acompañada de la dureza de ser fieles a la Palabra de Dios y de no amoldarnos a las exigencias del mundo. No es fácil seguir a Jesús; requiere un largo proceso de transformación interior.

El salmo 62 nos describe de una manera admirable cómo nos sentimos cuando reconocemos el auxilio del Señor, que nos sostiene con su amor: «Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío».

No podemos escandalizarnos de la reacción de Pedro al escuchar a Jesús manifestar a sus discípulos el sufrimiento que debía padecer en Jerusalén: «¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte».

Jesús no se disculpa por lo que ha dicho. Él sabe que el camino que le espera es el de la entrega total, hasta la última gota de su amor, por el bien de todos. Por eso, se dirige también a sus discípulos y les dice: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga».

Probablemente, todos hemos tenido alguna experiencia de lo que significa vivir el Evangelio. En ciertas ocasiones, Jesús nos pide que compartamos lo poco que tenemos con quienes están a nuestro lado y pasan necesidad. Otras veces nos invita a renunciar a caprichos y frivolidades que chocan con la voluntad de Dios. Asimismo, puede reclamarnos que demos testimonio de nuestra fe en ambientes adversos, aun cuando ello pueda provocar incomprensiones, enemistades, conflictos o dificultades.

Jesús nos advierte: «Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará».

El camino de la cruz consiste en poner nuestra vida en manos de Dios para construir aquí su Reino de amor. Esto implica sacrificarnos por el bien común: compartir nuestros bienes, ayudar gratuitamente a quienes lo necesitan, no malgastar nuestro dinero y dar testimonio del Evangelio cuando las circunstancias lo requieran.

Todo ello puede suponer esfuerzo e incluso sufrimiento. Para alcanzar esta transformación, san Pablo nos pide que nos renovemos «por la renovación de la mente». Es decir, nos anima a cambiar interiormente, algo que no resulta fácil.

Adecuar nuestra mente y nuestro corazón a los valores y sentimientos del Evangelio supone un largo camino de purificación. Requiere, por una parte, ponernos en las manos de Dios para que sea Él quien nos guíe y, por otra, esforzarnos cada día por dejarnos conducir por Él.

Señor, que nunca olvidemos esta lección. Que cada día iniciemos nuestra jornada reconociendo que Tú eres nuestro Dios y que necesitamos de tu auxilio.

 Ayúdanos a procurar que todas nuestras palabras y nuestras obras estén orientadas a construir tu Reino de amor.

AMÉN

LECTURAS DEL DOMINGO XXII

Lectura del libro de Jeremías 20, 7-9

Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir;
has sido más fuerte que yo y me has podido.
He sido a diario el hazmerreír,
todo el mundo se burlaba de mí.
Cuando hablo, tengo que gritar,
proclamar violencia y destrucción.
La palabra del Señor me ha servido
de oprobio y desprecio a diario.
Pensé en olvidarme del asunto y dije:
«No lo recordaré; no volveré a hablar en su nombre»;
pero había en mis entrañas como fuego,
algo ardiente encerrado en mis huesos.
Yo intentaba sofocarlo, y no podía.

Salmo 62, 2. 3-4. 5-6. 8-9 R/. Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.

Oh, Dios, tú eres mi Dios,
por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti;
mi carne tiene ansia de ti,
como tierra reseca, agostada, sin agua. R/.

¡Cómo te contemplaba en el santuario
viendo tu fuerza y tu gloria!
Tu gracia vale más que la vida,
te alabarán mis labios. R/.

Toda mi vida te bendeciré
y alzaré las manos invocándote.
Me saciaré como de enjundia y de manteca,
y mis labios te alabarán jubilosos. R/.

Porque fuiste mi auxilio,
y a la sombra de tus alas canto con júbilo;
mi alma está unida a ti,
y tu diestra me sostiene. R/.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 12, 1-2

Os exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios; este es vuestro culto espiritual.
Y no os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.

 

 

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo 16, 21-27

En aquel tiempo, comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.

Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo:
«¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte».

Jesús se volvió y dijo a Pedro:
«¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios».

Entonces dijo a los discípulos:
«Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga.

Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará.

¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar para recobrarla?

Porque el Hijo del hombre vendrá, con la gloria de su Padre, entre sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta.»

 


 

martes, agosto 25, 2026

Cristianismo y religiosidad

Breve escrito de Dietrich Bonhoeffer (1)

Para muchos, “ha pasado el tiempo de la interioridad y de la conciencia moral, es decir, precisamente el tiempo de la religión en general”, y podemos decir que nos encaminamos hacia una época totalmente arreligiosa. Pareciera que los hombres, tal como son ahora, ya no pueden seguir siendo religiosos.

Nuestra predicación y teología cristiana descansan sobre el “a priori religioso” de los hombres. El cristianismo ha sido siempre una forma de la “religión”.

Si una vez se llega a verse claro que este a priori no existe, sino que ha sido una forma de expresión del hombre históricamente condicionada y, si, por lo tanto, los hombres llegan a ser arreligiosos de una manera verdaderamente radical, ¿qué significaría entonces esta situación para el cristianismo?

Todo el cristianismo precedente quedaría privado de un elemento fundamental, y ya no podría pisar tierra firme desde el punto de vista “religioso”. Y podríamos juzgar la forma occidental de cristianismo como mera etapa previa de una completa arreligiosidad. ¿Qué situación surge entonces para nosotros, y para la Iglesia? ¿Cómo puede convertirse Cristo en el Señor, incluso de los no religiosos? Si la religión es tan solo un ropaje del cristianismo, ¿qué es entonces un cristianismo arreligioso?

¿Qué significaría una Iglesia, una parroquia, una predicación, una liturgia, una vida cristiana en un mundo sin religión? ¿Cómo se puede hablar de Dios sin religión, cómo hablar “mundanamente” acerca de Dios? ¿Cómo somos los llamados, sin considerarnos unos privilegiados en el plano religioso, sino como pertenecientes plenamente al mundo?

Cristo no sería objeto de una religión, sino algo completamente diferente, realmente el Señor del mundo. ¿Qué significa esto? ¿Qué significa el culto y la plegaria en una ausencia de religión?

La cuestión paulina acerca de si la circuncisión (peritomé) es condición para la justificación (Gal. 6,15), hoy en día la podríamos referir a si la religión es condición para la salvación. Librarnos de la circuncisión es liberarnos de la religión.

Pareciera que el hombre religioso acude a Dios fundamentalmente ante los límites humanos. Pero ¿cuáles son esos límites? La muerte y el pecado son considerados límites. Pareciera que hablan de los límites humanos como si pretendieran reservar un lugar para Dios.

El Dios cristiano es, por el contrario, el Dios de la vida. Del centro, de la fuerza. En los límites, lo apropiado es guardar silencio y dejar sin solución lo insalubre.

La resurrección no es la “solución” a la muerte. El “más allá” de Dios no es el más allá de nuestra capacidad de conocimiento. Dios está en el centro de nuestra vida, aun estando más allá de ella. Dios está siempre en medio de la aldea.

Interpretar y anunciar a Dios y a los milagros de un modo no religioso.

¿Qué significa interpretar religiosamente? Hablar, por una parte, de forma metafísica y, por otra parte, de forma individualista. Esto no cuadra ni con el mensaje bíblico ni con el hombre actual.

La cuestión de la salvación personal del alma es hoy poco relevante. Y aun bíblicamente, tampoco lo es. “La justicia y el Reino no son el centro de todo.” “Pero todos son hechos justos gratuitamente y por pura bondad, mediante la redención realizada en Cristo Jesús.” (Romanos 3,24ss.)

Lo que está más allá de este mundo quiere existir para este mundo, en el sentido bíblico de la creación y la encarnación, de la crucifixión, resurrección de Jesucristo.

En lugar de la religión se halla ahora la Iglesia, pero el mundo queda, en cierto sentido, solo y abandonado a sí mismo.

Cómo interpretar penitencia, fe, justificación, nuevo nacimiento y santificación. (Jn 1,14). La ciencia, (la religiosidad), la profecía, (la interpretación) pasarán; el amor no muere, no se agota, no tiene fin. (1 Co 13,8)

 

 1. pág. 150 en Resistencia y sumisión , Dietrich Bonhoeffer.

 


sábado, agosto 22, 2026

¿Quién decís que soy yo?


Queridos amigos y hermanos,

Hay preguntas que no buscan información, sino que invitan a quien es preguntado a tomar una decisión y responder desde el corazón y desde la propia vida. En el Evangelio de este domingo, Jesús formula una de esas preguntas decisivas: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»

Es una pregunta que atraviesa los siglos y llega también hasta cada uno de nosotros. Podemos conocer muchas cosas sobre Jesús, haber oído hablar de Él y saber muchas cosas acerca de su vida y de su mensaje. Pero llega un momento en que no basta con repetir respuestas aprendidas. Es necesario dar una respuesta personal.

Jesús comienza preguntando qué dice la gente sobre Él y luego llega la pregunta decisiva: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Ya no se trata de lo que dicen los demás. Ahora la respuesta es personal.

Pedro responde con una confesión admirable: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». Pero Jesús le recuerda inmediatamente que esa respuesta no nace solamente de su inteligencia o de sus capacidades: «Eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos».

La fe es un regalo antes que un mérito. Es siempre gracia. No es simplemente el resultado de un razonamiento perfecto ni la conquista de un esfuerzo humano. Es Dios quien sale a nuestro encuentro y abre nuestros ojos para reconocer a Cristo. La fe no atraviesa solamente nuestra mente y nuestras ideas; toca también el corazón y transforma nuestra vida.

San Pablo, en la segunda lectura, concluye con una admirada alabanza: «¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios!» La fe no consiste en poseer todas las respuestas, sino en dejarnos abrazar por Dios y caminar confiados detrás de Aquel que tiene palabras de vida eterna.

Por eso estamos llamados a edificar nuestra existencia sobre esa misma roca: Cristo. No sobre nuestras seguridades, nuestros éxitos, nuestros bienes o nuestras propias fuerzas, sino sobre Aquel que permanece cuando todo lo demás puede tambalearse.

Y la respuesta más verdadera a la pregunta de Jesús se expresa en nuestra manera de vivir, de amar, de servir, de perdonar, de compartir y de confiar.

Señor Jesús, gracias por el maravilloso don de la fe, por llamarnos a seguirte y por permitirnos formar parte de tu Iglesia. Ayúdanos a reconocerte como el Mesías, el Hijo del Dios vivo, y a construir nuestra vida sobre la roca firme de tu amor.


Lecturas del Domingo XXI del Tiempo  Ordinario 

Domingo XXI  TO “A” Evangelio de Mt.16,13-20

Lectura del libro de Isaías 22, 19-23

Esto dice el Señor a Sobná, mayordomo de palacio:
«Te echaré de tu puesto,
te destituirán de tu cargo.
Aquel día llamaré a mi siervo,
a Eliaquín, hijo de Esquías,
le vestiré tu túnica,
le ceñiré tu banda,
le daré tus poderes;
será padre para los habitantes de Jerusalén
y para el pueblo de Judá.
Pongo sobre sus hombros
la llave del palacio de David:
abrirá y nadie cerrará;
cerrará y nadie abrirá.
Lo clavaré como una estaca en un lugar seguro,
será un trono de gloria para la estirpe de su padre».

Salmo

Salmo 137, 1-2a. 2bcd-3. 6 y 8bc R/. Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos.

Te doy gracias, Señor, de todo corazón,
porque escuchaste las palabras de mi boca;
delante de los ángeles tañeré para ti;
me postraré hacia tu santuario. R/.

Daré gracias a tu nombre:
por tu misericordia y tu lealtad,
porque tu promesa supera a tu fama.
Cuando te invoqué, me escuchaste,
acreciste el valor en mi alma. R/.

El Señor es sublime, se fija en el humilde
y de lejos conoce al soberbio.
Señor, tu misericordia es eterna,
no abandones la obra de tus manos. R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 11, 33-36

¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos!
En efecto, ¿quién conoció la mente del Señor? O ¿quién fue su consejero? O ¿quién le ha dado primero para tener derecho a la recompensa?
Porque de él, por él y para él existe todo. A él la gloria por los siglos. Amén.

 Lectura del santo evangelio según san Mateo 16, 13-20

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesárea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos:
«¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?».
Ellos contestaron:
«Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas».
Él les preguntó:
«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».
Simón Pedro tomó la palabra y dijo:
«Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo».
Jesús le respondió:
«¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos.
Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.
Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».
Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.

 

domingo, agosto 16, 2026

Todos llamados a la Salvación

                                 

La liturgia de este domingo nos invita a confrontarnos, desde la Palabra de Dios, con una realidad siempre presente en la comunidad humana y especialmente actual en nuestro tiempo: ¿cómo nos relacionamos con quienes son diferentes de nosotros?

Aunque tengamos deseos de ser acogedores con el extranjero y con el inmigrante, muchas veces encontramos razones para sospechar de su presencia. Parece existir en el corazón humano una tendencia a dividir, un miedo a aceptar al diferente y una dificultad para mirarnos desde el respeto, el diálogo y la fraternidad.

También el pueblo de Israel, que se sabía elegido por Dios para manifestar al mundo las maravillas de la salvación, tuvo muchas veces miedo de los extranjeros, hasta considerar peligroso todo lo que venía de fuera. Sin embargo, el profeta Isaías anuncia un horizonte nuevo: la salvación de Dios está destinada a todos los pueblos. La casa de Dios será una casa de oración para todas las naciones.

La salvación que Dios ofrece no puede ser auténtica cuando excluye o separa, sino cuando acerca, hermana y facilita el encuentro. La fe no puede reducirse al cumplimiento externo de normas; debe conducirnos al encuentro con Dios y con los demás, a la fraternidad, a la dignidad y al respeto por toda persona.

También san Pablo descubre, por la acción del Espíritu Santo, que el amor de Dios no puede quedar encerrado en una cultura, una tradición o una institución. Todos están llamados a alcanzar la misericordia, porque la gracia es iniciativa de Dios y su proyecto es que nadie quede fuera.


Esta verdad aparece con especial fuerza en el Evangelio, en el encuentro de Jesús con la mujer cananea. Es una mujer pagana que se acerca gritando de dolor y suplicando por su hija. Se encuentra con una mentalidad religiosa que establecía fronteras entre los que pertenecían al pueblo elegido y los que estaban fuera. Incluso los discípulos quieren que Jesús la atienda para que deje de gritar y los moleste.

Pero aquella mujer no se rinde. Su respuesta se convierte en una de las grandes confesiones de fe del Evangelio: “También los perros comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”. Esta simple frase se convierte en una enorme confesión de fe, de las más grandes que recogen los evangelios: Dios es para todos.

El mundo en el que vivimos tiene muchas “mujeres cananeas” que gritan desesperadas por sus hijos enfermos, moribundos, endemoniados… Los que estamos de este lado de la mesa no podemos sino abrirla para que quepan todos y se sientan en casa. No es solo el alimento o el vestido: es la fraternidad, es el espíritu de dignidad humana, es el corazón del Evangelio que nos empuja a amar.

 




sábado, agosto 15, 2026

La Asunción: Virgen María elevada en cuerpo y alma a los cielos

La Asunción de la Virgen María nos invita a contemplar la esperanza de la resurrección.


Este dogma fue definido por el papa Pío XII el 1 de noviembre de 1950 mediante la constitución apostólica Munificentissimus Deus, aunque la creencia forma parte de la tradición cristiana desde los primeros siglos. La Asunción es la fiesta de la Virgen María elevada en cuerpo y alma a los cielos tras finalizar su vida terrenal; y  manifiesta el destino al que está llamada toda la Iglesia: participar plenamente de la resurrección de Cristo. 

Esta solemnidad nos recuerda que María, preservada del pecado por singular gracia de Dios y plenamente unida a la misión de su Hijo, anticipa la gloria prometida a todos los creyentes. La liturgia la presenta como “signo de esperanza cierta y de consuelo para el pueblo peregrino de Dios”.

Una de las solemnidades marianas más importantes

En numerosos países de tradición católica, esta festividad se celebra con procesiones, peregrinaciones, festividades patronales y actos de piedad popular. En muchas comunidades hispanas, esta solemnidad constituye uno de los momentos más significativos del mes dedicado al Inmaculado Corazón de María.

Un mensaje de esperanza   

Para los creyentes, la Asunción no solo honra a María, sino que también les recuerda la promesa cristiana de la vida eterna.   

Mientras millones de católicos elevan sus oraciones a la Virgen María el 15 de agosto, esta solemnidad nos recuerda que el objetivo de la vida cristiana es compartir la gloria de Cristo resucitado, una esperanza que la Iglesia contempla realizada plenamente en la Madre del Señor. 



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