EVANGELIZACIÓN, INICIACIÓN, CATEQUESIS, PASTORAL

2.11.26

Día de nuestros difuntos


Lectura del santo evangelio según san Juan 14, 1-6

No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os prepararé un lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis. Y sabéis a dónde voy, y sabéis el camino. Le dijo Tomás: Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo, pues, podemos saber el camino? Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.

La celebración del día consagrado a orar por los fieles difuntos es una buena oportunidad para dejarse iluminar por la fe y robustecer la esperanza, entrando en comunión con tantos familiares, bienhechores, amigos y, en definitiva, hermanos por la condición moral, que han logrado ya o están vías de conseguir la plenitud de sus aspiraciones.

Con un acto libre de la mente y del corazón, con que se desconectaron los humanos de su Creador, entró el pecado, la contaminación de lo creado y la muerte en la estirpe que nos es común. Pero Dios, hecho hombre en la persona divina de Jesucristo, murió por los pecadores que, aunque con fuerzas para llenar sobradamente su recorrido por el mundo, se cerraron el camino hacia la trascendencia que les llama. La mayor prueba del amor que Dios tiene hacia las criaturas hechas a su imagen y semejanza es la muerte y resurrección de Jesucristo.

Dios perdona a quien, arrepentido de verdad, se confiesa culpable. Pero, borrada la culpa, permanece la pena que, en nuestras manos, está aliviarla mediante el acto más sublime de caridad, cual es la oración por semejantes hijos de Dios y hermanos nuestros.



31.10.26

SANTOS

FIESTA DE TODOS LOS SANTOS

La solemnidad de Todos los Santos puede llevarnos fácilmente a pensar en personas extraordinarias, casi inalcanzables, cuya vida parece muy distante de la nuestra. Sin embargo, el Evangelio nos propone una mirada muy distinta.

Jesús no presenta la santidad como un privilegio reservado a unos pocos, sino como una llamada universal que se concreta en la vida cotidiana.

En la lectura del Apocalipsis que escuchamos hoy se nos dice que el número de los santos es incontable: «Una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas».

San Juan nos recuerda en su primera carta: «Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. Todo el que tiene esta esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro».

En las bienaventuranzas encontramos el camino de una santidad posible, cercana y profundamente humana. Son una invitación a dejarnos transformar por el Evangelio, para que nuestra manera de vivir haga visible, aquí y ahora, el rostro de Dios.


Así descubriremos que la verdadera felicidad no nace del poder, del éxito o del reconocimiento, sino del amor vivido con humildad, misericordia y entrega.

Ser santos significa:

  • Despojarnos de la fiebre posesiva, liberarnos del afán de tener y poner nuestros dones al servicio de los demás.
  • Tener un corazón manso, amable y bondadoso. Tomar la decisión de fijarnos mucho más en lo positivo y bueno que hay en los demás que en sus zonas oscuras.
  • Ser capaces de llorar con quien llora y reír con quien ríe. Aprender de los niños y de los santos a vivir con un corazón sensible y compasivo.
  • No ser injustos, ni con nuestros pensamientos, ni con nuestras palabras, ni con nuestras acciones, ni tampoco con nuestros silencios cómplices.
  • Creer generosamente en los demás, convencidos de que es preferible ser engañados alguna vez que pasarnos toda la vida desconfiando de todos. Si queremos ser felices, limpiemos nuestro corazón. Ser puros de corazón significa no poner a Dios al mismo nivel que nuestros ídolos.
  • Trabajar por la paz. No permanecer indiferentes ante los conflictos que nos rodean. Intentar evitarlos, resolverlos y construir puentes de entendimiento. Los que trabajan por la paz serán llamados hijos de Dios.
  • Atrevernos a luchar por la justicia, sin rendirnos cuando llegue el cansancio o cuando los demás nos dejen solos.
  • Ser capaces de soportar los insultos, la persecución y la calumnia por causa de Jesús. Como nos dice el Evangelio: «Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».
               

Mañana celebramos la conmemoración de todos los fieles difuntos. Es un día especial para recordar a quienes nos han dejado y ponerlos en las manos de Dios, y que desde el cielo nos contemplan y oran por nosotros.

También es una ocasión para renovar nuestra esperanza y recordar que la muerte no tiene la última palabra. Caminamos hacia el mismo encuentro con Dios que ellos anhelaron y al que nosotros estamos llamados.

No olvidemos que estamos llamados a la santidad. Vivamos, por tanto, según el espíritu de las bienaventuranzas, para que un día podamos reunirnos con nuestros seres queridos en el Reino de los Cielos.