«La inactividad que no produce nada constituye una
forma intensa y
esplendorosa de la vida».
José Laguna, Desconectados. Por una vida improductiva, CJ Cuadernos, n.º 244.
I. Desalmar
Las máquinas
solo funcionan; para las personas, la verdadera vida comienza en el momento en que
termina la preocupación por la supervivencia y la urgencia por la pura vida.
No podemos
definir la vida únicamente desde el rendimiento. Somos lo que hacemos, pero
también, y fundamentalmente, lo que decidimos hacer. El arte auténtico es un
valor supremo que trasciende cualquier tasación y utilidad. Su único fin puede
ser, sencillamente, el gozo del arte por el arte.
Como afirma
Jorge Mujica: «Vivir es amar, es el placer de estar al pedo [perdiendo el
tiempo] con otro. Vivir es, cuando sos anciano, jugar al truco con los amigos,
hablar de recuerdos».
El mercado
quiere conquistar el alma, ese espacio reservado al misterio, al gozo y a la
esperanza. Como se ha atribuido a Margaret Thatcher: «La economía es el medio;
el objetivo es cambiar el corazón y el alma».
«Desalmar»
es el sueño de toda conquista. Los encomenderos de la colonización española lo
sabían bien. Por eso se empeñaron en negar el alma de los indígenas y de los
esclavos que trabajaban sus tierras. Frente a ellos se alzaron religiosos como
Antón de Montesinos, que clamaron exigiendo el reconocimiento de la dignidad y
del alma racional de aquellos cuya humanidad era puesta en cuestión para
proteger determinados intereses económicos.
La presencia
de «demonios» acompaña, de algún modo, a muchos de los grandes avances de la
ciencia y de la tecnología: desde el motor de vapor, que despertó las críticas
de algunos pensadores de su tiempo, hasta los teléfonos móviles y la
inteligencia artificial en la actualidad. Y es que la digitalización puede
convertirse en una nueva tecnología mediante la cual determinados poderes
económicos y sociales ejercen formas de control sobre nuestra vida, nuestro
tiempo y nuestra atención.
Necesitamos
recuperar unas funciones básicas: terapéuticas y críticas. Necesitamos
poner en el centro a la persona y priorizar el bien del otro sobre la ganancia
de la empresa.
El
cristianismo contiene expresiones que alientan la capacidad humana de
relativizar lo productivo y reconocer aquello que es verdaderamente definitivo:
«No podéis servir a Dios y al dinero»; «Dad al César lo que es del César y a
Dios lo que es de Dios»; o la invitación a estar «en el mundo sin ser del
mundo».
No se trata
de evasión, sino de disidencia: de encontrar caminos de libertad,
vulnerabilidad y alegría frente a las lógicas opresivas del poder. Se trata de
recuperar espacios en los que la persona no tenga que justificarse por lo que
produce, consume o rinde.
Quizá
desconectarse no signifique abandonar el mundo, sino desconectarnos de
aquello que pretende convertir nuestra vida en rendimiento, consumo y utilidad
para volver a conectar con aquello que nos hace verdaderamente humanos.
II. Éxodo
Vivir en una
estructura de pecado que nos coarta la libertad y nos impide vivir con
admiración debería hacernos clamar por una liberación hacia una tierra fértil y
preciosa que mana leche y miel. El éxodo es camino de liberación, un itinerario
duro y totalmente nuevo que nos pide aprender a desaprender el sistema opresor
y reconocer la solidaridad, el caminar juntos y la alegría de la esperanza.
Hoy no es
fácil llegar a reconocer, desde una mirada consciente, las estructuras de
dominio que se agazapan detrás de palabras técnicas y logros deslumbrantes. Se
trata de descubrir al faraón que utiliza los likes para sus propios intereses.
¿Cómo
descubrir la explotación escondida en algoritmos capaces de calificar como
muertes accidentales las de los 6.500 inmigrantes indios, nepaleses y bengalíes
entre los dos millones de trabajadores que fueron a trabajar en las obras para
el Mundial de Qatar 2022?
III. Sábado
«Y descansó
el día séptimo de toda su obra» (Gn 2,3). «El hombre es señor del sábado» (Mt
12,8).
Desconectar
del esfuerzo y de la mirada productiva para gozar del frescor junto al amigo.
La fuerza creadora nace del descanso divino, del que participamos los seres
humanos. El imperativo obsesivo y el reclamo permanente de atención digital nos
privan de la satisfacción del descanso y de caminar despreocupadamente,
reconociendo la belleza que nos rodea.
Somos
animales sabáticos: el fin de todo empeño laboral y revolucionario es el
descanso. El anhelo último de la humanidad es llegar a una situación de paz
definitiva. La prueba definitiva es superar la trampa del universo digital, que
satura con pseudoexperiencias el vacío existencial de vidas que necesitan
estar hiperestimuladas para vencer el miedo a estar solas.
Buscar el
reposo y algo de libertad interior. Entrar en el huerto que nos devuelve la
dimensión de la espera de la cosecha soñada. Los claustros son lugares para no
dejarse someter por la tiranía del reloj de la producción. Los religiosos han
cambiado el espacio de desconexión por agendas saturadas que se guían más por
el cronómetro estresante de los ejecutivos que por el kairós paciente de
la campana.
IV. El banquete
«El reino de
Dios se parece a un rey que celebra la boda de su hijo» (Mt 22,2). «Traed el
ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete» (Lc 15,23).
El banquete
es más que un momento destinado a satisfacer las necesidades nutricionales: es,
fundamentalmente, fiesta. Es un tiempo para estar con los amigos (Lc 15,30).
El banquete
es la expresión máxima del deseo de conseguir unas condiciones óptimas: una
vida digna donde se comparte, se cobija y se cuida, pero también donde se
sueña, se desea, se baila y se ríe.
«Ante el
Señor... yo bailaré y me humillaré», dijo David al ser criticado por Mical, la
hija de Saúl.
En el
universo digital, lo recreativo está en función de la producción. El
aburrimiento no está permitido; el ocio se convierte en tiempo de consumo.
Continuamente se nos incita a comprar y se nos ofrecen distracciones que nos
mantienen ocupados y, de algún modo, vinculados a la lógica de la producción.
V. Encarnación
«La Palabra
se hizo carne y acampó entre nosotros» (Jn 1,14).
Dios se hace
humanidad en Jesús, frente a las religiones que separan claramente la divinidad
de la humanidad. Es una magnífica contracorriente frente a la deriva
descorporizadora que caracteriza la virtualidad del mundo digital y de la IA.
En el
Evangelio de Juan, la Palabra se hace carne; en el «evangelio digital», la
palabra se hace avatar. La digitalización de la realidad niega la corporeidad
del sujeto y pretende sustituir el cerebro por la IA.
En la
encarnación se proclama que nuestro cuerpo no es un envoltorio del que podamos
deshacernos caprichosamente sin dejar de ser nosotros. Es imposible separar
alma y cuerpo. Existimos con y desde nuestro cuerpo, nunca a pesar de él.
«Damos a luz
nuestros pensamientos desde nuestro dolor y les damos materialmente todo lo que
tenemos en nosotros de sangre, corazón, fuego, placer, pasión, tortura,
conciencia, destino, fatalidad», escribe Nietzsche: realidades intraducibles a
bits.
Suplantar la
vida de carne por el virtualismo digital. Dios, en el Evangelio, se embarró
tocando el sufrimiento para aliviarlo: se acercó y tocó al leproso, diciendo:
«Quiero, queda limpio» (Mc 1,40-41). El metaverso promueve solidaridades
asépticas que pretenden transformar la realidad desde el otro lado de la
pantalla a base de clicktivismo.
Acuerpar las
luchas. Frente a las relaciones virtuales, reivindicamos la presencia del
cuerpo. No hay lucha sin un cuerpo que danza y abraza. ¡Recuperar la alegría
sin perder la indignación! (K. Cabnal, 2020).
La
hostilidad hacia el cuerpo en el cristianismo de primera hora, inoculada desde
el neoplatonismo gnóstico, desalojó todo rastro de este ideal cristiano.
Las
dimensiones emocionales y afectivas desatendidas deben integrarse. La
concepción del cuerpo como cárcel del alma y fuente de todos los males trastocó
toda la riqueza de la encarnación.
Frente a la
corporalidad de Dios mismo, la frontera del pecado pronto levantó un muro
defensivo frente a los peligros proyectados por el deseo.
El deseo
atesora también una potencia vital capaz de prototipar nuevas formas de
articulación socio-económico-política, alternativas a la clásica lucha de
clases.
La teología
de la liberación encontró un Dios en Cristo entre los marginados, pero no
reconoció en Jesús la presencia de un Dios marginal. O sea, no un Dios que deja
la gloria para reunirse brevemente con los pobres y excluidos, sino un Dios que
se asume pobre y excluido, extraño, torcido... (Marcella Althaus-Reid, 2008, p.
69).
Algunas
teologías feministas empiezan a reivindicar el poder erótico como fuerza
vinculante (Brock, 2008): una potencia física, psíquica y emocional que
atraviesa todas las actividades humanas —trabajo, espiritualidad, familia,
etc.—, no solo las sexuales.
El erotismo
proporciona el poder que proviene de compartir profundamente cualquier actividad
con otra persona y disminuye la amenaza de la diferencia (Lorde, 2007).
No somos
ingenuos: el sexo, el erotismo, el placer y la pasión pueden alimentar poderes
perversos que justifiquen relaciones indeseables de sumisión. Y no podemos
ignorar que uno de los dispositivos más eficaces del capitalismo, la
publicidad, se sostiene sobre la estimulación consciente de un deseo siempre
insatisfecho.
VI. Buenas noticias
«Id y
contadle a Juan lo que habéis visto y oído... A los pobres se les anuncia la
Buena Noticia» (Lc 7,22). «Habitará el lobo con el cordero» (Is 11,6-7).
El
capitalismo no genera buenas noticias para los empobrecidos, por más que sus
desarrollos tecnomédicos ayuden a ver a los ciegos, a andar a los cojos o a
limpiar a los leprosos. Sin ningún temor a reconocer los beneficios de la IA en
el desarrollo científico, podemos afirmar que la IA es prosaica: se limita a
gestionar el presente y no anuncia necesariamente futuros alternativos para los
más vulnerables.
Ningún
algoritmo concluirá que un día la vaca pastará con el oso, que los que ahora
lloran reirán, que los que pasan hambre quedarán saciados (cf. Mt 5,3-12), ni
mucho menos que los muertos resucitarán. Conviene distinguir la radicalidad de
lo «nuevo», que abre una brecha imprevisible en el acontecer histórico, de la
avidez de novedades con la que el liberalismo satura un presente absoluto
(Alemán, 2021).
La IA no puede prometer nada ni genera por sí misma ninguna novedad. La tecnología suele limitarse a proponer nuevos pasados para sustituir viejos futuros (Lluís Amiguet, 2023). Solo el pensamiento crítico es capaz de saltar los límites y atisbar futuros alternativos.
Apagar el
móvil para rememorar, recordar y agradecer con calma el rastro de la Buena
Noticia en el entramado de nuestra vida biográfica y comunitaria es un acto
disidente que se resiste a clausurar la vida en un presente sin promesa.
Es la
decisión consciente y lúcida de ser honrados con la realidad (Sobrino), de no
confundir lo que hay con lo posible (Ellacuría). Una mística de los ojos
abiertos (Metz) y un compromiso militante que buscan dejar entreabierta la
pequeña puerta por la que aún puede entrar el Mesías (Benjamin).
El Reino de Dios se parece a diez muchachas: cinco atentas y cinco descuidadas. Solo las atentas pudieron entrar al banquete cuando llegó el novio (Mt 25,1-13). Que no estemos distraídos respondiendo compulsivamente al último WhatsApp; podríamos perdernos el banquete de boda.






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