miércoles, junio 10, 2026

«Alegraos y regocijaos» (Mt 5,12)


    «Alegraos y regocijaos» (Mt 5,12)

«Camina en mi presencia y sé perfecto» (Gn 17,). ««Corramos, con constancia, en la carrera que nos toca» (Heb. 12,1). Porque a cada uno de nosotros el Señor nos eligió «para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor» (Ef1,4) 

            El papa ha encontrado una expresión actual para animarnos a ver la santidad como algo cercano el habla de los santos de la puerta de al lado. Una manera de ayudarnos para acercarnos a la santidad  de nuestros hermanos, bautizados que vivieron  plenamente su  condición de cristianos.

«Fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente». Por eso nadie se salva solo, como individuo aislado.

·       Hablar de santos  nos obliga a  reconocernos como pueblo, el santo no es un solitario, un individualista, él no es auto referente, él se ve como parte de un pueblo y se construye para servir mejor a sus hermanos.

            Por otra parte, hablar de santidad no es algo extraño y etéreo; escuchen lo que nos dice el Papa: “Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad «de la puerta de al lado», de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios o, para usar otra expresión, «la clase media de la santidad».

Piensen de la santidad de esta manera: La santidad es el rostro más bello de la Iglesia. Pero aun fuera de la Iglesia Católica y en ámbitos muy diferentes, el Espíritu suscita «signos de su presencia, que ayudan a los mismos discípulos de Cristo».

·       Hablamos directamente de santidad, como  vida plena, de vida cristiana total.

El Señor llama

1.     La tarea de la santidad no es un proyecto propio, ni un logro que elegimos por propia iniciativa e interés. Siempre tenemos que tener claro que es el Señor el que llama, el que invita.  «Sed santos, porque yo soy santo» (Lv 11,45; cf. 1 P 1,16 «Antes de formarte en el vientre, te elegí; antes de que salieras del seno materno, te consagré» (Jr 1,5).

 

Les recuerdo una historia. Domingo Savio, un adolescente de apenas 15 años, conoce a Don Bosco y experimenta una sensación de que él está en la misma onda que él; desde niño ha sentido esa misma necesidad de ser santo.

 En un momento de su encuentro con Don Bosco, donde le ha hablado de llevarle a Turín a estudiar, le pregunta si lo va a llevar y don Bosco dice: creo que tú eres buena tela. ¿Para qué podría servir esa tela? Pregunto Domingo Savio y Don Bosco le contestó: puede servir para hacer hermosos trajes y regalárselos a al Señor. Domingo captó el sentido y dijo: “Ya entiendo, de acuerdo, yo soy esa tela y Ud. es el sastre. Lléveme a Turín y usted haga de mi un hermoso traje para Dios.”


             «Cada uno por su camino»

2.      Para ser santos no es necesario ser obispos, sacerdotes, religiosas o religiosos. Muchas veces tenemos la tentación de pensar que la santidad está reservada solo a quienes tienen la posibilidad de tomar distancia de las ocupaciones ordinarias, para dedicar mucho tiempo a la oración. No es así . Deja que la gracia de tu Bautismo fructifique en un camino de santidad

Esta santidad a la que el Señor te llama irá creciendo con pequeños gestos. «Hay inspiraciones que tienden solamente a una extraordinaria  perfección de los ejercicios ordinarios de la vida». «Aprovecho las ocasiones
que se presentan cada día para realizar acciones ordinarias de manera extraordinaria».

Es posible amar con el amor incondicional del Señor, porque el Resucitado comparte  su vida poderosa con nuestras frágiles vidas: «Su amor no tiene límites y una vez dado nunca se echó atrás. Fue incondicional y permaneció fiel. Amar así no es fácil porque muchas veces somos tan débiles. Pero precisamente para tratar de amar como Cristo nos amó, Cristo comparte su propia vida resucitada con nosotros. De esta manera, nuestras vidas demuestran su poder en acción,
incluso en medio de la debilidad humana»

3.      No le tengas miedo a tu debilidad, ni te quedes paralizado porque has experimentado muchas veces la fragilidad de tus propósitos y buenas intenciones.

 Cuando sientas la tentación de enredarte en tu debilidad, levanta los ojos al Crucificado y dile: «Señor, yo soy un pobrecillo, pero tú puedes realizar el milagro de hacerme un poco mejor». En la Iglesia, santa y compuesta de pecadores, encontrarás todo lo que necesitas para crecer hacia la santidad. El Señor la ha llenado de dones con la Palabra, los sacramentos, los santuarios, la vida de las comunidades, el testimonio de sus santos, y una múltiple belleza que procede del amor del Señor, «como novia que se adorna con sus joyas» (Is 61,10).

Tu misión en Cristo

            La santidad es una aventura de alto riesgo, es la suprema meta  a la que podemos aspira , la plenitud de vida. Dicho en un lenguaje de fe diremos que «La  santidad se mide por la estatura que Cristo alcanza en nosotros, por el grado como, con la fuerza del Espíritu Santo, modelamos toda nuestra vida según la suya.

4.     ¿Por qué ser santo?  Esta es la respuesta que nos deja el Papa Francisco:” Ojalá puedas reconocer cuál es esa palabra, ese mensaje de Jesús que Dios quiere decir al mundo con tu vida. Déjate transformar, déjate renovar por el Espíritu, para que eso sea posible, y así tu preciosa misión no se malogrará. El Señor la cumplirá también en medio de tus errores y malos momentos, con tal que no abandones el camino del amor y estés siempre abierto a su acción sobrenatural que purifica e ilumina.

La actividad que santifica

 ¿De qué se trata? Cómo ser santo.  Ser santo no es cuestión de buenas intenciones y propósitos, no se trata de buen comportamiento y ser perfectos, eso no es santidad. Santidad tiene que ver con vida en el Espíritu, estar despierto y acción, dejándote llevar del Espíritu Santo  en el que van a ser confirmados.

Como no puedes entender a Cristo sin el Reino que él vino a traer, tu propia misión es inseparable de la construcción de ese Reino: «Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia» (Mt6,33). Tu identificación con Cristo y sus deseos,
implica el empeño por construir, con él, ese reino de amor, justicia y paz para todos.

            No es sano amar el silencio y rehuir el encuentro con el otro, desear el descanso y rechazar la actividad, buscar la oración y menospreciar el servicio. Todo puede ser aceptado e integrado como parte de la propia existencia en este
mundo, y se incorpora en el camino de santificación. Somos llamados a vivir la contemplación también en medio de la acción, y nos santificamos en el ejercicio responsable y generoso de la propia misión.

·       Pero cuidado,  no caigas en la trampa del  modelo mundano

5. A tener en cuenta. Una tarea movida por la ansiedad, el orgullo, la necesidad de aparecer y de dominar, ciertamente no será santificadora. El desafío es vivir la propia entrega de tal manera que los esfuerzos tengan un sentido evangélico y nos identifiquen más y más con Jesucristo. De ahí que suela hablarse, por ejemplo, de una espiritualidad del catequista, de una espiritualidad del clero diocesano, de una espiritualidad del trabajo. Por la misma razón, en Evangelii Gaudium quise concluir con una espiritualidad de la misión, en Laudato si’ con una espiritualidad  ecológica y en Amoris laetitia con una espiritualidad de la vida familiar.

            Esto no implica despreciar los momentos de quietud, soledad y silencio ante Dios. Al contrario. Porque las constantes novedades de los recursos tecnológicos, el atractivo de los viajes, las innumerables ofertas para el consumo, a veces no dejan espacios vacíos donde resuene la voz de Dios. Todo se llena de palabras, de disfrutes epidérmicos y de ruidos con una velocidad siempre mayor. Allí no reina la alegría  sino la insatisfacción de quien no sabe para qué vive.

·       Más vivos, más humanos

No tengas miedo de la santidad. No te quitará fuerzas, vida o alegría. Todo lo contrario, porque llegarás a ser lo que el Padre pensó cuando te creó y serás fiel a tu propio ser. No tengas miedo de apuntar más alto, de dejarte amar y liberar por Dios. No tengas miedo de dejarte guiar por el Espíritu Santo. La santidad no te hace menos humano, porque es el encuentro de tu debilidad con la fuerza de la
gracia. En el fondo, como decía León Bloy, en la vida «existe una sola tristeza, la de no ser santos»[32]

·       Se inteligente conoce al enemigo

Dos falsificaciones de la santidad que podrían desviarnos del camino: el gnosticismo y el pelagianismo:

¿Qué es el gnosticismo actual? parece una palabra extraña pero eso lo vivimos continuamente: El gnosticismo supone «una fe encerrada en el subjetivismo, donde solo interesa una determinada experiencia o una serie de razonamientos y
conocimientos que supuestamente reconfortan e iluminan, pero en definitiva el sujeto queda clausurado en la inmanencia de su propia razón o de sus sentimientos»

Los «gnósticos» tienen una confusión en este punto, y juzgan a los demás según la capacidad que tengan de comprender la profundidad de determinadas doctrinas. Conciben una mente sin encarnación, incapaz de tocar la carne sufriente de Cristo en los otros, encorsetada en una enciclopedia de abstracciones. Al descarnar el misterio finalmente prefieren «un Dios sin Cristo, un Cristo sin Iglesia, una Iglesia sin pueblo».

Porque también es propio de los gnósticos creer que con sus explicaciones ellos pueden hacer perfectamente comprensible toda la fe y todo el Evangelio. Absolutizan sus propias teorías y obligan a los demás a someterse a los razonamientos que ellos usan. Una cosa es un sano y humilde uso de la razón para reflexionar sobre la enseñanza teológica y moral del Evangelio; otra es pretender reducir la enseñanza de Jesús a una lógica fría y dura que busca dominarlo todo.

Porque el gnosticismo «por su propia naturaleza quiere domesticar el misterio»[38], tanto el misterio de Dios y de su gracia, como el misterio de la vida de los demás.

·       Atento. Fíjense en esta afirmación:

            Cuando alguien tiene respuestas a todas las preguntas, demuestra que no está en un sano camino y es posible que sea un falso profeta, que usa la religión en beneficio propio, al servicio de sus elucubraciones psicológicas y mentales.
Dios nos supera infinitamente, siempre es una sorpresa y no somos nosotros los que decidimos en qué circunstancia histórica encontrarlo, ya que no depende de nosotros determinar el tiempo y el lugar del encuentro. Quien lo quiere todo claro y seguro pretende dominar la trascendencia de Dios.

Y lo más bello que hoy puedas escuchar, como nos dicen  en Facebook cuando no mandan un mensaje:      a un cuando la existencia de alguien haya sido un desastre, aun cuando lo veamos destruido por los vicios o las adicciones, Dios está en su vida. Si nos dejamos guiar por el Espíritu más que por nuestros razonamientos, podemos y debemos buscar al Señor en toda vida humana.

. Porque el poder que los gnósticos atribuían a la inteligencia, algunos comenzaron a atribuírselo a la voluntad humana, al esfuerzo personal. Así surgieron los pelagianos y los semipelagianos. Ya no era la inteligencia lo que ocupaba el lugar del misterio y de la gracia, sino la voluntad. Se olvidaba que «todo depende no del querer o del correr, sino de la misericordia de Dios» (Rm 9,16) y que «él nos amó primero» (1 Jn 4,19) Pelagianismo

·       Es importante

56. Solamente a partir del don de Dios, libremente acogido y humildemente recibido, podemos cooperar con nuestros esfuerzos para dejarnos transformar más y más[62]. Lo primero es pertenecer a Dios. Se trata de ofrecernos a él que nos primerea, de entregarle nuestras capacidades, nuestro empeño, nuestra lucha contra el mal y nuestra creatividad, para que su don gratuito crezca y se desarrolle en nosotros: «Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios» (Rm 12,1). Por otra parte, la Iglesia siempre enseñó que solo la caridad hace posible el crecimiento en la vida de la gracia, porque si no tengo caridad,
no soy nada (cf. 1 Co 13,2)

·       Lo definitivo

63. Puede haber muchas teorías sobre lo que es la santidad, abundantes explicaciones y distinciones. Esa reflexión podría ser útil, pero nada es más iluminador que volver a las palabras de Jesús y recoger su modo de transmitir la verdad. Jesús explicó con toda sencillez qué es ser santos, y lo hizo cuando nos dejó las bienaventuranzas (cf. Mt5,3-12; Lc6,20-23). Son como el carnet de identidad del cristiano. Así, si alguno de nosotros se plantea la pregunta: «¿Cómo se hace para llegar a ser un buen cristiano?», la respuesta es sencilla: es necesario hacer, cada uno a su modo, lo que dice Jesús en el sermón de las bienaventuranzas [66]. En ellas se dibuja el rostro del Maestro, que estamos llamados a transparentar en lo cotidiano de nuestras vidas.


·      Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.                                    Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.                                              Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.                                                   Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.                    Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán la misericordia.                              Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.                                        Bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.                    Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa.

 ·       El gran protocolo

Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en los cielos.

En el capítulo 25 del evangelio de Mateo (vv. 31-46), Jesús vuelve a detenerse en una de estas bienaventuranzas, la que declara felices a los misericordiosos. Si buscamos esa santidad que agrada a los ojos de Dios, en este texto hallamos precisamente un protocolo sobre el cual seremos juzgados: «Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme» (25,35-36).

¡Te puede pasar esto ¡

Lamento que a veces las ideologías nos lleven a dos errores nocivos. Por una parte, el de los cristianos que separan estas exigencias del Evangelio de su relación personal con el Señor, de la unión interior con él, de la gracia. Así se
convierte al cristianismo en una especie de ONG, quitándole esa mística luminosa que tan bien vivieron y manifestaron san Francisco de Asís, san Vicente de Paúl, santa Teresa de Calcuta y otros muchos. A estos grandes santos ni la oración, ni el amor de Dios, ni la lectura del Evangelio les disminuyeron la pasión o la eficacia de su entrega al prójimo, sino todo lo contrario

·       Algunas palabras que aclarar

Ser santos que tiene que ver con ser íntegros, honestos, castos, piadosos, auténticos, pacíficos , tolerantes .            También con Aguante, paciencia y mansedumbre, Alegría y sentido del humor , comunidad, grupo, parroquia.

140. Es muy difícil luchar contra la propia concupiscencia y contra las asechanzas y tentaciones del demonio y del mundo egoísta si estamos aislados. Es tal el bombardeo que nos seduce que, si estamos demasiado solos, fácilmente
perdemos el sentido de la realidad, la claridad interior, y sucumbimos.

·       Siempre

 COMBATE, VIGILANCIA Y DISCERNIMIENTO. Despiertos y confiados, perseverantes , constantes , fuerte ante la adversidad , no contaminados con afanes mundanos.

Cuidado con la corrupción espiritual

164. El camino de la santidad es una fuente de paz y de gozo que nos regala el Espíritu, pero al mismo tiempo requiere que estemos «con las lámparas encendidas» (Lc 12,35) y permanezcamos atentos: «Guardaos de toda clase de
mal» (1 Ts 5,22). «Estad en vela» (Mt 24,42; cf. Mc 13,35). «No nos entreguemos al sueño» (1 Ts 5,6). Porque quienes sienten que no cometen faltas graves contra la Ley de Dios, pueden descuidarse en una especie de atontamiento o adormecimiento. Como no encuentran algo grave que reprocharse, no advierten esa tibieza que poco a poco se va apoderando de su vida espiritual y terminan desgastándose y corrompiéndose.



sábado, junio 06, 2026

Cuerpo de Cristo

Este domingo la Iglesia celebra el Corpus Christi. Tenemos la oportunidad de acercarnos a este misterio de comunión y unión desde un contexto de estar en camino. La lectura del Deuteronomio nos «recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto», para probarte y conocer tu fidelidad. El que te sacó de Egipto, de la casa de la esclavitud, para hacerte reconocer que no solo de pan vive el hombre.

Así, la experiencia del maná en el desierto se convierte en una escuela de confianza y memoria providente, que se refleja en la liturgia y en el significado profundo de la Eucaristía.

San Pablo, comprometido en construir auténticas comunidades unidas a Cristo, porque formamos un solo Cuerpo» les recuerda a los primeros convertidos de Colosas: El cáliz de bendición y el pan partido son signos de la participación en el cuerpo y sangre de Cristo y, a través de ellos, la Iglesia se edifica, crece y vive. La Eucaristía es así el sacramento de la unidad, la reconciliación y la vida compartida, en la que cada persona encuentra alimento espiritual y se fortalece la comunidad de creyentes.

El evangelio afirma hoy que Cristo es el verdadero alimento que Dios nos da para que tengamos vida. Así como en el Antiguo Testamento Dios alimenta a su pueblo dándole de comer y de beber para que no muera.

Según el Concilio Vaticano II, la Eucaristía constituye la culminación de toda la vida cristiana y el fundamento sobre el que la Iglesia se construye y progresa.


Que nuestra celebración de hoy del Cuerpo de Cristo sea para nosotros como una oportunidad para reflexionar sobre el misterio de la presencia de Cristo, hacer memoria agradecida de la acción divina y renovar el compromiso de fe, confianza y comunión.

Cuando recibimos el cuerpo y sangre de Cristo nos convertimos en aquello que comemos. Además, y como consecuencia, “todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque participamos de ese único pan”.

El evangelio afirma hoy que Cristo es el verdadero alimento que Dios nos da para que tengamos vida. Así como en el Antiguo Testamento Dios alimenta a su pueblo dándole de comer y de beber para que no muera, el concilio nos dice:  la Eucaristía constituye la culminación de toda la vida cristiana y el fundamento sobre el que la Iglesia se construye y progresa.

Que nuestra celebración de hoy del Cuerpo de Cristo sea para nosotros como una oportunidad para reflexionar sobre el misterio de la presencia de Cristo, hacer memoria agradecida de la acción divina y renovar el compromiso de fe, confianza y comunión.

Cuando recibimos el cuerpo y sangre de Cristo nos convertimos en aquello que comemos. Además, y como consecuencia, “todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque participamos de ese único pan”.

El doble fruto de la Eucaristía, unión y comunión nos impulsa a la misión: al celebrar el Corpus, renovamos nuestra fe, nuestra creencia en que Cristo está presente realmente por la acción del Espíritu Santo y por las palabras de la consagración y nuestro compromiso de acércanos al hermano, especialmente el que más nos necesita.


¿A qué me compromete la fiesta que celebramos hoy? ¿Cómo superar la rutina de las celebraciones eucarísticas, diarias o dominicales?

viernes, mayo 29, 2026

Concilio Vaticano II Hoy

¿Qué sabes del  Concilio Vaticano II?

¿Sabías que:

  • ·  El concilio sigue vigente, la era postconciliar debe ir más allá del concilio por fidelidad al concilio.
  • El peligro es que sus textos no sean leídos o que se utilicen como meras citas de adorno, valorar el «espíritu» del Concilio frente a la «letra» de los documentos.
  • ·     En el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza»
  • ¿La renovación permanente que propone el Cancillo es por fidelidad al Evangelio de Jesucristo, el corazón del deseo de adaptación que nace desde dentro y desde la mejor tradición eclesial?

 i. El concilio no es un acontecimiento del pasado.

Podemos ver el Concilio como la gran gracia que la Iglesia ha recibido en el siglo XX. «Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza». Momento de gracia y don del Espíritu para nuestro tiempo. El concilio en concreto incluye la formulación de un nuevo modelo de Iglesia y una nueva orientación de su misión. 

Se logró crear una especie de «ley fundamental de la Iglesia», una suerte de «texto constitucional de la fe». Y esto lo podemos decir porque la letra de los documentos nos permitirá descubrir el verdadero espíritu. Una «reforma sin ruptura», proponiendo una hermenéutica de la reforma y rechazando una hermenéutica de la discontinuidad o de la ruptura.

Pero ¿en qué sentido se puede hablar de un «antes» y un «después», de una Iglesia pre‑conciliar y una Iglesia post‑conciliar? Un antes reflejado en una teología «nocional» romana, atemporal, escolástica, irreformable, y un después en una teología inspirada en la revelación y de orientación histórica.

Esta situación debió enfrentarse seriamente para responder a la esperanza nacida por el soplo del Espíritu Santo: un concilio orientado por el anuncio del mensaje cristiano al mundo de hoy, no un concilio encenagado en abstrusas cuestiones disputadas entre las escuelas.

Un ejemplo meridiano de este «antes» y «después» fue el de la declaración acerca de la libertad religiosa. O. Cullmann llegó a reconocer, en nombre de los observadores protestantes, que el decreto sobre el ecumenismo rebasaba con mucho sus más audaces esperanzas.

La capacidad creadora del Vaticano II, que, renunciando a las formulaciones apodícticas, ha estimulado nuevas líneas de avance y ha abierto muchas puertas ‑desde el primer documento conciliar, Sacrosanctum Concilium, con las nuevas formas litúrgicas‑, se manifiesta en la cuarta y última constitución, con la teología y la valoración evangélica de las realidades terrenas (G. Thils).

Esta novedad nació de la misma «experiencia» (J. Komonchak) o proceso conciliar, de manera que en este documento se refleja de manera eminente el «espíritu» del Concilio.

 Por ello puede concluirse que la carta de presentación de la Iglesia católica romana ante la palestra pública internacional ha quedado diseñada con los trazos que delinean Gaudium et Spes, Unitatis Redintegratio, Nostra Aetate y Dignitatis Humanae.

. La nueva conciencia de La Iglesia

A comienzos del siglo XX con la vuelta a las fuentes bíblicas y patrísticas, con la renovación litúrgica, con la mirada ecuménica hacia la Iglesia oriental y hacia las Iglesias de la Reforma, con el relanzamiento del apostolado seglar, con una nueva conciencia de la manera de estar la Iglesia en el mundo y en la sociedad moderna.

Este es el aggiornamento querido por el Papa San Juan XXIII: «Guardando los métodos y las exigencias propias de la ciencia sagrada, [los teólogos] están invitados a buscar siempre un modo más apropiado de comunicar las doctrinas a los hombres de su época, porque una cosa es el depósito mismo de la fe, o sea, sus verdades, y otra cosa es el modo de formularlas conservando el mismo sentido y el mismo significado».

Sin caer en el triunfalismo efímero: “fin de la Contra‑reforma, fin de la etapa constaniniana”. Al menos hay que decir, como reconoce H. Küng en su autobiografía, que sin el Vaticano II nos hallaríamos en una situación muy diferente en liturgia, en teología, en pastoral, en ecumenismo, en las relaciones con el judaísmo, con las demás religiones del mundo y con la sociedad moderna.

Los documentos conciliares han dejado puestas las bases para el despliegue de la eclesiología de comunión, para el avance en el ecumenismo, para el desarrollo de una teología más bíblica, para el redescubrimiento de la teología del laicado y de la misión. La llamada teología de las realidades temporales ha encontrado su prolongación en la teología política, en la teología de la liberación y en las teologías contextuales.

La raíz última de este aggiornamento hay que buscarla en las palabras programáticas de Juan XXIII: «Una cosa es el depósito mismo de la fe, es decir, las verdades que contiene nuestra venerada doctrina, y otra la manera como se expresa; y de ello ha de tenerse gran cuenta, con paciencia si fuese necesario, ateniéndose a las normas y exigencias de un magisterio de carácter prevalentemente pastoral».

3. la ley fundamental de la Iglesia al servicio de sumisión

Magisterio «pastoral» significa una formulación positiva de la doctrina de la fe que está preocupada por buscar un lenguaje que llegue a la gente de hoy.

La Constitución sobre la Iglesia, Lumen Gentium, ha surgido de la profunda reflexión acerca de esta pregunta: «Iglesia, ¿qué dices de ti misma?». La visión cristológica del misterio de la Iglesia y su concepción del pueblo de Dios, que impregna los otros documentos conciliares, es ‑pese a sus altos vuelos‑ un elemento más dinamizante y renovador que otras muchas disposiciones concretas dispersas en los otros textos.

Un ejemplo clave: la revisión del axioma «fuera de la Iglesia no hay salvación», elaborada desde esa profunda visión de la Iglesia como sacramento de Lumen Gentium: signo e [LAP1] instrumento de la comunión de la humanidad con Dios y del género humano entre sí nos permite comprender el sentido genuino de esta formulación tan socorrida en el pasado.

El aggiornamento no viene impuesto desde fuera, como si el mundo dictara la reforma eclesial, sino que la renovación ha brotado de la vitalidad interior, reanimada conscientemente y movilizada desde su centro sustancial por el Concilio.

Estos cuatro objetivos marcados por Pablo VI «la noción o, si se prefiere, la conciencia de la Iglesia, su renovación, el restablecimiento de la unidad entre todos los cristianos y el diálogo de la Iglesia con los hombres de nuestra época».

la reflexión sobre el episcopado completa la visión de la jerarquía eclesiástica, evitando una concepción aislacionista del primado pontificio; el reconocimiento del puesto sustantivo del laicado derrumba una concepción piramidal de la Iglesia; el centramiento en la Escritura y en la Liturgia; la Iglesia sentida como pueblo de Dios, todo él vibrátil e intercomunicado; la hermandad sustancial que enlaza a todos los bautizados; el apostolado como exigencia de la propia vocación cristiana; la dignidad de la persona humana; el sentido de servicio de la Iglesia respecto de la humanidad; la nueva valoración de las Iglesias locales frente a la Iglesia en su conjunto; la apertura ecuménica del concepto de Iglesia y la apertura al mundo de las religiones; finalmente, la pregunta por el lugar específico de la Iglesia católica, que se concreta en la fórmula de la Iglesia una, santa, católica y apostólica, de la que habla el Credo y que «subsástit in Ecclesia catholica». En ello se sustancia «la ley fundamental de la Iglesia» (P. Hünermann) que se adentra en el siglo XXI.

4. La actualización del concilio continua

Así pues, el esfuerzo colectivo de actualización post‑conciliar. Nace desde el miso momento del clausura. Porque un Concilio no termina con su clausura. Más bien, la clausura de un Concilio señala en la historia de la Iglesia el comienzo de una nueva era: la era postconciliar.

«Ayer la Iglesia era considerada sobre todo como institución; hoy la vemos mucho más claramente como comunión. Ayer se veía sobre todo al papa; hoy estamos en presencia del obispo unido al papa. Ayer se consideraba al obispo solo; hoy a los obispos todos juntos. Ayer se afirmaba el valor de la jerarquía; hoy descubre el pueblo de Dios. Ayer la teología ponía en primera línea lo que separa; hoy lo que une. Ayer la teología de la Iglesia consideraba sobre todo su vida interna; hoy es la Iglesia vuelta hacia el exterior».

La Iglesia debe reformarse sin cesar para guardar su identidad en el tiempo, para readaptarse, hacer valer el principio de ir más allá del Concilio por fidelidad al Concilio.

Una de las cuestiones más candentes era la pertenencia a la Iglesia de Cristo de los cristianos no católicos; de una adecuada respuesta dependía todo el problema ecuménico.

El establecimiento de una diferencia esencial y no sólo de grado» entre el sacerdocio común y el sacerdocio ministerial ha seguido reclamando nuevas explicaciones en el marco de la eclesiología total o de la eclesiología de comunión. La más neta manera de expresa continuidad se encuentra precisamente en aquellos lugares que entrañan un mayor avance doctrinal. En este sentido hay que referirse a dos pasajes altamente significativos:

a) la reflexión sobre la revelación en la constitución Dei Verbum se hace < siguiendo las huellas de los concilios Tridentino y Vaticano I;

b) cuando la constitución dogmática sobre la Iglesia comienza a plantear en el capítulo III de Lumen Gentium la doctrina de la colegialidad episcopal, lo hace en continuidad con la definición del primado de jurisdicción y magisterial del papa del Concilio Vaticano I.

Recordemos lo que escribió K. Rahner: «La inmutabilidad del dogma de la Iglesia no excluye la historia de los dogmas, sino que, por el contrario, la implica»".

¿Cómo la necesidad de salvación de la Iglesia es compatible con la posibilidad de salvación de un hombre que no pertenece a ella?; cómo en el reino de la gracia cada uno puede depender de cada justificado, y así, sobre todo, de María, siendo, sin embargo, Jesucristo el mediador único entre Dios y el hombre.

A título de ejemplo, siguiendo esta lógica «por fidelidad al Concilio», en esta etapa de drástica carencia de vocaciones, ¿no habría que saludar de forma más optimista la emergencia de nuevos servicios? A la vista de la escasez de clero para cubrir las necesidades de las parroquias en las diócesis hispanas, ¿qué postura contiene más semillas de futuro: la de aquellos que piensan en las nuevas modalidades de la integración del laicado a la atención pastoral (al hilo del c. 517,2) o las directrices de la Instrucción acerca de la colaboración de los laicos en el ministerio de los sacerdotes?

Se pueden aducir varios lugares y actuaciones magisteriales en los que, por fidelidad al Concilio, ya se ha ido más allá del Concilio: si la teología del primado papal fue resituada por el Vaticano II en el horizonte de la colegialidad, es claro que ha habido una evolución doctrinal en la notable invitación ecuménica lanzada por Juan Pablo II, en la encíclica Ut unum sint (1995), a un diálogo sobre el ejercicio del primado del Sucesor de Pedro con las otras Iglesias y comunidades cristianas.

A partir del replanteamiento del lugar de la Iglesia en el mundo se ha desplegado, al hilo de los Sínodos (de 1971 y de 1974), una ampliación del concepto cristiano de salvación que integra la promoción humana en el anuncio del Evangelio (Evangelium nuntiandi), es decir, la unidad del servicio a la fe y la promoción de la justicia.

«Toda renovación de la Iglesia consiste esencialmente en un aumento de la fidelidad a su vocación. La Iglesia, peregrina en este mundo, es llamada por Cristo a esta reforma permanente de la que ella, como institución humana y terrena, necesita continuamente; de modo que si algunas cosas, por circunstancias de tiempo y de lugar, hubieran sido observadas menos cuidadosamente en las costumbres, en la disciplina eclesiástica o incluso en el modo de exponer la doctrina ‑que debe distinguirse cuidadosamente del depósito mismo de la fe‑, deben restaurarse en el momento oportuno recta y debidamente» (UR 6).

Todo ello nos obliga a tomar conciencia de la identidad profunda entre la Iglesia de después del Concilio y la de antes del Concilio y la de todos los tiempos, cuyo objetivo no es otro ‑como indica LG 8‑ que «revelar en el mundo el misterio de Cristo, aunque bajo sombras, sin embargo, con fidelidad hasta que al final se manifieste a plena luz».    



martes, mayo 26, 2026

Magnífica Humanidad

                           Humanidad magnífica, resumen de la encíclica.

En la era de la Inteligencia Artificial, la humanidad se enfrenta a una disyuntiva: dejarse guiar por la tecnología y el progreso como únicos principios para construir nuestra civilización, o priorizar la dignidad de la persona , reduciendo el progreso técnico a un mero instrumento. Para explicar esto, el Papa León XIII utiliza dos imágenes bíblicas: la construcción de la Torre de Babel y la reconstrucción de Jerusalén.Elegir el camino “correcto” requiere un ENFOQUE DINÁMICO (capítulo 1), que se basa en la Doctrina Social de la Iglesia siguiendo las enseñanzas del Concilio Vaticano II: escuchar, discernir e interpretar nuestros tiempos a la luz del Evangelio, para poder devolver a la humanidad la verdad revelada, utilizando los términos del presente.


Para comprender mejor la res novae de nuestro tiempo en función de la dignidad de la persona, nos ayudan los FUNDAMENTOS Y PRINCIPIOS DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA (capítulo 2). Los fundamentos se refieren al ser humano, imagen del Dios Trino y, como tal, portador de derechos inviolables y de una dignidad intrínseca, sin distinciones. Los principios son los del bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad y la solidaridad, así como la justicia social, que, al situarse en la piedra angular de las relaciones sociales, conducen a lo que Pablo VI fue el primero en resumir en el concepto de desarrollo humano integral .


Así llegamos al punto central del tema: la relación entre tecnología, poder y persona humana (capítulo 3). Si bien el Papa León XIII reconoce el valor del desarrollo tecnológico como expresión de la creatividad humana, advierte del riesgo de que se convierta en el criterio absoluto de juicio. La inteligencia artificial, al carecer de experiencias, valores y sentimientos, no puede ni debe asumir un papel de responsabilidad y supremacía sobre la inteligencia humana.


Para escapar de este peligro, es necesario, por lo tanto , SALVAGUARDAR LA HUMANIDAD EN LA TRANSFORMACIÓN (capítulo 4). El primer ámbito a considerar es el de la verdad : en una era en la que todo puede ser manipulado, es necesario preservar una educación crítica que permita distinguir lo verdadero de lo falso. El segundo es el trabajo : cuando el criterio dominante se convierte en la eficiencia, el trabajo corre el riesgo de perder su valor humano y relacional. El tercer ámbito es el de la libertad : amenazada por la dependencia digital que recopila enormes cantidades de datos, la defensa de la libertad requiere normas justas, responsabilidad compartida y educación. Para preservar las condiciones de una vida auténticamente humana, capaz de la verdad, el trabajo digno y la verdadera libertad, es necesario un esfuerzo colectivo.


En este punto de la Carta Encíclica, el Papa León XIII recuerda que la Inteligencia Artificial tiene efectos, a menudo dramáticos, también en la guerra. Las innovaciones tecnológicas no se limitan a hacer más eficientes los medios de defensa, sino que corren el riesgo de automatizar e impersonalizar decisiones que implican la vida y la muerte, las cuales deberían requerir ética y responsabilidad moral. Esta es LA CULTURA DEL PODER , que se opone a LA CIVILIZACIÓN DEL AMOR (capítulo 5).

Ante la tendencia a priorizar la eficacia de los medios sobre el juicio moral y los resultados militares sobre la protección de la vida humana, la única perspectiva de salvación es una civilización fundada en la justicia, la fraternidad y el diálogo . En la civilización del amor, todos podemos poner de nuestra parte, comenzando por desarmar nuestras palabras, practicando la justicia, asumiendo la perspectiva de las víctimas, cultivando el diálogo, sin refugiarnos en el idealismo, sino confiando en un sano realismo. Todas estas buenas prácticas encuentran su fuerza vital en la oración .

El capítulo final se detiene en la dimensión espiritual y teológica . A lo largo de la historia, la misericordia de Dios ha puesto en el centro el misterio de la Encarnación. Dios se hizo hombre y nos enseñó la verdadera humanidad y una atención preferencial por los más pequeños. Es en esto donde reside la grandeza deEl ser humano reside, no en el poder técnico, sino en la libertad, el amor y la gracia. En una época que genera exclusión, estamos llamados, como hermanos y hermanas unidos en “ un solo cuerpo en Cristo ”, a salvaguardar los vínculos, en particular mediante la solidaridad y el cuidado de los más débiles. Salvaguardar al ser humano en la era de la Inteligencia Artificial es, por tanto, una responsabilidad común y compartida. Vuelve la imagen inicial de la oposición entre la Torre de Babel y la Ciudad Santa: ¿a cuál queremos contribuir a construir? 

Si nos convertimos en «arquitectos sabios» y constructores fieles a la verdad, que salvaguardan las relaciones e invierten en educación, amantes de la justicia y la paz, la humanidad no perderá su propia magnificencia . Es importante, pues, no permanecer como espectadores resignados, sino como tejedores de esperanza , con la misma fe de María, quien, en su humildad, bajo dominación extranjera y con un pueblo hu      millado y dividido, fue capaz de ver la obra invisible y salvífica de Dios.    


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sábado, mayo 23, 2026

Diversidad de lenguas y culturas, un solo Espríritu



En el Evangelio de la solemnidad de Pentecostés aparecen los dos principales frutos de la Pascua y dones del Espíritu: la paz («Paz a vosotros») y la alegría («Se llenaron de alegría»).

El Espíritu Santo es el amor de Dios derramado en nuestros corazones y actuando en nosotros. En Él podemos vivir la paz como don y como misión, desde la alegría del Evangelio.

Estas primeras palabras de Cristo resucitado también se dirigen hoy a nosotros, en medio de guerras, enfrentamientos, polarización y violencia que anidan en el corazón humano y que las nuevas tecnologías, la industria armamentística y los medios de comunicación han extendido y multiplicado.

No hablamos de una paz negociada, fruto de componendas y, en definitiva, construida a costa del sufrimiento de los más débiles. La paz que Cristo nos ofrece es fruto de la Pascua y don del Espíritu, porque viene de Dios.

Los primeros cristianos comprendieron enseguida que, a pesar de la ausencia física de Jesús, no estaban huérfanos: eran hijos de Dios. Y gracias a esa certeza, aun viviendo sin muchos motivos humanos para la esperanza, supieron encontrarla permaneciendo unidos al Padre. Reunidos en la fraternidad y en la oración, encerrados en una habitación, por miedo a los judíos, Cristo mismo se hizo presente en medio de ellos y les dijo: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

En el descubrimiento de esa misión se sintieron habitados por la fuerza del Espíritu. Tuvieron dificultades, persecuciones y mártires, pero supieron vivir todos esos avatares con la alegría de saberse enviados por el mismo Señor.

Pablo lo expresa claramente desde las primeras predicaciones apostólicas: «Nadie puede decir: “Jesús es Señor”, sino por el Espíritu Santo». Y desde esta gozosa realidad comprendemos que hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos.

ORACIÓN

Padre, concédenos que el Espíritu Santo, Espíritu de amor y servicio, en el que hemos sido bautizados para formar un solo cuerpo, haciendo que caminemos juntos como Iglesia, nos abra al mundo entero, respetando la diversidad de lenguas y culturas, llevando al mundo la paz y la alegría de Cristo. Amén.

 

   

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2, 1-11

Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse.

Residían entonces en Jerusalén judíos devotos venidos de todos los pueblos que hay bajo el cielo. Al oírse este ruido, acudió la multitud y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Estaban todos estupefactos y admirados, diciendo:
«¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos, elamitas y habitantes de Mesopotamia, de Judea y Capadocia, del Ponto y Asia, de Frigia y Panfilia, de Egipto y de la zona de Libia que limita con Cirene; hay ciudadanos romanos forasteros, tanto judíos como prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua».

Salmo

Salmo 103, 1ab y 24ac. 29bc-30. 31 y 34 R/. Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra

Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Cuántas son tus obras, Señor;
la tierra está llena de tus criaturas. R/.

Les retiras el aliento, y expiran
y vuelven a ser polvo;
envías tu espíritu, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra. R/.

Gloria a Dios para siempre,
goce el Señor con sus obras;
que le sea agradable mi poema,
y yo me alegraré con el Señor. R/.

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 12, 3b-7. 12-13

Hermanos:
Nadie puede decir: «Jesús es Señor», sino por el Espíritu Santo.

Y hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. Pero a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común.

Pues, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo.

Pues todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.

Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-23

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a vosotros».

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.

Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

 

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