EVANGELIZACIÓN, INICIACIÓN, CATEQUESIS, PASTORAL
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14.10.26

Cuando el amor falta

CUANDO EL AMOR FALTA

Tomado del libro “Cuando el amor falta” de Jesús Higueras. Ediciones RIALP – Madrid. (págs. 15-49)

INTRODUCCIÓN
 Hay escenas en el Evangelio que destacan por la sencillez de los elementos presentes: un banquete, un descuido, unas tinajas vacías, un vino que falta, una madre que intercede, un hijo que reacciona con libertad ante el ruego de la madre. Poco más que un episodio doméstico. Y, sin embargo, en estas líneas sencillas del segundo capítulo del Evangelio de Juan late un misterio inmenso, un eco que atraviesa los siglos y nos alcanza a nosotros hoy.


En Caná acontece una revelación que es clave para comprender nuestra fe. Porque, si somos sinceros, un día llegaremos a descubrir que nos falta el vino. Que la alegría se nos escapa, que la vida pierde sabor, que la fe corre el riesgo de convertirse.

Tener presente que el Evangelio no es una teoría, sino un milagro cotidiano, que nos permite escuchar la voz suave y firme de María, que nos dice: “No tienen vino”. Que el vino no falte nunca.

Para que el Evangelio sea el don que nos señala: que hay alguien capaz de colmar nuestro vacío, necesitamos vivir en la verdad.

 La verdad

La verdad nos hace libres. Vivir en la verdad nos despoja de todo aquello que no somos y, al mismo tiempo, nos devuelve a nosotros mismos. Para los cristianos, la verdad tiene un rostro, una voz, un nombre: Jesús.

La verdad es inseparable de la humildad; sin esta adhesión humilde y sincera no puede nacer la fe. Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón. (Mt 11.29)

Vivir en la verdad es vivir en la libertad de saberse amado sin condiciones, y en la humildad de reconocer que necesitamos ser salvados.

La libertad

La libertad interior, profunda, brota de la verdad misma y nos configura desde dentro.

Ser cristiano es, ante todo, la experiencia de una libertad radical, porque Dios no quiere siervos sometidos, sino hijos libres.

La libertad que consiste en conocer la voluntad de Dios y seguirla. “Si conocéis mis enseñanzas, conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”. (Jn 8, 31)

El miedo y la ignorancia son los enemigos de esta libertad, lo que nos hace vivir pendientes de la voluntad ajena y en la oscuridad. Nuestra meta es ser nosotros mismos, hasta llegar al Padre.

Esto solo puede ser si nuestra fe no nace del miedo. Nace de una decisión libre y consciente de responder al amor que nos ha precedido.

 La verdad y libertad no es una simple experiencia emotiva y autorreferente: hay un contenido de fe que recibimos y compartimos en comunión. Ese contenido fundamental que Jesús nos ha revelado es que somos radicalmente amados.

El drama no está en que Dios nos priva de su amor, sino en la libertad del hombre, que puede, trágicamente, rechazar ser amado.

El amor que da sentido a todo   

Somos amados por Dios, no por lo que hacemos, sino por lo que somos, desde la eternidad con su mirada de ternura. La salvación no es la recompensa a una vida correcta. La salvación es un regalo.

 El amor comenzó a transformarnos el día que fuimos bautizados. La tarea de nuestra vida no es ganarnos ese amor, sino creer en él. Amor que no se queda en nosotros, que se desborda hacia los demás y hacia Dios. Solo el que ha sido amado puede amar de verdad. No olvidemos que el cristianismo es el asombro de saberse amado gratuitamente. Este es el mandamiento: amar a Dios, al prójimo y a ti mismo.

Ser cristiano no es simplemente ser correcto, bueno. Es haber sido tocados por la gracia. Es vivir desde dentro de un amor que nos transforma.

Hacer las cosas por obligación, por cumplir, no es lo propio de quien es amado y se siente amado.

El combate contra los ídolos

 No sabemos amar, amamos poco o de forma desordenada, nos dejamos fascinar por atajos ilusorios, falsos refugios, espejismos engañosos. Es necesaria la humildad, la sinceridad y la verdad para reconocerlo. Descubrir cuáles son nuestros ídolos, aquello que ocupa en nuestra vida el lugar que solo le corresponde a Dios. Entonces podremos entender lo que nos dice Jesús: “Convertíos” (Mc 1,15).

Reconocimiento humilde de que hemos puesto nuestra confianza, nuestra esperanza y nuestro amor en lugares equivocados. Llamar a cada ídolo por su nombre y decir: vuelvo a mi Dios.

Nuestro mundo está lleno de propuestas idolátricas. Nos venden falsas promesas de felicidad, alternativas seductoras que parecen más fáciles e inmediatas.

Por eso la conversión es un proceso continuo, un camino permanente de discernimiento y renuncia. Al final, la conversión es dejar espacio para que Dios sea Dios; no es un ejercicio de autoculpabilidad. Es práctica de libertad, y confianza; es ese momento de renuncia interior cuando el espíritu empieza a reconstruir.

Hijos en el Hijo

Dios, al crearnos, nos llama a la existencia con un amor gratuito y originario. Pero somos hijos no solo porque hemos sido creados, sino porque hemos sido rescatados y transformados. Somos hijos en Cristo por gracia, no por naturaleza. En el bautismo hemos renacido del agua y del Espíritu.

“Hay que nacer de nuevo” (Jn 3,7). Nuestra identidad más profunda: somos hijos amados. Nuestro empeño principal es aprender a vivir como hijos.

Todo es gracia.

Todo lo que somos, y todo lo que algún día podamos llegar a ser, es gracia. “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rm 5,5). Todo es don.

La Cruz nos da la vida de Dios, en los sacramentos, la Palabra de Dios, la caridad vivida en la vida cotidiana. Nuestra vida unida a Cristo es un altar invisible donde la gracia se derrama. Y nuestro mérito está en decir sí. “Nadie puede decir: Jesús es el Señor, si no es por el Espíritu Santo” (1 Cor 12,3).

 Cuando miras atrás y ves cómo has podido sacar adelante a tus hijos, cómo has sostenido tu familia, cómo has perseverado en la fe a pesar de las tormentas, cómo has seguido creyendo cuando todo parecía oscuro… no puedes sino reconocer que todo ha sido un regalo.


Comunicación y comunión

 El cristianismo es un encuentro personal. Creer es una relación con Dios, es confiar en Él. Por eso Pablo pudo decir: “Vivo yo, pero ya no soy yo; es Cristo quien vive en mí. Y mi vida presente en la carne la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí. (Gal 2,20)

La fe no nace de un razonamiento humano, sino de la iniciativa de Dios que sale a nuestro encuentro. La verdadera fe no solo es conocimiento intelectual; debe ser siempre la comunión. El proceso de la fe es comunicación que lleva a la comunión.

La comunión no es un estado emocional, ni un sentimiento pasajero. Es Dios quien quiere vivir con nosotros. Y cuando esa relación se rompe, cuando dejamos de vivir la relación con Dios, cuando la oración se enfría y la vida sacramental se descuida, cerramos la puerta a la Palabra y la fe se convierte en cáscara vacía.

La comunión con Dios nos lleva necesariamente a la comunión con los demás. Decir Iglesia es decir comunión.

Vivir para la gloria de Dios

 “Ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo por la gloria de Dios” (1 Cor 10,31). Gloria, que consiste en cumplir la voluntad del Padre, en amar hasta el extremo y devolver al Padre el amor recibido.

Debemos estar atentos porque queremos que las cosas nos salgan bien, que los demás nos valoren, que se hable bien de nosotros, que nuestra historia deje huella, pero el único reconocimiento que vale, la única mirada que nos sostiene, es la de Dios.

“La gloria de Dios es el hombre vivo” (San Ireneo de Lyon). Cada vez que una vida que parecía perdida vuelve a encontrar su rumbo, cada vez que la dignidad de los pequeños, de los pobres, de los descartados es restaurada, se alcanza la gloria de Dios.

La gloria de Dios pasa por la justicia verdadera, por la caridad concreta, por la misericordia vivida. Una iglesia que solo se preocupa de lo espiritual, y descuida las necesidades del hombre y la mujer concreta, no sería Iglesia de Cristo. (Mt 25,35-36) Vivir para la gloria de Dios es vivir para los demás.

 


Continuará 

25.8.26

Cristianismo y religiosidad

Breve escrito de Dietrich Bonhoeffer (1)

Para muchos, “ha pasado el tiempo de la interioridad y de la conciencia moral, es decir, precisamente el tiempo de la religión en general”, y podemos decir que nos encaminamos hacia una época totalmente arreligiosa. Pareciera que los hombres, tal como son ahora, ya no pueden seguir siendo religiosos.

Nuestra predicación y teología cristiana descansan sobre el “a priori religioso” de los hombres. El cristianismo ha sido siempre una forma de la “religión”.

Si una vez se llega a verse claro que este a priori no existe, sino que ha sido una forma de expresión del hombre históricamente condicionada y, si, por lo tanto, los hombres llegan a ser arreligiosos de una manera verdaderamente radical, ¿qué significaría entonces esta situación para el cristianismo?

Todo el cristianismo precedente quedaría privado de un elemento fundamental, y ya no podría pisar tierra firme desde el punto de vista “religioso”. Y podríamos juzgar la forma occidental de cristianismo como mera etapa previa de una completa arreligiosidad. ¿Qué situación surge entonces para nosotros, y para la Iglesia? ¿Cómo puede convertirse Cristo en el Señor, incluso de los no religiosos? Si la religión es tan solo un ropaje del cristianismo, ¿qué es entonces un cristianismo arreligioso?

¿Qué significaría una Iglesia, una parroquia, una predicación, una liturgia, una vida cristiana en un mundo sin religión? ¿Cómo se puede hablar de Dios sin religión, cómo hablar “mundanamente” acerca de Dios? ¿Cómo somos los llamados, sin considerarnos unos privilegiados en el plano religioso, sino como pertenecientes plenamente al mundo?

Cristo no sería objeto de una religión, sino algo completamente diferente, realmente el Señor del mundo. ¿Qué significa esto? ¿Qué significa el culto y la plegaria en una ausencia de religión?


La cuestión paulina acerca de si la circuncisión (peritomé) es condición para la justificación (Gal. 6,15), hoy en día la podríamos referir a si la religión es condición para la salvación. Librarnos de la circuncisión es liberarnos de la religión.


Pareciera que el hombre religioso acude a Dios fundamentalmente ante los límites humanos. Pero ¿cuáles son esos límites? La muerte y el pecado son considerados límites. Pareciera que hablan de los límites humanos como si pretendieran reservar un lugar para Dios.

El Dios cristiano es, por el contrario, el Dios de la vida. Del centro, de la fuerza. En los límites, lo apropiado es guardar silencio y dejar sin solución lo insalubre.

La resurrección no es la “solución” a la muerte. El “más allá” de Dios no es el más allá de nuestra capacidad de conocimiento. Dios está en el centro de nuestra vida, aun estando más allá de ella. Dios está siempre en medio de la aldea.

Interpretar y anunciar a Dios y a los milagros de un modo no religioso.

¿Qué significa interpretar religiosamente? Hablar, por una parte, de forma metafísica y, por otra parte, de forma individualista. Esto no cuadra ni con el mensaje bíblico ni con el hombre actual.

La cuestión de la salvación personal del alma es hoy poco relevante. Y aun bíblicamente, tampoco lo es. “La justicia y el Reino no son el centro de todo.” “Pero todos son hechos justos gratuitamente y por pura bondad, mediante la redención realizada en Cristo Jesús.” (Romanos 3,24ss.)

Lo que está más allá de este mundo quiere existir para este mundo, en el sentido bíblico de la creación y la encarnación, de la crucifixión, resurrección de Jesucristo.

En lugar de la religión se halla ahora la Iglesia, pero el mundo queda, en cierto sentido, solo y abandonado a sí mismo.

Cómo interpretar penitencia, fe, justificación, nuevo nacimiento y santificación. (Jn 1,14). La ciencia, (la religiosidad), la profecía, (la interpretación) pasarán; el amor no muere, no se agota, no tiene fin. (1 Co 13,8)

 

 1. pág. 150 en Resistencia y sumisión , Dietrich Bonhoeffer.

 


10.11.25

TE HE AMADO

 


BREVES NOTAS DE LA CARTA APOSTÓLICA


DILEXI TE

1. «Te he amado» (Ap 3,9), dice el Señor a una comunidad cristiana que, a diferencia de otras, no tenía ninguna relevancia ni recursos y estaba expuesta a la violencia y al desprecio:

 CAPÍTULO PRIMERO

ALGUNAS PALABRAS INDISPENSABLES

«A los pobres los tendrán siempre con ustedes» (Mt 26,11) expresa el mismo concepto que cuando promete a los discípulos: «Yo estaré siempre con ustedes» (Mt 28,20).

El grito de los pobres

«Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor, provocados por sus capataces. Sí, conozco muy bien sus sufrimientos. Por eso he bajado a librarlo […]. Ahora ve, yo te envío» ( Ex 3,7-8.10). 

 Existen muchas formas de pobreza: aquella de los que no tienen medios de sustento material, la pobreza del que está marginado socialmente y no tiene instrumentos para dar voz a su dignidad y a sus capacidades, la pobreza moral y espiritual, la pobreza cultural, la del que se encuentra en una condición de debilidad o fragilidad personal o social, la pobreza del que no tiene derechos, ni espacio, ni libertad.<

Prejuicios ideológicos

núcleo incandescente de la misión eclesial, me hace pensar que siempre es necesario volver a leer el Evangelio, para no correr el riesgo de sustituirlo con la mentalidad mundana. No es posible olvidar a los pobres si no queremos salir fuera de la corriente viva de la Iglesia que brota del Evangelio y fecunda todo momento histórico.

CAPÍTULO SEGUNDO

DIOS OPTA POR LOS POBRES

La opción por los pobres

Opción preferencial de Dios por los pobres, una expresión nacida en el contexto del continente latinoamericano y en particular en la Asamblea de Puebla, pero que ha sido bien integrada en el magisterio de la Iglesia sucesivo. [12]Esta “preferencia” no indica nunca un exclusivismo o una discriminación hacia otros grupos, que en Dios serían imposibles; esta desea subrayar la acción de Dios que se compadece ante la pobreza y la debilidad de toda la humanidad y, queriendo inaugurar un Reino de justicia, fraternidad y solidaridad, se preocupa particularmente de aquellos que son discriminados y oprimidos, pidiéndonos también a nosotros, su Iglesia, una opción firme y radical en favor de los más débiles.      Antiguo Testamento  (cf. Sal 34,7).

Jesús, Mesías pobre

Él «se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano» ( Flp 2,7), «Ya conocen la generosidad de nuestro Señor Jesucristo que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, a fin de enriquecernos con su pobreza» ( 2 Co 8,9).

Los signos que acompañan la predicación de Jesús son manifestación del amor y de la compasión con la que Dios mira a los enfermos, a los pobres y a los pecadores que, en virtud de su condición, eran marginados por la sociedad, pero también por la religión. «¡Felices ustedes, los pobres, porque el Reino de Dios les pertenece!» (Lc 6,20).

 Muchas veces me pregunto por qué, aun cuando las Sagradas Escrituras son tan precisas a propósito de los pobres, muchos continúan pensando que pueden excluir a los pobres de sus atenciones.

La misericordia hacia los pobres en la Biblia

«¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, el que no ama a su hermano, a quien ve?» (1 Jn 4,20).

(Ex 23,4-5). De todo esto se trasluce el valor intrínseco del respeto a la persona: cualquiera, incluso el enemigo, si se encuentra en dificultad, merece siempre nuestra ayuda.

«Nadie ha visto nunca a Dios: si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y el amor de Dios ha llegado a su plenitud en nosotros. […] Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios, y Dios permanece en él» (1 Jn 4,12.16). «Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo» (Mt 25,40).

«Cuando des un almuerzo o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, no sea que ellos te inviten a su vez, y así tengas tu recompensa. Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos. ¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte!» (Lc 14,12-14).   

¿De qué sirve si uno de ustedes, al ver a un hermano o una hermana desnudos o sin el alimento necesario, les dice: “Vayan en paz, caliéntense y coman”, y no les da lo que necesitan para su cuerpo? Lo mismo pasa con la fe: si no va acompañada de las obras, está completamente muerta» (St 2,14-17).

 «Si alguien vive en la abundancia, y viendo a su hermano en la necesidad, le cierra su corazón, ¿cómo permanecerá en él el amor de Dios?» (1 Jn 3,17).

CAPÍTULO TERCERO

UNA IGLESIA PARA LOS POBRES

«¡Ah, cómo quisiera una Iglesia pobre y para los pobres!». [19]

Hay que decir sin vueltas que existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los pobres». [21] Los pobres: La verdadera riqueza de la Iglesia

42. Así pues, la caridad no es una vía opcional, sino el criterio del verdadero culto.

49. La compasión cristiana se ha manifestado de manera peculiar en el cuidado de los enfermos y los que sufren.

50. En el siglo XVI, san Juan de Dios, al fundar la Orden Hospitalaria san Camilo de Lelis fundó la Orden de los Ministros de los

Las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, las Hermanas Hospitalarias, las Pequeñas Siervas de la Divina Providencia y tantas otras Congregaciones femeninas se convirtieron en una presencia maternal y discreta en los hospitales, asilos y residencias de ancianos.

Liberar a los cautivos

La Orden de la Santísima Trinidad, Redención de Cautivos (trinitarios), fundada por san Juan de Mata y san Félix de Valois, y la Orden de la Bienaventurada Virgen María de la Merced (mercedarios), fundada por san Pedro Nolasco con el apoyo de san Raimundo de Peñafort, dominico.

63. En el siglo XIII, ante el crecimiento de las ciudades, la concentración de riquezas y la aparición de nuevas formas de pobreza, el Espíritu Santo suscitó en la Iglesia un nuevo tipo de consagración: las Órdenes mendicantes.

66. Santo Domingo de Guzmán, contemporáneo de Francisco, fundó la Orden de Predicadores con otro carisma, pero con la misma radicalidad.

La Iglesia y la educación de los pobres

Que la educación ha sido siempre una de las expresiones más altas de la caridad cristiana: «La vuestra es una misión llena de obstáculos pero también de alegrías. […] Una misión de amor, porque no se puede enseñar sin amar». [56] 

69. En el siglo XVI, san José de Calasanz, impresionado por la falta de instrucción y formación de los jóvenes pobres de la ciudad de Roma, en unas salas anejas a la iglesia de Santa Dorotea en el Trastevere, creó la primera escuela pública popular gratuita de Europala Orden de Clérigos Regulares Pobres de la Madre de Dios de las Escuelas Pías este valiente sacerdote como «el verdadero fundador de la escuela católica moderna, que busca la formación integral del hombre y está abierta a todos». [58]  En el siglo XVII san Juan Bautista de La Salle, dándose cuenta de la injusticia causada por la exclusión de los hijos de obreros y campesinos del sistema educativo de Francia en aquel tiempo, fundó los Hermanos de las Escuelas Cristianas, con el ideal de ofrecerles educación gratuita, una sólida formación y un ambiente fraternal. La Salle veía el aula como un lugar para el desarrollo humano, pero también para la conversión.

70. Ya en el siglo XIX, también en Francia, san Marcelino Champagnat fundó el Instituto de los Hermanos Maristas de las Escuelas, «sensible a las necesidades espirituales y educativas de su época, especialmente a la ignorancia religiosa y a las situaciones de abandono que vivía particularmente la juventud», [59] 

 Con el mismo espíritu, en Turín, san Juan Bosco inició la obra salesiana, basada en los tres principios del “sistema preventivo” —razón, religión y amor— [60] 

71. Muchas Congregaciones femeninas fueron también protagonistas de esta revolución pedagógica. Las ursulinas, las monjas de la Orden de la Compañía de María Nuestra Señora, las Maestras Pías y muchas otras fundadas especialmente en los siglos XVIII y XIX ocuparon espacios donde el Estado estaba ausente

Por eso, la escuela católica, cuando es fiel a su nombre, se convierte en un espacio de inclusión, formación integral y promoción humana. Así, conjugando fe y cultura, se siembra futuro, se honra la imagen de Dios y se construye una sociedad mejor.

Acompañar a los migrantes

san Juan Bautista Scalabrini y santa Francisca Javier Cabrini. Scalabrini, obispo de Piacenza, fundó los Misioneros de San Carlos para acompañar a los migrantes en sus comunidades de destino, ofreciéndoles asistencia espiritual, jurídica y material.

Al lado de los últimos

Santa Teresa de Calcuta, :”El fruto del silencio es la oración; el fruto de la oración es la fe; el fruto de la fe es el amor; el fruto del amor es el servicio; y el fruto del servicio es la paz” [...].

Carlos de Foucauld entre las comunidades del Sahara; a santa Katharine Drexel, junto a los grupos más desfavorecidos de Norteamérica; a la hermana Emmanuelle con los recolectores de basura en el barrio de Ezbet El Nakhl, en la ciudad de El Cairo; y a muchísimos más.

Movimientos populares

«Que incluyan a los movimientos populares y animen las estructuras de gobierno locales, nacionales e internacionales con ese torrente de energía moral que surge de la incorporación de los excluidos en la construcción del destino común». [73] 

CAPÍTULO CUARTO

UNA HISTORIA QUE CONTINÚA

El siglo de la Doctrina Social de la Iglesia

Carta encíclica Rerum novarum (1891), León XIII                                                                      Con la encíclica Mater et Magistra (1961) san Juan XXIII 

84. El Concilio Vaticano II : «La Iglesia se presenta como es y como quiere ser, como Iglesia de todos, en particular como la Iglesia de los pobres». [76]  que «el misterio de Cristo en la Iglesia es siempre, pero sobre todo hoy, el misterio de Cristo en los pobres», [77]«Esta es la hora de los pobres, de los millones de pobres que están en toda la tierra, esta es la hora del misterio de la Iglesia madre de los pobres, esta es la hora del misterio de Cristo sobre todo en el pobre». 

86. En la constitución pastoral Gaudium et spes, actualizando la herencia de los Padres de la Iglesia , el Concilio afirmó con fuerza el destino universal de los bienes de la tierra y la función social de la propiedad que deriva de ello:Quien se halla en situación de necesidad extrema tiene derecho a tomar de la riqueza ajena lo necesario para sí. […] La misma propiedad privada tiene también, por su misma naturaleza, una índole social, cuyo fundamento reside en el destino común de los bienes. Cuando esta índole social es descuidada, la propiedad muchas veces se convierte en ocasión de ambiciones y graves desórdenes». [82] San Pablo VI en la encíclica Populorum progressio,

 En la encíclica Sollicitudo rei socialis escribe también que hoy, vista la dimensión mundial que ha adquirido la cuestión social, «este amor preferencial, con las decisiones que nos inspira, no puede dejar de abarcar a las inmensas muchedumbres de hambrientos, mendigos, sin techo, sin cuidados médicos y, sobre todo, sin esperanza de un futuro mejor: no se puede olvidar la existencia de esta realidad. Ignorarlo significaría parecernos al “rico epulón” que fingía no conocer al mendigo Lázaro, postrado a su puerta (cf. Lc 16,19-31)». [86]  «el trabajo humano es una clave, quizá la clave esencial, de toda la cuestión social». [87]

Benedicto XVI  en la carta encíclica Caritas in veritate   afirma que «se ama al prójimo tanto más eficazmente, cuanto más se trabaja por un bien común que responda también a sus necesidades reales». [88] 

 Las Conferencias del Episcopado Latinoamericano en Medellín, Puebla, Santo Domingo y Aparecida constituyen etapas significativas también para toda la Iglesia.

Estructuras de pecado que causan pobreza y desigualdades extremas

Los obispos afirmaron con fuerza que la Iglesia, para ser plenamente fiel a su vocación, no sólo debe compartir la condición de los pobres, sino también ponerse de su lado, comprometiéndose diligentemente en su promoción integral.

 “dictadura de una economía que mata el pecado social toma la forma de “estructura de pecado” en la sociedad, que «muchas veces […] se inserta en una mentalidad dominante que considera normal o racional lo que no es más que egoísmo e indiferencia. Este fenómeno se puede definir “alienación social”». [95] 

La falta de equidad «es raíz de los males sociales». [98] 

El tema de los lugares, los espacios, las casas y las ciudades donde los pobres viven y transitan.

La propuesta del Evangelio no es sólo la de una relación individual e íntima con el Señor. La propuesta es más amplia: «es el Reino de Dios (cf. Lc 4,43); se trata de amar a Dios que reina en el mundo. En la medida en que Él logre reinar entre nosotros, la vida social será ámbito de fraternidad, de justicia, de paz, de dignidad para todos. Entonces, tanto el anuncio como la experiencia cristiana tienden a provocar consecuencias sociales. Buscamos su Reino». [105]

La preocupación por la pureza de la fe ha de ir unida a la preocupación por aportar, con una vida teologal integral, la respuesta de un testimonio eficaz de servicio al prójimo, y particularmente al pobre y al oprimido». [106]

Los pobres como sujetos

«Las agudas diferencias entre ricos y pobres nos invitan a trabajar con mayor empeño en ser discípulos que saben compartir la mesa de la vida, mesa de todos los hijos e hijas del Padre, mesa abierta, incluyente, en la que no falte nadie. Por eso reafirmamos nuestra opción preferencial y evangélica por los pobres». [109]

La Iglesia, que debe valorizar positivamente la manera “popular” que ellos tienen de vivir la fe. «Sólo la cercanía que nos hace amigos nos permite apreciar profundamente los valores de los pobres de hoy, sus legítimos anhelos y su modo propio de vivir la fe. [...] Día a día, los pobres se hacen sujetos de la evangelización y de la promoción humana integral: educan a sus hijos en la fe, viven una constante solidaridad entre parientes y vecinos, buscan constantemente a Dios y dan vida al peregrinar de la Iglesia.[…] Sólo desde esta cercanía real y cordial podemos acompañarlos adecuadamente en su camino de liberación». [111] 

CAPÍTULO QUINTO

UN DESAFÍO PERMANENTE

El amor a los pobres es un elemento esencial de la historia de Dios con nosotros y, desde el corazón de la Iglesia, prorrumpe como una llamada continua en los corazones de los creyentes, tanto en las comunidades como en cada uno de los fieles.De hecho, cada renovación eclesial ha tenido siempre como prioridad la atención preferencial por los pobres, que se diferencia, tanto en las motivaciones como en el estilo, de las actividades de cualquier otra organización humanitaria.

«Se nos pide dedicar tiempo a los pobres, prestarles una amable atención, escucharlos con interés, acompañarlos en los momentos más difíciles, eligiéndolos para compartir horas, semanas o años de nuestra vida, y buscando, desde ellos, la transformación de su situación. No podemos olvidar que el mismo Jesús lo propuso con su modo de actuar y con sus palabras». [114]

El buen samaritano de nuevo

En la encíclica Fratelli tutti el Papa Francisco nos invitaba a reflexionar sobre la parábola del buen samaritano (cf. Lc 10,25-37),

El hecho es que muchas formas de indiferencia que hoy encontramos «son signos de un estilo de vida generalizado, que se manifiesta de diversas maneras, quizás más sutiles.

Un desafío ineludible para la Iglesia de hoy

Cuando caemos en la cuenta de que justamente los pobres son quienes nos evangelizan.

 La realidad es que los pobres para los cristianos no son una categoría sociológica, sino la misma carne de Cristo. «Una Iglesia pobre para los pobres empieza con ir hacia la carne de Cristo. Si vamos hacia la carne de Cristo, comenzamos a entender algo, a entender qué es esta pobreza, la pobreza del Señor. Y esto no es fácil». [122]

Es necesario recordar que la religión, especialmente la cristiana, no puede limitarse al ámbito privado, como si los fieles no tuvieran que preocuparse también de los problemas relativos a la sociedad civil y de los acontecimientos que afectan a los ciudadanos. [125]

«La peor discriminación que sufren los pobres es la falta de atención espiritual […]. La opción preferencial por los pobres debe traducirse principalmente en una atención religiosa privilegiada y prioritaria». [127] 

El hecho es que «la falta de trabajo es mucho más que la falta de una fuente de ingresos para poder vivir. El trabajo es también esto, pero es mucho, mucho más. Trabajando nosotros nos hacemos más persona, nuestra humanidad florece, los jóvenes se convierten en adultos solamente trabajando. La Doctrina Social de la Iglesia ha visto siempre el trabajo humano como participación en la creación que continúa cada día, también gracias a las manos, a la mente y al corazón de los trabajadores». [128] 

 Dice el libro de los Proverbios: «El hombre generoso será bendecido, porque comparte su pan con el pobre» (Pr 22,9).

«Pero tú sé indulgente con el humilde y no le hagas esperar tu limosna, […] que el tesoro encerrado en tus graneros sea la limosna, y ella te preservará de todo mal» (Si 29,8.12). Y Jesús retoma esta enseñanza: «Vendan sus bienes y denlos como limosna. Háganse bolsas que no se desgasten y acumulen un tesoro inagotable en el cielo» (Lc 12,33).

El amor es ante todo un modo de concebir la vida, un modo de vivirla.

 

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 4 de octubre, memoria de san Francisco de Asís, del año 2025, primero de mi Pontificado.

 

LEÓN PP. XIV