Carlos
Casanova Leal -
La
familia venezolana está rota, como consecuencia de la migración, abuelos solos,
o niños con abuelos sin padre en el lugar. La crisis llevó al joven a abandonar
escuelas y liceos para ir en búsqueda del rebusque para vivir.
Para
nadie es un secreto la crisis educativa. La corrupción, criticada, pero a su
vez aceptada socialmente, cambió patrones de la moral.
La
reconstrucción del país pasa por la formación de ciudadanos íntegros. Los
valores que se han impuesto son contrarios a los fundamentos esenciales de la
sociedad occidental. Aquí debemos detenernos para encontrar la responsabilidad
que tenemos con la sociedad actual para su vigencia en el mediano y largo
plazo.
La
juventud hoy vive en el paradigma tecno-céntrico, despojados de una visión
holística, configurándose como operadores de herramientas tecnológicas de
plataformas digitales, perdiendo la concepción de sí mismos como individuos con
propósito y riqueza espiritual; el existir se convierte en métricas de logro y
productividad optimizada por una moral utilitaria determinada por la
rentabilidad instantánea. Estas conductas lo alejan del bien colectivo y de la
dignidad intrínseca que como persona debe tener.
Al
excluir a Dios del contexto educativo, reduce al ser humano a un organismo
productivo, eficiente o utilizable. La fe católica, en cambio, restaura y
devuelve la noción de dignidad trascendente, irreducible a métricas
cuantificables de desempeño laboral o rendimiento algorítmico.
Lo que se discute no es solo el culto religioso,
sino una comprensión cabal del ser humano frente a esquemas que exaltan lo
instrumental sobre lo moral y eterno. Las corrientes tecnológicas
contemporáneas, tecnocracia, poshumanismo y el transhumanismo, postulan el
avance instrumental como objetivo supremo sin anclaje trascendente, los
estándares éticos se diluyen, y la tecnología muta de instrumento al servicio
de la humanidad en ideología totalizante; he aquí el real problema objetivo de
sus proponentes.
Los transhumanistas
señalan que la evolución de la especie humana está en sus manos, el ser humano
como reemplazable por partes hasta que sea tecnológico; visto así, el ser humano
deja de percibirse como guardián de su propio legado para convertirse en
objeto.
Aquí se fractura la cadena intergeneracional de
los valores morales, dando paso a las dinámicas digitales obsesionadas con la
inmediatez y desechando lo heredado. En consecuencia, lo que se disipa no es
solo un culto religioso, sino una comprensión cabal del ser humano frente a
esquemas que exaltan lo instrumental sobre lo moral y eterno.
La tradición cristiana
provee estructuras de sentido, conciencia de finitud y deber moral. Su ausencia
instala una ilusión de autosuficiencia que obstaculiza el encuentro genuino con
el otro, el compromiso con el cuidado mutuo y la búsqueda del bien común.
Adicionalmente, genera un empobrecimiento simbólico y ético, ya que la
increencia no queda confinada al ámbito privado, sino que conlleva la
degradación progresiva de narrativas, principios y costumbres que durante
siglos han apuntalado la unidad social, la resiliencia emocional y la brújula
moral colectiva.
Por ello considero que la
educación religiosa católica debe impartirse en escuelas y liceos, desde la
segunda casa, para enfrentar desde la educación la crisis moral, social y la
pérdida de identidad. El problema no es la pérdida de fe solamente, sino una
educación incompleta del ser humano.
“El padre y la madre tienen derecho a que sus
hijos o hijas reciban educación religiosa que esté de acuerdo con sus
convicciones”. Una educación optativa, abierta a la transcendencia y al sentido.
Una educación integral, trascendiendo a lo académico, forma en valores como
disciplina, solidaridad y dignidad humana; es así como preparamos líderes y
dirigentes éticos en contextos de crisis y de cómo coadyuvar en la
reconstrucción del país.