Saludos, hermanos, celebramos el Bautismo de Jesús y nuestro propio bautismo.
En la
primera lectura del profeta Isaías hemos escuchado cómo el
siervo, el elegido del Señor, no viene a traer venganza ni a condenar, sino que
nos viene a traer la justicia que salva, que levanta, que dignifica. Esta justicia que consiste en “abrir
los ojos de los ciegos, sacar a los cautivos de la cárcel y de la prisión a los
que habitan en las tinieblas”. Dios no salva con la victoria o el éxito, sino
con la humillación y la derrota, dando la vida.
La segunda
lectura del libro de los Hechos, nos dice: “Ahora comprendo con toda verdad que
Dios no hace acepción de personas, sino que acepta al que teme y practica la
justicia, sea de la nación que sea”. Es una invitación a ver en el otro a un hermano al que hay que cuidar y
al que hay que tratar como a uno le gustaría que le tratasen.
Es la
misericordia la que traspasa la justicia y la que busca restablecer el bien,
invitando a la conversión y al cambio, sanando las heridas que se hayan podido
producir entre las personas o entre estas y la creación, construyendo un mundo
en el que no haya muros que dividan y separen, que enfrenten y lleven a la
enemistad, sino puentes que unan y que lleven al encuentro y a la comunión.
"Este
es mi Hijo amado, en quien me complazco". Vosotros conocéis lo que sucedió
en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan.
Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu
Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo,
porque Dios estaba con él».
Lo importante es que nos reconozcamos amados
de Dios al conocer a Jesús, y hacer vida en la propia vida la Buena Noticia de
la paz que trajo Jesús; hacer lo que él hizo: pasar haciendo el bien y curando
a los oprimidos por el mal.
En el día en
el que celebramos el bautismo del Señor, hacemos también memoria de nuestro
bautismo. Y no podemos dejar de recordar la invitación de Jesús a la conversión
y a creer en el evangelio. Para ello, no dejemos nunca de confrontar nuestra fe
y nuestra vida con la Palabra y de dejarnos acompañar por la comunidad de
creyentes. Jesús, que no tenía pecado, acude a recibir este «Bautismo de Penitencia». Es un
escándalo que Jesús esté en la fila de los pecadores. Pero la respuesta de
Jesús Juan nos aclara todo: «Está
bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere». Obediencia, no sumisión.
Cuántas
veces hemos utilizado el nombre de Dios para juzgar, herir y caer en la acepción
de personas. Clamamos una justicia que busca la venganza, si somos sinceros con nosotros
mismos, nos veremos juzgando y condenando, contribuyendo así a la confrontación
y polarización en la que se ven envueltos nuestra sociedad y nuestro mundo.
Concédenos,
Señor y Padre nuestro, intentar vivir como él vivió, haciendo tu voluntad, para
vivir nuestra vida teniéndole presente
en nuestro día a día y a vivirla conforme a nuestra fe en Él, en nuestra época
y en los lugares en que Tú nos pones. Amén.

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