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sábado, enero 03, 2026

Iniciando el Año

 


No  somos fruto del azar, sino de una elección de AMOR.

Antes de que existieran los mundos, antes de que el tiempo empezara a correr, ya estaba la Palabra. No una idea, no un sonido, no un símbolo, sino una realidad viva junto a Dios y en Dios. Ambas imágenes Sabiduría y Verbo se complementan para mostrarnos un mismo misterio: Dios no actúa improvisando; crea desde su Sabiduría y desde su Palabra, que son eternas, pero no lejanas.

Para el creyente, esta afirmación tiene un enorme consuelo: nuestra vida está sostenida por una Palabra previa, una Palabra que nos precede, que nos acompasa, que nos da sentido incluso cuando no lo entendemos todo. No somos fruto del azar, ni del capricho de nadie: venimos de una Palabra que quiso que existiéramos.

San Pablo, en el hermoso himno que abre la carta a los Efesios, proclama que hemos sido “bendecidos con toda clase de bendiciones espirituales” y que Dios nos eligió antes de la creación del mundo. La Palabra que crea también bendice, elige, sostiene y conduce.

Pablo nos invita a mirar nuestra vida desde esta clave: Somos fruto de una elección amorosa, no de la casualidad. Somos destinatarios de un proyecto bueno de Dios. Y cuando vivimos desde esta verdad, nuestra existencia deja de estar marcada por la comparación, la culpa o la sensación de insuficiencia. Este pasaje de Efesios es una invitación a recuperar la conciencia de nuestra identidad: hijos amados, redimidos, acompañados por la Sabiduría divina que actúa en nuestra historia.

Juan dice que la Palabra es la “luz verdadera que ilumina a todo hombre”. La luz no solo permite ver, también revela lo que somos. Muestra caminos, disipa miedos. Por eso la Palabra de Dios, cuando es acogida, nos ayuda a leer nuestra propia historia con claridad y verdad.

Pero el Evangelio reconoce una resistencia: "La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió". Preferimos a veces una vida sin demasiada luz, sin cuestionamientos, sin verdad. Nos acomodamos a sombras afectivas, laborales, sociales o espirituales.

Sin embargo, Juan afirma que a quienes la reciben, les da poder de ser hijos de Dios. Recibir la Palabra no es un examen de perfección: es abrir la puerta a una vida nueva.

"La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros". Esta Palabra, no se hizo idea, ni discurso, ni norma. Se hizo carne: fragilidad, límites, afectos, cansancio, esperanza. Dios entra por la vía más humana para mostrarnos que lo divino y lo humano no se excluyen, sino que se abrazan.

Dios no teme nuestra humanidad. Dios se acerca para comprender desde dentro nuestra vida. Dios se hace uno de nosotros para que lo podamos encontrar en lo cotidiano. La Navidad no termina el 25 de diciembre: empieza cada vez que descubrimos a Dios habitando nuestras propias realidades, la de los rostros sin horizontes, incluso las que consideramos demasiado pequeñas o complicadas.  “Es precisamente en virtud de su encarnación que encontramos al Señor en nuestros hermanos y hermanas necesitados”: “Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo”, (Mt 25,40)



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