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sábado, marzo 14, 2026

Una mirada diferente

                                                      

LECTURAS DEL DOMINGO IV DE CUARESMA  

Lectura del primer libro de Samuel 16, 1b. 6-7. 10-13ª

 En aquellos días, el Señor dijo a Samuel: «Llena tu cuerno de aceite y ponte en camino. Te envío a casa de Jesé, el de Belén, porque he visto entre sus hijos un rey para mí».

Cuando llegó, vio a Eliab y se dijo: «Seguro que está su ungido ante el Señor».

Pero el Señor dijo a Samuel: «No te fijes en su apariencia ni en lo elevado de su estatura, porque lo he descartado. No se trata de lo que vea el hombre. Pues el hombre mira a los ojos, más el Señor mira el corazón».

Jesé presentó a sus siete hijos ante Samuel. Pero Samuel dijo a Jesé:
«El Señor no ha elegido a estos». Entonces Samuel preguntó a Jesé: «¿No hay más muchachos?».

Y le respondió:
«Todavía queda el menor, que está pastoreando el rebaño». Samuel le dijo: «Manda a buscarlo, porque no nos sentaremos a la mesa mientras no venga».

Jesé mandó a por él y lo hizo venir. Era rubio, de hermosos ojos y buena presencia. El Señor dijo a Samuel: «Levántate y úngelo de parte del Señor, pues es este». Samuel cogió el cuerno de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. Y el espíritu del Señor vino sobre David desde aquel día en adelante.

 

Salmo 22, 1-3a. 3b-4. 5. 6 R/. El Señor es mi pastor, nada me falta

El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar,
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas. R/.

Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan. R/.

Preparas una mesa ante mi,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa. R/.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por los años sin término. R/.

 

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 5, 8-14

Hermanos:
Antes erais tinieblas, pero ahora, sois luz por el Señor. Vivid como hijos de la luz, pues toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz. Buscad lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciándolas.

Pues da vergüenza decir las cosas que ellos hacen a ocultas. Pero, al denunciarlas, la luz las pone al descubierto, descubierto es luz. Por eso dice: «Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo te iluminará».

 Lectura del santo evangelio según san Juan 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38

En aquel tiempo, al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento.

Entonces escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo:
«Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)». Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: «¿No es ese el que se sentaba a pedir?». Unos decían: «El mismo». Otros decían: «No es él, pero se le parece». El respondía: «Soy yo».

Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.

Él les contestó: «Me puso barro en los ojos, me lavé y veo». Algunos de Los fariseos comentaban: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado». Otros replicaban: «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?».

Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?». Él contestó: «Que es un profeta». Le replicaron: «Has nacido completamente empecatado, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?». Y lo expulsaron.

Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?».

Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?». Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es». Él dijo: «Creo, Señor». Y se postró ante él.

COMENTARIO

Saludos hermanos. En este IV domingo de cuaresma que llamamos Domingo de Laetare, Domingo de la Alegría, se nos invita a reconocer que  para vivir la alegría de Evangelio, tanto en las cosas extraordinarias como en las de cada día, no basta con las palabras y los buenos deseos; la paz, la justicia y la libertad, el sentido en nuestra vida necesita encontrarse con una mirada que nos de la sabiduría y la fortaleza. Es urgente aprender a mirar de otra manera.

El primer domingo era la imagen del desierto como lugar de silencio y revisión; el segundo domingo la montaña como lugar de encuentro con Dios y de oración; la semana pasada el pozo y el agua como símbolo de una vida llena de sentido que da Dios. Hoy seguimos adelante por el camino con Jesús, y encontramos la luz, ese “abrir los ojos” que Dios nos propone siempre para descubrirle cerca de nosotros. Esa luz que nos ayuda a ver las cosas como el mismo Dios las ve.

No basta escuchar lo que nos pide el Señor, debemos dejarnos mirar por El y descubrir su mirada para con nosotros, para prender a mirar de otra manera, con la mirada de Dios.

«No te fijes en su apariencia ni en lo elevado de su estatura, porque lo he descartado. No se trata de lo que vea el hombre. Pues el hombre mira a los ojos, más el Señor mira el corazón».

Como discípulos de Cristo debemos “vivir como hijos de la luz, pues toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz. Busquemos lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciándolas.”

Al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento. Jesús no es indiferente ante lo que le rodea, no tiene miedo a mirar la realidad y a actuar.

El ciego dijo: «Me puso barro en los ojos, me lavé y veo». Pero los que le rodean comienzan a mirar no desde los hechos, sino desde los prejuicios y los miedos: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado». «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?». «Has nacido completamente empecatado, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?». Y lo expulsaron. “cuando Jesús oyó que lo habían expulsado, fue a buscarlo”.

Jesús mira al hombre, lo ve en su dignidad de hijo de Dios.  No basta echar un vistazo, es dejarse tocar por la realidad concreta de alguien que está ahí, sentado a la orilla de la vida, sin nombre, reducido a “el ciego”, “el mendigo”, “el que no encaja”, “el migrante”.

Jesús lo mira de otra manera, no como un problema a explicar, sino como una persona a la que rescatar. Jesús no cura desde arriba, se arrodilla en el barro humano y toca lo que a nosotros nos da reparo tocar: la fragilidad, lo feo, lo que huele a fracaso. Jesús no cura con magia, sino acompañando.

Es entonces cuando el ciego empieza a ver. Pero no se trata solo de recuperar la vista física, sino que implica todo un proceso, como si el Señor nos dijera: “la fe no te cae encima; es una invitación, un regalo que pide tu asentimiento, tu colaboración”.

El ciego no es un mero espectador, tiene que levantarse, caminar, confiar. La gracia no aplasta tu libertad, por el contrario, la despierta. La fe nace cuando descubrimos que Dios no es juez implacable, sino compañero de camino.

“¿Crees tú en el Hijo del hombre?” ¿Quién es? El mismo Jesús le dice: “Lo estás viendo”. Y sigue la confesión de fe: “Creo, Señor”. La misma que han hecho a lo largo de la historia de la Iglesia tantas y tantas personas, como lo hicimos nosotros (o lo hicieron por nosotros) el día de nuestro Bautismo.

La luz del ciego deja al descubierto la oscuridad de otros, porque cuando alguien se levanta, cuando alguien recupera dignidad, cuando alguien empieza a hablar con libertad, eso incomoda. Y aquí aparece otro tipo de ceguera: la ceguera religiosa.

Lo común es seguir haciendo lo mismo que hicieron los fariseos, aunque con formas nuevas, etiquetamos a personas por su origen, por su historia, por su caída, por su situación afectiva, por su salud mental, por su manera de vivir, por su acento, por su pasado.

También en la Iglesia, a veces sin darnos cuenta, convertimos la mesa compartida de Jesús en un examen, y el templo en una aduana, y el Evangelio en un reglamento, y la comunidad en “el club de los que cumplen”.

Lo hemos escuchado: “cuando Jesús oyó que lo habían expulsado, fue a buscarlo”. Jesús no se queda del lado del sistema para protegerse, se mueve hacia el expulsado, se desplaza a la periferia y va en su búsqueda; y con esa actitud nos dice que el lugar de Dios no está donde se presume pureza, sino donde se defiende la vida herida, donde se sana y curan heridas.  

Una petición para esta semana: Señor, cura mi mirada. Que vea como Tú ves. Que no use tu nombre para dejar fuera a nadie. Que, cuando alguien sea expulsado, yo tenga el coraje de salir contigo a buscarlo. Es la única manera de vivir en tu alegría.


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