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sábado, febrero 28, 2026

Sal de tu tierra...

 II domingo de cuaresma 


Hoy escuchamos estas palabras: “Sal de tu tierra…” ¿Hemos oído nosotros, alguna vez, esas mismas palabra?

A estas palabras les acompañan a esta bendición: Bendeciré a los que te bendigan, …, y en ti serán benditas todas las familias de la tierra».

El camino es la meta, regalo y tarea. Hay que responde con prontitud sino pasará a otras manos, pero la Palabra de Dios nunca vuelve a El vacía.

Participamos en la historia de salvación cuando nos atrevemos a creer que Dios puede hacer nuevas todas las cosas. Y no será una sola salida la que se nos pidan, seguirán otras.  La fe es confianza activa: Cada creyente está llamado a vivir su propio éxodo interior. La gracia nos sostiene en la prueba.

Los  cristianos, discípulos de Jesús, recibimos una llamada a salir de nuestras comodidades y dar testimonio de Cristo Vivo y Resucitado.

 Como Pablo anima a Timoteo a no avergonzarse del Evangelio ni del sufrimiento que lleva consigo anunciar a Cristo, tenemos que reconocer nuestro compromiso de  cargar con la fragilidad propia y ajena, sostener la esperanza cuando todo parece oscuro. Se nos invita a tomar parte en los padecimientos por el Evangelio, según la fuerza de Dios.


La tarea no es fácil, y Él lo sabe,  Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan  y subió con ellos aparte a un monte alto, no nos deja solos  y nos conforta ante el cansancio, la duda y el dolor.

El consuelo con que Cristo nos conforta no termina en nosotros mismos, «Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».

Pedro está en el camino y Jesús lo va enseñando: el consuelo que recibimos no es  solo  para nosotros, sino para que también nosotros podamos consolar a otros.

Ese alimento único que nos acompaña en el camino que hemos emprendido no es otro que la Palabra de Jesús: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo».

Acojamos con gratitud generosidad esa palabra amorosa: «Levantaos, no temáis».

Pero no seamos ingenuos, la presencia gloriosa de Jesús y su consuelo único solo se puede experimentar en el camino. Por eso Jesús les dijo a sus discípulos: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».

Como los discípulos, aprovechemos esos momentos de intimidad con Jesús, en el camino, en las conversaciones, en las comidas, en la Cruz, Eso es participar en la transfiguración del Señor.

La Cuaresma es subida al monte y bajada a la vida. Es contemplación y misión. Es luz que transforma y envío que compromete. Dios nos dice hoy, como a Jesús: “Tú eres mi hijo amado”. Desde esa certeza sigamos caminando hacia la Pascua.

Dios Padre, derrama sobre nosotros tu misericordia y mantennos fieles y compasivos para  tomar parte en los padecimientos de tu Hijo por el Evangelio. Amén.

 


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