II domingo de cuaresma
A estas palabras les
acompañan a esta bendición: Bendeciré a los que te bendigan, …, y en ti serán
benditas todas las familias de la tierra».
El camino es la
meta, regalo y tarea. Hay que responde con prontitud sino pasará a otras manos,
pero la Palabra de Dios nunca vuelve a El vacía.
Participamos en la
historia de salvación cuando nos atrevemos a creer que Dios puede hacer nuevas
todas las cosas. Y no será una sola salida la que se nos pidan, seguirán otras. La fe es confianza activa: Cada creyente está
llamado a vivir su propio éxodo interior. La gracia nos sostiene en la prueba.
Los cristianos, discípulos de Jesús, recibimos una
llamada a salir de nuestras comodidades y dar testimonio de Cristo Vivo y Resucitado.
Como Pablo anima a Timoteo a no avergonzarse
del Evangelio ni del sufrimiento que lleva consigo anunciar a Cristo, tenemos
que reconocer nuestro compromiso de cargar
con la fragilidad propia y ajena, sostener la esperanza cuando todo parece
oscuro. Se nos invita a tomar parte en los padecimientos por el Evangelio,
según la fuerza de Dios.
La tarea no es fácil, y Él lo sabe, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y subió con ellos aparte a un monte alto, no nos deja solos y nos conforta ante el cansancio, la duda y el dolor.
El consuelo con que
Cristo nos conforta no termina en nosotros mismos, «Señor, ¡qué bueno es que
estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y
otra para Elías».
Pedro está en el
camino y Jesús lo va enseñando: el consuelo que recibimos no es solo para nosotros, sino para que también nosotros
podamos consolar a otros.
Ese alimento único
que nos acompaña en el camino que hemos emprendido no es otro que la Palabra de
Jesús: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo».
Acojamos con
gratitud generosidad esa palabra amorosa: «Levantaos, no temáis».
Pero no seamos
ingenuos, la presencia gloriosa de Jesús y su consuelo único solo se puede
experimentar en el camino. Por eso Jesús les dijo a sus discípulos: «No contéis
a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».
Como los
discípulos, aprovechemos esos momentos de intimidad con Jesús, en el camino, en
las conversaciones, en las comidas, en la Cruz, Eso es participar en la
transfiguración del Señor.
La Cuaresma es
subida al monte y bajada a la vida. Es contemplación y misión. Es luz que
transforma y envío que compromete. Dios nos dice hoy, como a Jesús: “Tú eres mi
hijo amado”. Desde esa certeza sigamos caminando hacia la Pascua.
Dios Padre, derrama
sobre nosotros tu misericordia y mantennos fieles y compasivos para tomar parte en los padecimientos de tu Hijo por
el Evangelio. Amén.
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