EVANGELIZACIÓN, INICIACIÓN, CATEQUESIS, PASTORAL
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26.9.26

Sí quiero.

Domingo XXVI del T.O.

¿Quién de nosotros, en algún momento y por infinitas razones, no ha dicho: «Sí, quiero», para después, por la inconstancia, la debilidad o el desconcierto ante las pruebas o las circunstancias adversas, actuar en contra de lo que habíamos prometido?

Jesús confirma la enseñanza de los profetas: si no nos arrepentimos, ni cambiamos ni actuamos de acuerdo con el proyecto de Dios, entonces no cumplimos la voluntad del Padre y permanecemos en nuestro pecado.

La conversión es una decisión que salva nuestra vida, como leemos en el profeta Ezequiel. Pero la conversión es más que una buena intención o un buen deseo. Ha de practicarse la justicia y el derecho. Entonces se cumplirá la promesa del profeta: si el pecador recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá.

Esta ley profunda de la vida espiritual se sustenta en la ternura y la misericordia de Dios, no en nuestros derechos y deseos:

«Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas; no te acuerdes de los pecados ni de las maldades de mi juventud; acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor". (Salmo 24)


En la carta de Pablo a los Filipenses se nos invita a tener en nosotros los mismos sentimientos de Cristo y a dejar de lado la rivalidad y la ostentación, considerándonos hermanos y nunca superiores a los demás.

A veces podemos pensar: «No es justo el proceder de Dios: a los malvados les va mejor que a nosotros, que queremos cumplir su voluntad». Estamos equivocados. Dios es justo y misericordioso; no es caprichoso, ni discrimina, ni juzga por las apariencias.

En estos domingos hemos ido pasando de la corrección fraterna al perdón del hermano y a la generosidad de Dios, con aquello de que «los últimos serán los primeros». Hoy la Palabra nos da otra vuelta de tuerca: se nos dice que «los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios». Esto no nos suena muy correcto, acostumbrados como estamos a juzgar y a dividir entre buenos y malos, los nuestros y los otros, nosotros y los demás.


Señor, que sepamos escuchar tu voluntad y no solo digamos «sí», sino que verdaderamente actuemos de acuerdo con tu llamada, en el servicio y en la unión.


Filipenses 2, 2
Manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir.
No obréis por rivalidad ni por ostentación, considerando por la humildad a los demás superiores a vosotros. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás.




19.9.26

Mi salario es Cristo


 COMENTARIO A LAS LECTURAS DEL DOMINGO XXV del TO
    
Saludos, hermanos y amigos,  a todos los que dedicáis unos minutos a leer esta reflexión dominical.

«Mis planes no son vuestros planes». La historia del ser humano, tal como aparece en la Sagrada Escritura, es también la historia de cómo los planes de Dios para nuestra felicidad y salvación son muchas veces echados por tierra.

La Palabra de Dios de este domingo responde a una gran inquietud que muchos llevamos dentro. Todos, en algún momento, reconocemos que no actuamos según los planes de Dios, según los proyectos de su corazón de Padre, y que pecamos.

¿Qué podemos hacer? Somos débiles y volvemos una y otra vez a nuestros caprichos y egoísmos. El salmo nos anima, nos recuerda: «Buscad al Señor mientras se deja encontrar». «Cerca está el Señor de los que lo invocan, de los que lo invocan sinceramente».

En el Evangelio, Jesús nos habla de la compasión de Dios. Lo presenta como un padre que espera a su hijo y le ofrece misericordia, y también como el dueño de una viña que sale a buscar trabajadores durante todo el día, sin medir su valor únicamente por su eficacia, sino teniendo en cuenta sus necesidades.

El Reino de Dios no funciona según los criterios del mundo: «Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos, primeros». Estas palabras rompen nuestros esquemas y nuestra lógica de cálculo. Aquellos que parecen los últimos también son tenidos en cuenta por Dios, igual que tú y yo.

Dios no está sometido a nuestro modo de medir el tiempo. No hay últimos ni primeros ante Él; esa es una clasificación nuestra. Lo que Dios quiere es que respondamos a su llamada, ya sea al amanecer, a media mañana, al mediodía o al caer la tarde. Lo que nos pide es fidelidad a su voluntad y generosidad para realizar aquello que nos confía, sin cuestionar la manera en que Él trata a los demás.

No pocas veces hemos pretendido que Dios tome partido por un grupo humano frente a otro. Hemos defendido una justicia separada de la misericordia cuando juzgábamos cómo debían ser tratados los demás. Pero Dios no excluye a nadie. Invita a todos a vivir y trabajar en su viña, a encontrar una vida con sentido, de servicio y felicidad.



Piensa: ¿fuiste llamado desde el amanecer de tu existencia, a media mañana, al mediodía? ¿O eres de los que han permanecido durante años paralizados por sus miedos, sus prejuicios o sus circunstancias, y han escuchado la llamada al caer de la tarde? ¿Quizá te has sentido tratado con indiferencia, como si nadie hubiera confiado plenamente en ti? Pues escucha hoy al Señor que te dice: «Ve también tú a mi viña».

No estás en la vida para recibir un diploma de buena conducta. Has sido llamado a ser feliz y a construir el Reino de Dios. No tengas miedo: nunca es tarde cuando el Señor llama.


No te asustes por ciertos comentarios o miradas, ni por quienes pretenden situarse por encima de los demás. Sé humilde y recuerda: «Los últimos serán los primeros, y los primeros, los ú
ltimos».


Este es el salario que Dios nos ofrece: «Para mí la vida es Cristo».

Señor, que no proteste ante tu generosidad con mi hermano, ni me deje llevar por la envidia. Haz que viva siempre agradecido por tu llamada. No importa la hora en que me hayas llamado, sino la generosidad con la que acoges y entregas tu amor. Amén.



LECTURAS del DOMINGO XXV

 Lectura del libro de Isaías 55, 6-9

Buscad al Señor mientras se deja encontrar,
invocadlo mientras está cerca.
Que el malvado abandone su camino,
y el malhechor sus planes;
que se convierta al Señor, y él tendrá piedad,
a nuestro Dios, que es rico en perdón.
Porque mis planes no son vuestros planes,
vuestros caminos no son mis caminos

—oráculo del Señor—.
Cuanto dista el cielo de la tierra,
así distan mis caminos de los vuestros,
y mis planes de vuestros planes.

Salmo 144, 2-3. 8-9. 17-18

 R/. Cerca está el Señor de los que lo invocan.

Día tras día, te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.
Grande es el Señor, merece toda alabanza,
es incalculable su grandeza. R/.

El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas. R/.

El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones.
Cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente. R/.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 1, 20c-24. 27a

Hermanos:
Cristo será glorificado en mi cuerpo, por mi vida o por mi muerte.
Para mí la vida es Cristo y el morir una ganancia. Pero, si el vivir esta vida mortal me supone trabajo fructífero, no sé qué escoger.
Me encuentro en esta alternativa: por un lado, deseo partir para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor; pero, por otro, quedarme en esta vida veo que es más necesario para vosotros.
Lo importante es que vosotros llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo.

 Lectura del santo evangelio según san Mateo 20, 1-16

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:
«El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña.
Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo y les dijo:
“Id también vosotros a mi viña y os pagaré lo debido».
Ellos fueron.
Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo.
Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo:
“Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?”.
Le respondieron:
“Nadie nos ha contratado”.
Él les dijo:
“Id también vosotros a mi viña».
Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz:
“Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros”.
Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Al recibirlo se pusieron a protestar contra el amo:
“Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno”.
Él replicó a uno de ellos:
“Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”.
Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos».






12.9.26

No olvidar el perdon para perdonar


Saludos, amigos y hermanos.

Este domingo seguimos, en cierto modo, examinando las relaciones comunitarias. Hoy reflexionamos sobre el perdón. En nuestras relaciones es tan importante saber corregir como saber perdonar.

Nos dice también la primera lectura: «Recuerda los mandamientos y no te enojes con tu prójimo». Con otras palabras, hemos escuchado: «El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra» (Jn 8,7).

Si alimentamos la ira contra el hermano, no podemos ser gratos a Dios. La compasión nos hace más humanos y más amigos de Dios. Si fuésemos más coherentes, antes de pedir nada al Señor, dejaríamos la ofrenda ante el altar e iríamos a reconciliarnos con nuestros hermanos.

El hombre resentido solo recuerda la ofensa recibida; el creyente, por el contrario, debe aprender a recordar una historia mayor: la de la fidelidad de Dios, que empequeñece cualquier otra cuenta pendiente.

La parábola de los dos siervos endeudados con su Señor nos ofrece una enseñanza definitiva: sin un proceso de humanización, frente a la ira y al resentimiento, no podemos seguir el camino de la salvación ni experimentar plenamente el perdón y la compasión de Dios. Sin ejercer la compasión con el otro, nos hacemos incapaces de acoger la misericordia de Dios.

San Pablo, en medio de una comunidad dividida, recuerda algo sencillo y, a la vez, revolucionario: «Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor. Para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos».

Vivimos en una cultura que nos empuja constantemente a colocarnos en el centro: mis derechos, mis heridas, mis cuentas. Pero el creyente descubre que el centro de su vida ya no es él mismo, sino Aquel a quien pertenece.

El perdón empieza, quizá, justo ahí: cuando dejamos de preguntarnos solamente qué nos hicieron y empezamos a preguntarnos qué está viviendo el otro.

En el Evangelio se nos dice claramente, ante la pregunta de Pedro, que no son los límites lo importante, sino la capacidad de compadecerse. Dios nunca comienza mirando nuestras cuentas; comienza mirando nuestro rostro. Antes que acreedores o deudores, somos hijos necesitados de misericordia.

El drama es que el deudor no solo no perdona, sino que ha olvidado. Ha olvidado que, un instante antes, estaba en el suelo pronunciando las mismas palabras que ahora escucha sin conmoverse; que estuvo de rodillas y que unas manos lo levantaron sin pedir nada a cambio.



Quizá el primer paso no sea intentar perdonar de inmediato, sino, sencillamente, volver a hacer memoria: recordar cuántas veces Dios ha tenido paciencia con nosotros; cuántas veces nos ha esperado mientras vivíamos encerrados en nuestras propias cuentas; cuántas veces Dios ha vuelto a empezar conmigo cuando yo ya había dejado de creer en mí mismo.

Porque quien recuerda la misericordia recibida puede aprender también a ofrecer misericordia. Y quizá ahí comienza el verdadero camino del perdón: no cuando dejamos de sentir la herida, sino cuando permitimos que el amor de Dios sea más grande que nuestro resentimiento.

 Señor, concédenos comprender que el perdón no nace primero de nuestro esfuerzo, sino de la contemplación de tu misericordia que nos precede. Solo quien permanece en la memoria de ese amor aprende, poco a poco, a mirar al hermano con los mismos ojos con los que Dios lo mira.


Domingo XXIV del TO, Ciclo A

LECTURAS 

Lectura del libro del Eclesiástico 27, 30 – 28, 7

Rencor e ira también son detestables,
el pecador los posee.
El vengativo sufrirá la venganza del Señor,
que llevará cuenta exacta de sus pecados.
Perdona la ofensa a tu prójimo
y, cuando reces, tus pecados te serán perdonados.
Si un ser humano alimenta la ira contra otro,
¿cómo puede esperar la curación del Señor?
Si no se compadece de su semejante,
¿cómo pide perdón por sus propios pecados?
Si él, simple mortal, guarda rencor,
¿quién perdonará sus pecados?
Piensa en tu final y deja de odiar,
acuérdate de la corrupción y de la muerte
y sé fiel a los mandamientos.
Acuérdate de los mandamientos
y no guardes rencor a tu prójimo;
acuérdate de la alianza del Altísimo
y pasa por alto la ofensa.

Salmo 102, 1-2. 3-4. 9-10. 11-12

R/. El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia.

Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios. R/.

Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa,
y te colma de gracia y de ternura. R/.

No está siempre acusando
ni guarda rencor perpetuo;
no nos trata como merecen nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpa. R/.

Como se levanta el cielo sobre la tierra,
se levanta su bondad sobre los que lo temen;
como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos. R/.

 

 

 

 

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 14, 7-9

Hermanos:
Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo.

Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; así que, ya vivamos ya muramos, somos del Señor.

Pues para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de muertos y vivos.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 18, 21-35

En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó:
«Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?».

Jesús le contesta:
«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por esto, se parece el reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus criados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo:
“Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”.

Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda.

Pero al salir, el criado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba diciendo:
“Págame lo que me debes”.

El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo:
“Ten paciencia conmigo y te lo pagaré”.

Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.

Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido.

Entonces el señor lo llamó y le dijo:
“¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste ¿no debías tener tú también compasión de un compañero, como yo tuve compasión de ti?”.

Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.

Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».

5.9.26

Encontrarnos


Hermanos y amigos:

La experiencia de lo compartido, de aquello que no se reduce únicamente a lo propio, se encuentra profundamente cuestionada en nuestro tiempo. Los ejemplos abundan. Hace tiempo que la política parece tener más que ver con los intereses económicos que con la búsqueda del bien común. Las redes sociales, aunque nos ofrecen nuevas posibilidades de encuentro, también pueden acostumbrarnos a una relación superficial con nosotros mismos y con los demás.

La pérdida del sentido de la gratuidad, el aislamiento y la superficialidad nos conducen por caminos en los que el otro termina transformándose en un objeto de consumo afectivo.

La Palabra de Dios nos invita hoy a reconocernos como comunidad, a dejar de lado la indiferencia y a optar por el cuidado del otro. La lectura del profeta Ezequiel nos presenta también la responsabilidad de no desentendernos del hermano y la necesidad de ayudarle a corregir su camino. El salmo 94 nos recuerda que debemos escuchar la voz de Dios y no endurecer nuestro corazón. Y san Pablo nos deja una extraordinaria enseñanza que debemos tener siempre presente en nuestras relaciones: «A nadie le debáis nada, más que el amor mutuo».

El modelo evangélico propuesto por Jesús nos muestra un camino para salvar, cuidar y reconstruir la comunión antes de recurrir al juicio. La llamada «corrección fraterna» tiene que ver, sobre todo, con el valor del diálogo, la discreción, la escucha y el deseo sincero de reconciliación.


La reconciliación en la comunidad consiste precisamente en generar espacios de cercanía, intimidad y acogida para quien ha perdido el camino. Los vínculos tienen la capacidad de sanar.

La misma autoridad que Jesús otorga a Pedro para «atar y desatar» en el cielo y en la tierra aparece aquí confiada a toda la comunidad.

El conflicto, en sí mismo, no constituye un problema para Jesús. El verdadero problema aparece cuando renunciamos al otro y le negamos un lugar en nuestra vida.

Vivir juntos el proyecto de Jesús y hacer de la comunidad un reflejo del Reino implica atrevernos a ser presencia para el otro, dejar atrás nuestras seguridades y comenzar a construir aquello que es verdaderamente común, allí donde Dios mismo se hace presente.

Nuestra fe no puede entenderse únicamente como una relación personal con Dios. El modo en que nos relacionamos con los demás también forma parte de la experiencia creyente. La comunión eclesial no puede reducirse a un simple asentimiento de ideas; está llamada a vivirse en lo concreto de las relaciones dentro de nuestra comunidad.

Padre, concédenos reconocernos todos como hijos tuyos, para vivir en el encuentro, en la acogida y en el cuidado mutuo. Ayúdanos a hacer realidad en nuestra vida aquello que nos recuerda san Pablo: «A nadie le debáis nada, más que el amor mutuo». Amén.


Lecturas 

Lectura de la profecía de Ezequiel 33, 7-9

Esto dice el Señor:
«A ti, hijo de hombre, te he puesto de centinela en la casa de Israel; cuando escuches una palabra de mi boca, les advertirás de mi parte.
Si yo digo al malvado: “Malvado, eres reo de muerte”, pero tú no hablas para advertir al malvado que cambie de conducta, él es un malvado y morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre.
Pero si tú adviertes al malvado que cambie de conducta, y no lo hace, él morirá por su culpa, pero tú habrás salvado la vida».

Salmo 94, 1-2. 6-7. 8-9

R/. Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón».

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos. R/.

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía. R/.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras». R/.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 13, 8-10

A nadie le debáis nada, más que el amor mutuo; porque el que ama ha cumplido el resto de la ley. De hecho, el «no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no codiciarás», y cualquiera de los otros mandamientos, se resume en esto:
«Amarás a tu prójimo como a ti mismo».

El amor no hace mal a su prójimo; por eso la plenitud de la ley es el amor.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 18, 15-20

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano.

Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano.

En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos.

Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».



29.8.26

Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir

Saludos, hermanos y amigos:

Hemos de experimentar la emoción y la alegría que nos describe el profeta Jeremías: «Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir». Pero esta experiencia va acompañada de la dureza de ser fieles a la Palabra de Dios y de no amoldarnos a las exigencias del mundo. No es fácil seguir a Jesús; requiere un largo proceso de transformación interior.

El salmo 62 nos describe de una manera admirable cómo nos sentimos cuando reconocemos el auxilio del Señor, que nos sostiene con su amor: «Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío».

No podemos escandalizarnos de la reacción de Pedro al escuchar a Jesús manifestar a sus discípulos el sufrimiento que debía padecer en Jerusalén: «¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte».

Jesús no se disculpa por lo que ha dicho. Él sabe que el camino que le espera es el de la entrega total, hasta la última gota de su amor, por el bien de todos. Por eso, se dirige también a sus discípulos y les dice: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga».

Probablemente, todos hemos tenido alguna experiencia de lo que significa vivir el Evangelio. En ciertas ocasiones, Jesús nos pide que compartamos lo poco que tenemos con quienes están a nuestro lado y pasan necesidad. Otras veces nos invita a renunciar a caprichos y frivolidades que chocan con la voluntad de Dios. Asimismo, puede reclamarnos que demos testimonio de nuestra fe en ambientes adversos, aun cuando ello pueda provocar incomprensiones, enemistades, conflictos o dificultades.

Jesús nos advierte: «Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará».

El camino de la cruz consiste en poner nuestra vida en manos de Dios para construir aquí su Reino de amor. Esto implica sacrificarnos por el bien común: compartir nuestros bienes, ayudar gratuitamente a quienes lo necesitan, no malgastar nuestro dinero y dar testimonio del Evangelio cuando las circunstancias lo requieran.

Todo ello puede suponer esfuerzo e incluso sufrimiento. Para alcanzar esta transformación, san Pablo nos pide que nos renovemos «por la renovación de la mente». Es decir, nos anima a cambiar interiormente, algo que no resulta fácil.

Adecuar nuestra mente y nuestro corazón a los valores y sentimientos del Evangelio supone un largo camino de purificación. Requiere, por una parte, ponernos en las manos de Dios para que sea Él quien nos guíe y, por otra, esforzarnos cada día por dejarnos conducir por Él.

Señor, que nunca olvidemos esta lección. Que cada día iniciemos nuestra jornada reconociendo que Tú eres nuestro Dios y que necesitamos de tu auxilio.

 Ayúdanos a procurar que todas nuestras palabras y nuestras obras estén orientadas a construir tu Reino de amor.

AMÉN

LECTURAS DEL DOMINGO XXII

Lectura del libro de Jeremías 20, 7-9

Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir;
has sido más fuerte que yo y me has podido.
He sido a diario el hazmerreír,
todo el mundo se burlaba de mí.
Cuando hablo, tengo que gritar,
proclamar violencia y destrucción.
La palabra del Señor me ha servido
de oprobio y desprecio a diario.
Pensé en olvidarme del asunto y dije:
«No lo recordaré; no volveré a hablar en su nombre»;
pero había en mis entrañas como fuego,
algo ardiente encerrado en mis huesos.
Yo intentaba sofocarlo, y no podía.

Salmo 62, 2. 3-4. 5-6. 8-9 R/. Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.

Oh, Dios, tú eres mi Dios,
por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti;
mi carne tiene ansia de ti,
como tierra reseca, agostada, sin agua. R/.

¡Cómo te contemplaba en el santuario
viendo tu fuerza y tu gloria!
Tu gracia vale más que la vida,
te alabarán mis labios. R/.

Toda mi vida te bendeciré
y alzaré las manos invocándote.
Me saciaré como de enjundia y de manteca,
y mis labios te alabarán jubilosos. R/.

Porque fuiste mi auxilio,
y a la sombra de tus alas canto con júbilo;
mi alma está unida a ti,
y tu diestra me sostiene. R/.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 12, 1-2

Os exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios; este es vuestro culto espiritual.
Y no os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.

 

 

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo 16, 21-27

En aquel tiempo, comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.

Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo:
«¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte».

Jesús se volvió y dijo a Pedro:
«¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios».

Entonces dijo a los discípulos:
«Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga.

Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará.

¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar para recobrarla?

Porque el Hijo del hombre vendrá, con la gloria de su Padre, entre sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta.»

 


 

22.8.26

¿Quién decís que soy yo?


Queridos amigos y hermanos,

Hay preguntas que no buscan información, sino que invitan a quien es preguntado a tomar una decisión y responder desde el corazón y desde la propia vida. En el Evangelio de este domingo, Jesús formula una de esas preguntas decisivas: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»

Es una pregunta que atraviesa los siglos y llega también hasta cada uno de nosotros. Podemos conocer muchas cosas sobre Jesús, haber oído hablar de Él y saber muchas cosas acerca de su vida y de su mensaje. Pero llega un momento en que no basta con repetir respuestas aprendidas. Es necesario dar una respuesta personal.

Jesús comienza preguntando qué dice la gente sobre Él y luego llega la pregunta decisiva: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Ya no se trata de lo que dicen los demás. Ahora la respuesta es personal.

Pedro responde con una confesión admirable: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». Pero Jesús le recuerda inmediatamente que esa respuesta no nace solamente de su inteligencia o de sus capacidades: «Eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos».

La fe es un regalo antes que un mérito. Es siempre gracia. No es simplemente el resultado de un razonamiento perfecto ni la conquista de un esfuerzo humano. Es Dios quien sale a nuestro encuentro y abre nuestros ojos para reconocer a Cristo. La fe no atraviesa solamente nuestra mente y nuestras ideas; toca también el corazón y transforma nuestra vida.

San Pablo, en la segunda lectura, concluye con una admirada alabanza: «¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios!» La fe no consiste en poseer todas las respuestas, sino en dejarnos abrazar por Dios y caminar confiados detrás de Aquel que tiene palabras de vida eterna.

Por eso estamos llamados a edificar nuestra existencia sobre esa misma roca: Cristo. No sobre nuestras seguridades, nuestros éxitos, nuestros bienes o nuestras propias fuerzas, sino sobre Aquel que permanece cuando todo lo demás puede tambalearse.

Y la respuesta más verdadera a la pregunta de Jesús se expresa en nuestra manera de vivir, de amar, de servir, de perdonar, de compartir y de confiar.

Señor Jesús, gracias por el maravilloso don de la fe, por llamarnos a seguirte y por permitirnos formar parte de tu Iglesia. Ayúdanos a reconocerte como el Mesías, el Hijo del Dios vivo, y a construir nuestra vida sobre la roca firme de tu amor.


Lecturas del Domingo XXI del Tiempo  Ordinario 

Domingo XXI  TO “A” Evangelio de Mt.16,13-20

Lectura del libro de Isaías 22, 19-23

Esto dice el Señor a Sobná, mayordomo de palacio:
«Te echaré de tu puesto,
te destituirán de tu cargo.
Aquel día llamaré a mi siervo,
a Eliaquín, hijo de Esquías,
le vestiré tu túnica,
le ceñiré tu banda,
le daré tus poderes;
será padre para los habitantes de Jerusalén
y para el pueblo de Judá.
Pongo sobre sus hombros
la llave del palacio de David:
abrirá y nadie cerrará;
cerrará y nadie abrirá.
Lo clavaré como una estaca en un lugar seguro,
será un trono de gloria para la estirpe de su padre».

Salmo

Salmo 137, 1-2a. 2bcd-3. 6 y 8bc R/. Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos.

Te doy gracias, Señor, de todo corazón,
porque escuchaste las palabras de mi boca;
delante de los ángeles tañeré para ti;
me postraré hacia tu santuario. R/.

Daré gracias a tu nombre:
por tu misericordia y tu lealtad,
porque tu promesa supera a tu fama.
Cuando te invoqué, me escuchaste,
acreciste el valor en mi alma. R/.

El Señor es sublime, se fija en el humilde
y de lejos conoce al soberbio.
Señor, tu misericordia es eterna,
no abandones la obra de tus manos. R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 11, 33-36

¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos!
En efecto, ¿quién conoció la mente del Señor? O ¿quién fue su consejero? O ¿quién le ha dado primero para tener derecho a la recompensa?
Porque de él, por él y para él existe todo. A él la gloria por los siglos. Amén.

 Lectura del santo evangelio según san Mateo 16, 13-20

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesárea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos:
«¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?».
Ellos contestaron:
«Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas».
Él les preguntó:
«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».
Simón Pedro tomó la palabra y dijo:
«Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo».
Jesús le respondió:
«¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos.
Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.
Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».
Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.

 

16.8.26

Todos llamados a la Salvación

                                 

La liturgia de este domingo nos invita a confrontarnos, desde la Palabra de Dios, con una realidad siempre presente en la comunidad humana y especialmente actual en nuestro tiempo: ¿cómo nos relacionamos con quienes son diferentes de nosotros?

Aunque tengamos deseos de ser acogedores con el extranjero y con el inmigrante, muchas veces encontramos razones para sospechar de su presencia. Parece existir en el corazón humano una tendencia a dividir, un miedo a aceptar al diferente y una dificultad para mirarnos desde el respeto, el diálogo y la fraternidad.

También el pueblo de Israel, que se sabía elegido por Dios para manifestar al mundo las maravillas de la salvación, tuvo muchas veces miedo de los extranjeros, hasta considerar peligroso todo lo que venía de fuera. Sin embargo, el profeta Isaías anuncia un horizonte nuevo: la salvación de Dios está destinada a todos los pueblos. La casa de Dios será una casa de oración para todas las naciones.

La salvación que Dios ofrece no puede ser auténtica cuando excluye o separa, sino cuando acerca, hermana y facilita el encuentro. La fe no puede reducirse al cumplimiento externo de normas; debe conducirnos al encuentro con Dios y con los demás, a la fraternidad, a la dignidad y al respeto por toda persona.

También san Pablo descubre, por la acción del Espíritu Santo, que el amor de Dios no puede quedar encerrado en una cultura, una tradición o una institución. Todos están llamados a alcanzar la misericordia, porque la gracia es iniciativa de Dios y su proyecto es que nadie quede fuera.


Esta verdad aparece con especial fuerza en el Evangelio, en el encuentro de Jesús con la mujer cananea. Es una mujer pagana que se acerca gritando de dolor y suplicando por su hija. Se encuentra con una mentalidad religiosa que establecía fronteras entre los que pertenecían al pueblo elegido y los que estaban fuera. Incluso los discípulos quieren que Jesús la atienda para que deje de gritar y los moleste.

Pero aquella mujer no se rinde. Su respuesta se convierte en una de las grandes confesiones de fe del Evangelio: “También los perros comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”. Esta simple frase se convierte en una enorme confesión de fe, de las más grandes que recogen los evangelios: Dios es para todos.

El mundo en el que vivimos tiene muchas “mujeres cananeas” que gritan desesperadas por sus hijos enfermos, moribundos, endemoniados… Los que estamos de este lado de la mesa no podemos sino abrirla para que quepan todos y se sientan en casa. No es solo el alimento o el vestido: es la fraternidad, es el espíritu de dignidad humana, es el corazón del Evangelio que nos empuja a amar.

 




11.8.26

El justo debe ser humano


"El justo debe ser humano" (Libro de la Sabiduría (Sab 12, 19)

I. El ser humano hace tiempo que se está convirtiendo en la víctima principal de las ideologías y sus guerras. Nacional Socialismo Obrero Alemán (1933), el socialismo radical marxista (1939-1945), liberalismo, capitalismo.

Frente a los reduccionismos del individualismo liberal, a menudo desvinculado de toda referencia trascendente, y del colectivismo marxista, que pone el acento en la emancipación material y colectiva, el humanismo cristiano [Jacques Maritain] propone una visión integradora de la persona, a la que le pertenecen su dignidad humana, la justicia social y la apertura a la trascendencia.

 Guardini sostuvo un "realismo cristiano" que cree en la persona, la libertad y la dignidad humana vivida en la fe.

Emmanuel Mounier lanza la filosofía del personalismo y sostiene que todo ser humano es “persona” y, por ser tal, es merecedor de la “dignidad”, del máximo respeto, sujeto de derechos, obligaciones y responsabilidades, llamado a realizar su libertad en la relación equitativa, justa y solidaria con los demás. Ni la raza, ni el Estado, ni el capital son más que la persona; todo es para el Bien Común de las personas”.

La persona, como ser esencialmente social, “no es el fin de sí misma, no está clausurada en sí ni en su felicidad. Su final está más allá de ella. Tanto es así que la persona se construye como tal en la medida en que se descentre, en que su vida sea desvivirse por otros en la realización de un horizonte de sentido. La vida de la persona es realización de un sentido que va descubriendo y que está más allá de sí” (Xosé M. Domínguez).

Para los que celebramos el nacimiento de Jesús de Nazaret porque conocemos lo que fue y es, lo que hizo y hace, lo que pensaba e inspira, encontramos en él el mejor modelo de persona y ser humano de cuantos hemos conocido en el presente y en la historia. Su testimonio y propuesta son el mejor modelo de lo que es la esencia del ser humano. (Padre Jesús Montero Tirado)

II. El 10 de diciembre de 1948, tres años después de acabada la Segunda Guerra Mundial, las Naciones Unidas elaboraron y firmaron la Declaración Universal de los Derechos Humanos, profunda y extensamente inspirada en la filosofía del personalismo. Hoy continúa siendo en nuestros días una de las más altas expresiones de la conciencia humana. Los derechos humanos son inviolables, porque son «inherentes a la persona humana y a su dignidad».

El texto de la Declaración de los Derechos Humanos refleja en todos sus conceptos los principios fundamentales del personalismo, poniendo a la persona como el centro medular de todo el documento, hasta el punto expresivo de repetir la palabra persona veintiocho veces y la palabra personalidad tres en los treinta breves artículos que contiene toda la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

La persona humana no puede reducirse a un medio para obtener resultados, a un recurso para ser usado y explotado, y debe ser reconocida como fin en sí misma, jamás puede instrumentalizarse.

 Pero el valor de la persona no depende de lo que realiza o produce; existen derechos que corresponden a todos por el mero hecho de ser personas. Por lo tanto, la dignidad fundamental de cada persona no se adquiere, no debe ganarse ni necesita ser demostrada.

La dignidad moral, dignidad social y la dignidad existencial, que alude al modo en el que una persona percibe el valor de sí y de su propia vida. Más allá de estos significados, hay un nivel más profundo, el más importante, que consiste en la dignidad ontológica. Es la dignidad que pertenece a todo ser humano simplemente por el hecho de existir, de haber sido querido, creado y amado por Dios; ningún pecado, ningún fracaso, ninguna humillación, ninguna exclusión puede afectar el valor profundo de una vida humana que Él ha querido y llamado al ser. 

«Una dignidad infinita, que se fundamenta inalienablemente en su propio ser, le corresponde a cada persona humana, más allá de toda circunstancia y en cualquier estado o situación en que se encuentre», porque es infinito el amor de Dios que lo llama a la amistad con Él, y porque es absolutamente incondicionada, en el sentido de que, aun buscando hasta el infinito, nunca se encontrará nada que pueda suprimirla o negarla. El derecho a la vida, desde la concepción hasta su fin natural.

Estos derechos no pueden quedarse en una declaración puramente formal, mientras que, junto con el progreso tecnológico, avanzan de manera disimulada o evidente violaciones de la dignidad humana. Ni renunciar al fundamento de su universalidad, porque se ha renunciado a la «búsqueda de los fundamentos más sólidos que están detrás de nuestras opciones y también de nuestras leyes».

Junto a una mayor conciencia del valor de toda persona humana y de sus derechos, ha crecido también el reconocimiento de los derechos de las minorías. Los derechos de una gran parte, por ejemplo, los de las mujeres, estén realmente garantizados en todo el mundo. Es una realidad que «doblemente pobres son las mujeres que sufren situaciones de exclusión, maltrato y violencia, porque frecuentemente se encuentran con menores posibilidades de defender sus derechos».

No basta con exaltar la libertad individual o la iniciativa privada, si después se acepta que una multitud de personas siga viviendo sin un trabajo digno, sin tutelas y sin acceso a los bienes fundamentales. [MAGNIFICA HUMANITAS de León XIV] 

III. Sentido humano. La dignidad del ser humano y su realización. La cuestión decisiva se encuentra en el fundamento último de la realización del individuo, aquello que da sentido y plenitud a nuestra vida. Desde el humanismo cristiano, la respuesta es muy clara: el ser humano, creado a imagen de Dios, se sitúa en el centro de la creación, donde encuentra el fundamento de su dignidad, libertad y responsabilidad.

Sus planteamientos influyeron de manera decisiva en la filosofía política, la ética social y la doctrina social de la Iglesia. Nuestra cultura está innegablemente marcada por el cristianismo como impulsor de una visión del ser humano basada en tres pilares fundamentales:

Dignidad de la persona, fundada en su condición de hijo de Dios. Libertad orientada al bien, entendida como la capacidad de elegir aquello que perfecciona a la persona. Solidaridad y fraternidad, nacidas del reconocimiento de que todos somos hijos del mismo Dios, lo que nos hace responsables unos de otros.

 Posmodernismo: el siglo XXI marcado por el individualismo y la pérdida de sentido. Esta tradición insiste en que la persona no puede reducirse solo a lo material o a lo individual, sino que necesita valores, relaciones y un horizonte que dé sentido a la vida.

En este contexto, cabe destacar al filósofo Charles Taylor, quien ha reflexionado profundamente sobre la cultura moderna y la secularización. Su pensamiento subraya que el ser humano busca sentido y orientación moral, y que incluso en una sociedad secular esta búsqueda sigue abierta. Desde esta perspectiva, el humanismo cristiano continúa siendo una propuesta válida para comprender al ser humano y su necesidad de plenitud en el siglo XXI.

La corriente filosófica y política que integra los principios del humanismo clásico —como la defensa de la razón, la libertad individual y el desarrollo humano— con las enseñanzas y valores del cristianismo. Esta perspectiva sitúa a la persona humana en el centro del orden social, económico y político, fundamentando su valor absoluto en la convicción de que todo ser humano está creado a imagen y semejanza de Dios.

· Dignidad intrínseca: Cada persona posee un valor sagrado e inalienable desde la concepción hasta la muerte natural.

· Libertad orientada al bien: Capacidad de elegir de forma autónoma aquello que perfecciona al individuo y respeta la libertad de los demás.

· Fraternidad y solidaridad: Reconocimiento de que toda la humanidad comparte una misma condición de hermandad, obligando al cuidado mutuo y a la justicia social.

· Bien común: Búsqueda del desarrollo integral de la sociedad, armonizando los derechos individuales con los deberes hacia la comunidad.

 El humanismo cristiano moderno se desarrolla como diálogo crítico con otras corrientes de los siglos XIX y XX, especialmente con el humanismo marxista y el liberal, en un contexto marcado por profundas crisis sociales y políticas.


                              HUMANISMO CRISTIANO - HUMANISMO SECULAR

  • Humanismo cristiano: La dignidad del ser humano es sagrada e inalienable porque está creado a imagen y semejanza de Dios.
  • Humanismo secular: La dignidad es un valor intrínseco y natural derivado de la propia condición humana, la razón y la capacidad de sentir, sin necesidad de validación divina.
  • Humanismo cristiano: EL origen de la moral y el destino del ser humano. Mientras el primero parte de una base teocéntrica (Dios como origen), 
  • Humanismo secular: el segundo es antropocéntrico (el ser humano como medida de todas las cosas).
  • Humanismo cristiano: La moral se apoya en leyes divinas y verdades reveladas (como los Evangelios), complementadas con el uso de la razón.
  • Humanismo secular: La ética se construye de forma autónoma mediante la razón, la experiencia acumulada, la empatía y la ciencia, adaptándose a las necesidades de la sociedad de cada época.
  • Humanismo cristiano: La existencia humana tiene una dimensión trascendente. La vida terrenal es un camino hacia la realización plena en una existencia eterna junto a Dios.
  • Humanismo secular: La vida se limita a la existencia terrenal. El sentido de la vida no viene dado desde fuera; lo construye cada individuo mediante sus acciones, su felicidad y su aportación a la humanidad.
  •  Humanismo cristiano: Armoniza la fe y la razón. Considera que la ciencia y la investigación son válidas, pero la revelación espiritual ofrece respuestas a las preguntas últimas del ser humano.
  • Humanismo secular: Se basa estrictamente en el método científico, el escepticismo y el racionalismo. Rechaza los dogmas, los textos sagrados y las explicaciones sobrenaturales para entender el universo.

Humanismo posmoderno: Es el eco de un mundo que ha perdido su centro y ha aprendido a vivir en la incertidumbre, la ironía y el collage de fragmentos que es la vida contemporánea. El humanismo secular,  es una corriente filosófica que defiende la idea de que el ser humano debe ser el centro de todas sus actividades y decisiones, sin tener en cuenta la posible existencia de Dios.

Humanismo cristiano: Sitúa a la persona humana en el centro de la reflexión y de la sociedad, defendiendo su plena dignidad a partir de los valores cristianos y la condición del hombre como imagen de Dios.

Presentamos un cuadro de referencia sobre cómo el modernismo se distancia del humanismo cristiano.

 CUADRO COMPARATIVO – HUMANISMO

Humano (posmoderno)     

 

Humanismo moderno

1. Cuestionar la realidad existente hasta ahora, y deja de representarse al hombre como el centro y la medida de todas las cosas.

1. Centra la atención firmemente en lo que tiene éxito, haciendo caso omiso de los efectos colaterales.

2. La pluralidad y multiplicidad de la sociedad,

Somos sintetizadores, absorbiendo información de una amplia gama de fuentes.

2. Aplica el análisis lineal y evita distracciones.

3. Un sujeto fragmentado, moldeado por el poder, la cultura y el lenguaje.

3. Quieren hacer o tener, producir, tener riqueza, estar al día, y valoran el progreso económico y tecnológico.

4. Las verdades son relativas, construidas y sujetas a perspectivas.

4.- Las instituciones saben mejor lo que hay que hacer.

 

5. Piensan que cuerpo, mente y espíritu necesitan estar unificados. Altruismo, la estética, el sentimiento y la imaginación

Fomenta un replanteamiento de la relación humana con el entorno, y cuestiona la frontera entre lo humano, lo animal y lo tecnológico.

5. Ven al cuerpo como una máquina y a las organizaciones también.

6. Están preocupados por el futuro del planeta y las futuras generaciones. Quieren corporaciones responsables y respetuosas del medio que les rodea.

6. La eficiencia y la velocidad son prioridades.

7. Ven al planeta como un ser viviente y a la humanidad como una sola persona.

7. Separan sociedad y naturaleza.

8. Piensan en términos de sistemas, y creen en verdades subjetivas como la existencia de un universo no puramente físico.

8. Es mejor estar en la cima y tener el control.

9. "No pueden sustentarse en una trascendencia divina", sino "en la misma condición humana".

9. Lo trascendente es considerado una posición privada que responde a intereses personales.

 

Señor de la vida, oración del Papa León

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

 Tú nos creaste por amor y nos llamaste a vivir en plenitud. Cada persona es un don sagrado que refleja tu rostro, desde el primer instante de su existencia hasta el último respiro de su camino en la tierra, el valor único e irrepetible de cada ser humano.
Que aprendamos a acoger la vida sin condiciones, a sostener con ternura la fragilidad, a acompañar con respeto cada etapa y a defender con valentía a quienes no tienen voz, cuando caemos en la indiferencia o en la cultura del descarte, cuando dejamos de ver en el otro a un ser digno de amor.
Danos un corazón nuevo, capaz de elegir siempre la vida, y manos generosas que la protejan con gestos concretos, un hogar abierto donde toda existencia sea celebrada, donde nadie se sienta sobrante, y donde la dignidad sea respetada y cuidada siempre, que amemos la vida como Tú la amas: con ternura, fidelidad y entrega.
Que sepamos proclamar, con palabras y gestos, que cada vida humana vale el don total de sí misma. Hoy te pedimos la gracia de reconocer y custodiar. Perdónanos, Señor, haz de tu Iglesia un testimonio vivo del Evangelio de la vida, Señor Jesús. 

Amén.