Domingo XVII del TO.
Queridos hermanos:
Salomón pidió al Señor un
corazón atento para juzgar y discernir el bien del mal. No pidió larga vida,
riquezas ni poder. Y esa petición agradó a Dios, porque revelaba un corazón
abierto a su voluntad.
El Evangelio continúa
esta misma enseñanza con las parábolas del tesoro escondido, la perla de gran
valor y la red que recoge toda clase de peces. Jesús nos muestra que el Reino
de Dios es el mayor tesoro que puede encontrar una persona. Pero el hallazgo no es suficiente: exige respuesta. Buscar, elegir y comprometerse. Algo irrumpe en la vida del hombre y lo transforma todo.
Jesús utiliza las parábolas más cortas de
todo el evangelio, y nos pregunta: “¿Habéis entendido todo esto?” La pregunta también va dirigida a nosotros. El
discípulo no es, ante todo, alguien que ha renunciado a muchas cosas, sino
alguien que ha encontrado a Cristo. La renuncia, el
compromiso, pequeño o grande, viene después del hallazgo y nos conduce a la
alegría, a la plenitud. Seguir a Jesús
no es una pérdida, sino el mejor intercambio que puede hacer el ser humano.
El tesoro está escondido
en el campo del mundo. No podemos amar el Reino sin comprometernos con ese
campo donde Dios actúa: nuestra sociedad, nuestras familias, nuestro trabajo,
nuestras comunidades. Allí estamos llamados a sembrar fraternidad, solidaridad,
justicia y paz.
La Iglesia tampoco es un
club de perfectos. Es la red del Evangelio, donde cabemos todos, con nuestras
virtudes y contradicciones, mientras el Señor continúa transformando nuestra
vida con su misericordia.
San Pablo nos ofrece hoy
una palabra llena de esperanza: «Sabemos que a los que aman a Dios todo les
sirve para el bien.» Quien pone su confianza en el Señor descubre que
incluso las dificultades pueden convertirse en camino de crecimiento, porque
Dios nos llama a reproducir la imagen de su Hijo.
Finalmente, Jesús nos
recuerda que el discípulo del Reino es como un padre de familia que saca de su
tesoro cosas nuevas y cosas antiguas. La fe es una herencia preciosa, pero
también un descubrimiento constante que se renueva cada día.
Pidamos al Señor un corazón como el de Salomón: un corazón sabio, capaz de reconocer el verdadero tesoro y de elegirlo por encima de las modas, los intereses y las conveniencias. Solo así podremos colaborar en la construcción del Reino de Dios, un Reino de verdad, de justicia, de amor y de paz.
Que el amor de Cristo nos
sostenga y que la fuerza de su Espíritu nos impulse a vivir con alegría el
Evangelio, para gloria del Padre.
Amén.

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