Domingo XIX TO Ciclo “A”
Queridos hermanos:
En la primera lectura encontramos a Elías en uno de los
momentos más difíciles de su vida. Ha sido perseguido, amenazado y experimenta
el peso del fracaso. Llega al Horeb buscando a Dios y espera encontrarlo en una
manifestación extraordinaria, en el huracán, el terremoto o el fuego. Sin
embargo, Dios no está allí, sino que se hace presente en el susurro de una
brisa suave.
Dios no siempre actúa desde lo espectacular, sino desde la
discreción y la cercanía. Dios se acerca en la sencillez de una oración, en una
palabra que nos reconforta, en una amistad que nos acompaña o en una paz
interior que devuelve serenidad al corazón.
Dios no viene a dar explicaciones, sino a recordarnos que no estamos solos. También nosotros necesitamos escuchar esa misma voz que nos dice: "Ánimo, soy yo, no tengas miedo".
La segunda lectura nos abre una ventana al corazón de san Pablo. No se trata de una preocupación pasajera, sino del sufrimiento que nace del amor.Pablo lleva a los suyos en el corazón y desearía que todos
descubrieran la salvación de Cristo. También nosotros conocemos ese dolor.
Todos tenemos nombres y rostros que nos acompañan: un hijo que atraviesa una
situación complicada, un hermano con el que se ha enfriado la relación, un
amigo que se ha alejado de la fe o una persona querida que vive momentos
difíciles.
Hay sufrimientos que no podemos resolver y caminos que no
podemos recorrer por los demás. Y precisamente ahí aparece la tentación de la
indiferencia, de pensar que ya no hay nada que hacer. Quizá una de las formas
más hermosas de la caridad sea precisamente esta: continuar llevando a alguien
en el corazón cuando ya no sabemos qué más hacer por él. También en esa
impotencia el Señor nos repite: «Ánimo, soy yo, no tengas miedo».
Después de despedir a la gente, Jesús subió al monte a solas
para orar. Llegada la noche, estaba allí solo. Los discípulos están en medio de
la noche, lejos de la orilla, sacudidos por las olas y por un viento contrario.
La oscuridad, el cansancio y el miedo los dominan.
Pero Jesús no está lejos de sus seguidores, siempre cercano para gritarnos en el momento oportuno:
“Ánimo, soy yo, no tengan miedo.” Es significativo que, antes de calmar
la tormenta, Jesús quiera calmar el corazón de sus discípulos.
Pedro lo
quiere más cerca, y le dice: "Mándame ir hacia ti". Y Él le dijo: "Ven". Pedro se atreve a salir de la barca y, mientras mantiene la
mirada fija en Jesús, camina sobre las aguas. Pero cuando dirige su atención al
viento y a las olas, comienza a hundirse. Es una imagen muy cercana a nuestra
propia vida. Cuando fijamos la mirada únicamente en los problemas, en los
miedos o en las incertidumbres, sentimos que nos hundimos. Entonces, como
Pedro, solo nos queda una oración sencilla y sincera: «Señor, sálvame».
Y el Evangelio nos dice que Jesús extendió inmediatamente la
mano para sostenerlo. No lo reprendió primero, no lo dejó hundirse un poco más
para que aprendiera la lección; lo sostuvo enseguida. Así actúa Dios con
nosotros.
Las tres lecturas nos hablan, en el fondo, de tres miedos
muy humanos: el miedo al fracaso, representado por Elías; el miedo a sufrir por
quienes amamos, reflejado en Pablo; y el miedo a hundirnos en medio de las
tormentas de la vida, simbolizado en Pedro.
En el silencio de nuestras decepciones, en el dolor por las
personas que amamos y en medio de las tormentas que amenazan con hundirnos,
Cristo sigue acercándose a nuestra barca y continúa pronunciando la misma
palabra: «¡Ánimo, soy yo, no tengas miedo!».
LECTURAS
Domingo XIX del Tiempo Ordinario (Ciclo A) son: la
primera lectura del Primer Libro de los Reyes (1R 19, 9a. 11-13a) sobre la
brisa tenue en el Horeb; la segunda lectura de la este fragmento de la Carta a los Romanos (Rm 9, 1-5); y el Evangelio según San Mateo (Mt 14, 22-33) acerca de Jesús
caminando sobre el lago.
Lectura del primer libro de los Reyes 19, 9a. 11-13a
En aquellos días, cuando Elías llegó hasta el Horeb, el
monte de Dios, se introdujo en la cueva y pasó la noche. Le llegó la palabra
del Señor, que le dijo:
«Sal y permanece de pie en el monte ante el Señor».
Entonces pasó el Señor y hubo un huracán tan violento que hendía
las montañas y quebraba las rocas ante el Señor, aunque en el huracán no estaba
el Señor. Después del huracán, un terremoto, pero en el terremoto no estaba el
Señor. Después del terremoto fuego, pero en el fuego tampoco estaba el Señor.
Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Al oírlo
Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se mantuvo en pie a la entrada de
la cueva.
Salmo 84, 9ab-10. 11-12. 13-14 R/. Muéstranos, Señor, tu
misericordia y danos tu salvación.
Voy a escuchar lo que dice el Señor:
«Dios anuncia la paz
a su pueblo y a sus amigos».
La salvación está ya cerca de los que lo temen,
y la gloria habitará en nuestra tierra. R/.
La misericordia y la fidelidad se encuentran,
la justicia y la paz se besan;
la fidelidad brota de la tierra,
y la justicia mira desde el cielo. R/.
El Señor nos dará la lluvia,
y nuestra tierra dará su fruto.
La justicia marchará ante él,
y sus pasos señalarán el camino. R/.
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 9,
1-5
Hermanos:
Digo la verdad en Cristo, no miento —mi conciencia me atestigua que es así, en
el Espíritu Santo—: siento una gran tristeza y un dolor incesante en mi
corazón; pues desearía ser yo mismo un proscrito, alejado de Cristo, por el
bien de mis hermanos, los de mi raza según la carne: ellos son israelitas y a
ellos pertenecen el don de la filiación adoptiva, la gloria, las alianzas, el
don de la ley, el culto y las promesas; suyos son los patriarcas y de ellos
procede el Cristo, según la carne; el cual está por encima de todo, Dios
bendito por los siglos. Amén.
Después de que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus
discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla,
mientras él despedía a la gente.
Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para
orar. Llegada la noche estaba allí solo.
Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida
por las olas, porque el viento era contrario. A la cuarta vela de la noche se
les acercó Jesús andando sobre el mar. Los discípulos, viéndole andar sobre el
agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma.
Jesús les dijo enseguida:
«Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!».
Pedro le contestó:
«Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua».
Él le dijo:
«Ven».
Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua
acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo,
empezó a hundirse y gritó:
«Señor, sálvame».
Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo:
«Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?».
En cuanto subieron a la barca amainó el viento. Los de la
barca se postraron ante él diciendo:
«Realmente eres Hijo de Dios».



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