sábado, agosto 08, 2026

Ánimo, soy yo, no tengas miedo


Domingo XIX TO Ciclo “A”

Queridos hermanos:

En la primera lectura encontramos a Elías en uno de los momentos más difíciles de su vida. Ha sido perseguido, amenazado y experimenta el peso del fracaso. Llega al Horeb buscando a Dios y espera encontrarlo en una manifestación extraordinaria, en el huracán, el terremoto o el fuego. Sin embargo, Dios no está allí, sino que se hace presente en el susurro de una brisa suave.

Dios no siempre actúa desde lo espectacular, sino desde la discreción y la cercanía. Dios se acerca en la sencillez de una oración, en una palabra que nos reconforta, en una amistad que nos acompaña o en una paz interior que devuelve serenidad al corazón.

Dios no viene a dar explicaciones, sino a recordarnos que no estamos solos. También nosotros  necesitamos escuchar esa misma voz que nos dice: "Ánimo, soy yo, no tengas miedo".

La segunda lectura nos abre una ventana al corazón de san Pablo. No se trata de una preocupación pasajera, sino del sufrimiento que nace del amor.

Pablo lleva a los suyos en el corazón y desearía que todos descubrieran la salvación de Cristo. También nosotros conocemos ese dolor. Todos tenemos nombres y rostros que nos acompañan: un hijo que atraviesa una situación complicada, un hermano con el que se ha enfriado la relación, un amigo que se ha alejado de la fe o una persona querida que vive momentos difíciles.

Hay sufrimientos que no podemos resolver y caminos que no podemos recorrer por los demás. Y precisamente ahí aparece la tentación de la indiferencia, de pensar que ya no hay nada que hacer. Quizá una de las formas más hermosas de la caridad sea precisamente esta: continuar llevando a alguien en el corazón cuando ya no sabemos qué más hacer por él. También en esa impotencia el Señor nos repite: «Ánimo, soy yo, no tengas miedo». 

Después de despedir a la gente, Jesús subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba allí solo. Los discípulos están en medio de la noche, lejos de la orilla, sacudidos por las olas y por un viento contrario. La oscuridad, el cansancio y el miedo los dominan.

Pero Jesús no está lejos de sus seguidores, siempre cercano para gritarnos en el momento oportuno: “Ánimo, soy yo, no tengan miedo.” Es significativo que, antes de calmar la tormenta, Jesús quiera calmar el corazón de sus discípulos.

Pedro lo quiere más cerca, y le dice: "Mándame ir hacia ti". Y Él le dijo: "Ven". Pedro se atreve a salir de la barca y, mientras mantiene la mirada fija en Jesús, camina sobre las aguas. Pero cuando dirige su atención al viento y a las olas, comienza a hundirse. Es una imagen muy cercana a nuestra propia vida. Cuando fijamos la mirada únicamente en los problemas, en los miedos o en las incertidumbres, sentimos que nos hundimos. Entonces, como Pedro, solo nos queda una oración sencilla y sincera: «Señor, sálvame».

Y el Evangelio nos dice que Jesús extendió inmediatamente la mano para sostenerlo. No lo reprendió primero, no lo dejó hundirse un poco más para que aprendiera la lección; lo sostuvo enseguida. Así actúa Dios con nosotros.

Las tres lecturas nos hablan, en el fondo, de tres miedos muy humanos: el miedo al fracaso, representado por Elías; el miedo a sufrir por quienes amamos, reflejado en Pablo; y el miedo a hundirnos en medio de las tormentas de la vida, simbolizado en Pedro.

En el silencio de nuestras decepciones, en el dolor por las personas que amamos y en medio de las tormentas que amenazan con hundirnos, Cristo sigue acercándose a nuestra barca y continúa pronunciando la misma palabra: «¡Ánimo, soy yo, no tengas miedo!».


LECTURAS   

Domingo XIX del Tiempo Ordinario (Ciclo A) son: la primera lectura del Primer Libro de los Reyes (1R 19, 9a. 11-13a) sobre la brisa tenue en el Horeb; la segunda lectura de la este fragmento de la Carta a los Romanos (Rm 9, 1-5); y el Evangelio según San Mateo (Mt 14, 22-33) acerca de Jesús caminando sobre el lago.

Lectura del primer libro de los Reyes 19, 9a. 11-13a

En aquellos días, cuando Elías llegó hasta el Horeb, el monte de Dios, se introdujo en la cueva y pasó la noche. Le llegó la palabra del Señor, que le dijo:
«Sal y permanece de pie en el monte ante el Señor».

Entonces pasó el Señor y hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebraba las rocas ante el Señor, aunque en el huracán no estaba el Señor. Después del huracán, un terremoto, pero en el terremoto no estaba el Señor. Después del terremoto fuego, pero en el fuego tampoco estaba el Señor.

Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se mantuvo en pie a la entrada de la cueva.

Salmo 84, 9ab-10. 11-12. 13-14 R/. Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación.

Voy a escuchar lo que dice el Señor:
«Dios anuncia la paz
a su pueblo y a sus amigos».
La salvación está ya cerca de los que lo temen,
y la gloria habitará en nuestra tierra. R/.

La misericordia y la fidelidad se encuentran,
la justicia y la paz se besan;
la fidelidad brota de la tierra,
y la justicia mira desde el cielo. R/.

El Señor nos dará la lluvia,
y nuestra tierra dará su fruto.
La justicia marchará ante él,
y sus pasos señalarán el camino. R/.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 9, 1-5

Hermanos:
Digo la verdad en Cristo, no miento —mi conciencia me atestigua que es así, en el Espíritu Santo—: siento una gran tristeza y un dolor incesante en mi corazón; pues desearía ser yo mismo un proscrito, alejado de Cristo, por el bien de mis hermanos, los de mi raza según la carne: ellos son israelitas y a ellos pertenecen el don de la filiación adoptiva, la gloria, las alianzas, el don de la ley, el culto y las promesas; suyos son los patriarcas y de ellos procede el Cristo, según la carne; el cual está por encima de todo, Dios bendito por los siglos. Amén.

 Lectura del santo evangelio según san Mateo 14, 22-33

Después de que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.

Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo.

Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma.

Jesús les dijo enseguida:
«Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!».

Pedro le contestó:
«Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua».

Él le dijo:
«Ven».

Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó:
«Señor, sálvame».

Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo:
«Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?».

En cuanto subieron a la barca amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él diciendo:
«Realmente eres Hijo de Dios».

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