Hermanos y amigos:
La experiencia de lo compartido, de aquello que no se reduce
únicamente a lo propio, se encuentra profundamente cuestionada en nuestro
tiempo. Los ejemplos abundan. Hace tiempo que la política parece tener más que
ver con los intereses económicos que con la búsqueda del bien común. Las redes
sociales, aunque nos ofrecen nuevas posibilidades de encuentro, también pueden
acostumbrarnos a una relación superficial con nosotros mismos y con los demás.
La pérdida del sentido de la gratuidad, el aislamiento y la
superficialidad nos conducen por caminos en los que el otro termina
transformándose en un objeto de consumo afectivo.
La Palabra de Dios nos invita hoy a reconocernos como
comunidad, a dejar de lado la indiferencia y a optar por el cuidado del otro.
La lectura del profeta Ezequiel nos presenta también la responsabilidad de no
desentendernos del hermano y la necesidad de ayudarle a corregir su camino. El
salmo 94 nos recuerda que debemos escuchar la voz de Dios y no endurecer nuestro
corazón. Y san Pablo nos deja una extraordinaria enseñanza que debemos tener
siempre presente en nuestras relaciones: «A nadie le debáis nada, más que el
amor mutuo».
El modelo evangélico propuesto por Jesús nos muestra un
camino para salvar, cuidar y reconstruir la comunión antes de recurrir al
juicio. La llamada «corrección fraterna» tiene que ver, sobre todo, con
el valor del diálogo, la discreción, la escucha y el deseo sincero de
reconciliación.
La reconciliación en la comunidad consiste precisamente en generar espacios de cercanía, intimidad y acogida para quien ha perdido el camino. Los vínculos tienen la capacidad de sanar.
La misma autoridad que Jesús otorga a Pedro para «atar y
desatar» en el cielo y en la tierra aparece aquí confiada a toda la comunidad.
El conflicto, en sí mismo, no constituye un problema para
Jesús. El verdadero problema aparece cuando renunciamos al otro y le negamos un
lugar en nuestra vida.
Vivir juntos el proyecto de Jesús y hacer de la comunidad un
reflejo del Reino implica atrevernos a ser presencia para el otro, dejar atrás
nuestras seguridades y comenzar a construir aquello que es verdaderamente
común, allí donde Dios mismo se hace presente.
Nuestra fe no puede entenderse únicamente como una relación
personal con Dios. El modo en que nos relacionamos con los demás también forma
parte de la experiencia creyente. La comunión eclesial no puede reducirse a un
simple asentimiento de ideas; está llamada a vivirse en lo concreto de las
relaciones dentro de nuestra comunidad.
Padre, concédenos reconocernos todos como hijos tuyos,
para vivir en el encuentro, en la acogida y en el cuidado mutuo. Ayúdanos a
hacer realidad en nuestra vida aquello que nos recuerda san Pablo: «A nadie le
debáis nada, más que el amor mutuo». Amén.
Lecturas
Lectura de la profecía de Ezequiel 33, 7-9
Esto dice el Señor:
«A ti, hijo de hombre, te he puesto de centinela en la casa de Israel; cuando
escuches una palabra de mi boca, les advertirás de mi parte.
Si yo digo al malvado: “Malvado, eres reo de muerte”, pero tú no hablas para
advertir al malvado que cambie de conducta, él es un malvado y morirá por su
culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre.
Pero si tú adviertes al malvado que cambie de conducta, y no lo hace, él morirá
por su culpa, pero tú habrás salvado la vida».
Salmo 94, 1-2. 6-7. 8-9
R/. Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis
vuestro corazón».
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos. R/.
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía. R/.
Ojalá
escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón
como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras». R/.
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 13,
8-10
A nadie
le debáis nada, más que el amor mutuo; porque el que ama ha cumplido el
resto de la ley. De hecho, el «no cometerás adulterio, no matarás, no robarás,
no codiciarás», y cualquiera de los otros mandamientos, se resume en esto:
«Amarás a tu prójimo como a ti mismo».
El amor no hace mal a su prójimo; por eso la plenitud de la
ley es el amor.
Lectura del santo evangelio según san Mateo 18, 15-20
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si tu hermano peca contra
ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu
hermano.
Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que
todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace
caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad,
considéralo como un pagano o un publicano.
En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará
atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en
los cielos.
Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo
en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos.
Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de
ellos».

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