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domingo, julio 12, 2026

RECONSTRUIR UN PAIS

Reconstruir el país desde la esperanza cristiana

Vivimos tiempos marcados por la incertidumbre. Muchos contemplan la realidad de nuestro país con preocupación: la violencia, la pobreza, la división, la pérdida de confianza en las instituciones y el desencanto de tantas personas hacen surgir una pregunta que escuchamos con frecuencia: ¿cómo reconstruir nuestro país?

La respuesta no puede reducirse únicamente a soluciones políticas o económicas. Sin restar importancia a esos aspectos, la Sagrada Escritura nos enseña que toda reconstrucción verdadera comienza por el corazón del ser humano. Allí es donde Dios inicia siempre su obra.

I. Un patrón constante en la historia de la salvación

Al leer los libros de los profetas y los salmos, descubrimos un hecho sorprendente. La historia de Israel parece repetirse constantemente. El pueblo atraviesa tiempos muy difíciles: guerras, hambre, injusticias, destierro, persecuciones y sufrimientos. Sin embargo, junto a esos anuncios de desgracia aparece siempre una promesa de esperanza. Dios nunca deja la última palabra al mal. Siempre anuncia un futuro de reconciliación, de paz y de alegría.

Los profetas explican esta dinámica con gran claridad. El sufrimiento del pueblo no es simplemente fruto del destino o de la mala suerte. Con frecuencia es consecuencia de haber olvidado a Dios, de la idolatría, de la injusticia y del abandono de la alianza.

Pero inmediatamente aparece también la misericordia divina. Dios nunca abandona definitivamente a su pueblo. Lo invita a reconocer su pecado, a convertirse y a volver a Él. Entonces promete restaurarlo y devolverle la vida. Este esquema aparece una y otra vez a lo largo de toda la Biblia.

Y precisamente porque se repite tantas veces, comprendemos que no es solamente una explicación histórica. Es una enseñanza permanente para todos los pueblos y para todas las generaciones.

II. También nuestra historia necesita ser iluminada por la Palabra.


s experimentado violencia, corrupción, pobreza, migraciones, pérdida de oportunidades y profundas heridas sociales. Muchas familias viven con incertidumbre y numerosos jóvenes contemplan el futuro con pesimismo.

Ante estas situaciones solemos reaccionar de dos maneras. La primera consiste en buscar siempre culpables. Pensamos que todos nuestros males son responsabilidad exclusiva de otros: los gobernantes, los partidos políticos, los empresarios, los extranjeros, los poderosos o cualquier grupo distinto del nuestro.

La segunda reacción consiste en resignarnos. Pensamos que nada tiene solución y que todo es fruto de la mala suerte o de circunstancias inevitables. Ninguna de estas dos actitudes coincide con la mirada de la Palabra de Dios.

La Biblia nunca niega las injusticias que otros puedan cometer. Tampoco ignora las estructuras de pecado que dañan a los pueblos. Pero siempre invita a cada persona a preguntarse primero por su propia responsabilidad.

Por eso Jesús afirma: "Saca primero la viga de tu propio ojo." La conversión comienza cuando dejamos de mirar únicamente los errores ajenos y nos preguntamos sinceramente:

¿Qué parte de responsabilidad tengo yo?

III. La primera reconstrucción comienza en el corazón.

Este paso requiere mucha humildad. Es más fácil justificarse que reconocer los propios errores. Es más cómodo culpar siempre a otros que aceptar que también nuestras decisiones, nuestras omisiones, nuestros egoísmos o nuestra indiferencia han contribuido al deterioro de la sociedad.

La Escritura nos recuerda continuamente que Dios no puede transformar un corazón que se considera perfecto. Solo quien reconoce su necesidad puede abrirse a la gracia. Por eso el primer paso para reconstruir una nación es reconstruir la conciencia.

Necesitamos personas capaces de decir: 
"He fallado."
"Debo reconciliarme con Dios y con los demás."
"Necesito cambiar."

Mientras cada uno espere únicamente que cambien los otros, nada cambiará realmente.

IV. La responsabilidad no destruye la esperanza.

         

Reconocer nuestras faltas no significa vivir paralizados por la culpa.
Todo lo contrario.
La Biblia une siempre el reconocimiento del pecado con el anuncio del perdón.
El Dios de los profetas no humilla para destruir.
Corrige para sanar.
Llama a la conversión porque desea devolver la vida.
Aquí encontramos uno de los grandes mensajes del Evangelio.
En Jesucristo Dios ha mostrado definitivamente que su misericordia es más fuerte que nuestro pecado.
Cristo no vino para condenar al mundo, sino para salvarlo.
Su cruz manifiesta que ninguna historia está perdida cuando se abre a la gracia.
Por eso el cristiano nunca puede ser pesimista.
Puede sufrir.
Puede llorar.
Puede experimentar derrotas.
Pero nunca pierde la esperanza.

V. Redescubrir que somos un pueblo

Otro aspecto muy importante de la Escritura consiste en que Dios nunca salva únicamente a individuos aislados. Siempre forma un pueblo.

Vivimos en una cultura profundamente individualista. Pensamos casi exclusivamente en nuestros problemas, nuestros intereses y nuestra familia. Sin embargo, la Biblia nos recuerda que nadie se salva solo. Todos influimos en la vida de los demás. El bien que hago fortalece a toda la sociedad. El mal que realizo también afecta a muchos. Por eso reconstruir un país exige reconstruir también el tejido social.

Necesitamos recuperar la confianza. Volver a creer que existen personas honestas. Buscar colaboradores. Crear espacios de diálogo. Fortalecer las familias. Apoyar a las comunidades. Educar en la solidaridad.

Servir sin esperar recompensas. Cuando muchas personas comienzan a vivir de esta manera, la transformación social deja de ser un sueño para convertirse en una posibilidad real.

VI. El estilo de Jesús

Si preguntáramos: ¿Cuál es el modelo de ciudadano que propone el Evangelio?

La respuesta sería sencilla. Jesús. Él nunca buscó el poder para dominar. Nunca respondió al odio con odio. Nunca utilizó la mentira para alcanzar objetivos nobles. Nunca dejó de servir. Toda su vida fue entrega. Lavó los pies de sus discípulos. Perdonó a quienes lo crucificaban. Acogió a los pobres. Escuchó a los excluidos.Defendió la verdad.Vivió para los demás.Este es el estilo que puede renovar una nación.

No basta exigir gobernantes honestos. También debemos formar ciudadanos honestos. No basta pedir justicia. Debemos vivir justamente. No basta denunciar la corrupción.  Debemos rechazar cualquier forma de corrupción en nuestra propia vida cotidiana.

VII. ¿Qué puedo hacer yo?

Al llegar aquí surge una pregunta inevitable. ¿Qué puedo hacer concretamente?

La respuesta comienza por lo pequeño. Puedo reconciliarme con Dios. Puedo recuperar la vida de oración. Puedo educar mejor a mis hijos. Puedo trabajar con honestidad. Puedo cumplir mi palabra.Puedo respetar las leyes justas. Puedo dejar de difundir odio. Puedo escuchar antes de juzgar.

Puedo ayudar a quien lo necesita. Puedo participar en mi comunidad.Puedo colaborar en iniciativas de servicio.Puedo construir puentes en lugar de levantar muros.

Quizá estas acciones parezcan pequeñas. Pero la historia demuestra que las grandes transformaciones nacen siempre de personas que decidieron vivir de manera diferente.

CONCLUSIÓN

La reconstrucción de un país no comienza en los parlamentos ni en los grandes discursos.

Comienza cuando una persona permite que Dios transforme su corazón. Comienza cuando recuperamos la responsabilidad, la esperanza y la confianza.

Comienza cuando dejamos de preguntarnos únicamente qué hacen los demás y empezamos a preguntarnos qué espera Dios de nosotros.

Los profetas anuncian siempre que después de la noche llega la aurora. Cristo ha confirmado definitivamente esa promesa con su muerte y su resurrección.

Por eso los cristianos somos hombres y mujeres de esperanza. Sabemos que el mal no tiene la última palabra. Sabemos que Dios continúa actuando en la historia. Y sabemos también que Él quiere hacerlo contando con nuestra libertad.

Que el Espíritu Santo nos conceda la humildad para reconocer nuestros errores, la valentía para asumir nuestras responsabilidades y la perseverancia para trabajar, unidos, por una sociedad más justa, más fraterna y más humana.

Solo así podremos contribuir, desde la fe y el compromiso, a la verdadera reconstrucción de nuestro país.

viernes, julio 03, 2026

VENEZUELA VIVE

 

Venezuela vive. 

I. La historia de Venezuela, como la de todos los países, ha tenido momentos muy duros, hazañas extraordinarias y fracasos grandes.

Pero quiero detenerme para comprender qué está pasando en este siglo XXI en este país. Veintisiete años en que Venezuela comenzó a sentirse gobernada con el descaro y la prepotencia de quien está dispuesto a tratar a su pueblo como una mala peste que hay que erradicar, y eliminar todo vestigio del tiempo pasado. 

II. No juzgo las intenciones, ni me parece necesario juzgar la calidad ética y social de todos los que se propusieron esta tarea miserable.

Muchas razones y hechos nos mostraban que Venezuela se estaba destruyendo a sí misma con su régimen rentista e incompetente. Por supuesto, no solo era la situación dentro del país, sino los intereses bastardos de quienes se acercaban a Venezuela no para intercambiar un trato justo y progresista, sino un abuso de poder y avaricia.

III. No supimos, en general, asumir las responsabilidades propias de ciudadanos libres y formados en democracia y beneficiarios de las inmensas riquezas de nuestra tierra. Dejamos en manos de unos políticos de oficio hacer lo que querían y no tuvimos el valor de enfrentar sus desmanes.

Se nos dijo repetidamente que la gran riqueza de un pueblo no está solo en sus riquezas materiales, sino en la capacidad de sus hijos de reconocer sus errores y fajarse en eliminarlos buscando el bien común. Teníamos la formación y capacidad suficiente, pero años de manipulación nos convirtieron en un pueblo sumiso y pasivo.

IV. Nos dejamos manipular por un lenguaje mesiánico y revolucionario donde las palabras grandilocuentes y los hechos populacheros y abusivos nos paralizaron y lograron eliminar cualquier reacción inteligente y sana.

Una gran capacidad de parte de los que detectaban el poder de comprar jueces, gobernantes y funcionarios, y de convertir las instituciones en caricatura de sí mismas, completaron el fracaso como país moderno.


V. La desviación de recursos del país que debían ser utilizados en la promoción de estructuras, salud, educación y en capacidad de trabajo y de gobernabilidad a manos de unos pocos y en dádivas, bonos y limosnas para un pueblo necesitado y despojado de su dignidad.

La expropiación, el venderse descaradamente a la protección abusiva de otros países, el robo de cualquier empresa que tuviera viabilidad para especular con ella, hizo que Venezuela en pocos años se convirtiera en un país fallido, que obligó a más de ocho millones de sus hijos a irse a buscar mejores condiciones de vida y de trabajo y a huir de los secuestros y maltratos de funcionarios y gobernantes.

VI. Una red impresionante de técnicas modernas de publicidad, el asesoramiento permanente de partidos ideológicamente corruptos como el Podemos español, el poder mediático de China, Rusia y los movimientos sociales, logran sostener y decorar el rostro de un gobierno cruel, destructivo y criminal.

 Reprimido el pueblo, disminuida la fuerza joven, la lucha por la supervivencia, las limosnas, los bonos de miseria para los pobres y las prebendas de miles de dólares para los enchufados hicieron posible que Venezuela se convirtiera en una tierra sometida, despojada de su dignidad y de su fuerza.




VII. Robaron el último grito de libertad, robaron las elecciones y realizaron un fraude descarado y humillante, apoyado por las ideologías socialista y comunista.


VIII. Estados Unidos, a través de su presidente Trump, se decide a intervenir en busca de sus propios intereses y con una fuerza prepotente y avasalladora secuestra y encarcela al corruptor, dictador y ladrón de elecciones, el usurpador Maduro. Pero llega a un trato con el régimen y, en razón de evitar el vandalismo y el levantamiento civil, permite el gobierno de los cómplices de este desastre.

Trump no busca favorecer la dignidad y el respeto al Pueblo Venezolano, con la disculpa de recuperar la producción y la riqueza de Venezuela, establece un gobierno de “conchupancia”, como dice el venezolano, que permita a EU alcanzar sus intereses económicos y explotadores a cambio de un control socio, político y económico del gobierno corrupto y fraudulento de Venezuela. Y deja para más tarde el apoyo, el retorno a la libertad, la democracia y la prosperidad.

X. La INCAPACIDAD DE LA OPOSICIÓN y su imagen indigna dejan a los venezolanos sin alternativas. A la hora de dar pasos hacia la normalidad democrática, la organización social y política y la gobernabilidad, Venezuela está muy mal.


X. El terremoto que ha asolado al país refleja en imágenes, hechos y abusos esta realidad de estado fallido que hemos descrito.

Una magnífica y solidaria respuesta de muchos países a esta tragedia queda contrastada con la actitud vandálica, controladora y abusiva de fuerzas militares y de la gente desalmada que no respeta el dolor de sus hermanos, sino la búsqueda de una miseria para mantener su incapacidad de actuar en beneficio de todos. Obstaculizando la labor de familiares, con saqueos, robo de pertenencias por parte de los funcionarios, ausencia total de los militares para ayudar y trabajar con su pueblo. Incapacidad de organizarse para atender a los socorristas, no facilitar la gasolina para el trabajo de las excavadoras…

Y en medio de este desastre, un pueblo que no desespera, vive la esperanza, se solidariza con los que sufren, se levanta de su desgracia y celebra cada sonrisa, cada vida que se rescate y llora con amor cada muerte de un hermano.


La pregunta es: No basta resistir, no es suficiente la espera y la promesa.

¿Qué hacer para que seamos capaces de descubrir a los venezolanos honestos, trabajadores y nobles, con capacidad de gerencia, de gobierno y de fortaleza para cambiar las cosas?

La prioridad no es solo económica y social; hay una necesidad apremiante de una acción política impregnada de vocación de servicio y capaz de lucha y sacrificio.

Que Dios nunca nos falte. Fuerte, bravo pueblo venezolano, son el orgullo de todos los que han compartido su solidaridad y acogida. Dios los bendiga.


Por favor, ¿puedes compartir alguna sugerencia o comentario sobre este artículo? Gracias. 

jueves, julio 02, 2026

Venezuela, contigo.

Muchas veces imaginamos que la solución a nuestros problemas llegará cuando logremos controlar las circunstancias, cuando tengamos más seguridad o cuando desaparezcan las dificultades. Sin embargo, Dios sigue un camino diferente, porque quiere conquistar el corazón y no imponer su dominio. 

Quizá en este momento Venezuela está viviendo la extraordinaria experiencia de vencer la catástrofe económica, política y social en este siglo XXI. Veintisiete años en que Venezuela comenzó a sentirse gobernada con el descaro y la prepotencia de quien está dispuesto a tratar a su pueblo como una mala peste que hay que erradicar y eliminar todo vestigio del tiempo pasado.

Es el momento de salir de este engendro del mal que ha destruido un país, no con la violencia, la guerra, la venganza, sino con el sufrimiento, la esperanza y el sacrificio sin pausa.

No es tiempo de discusiones y de análisis y diagnóstico exhaustivos; todos conocemos el origen y causa de nuestro mal. En el misterio de la fe, de la esperanza y el Amor que el Padre siempre nos ofrece, les ofrezco esta palabra del profeta Ezequiel.


Del profeta de Ezequiel (2,2-5):

En aquellos días, el espíritu entró en mí, me puso en pie, y oí que me decía: «Hijo de Adán, yo te envío a los israelitas, a un pueblo rebelde que se ha rebelado contra mí. Sus padres y ellos me han ofendido hasta el presente día. También los hijos son testarudos y obstinados; a ellos te envío para que les digas: «Esto dice el Señor.» Ellos, te hagan caso o no te hagan caso, pues son un pueblo rebelde, sabrán que hubo un profeta en medio de ellos.»


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