domingo, agosto 16, 2026

Todos llamados a la Salvación

                                 

La liturgia de este domingo nos invita a confrontarnos, desde la Palabra de Dios, con una realidad siempre presente en la comunidad humana y especialmente actual en nuestro tiempo: ¿cómo nos relacionamos con quienes son diferentes de nosotros?

Aunque tengamos deseos de ser acogedores con el extranjero y con el inmigrante, muchas veces encontramos razones para sospechar de su presencia. Parece existir en el corazón humano una tendencia a dividir, un miedo a aceptar al diferente y una dificultad para mirarnos desde el respeto, el diálogo y la fraternidad.

También el pueblo de Israel, que se sabía elegido por Dios para manifestar al mundo las maravillas de la salvación, tuvo muchas veces miedo de los extranjeros, hasta considerar peligroso todo lo que venía de fuera. Sin embargo, el profeta Isaías anuncia un horizonte nuevo: la salvación de Dios está destinada a todos los pueblos. La casa de Dios será una casa de oración para todas las naciones.

La salvación que Dios ofrece no puede ser auténtica cuando excluye o separa, sino cuando acerca, hermana y facilita el encuentro. La fe no puede reducirse al cumplimiento externo de normas; debe conducirnos al encuentro con Dios y con los demás, a la fraternidad, a la dignidad y al respeto por toda persona.

También san Pablo descubre, por la acción del Espíritu Santo, que el amor de Dios no puede quedar encerrado en una cultura, una tradición o una institución. Todos están llamados a alcanzar la misericordia, porque la gracia es iniciativa de Dios y su proyecto es que nadie quede fuera.


Esta verdad aparece con especial fuerza en el Evangelio, en el encuentro de Jesús con la mujer cananea. Es una mujer pagana que se acerca gritando de dolor y suplicando por su hija. Se encuentra con una mentalidad religiosa que establecía fronteras entre los que pertenecían al pueblo elegido y los que estaban fuera. Incluso los discípulos quieren que Jesús la atienda para que deje de gritar y los moleste.

Pero aquella mujer no se rinde. Su respuesta se convierte en una de las grandes confesiones de fe del Evangelio: “También los perros comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”. Esta simple frase se convierte en una enorme confesión de fe, de las más grandes que recogen los evangelios: Dios es para todos.

El mundo en el que vivimos tiene muchas “mujeres cananeas” que gritan desesperadas por sus hijos enfermos, moribundos, endemoniados… Los que estamos de este lado de la mesa no podemos sino abrirla para que quepan todos y se sientan en casa. No es solo el alimento o el vestido: es la fraternidad, es el espíritu de dignidad humana, es el corazón del Evangelio que nos empuja a amar.

 




No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por tu participación

Seguidores

Entradas populares