La liturgia de este domingo nos invita a confrontarnos, desde la Palabra de Dios, con una realidad siempre presente en la comunidad humana y especialmente actual en nuestro tiempo: ¿cómo nos relacionamos con quienes son diferentes de nosotros?
Aunque tengamos deseos de ser acogedores con el extranjero y
con el inmigrante, muchas veces encontramos razones para sospechar de su
presencia. Parece existir en el corazón humano una tendencia a dividir, un
miedo a aceptar al diferente y una dificultad para mirarnos desde el respeto,
el diálogo y la fraternidad.
También el pueblo de Israel, que se sabía elegido por Dios
para manifestar al mundo las maravillas de la salvación, tuvo muchas veces
miedo de los extranjeros, hasta considerar peligroso todo lo que venía de
fuera. Sin embargo, el profeta Isaías anuncia un horizonte nuevo: la
salvación de Dios está destinada a todos los pueblos. La casa de Dios será
una casa de oración para todas las naciones.
La salvación que Dios ofrece no puede ser auténtica cuando
excluye o separa, sino cuando acerca, hermana y facilita el encuentro. La fe no
puede reducirse al cumplimiento externo de normas; debe conducirnos al
encuentro con Dios y con los demás, a la fraternidad, a la dignidad y al
respeto por toda persona.
También san Pablo descubre, por la acción del Espíritu
Santo, que el amor de Dios no puede quedar encerrado en una cultura, una
tradición o una institución. Todos están llamados a alcanzar la misericordia,
porque la gracia es iniciativa de Dios y su proyecto es que nadie quede fuera.
Esta verdad aparece con especial fuerza en el Evangelio, en el encuentro de Jesús con la mujer cananea. Es una mujer pagana que se acerca gritando de dolor y suplicando por su hija. Se encuentra con una mentalidad religiosa que establecía fronteras entre los que pertenecían al pueblo elegido y los que estaban fuera. Incluso los discípulos quieren que Jesús la atienda para que deje de gritar y los moleste.
Pero aquella mujer no se rinde. Su respuesta se convierte en
una de las grandes confesiones de fe del Evangelio: “También los perros
comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”. Esta simple frase se
convierte en una enorme confesión de fe, de las más grandes que recogen los
evangelios: Dios es para todos.
El mundo en el que vivimos tiene muchas “mujeres cananeas”
que gritan desesperadas por sus hijos enfermos, moribundos, endemoniados… Los
que estamos de este lado de la mesa no podemos sino abrirla para que quepan
todos y se sientan en casa. No es solo el alimento o el vestido: es la
fraternidad, es el espíritu de dignidad humana, es el corazón del Evangelio que
nos empuja a amar.

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