La primera lectura (*), tomada del libro de la Sabiduría, nos
revela que la verdadera grandeza de Dios se manifiesta en su paciencia y en su
misericordia. Nos recuerda una verdad que con frecuencia olvidamos: el justo
debe ser humano y compasivo. Dios no actúa con dureza, sino que ofrece
siempre una nueva oportunidad, concediendo a los pecadores el don del
arrepentimiento y una esperanza renovada.
Esta misma enseñanza aparece en el Evangelio. Jesús compara
el Reino de Dios con un sembrador que siembra buena semilla en su campo. Sin
embargo, junto al trigo crece también la cizaña. Los criados, con una lógica
aparentemente razonable, proponen arrancarla enseguida. Pero el dueño responde:
«Dejadlos crecer juntos hasta la siega.»
¿Significa esto que Dios es indiferente ante el mal? De
ninguna manera. Lo que Jesús nos revela es que Dios conoce la profundidad del
corazón humano y actúa con paciencia. No se precipita en el juicio porque sigue
ofreciendo a cada persona la posibilidad de convertirse y dejar que el bien crezca
en su vida.
San Pablo, en la segunda lectura, nos invita precisamente a
confiar en esta paciencia salvadora de Dios. Cuando nuestra debilidad nos hace
incapaces de orar como conviene, el Espíritu Santo viene en nuestra ayuda e
intercede por nosotros. No caminamos solos; Dios sostiene nuestra fragilidad
con su gracia.
La gran enseñanza de Jesús es clara. La misión del discípulo
no consiste en dedicar su vida a señalar la cizaña o a condenar constantemente
el mal. Nuestra primera tarea es cuidar el crecimiento del trigo: hacer crecer
el bien, la verdad, la justicia, el perdón y el amor allí donde vivimos.
En un mundo marcado por las tensiones, las divisiones y la
tendencia a excluir a quien piensa o actúa de manera diferente, la Palabra de
Dios nos invita a vivir con paciencia, comprensión y esperanza. El Señor
continúa actuando silenciosamente en la historia, haciendo crecer el trigo
incluso en medio de las dificultades.
Pidámosle hoy al Señor que nos conceda un corazón semejante
al suyo: paciente con las debilidades de los demás, firme en la práctica del
bien y lleno de esperanza. Que sepamos reconocer la inmensa paciencia que Dios
tiene con nosotros y que esa experiencia nos dé la fuerza para perdonar y
acompañar con misericordia a nuestros hermanos.
LECTURAS
Lectura del libro de la Sabiduría 12, 13. 16-19
Fuera de ti no hay otro Dios que cuide de todo,
a quien tengas que demostrar que no juzgas injustamente.
Porque tu fuerza es el principio de la justicia y tu señorío sobre todo te hace ser indulgente con todos.
Despliegas tu fuerza ante el que no cree en tu poder perfecto y confundes la osadía de los que lo conocen.
Pero tú, dueño del poder, juzgas con moderación y nos gobiernas con mucha indulgencia, porque haces uso de tu poder cuando quieres.
Actuando así, enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser
humano y diste a tus hijos una buena esperanza, pues concedes el
arrepentimiento a los pecadores.
Salmo 85, 5-6. 9-10. 15-16a R/. Tú, Señor, eres bueno y
clemente.
Tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan.
Señor, escucha mi oración, atiende la voz de mi súplica. R/.
Todos los pueblos vendrán a postrarse en tu presencia, Señor; bendecirán tu nombre: «Grande eres tú, y haces maravillas; tú eres el único Dios». R/.
Pero tú, Señor,
Dios clemente y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad y leal, mírame, ten compasión de mí. R/.
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8,
26-27
Hermanos:
El Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos pedir como conviene;
pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables.
Y el que escruta los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su
intercesión por los santos es según Dios.
Lectura del santo evangelio según san Mateo 13, 24-30
En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente
diciendo:
«El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su
campo; pero, mientras los hombres dormían, un enemigo fue y sembró cizaña en
medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga,
apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo:
“Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?”.
Él les dijo:
“Un enemigo lo ha hecho”.
Los criados le preguntan:
“¿Quieres que vayamos a arrancarla?”.
Pero él les respondió:
“No, que al recoger la
cizaña podéis arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la
siega y cuando llegue la siega, diré a los segadores: arrancad primero la cizaña
y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero”».

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