Salir de toda pasividad e indiferencia ante
los acontecimientos que se producen - miércoles
22/09/26 -
En una época marcada por profundos cambios, de los que se
derivan desequilibrios preocupantes, la Iglesia está llamada a servir al ser
humano, escuchando y acogiendo los interrogantes más profundos de su corazón y
los anhelos que lo habitan…
Los discípulos de Cristo estamos llamados a compartir los
gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro
tiempo (cf. GS 1).
Esto significa que la Iglesia no puede permanecer pasiva ni indiferente a lo
que ocurre en el mundo, sino que está llamada a caminar con la humanidad, sobre
todo teniendo en cuenta los cambios rápidos y profundos que se experimentan.
Por lo tanto, los creyentes, unidos a Cristo y sostenidos
por su Espíritu, deben comprometerse a escuchar con el corazón y a dejarse interpelar,
acompañando y ayudando a las personas en dificultad, sobre todo a los pobres y
a los que sufren a causa de la injusticia, la discriminación y la violencia.
Es una entrega que nos llama a salir de toda pasividad e
indiferencia ante los acontecimientos que se producen, ante la historia y la
vida de las personas, sobre todo ante el cambio rápido y profundo que
experimentamos hoy. No es posible permanecer como espectadores desinteresados,
es necesario, en cambio, escuchar con el corazón, dejarse interpelar,
involucrarse. Con Cristo y sostenidos por la fuerza de su Espíritu, los
creyentes están llamados a hacerse cargo de las dificultades de los hermanos,
sobre todo de aquellos que se ven oprimidos por la injusticia, por la
discriminación, por la violencia. De hecho, solo a través de la entrega y en el
compromiso es posible llegar a respuestas adecuadas, siempre sostenidos por la
certeza de que «los sufrimientos de ahora no se pueden comparar con la gloria
que un día se nos manifestará» (Rm 8,18).
La entrega cristiana nos compromete a asumir la realidad y
también a desenmascarar las contradicciones que caracterizan la vida personal y
social del mundo contemporáneo: por ejemplo, un progreso científico y
tecnológico, que ofrece siempre nuevas posibilidades, pero solo a algunos y que
no siempre el ser humano es capaz de poner «a su servicio»; o un
conocimiento más claro de las «leyes dela vida social», pero acompañado de
incertidumbres «sobre la dirección que hay que imprimirle»; o aún, una mayor
disponibilidad de «riquezas, tantas posibilidades, tanto poder económico», y
desafortunadamente, hoy como en los tiempos del Concilio, «una gran parte de la
humanidad sufre hambre y miseria» (GS 4);
o una conciencia compartida de que está en juego el futuro del planeta y al
mismo tiempo la incapacidad a renunciar al consumo egoísta y a la ilusión de
que la guerra es una vía eficaz para construir la paz.
Queridos
hermanos y hermanas, que la alegría y la esperanza – gaudium et spes –
sean los rasgos distintivos de una Iglesia que anuncia y da testimonio del
Evangelio, acercándose a las mujeres y a los hombres de nuestro tiempo.
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