EVANGELIZACIÓN, INICIACIÓN, CATEQUESIS, PASTORAL

4.9.26

Audiencia General

El silencio 

En el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo.
La paz esté con vosotros.

Hacer silencio es un acto de la voluntad, que implica toda la persona y que ayuda a vivir relaciones sólidas, porque están animadas por la Palabra de Dios. Es crear espacios de libertad y de verdad, en los cuales custodiar la atención, volviéndose sensibles a la voz de quien “no cuenta”, y madurando sabiduría y generosidad.

Esto es particularmente importante en un mundo marcado por la velocidad, en el cual todo tiene que ser inmediatamente visible y cada vacío es llenado con rapidez. En el silencio, de hecho, encuentran escucha las preguntas que se hace cada persona, pero a las que no siempre es fácil responder solos. Por esto es necesario que sus comunidades ofrezcan oasis de verdadera y profunda paz, donde se acalle el caótico afán ligado a las cosas exteriores y uno se pueda poner a la escucha de la voz de Dios.

Que la Virgen María, invocada con el Santo Rosario, les enseñe a ver cada día la obra invisible del Señor y, con la ayuda de su gracia, a verter también sobre las heridas de la humanidad de nuestro tiempo, el aceite del consuelo y el vino de la esperanza.

El sentido de la actividad humana en el universo (GS, 33-39) 

Audiencia general del 23/09/2026.

Por este motivo, algunos pensadores han presentado el progreso técnico-científico como algo que debilita la relación del hombre con Dios hasta el punto de hacerla parecer superflua o, incluso, como algo contrario a la fe cristiana. Y esta lectura ha provocado, respecto a las épocas precedentes, un cambio en la mirada del hombre contemporáneo sobre el mundo. Un prejuicio de este tipo prevalece, principalmente, en esa parte de la cultura occidental que ha perdido su vínculo con la Revelación cristiana. En los humanismos poscristianos, el ser humano y Dios son presentados erróneamente como rivales: para afirmar sus conocimientos, su libertad y su progreso, el hombre debería emanciparse de Dios. Sin embargo, al negar la relación con Dios, al final se pierde también la posibilidad de afirmar el valor trascendente de la persona humana. Es el “drama del humanismo ateo”, bien descrito por un importante teólogo del Concilio Vaticano II, Henri de Lubac. [1]

El Concilio desea proporcionar una respuesta clara. Afirma la Gaudium et spes: «Una cosa hay cierta para los creyentes: la actividad humana individual y colectiva o el conjunto ingente de esfuerzos realizados por el hombre a lo largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida, considerado en sí mismo, responde a la voluntad de Dios» (n. 34). Es más, prosigue la Constitución, «los cristianos, lejos de pensar que las conquistas logradas por el hombre se oponen al poder de Dios y que la criatura racional pretende rivalizar con el Creador, están, por el contrario, persuadidos de que las victorias del hombre son signo de la grandeza de Dios y consecuencia de su inefable designio» (ibid.). En resumen, Dios ha puesto en las manos del hombre y de la mujer una creación todavía in statu viae –es decir, en camino, en crecimiento– para que ellos la conduzcan a buen término por medio de su sabia actividad [2].

Para encontrar a Dios, el ser humano no debe abandonar las ocupaciones terrenas, sino que puede vivir plenamente su propia vocación haciendo bien su trabajo cotidiano y santificándolo [3]. Los cristianos participan, como todos, en la edificación de la ciudad de los hombres, con la mirada puesta en el fin de todas las cosas y en el encuentro con Dios, y recordando este fin último a aquellos con quienes comparten la aventura del progreso, la ciencia y la vida.

Queridos hermanos y hermanas, el Concilio Vaticano II nos invita a compartir el pan del saber y del saber-hacer, para que todos los hombres y todos los pueblos puedan desarrollar sus potencialidades, de forma que podamos construir juntos, con la ayuda de Dios, un futuro mejor. 

León XIV. Roma.

DIGNIDAD HUMANA 

Audiencia general 16/ 09/2026

La Iglesia ofrece con claridad su contribución reciente en la encíclica Magnifica humanitas a los rasgos y los derechos fundamentales de la dignidad de la persona: «Cada persona, hecha constitutivamente para la relación, es pensada y querida por Dios para entrar en una historia de comunión con Él, con los demás y con la creación. Su dignidad no depende de las capacidades que posee, de las riquezas o del rol que desempeña, ni de las decisiones justas o equivocadas que toma, sino que es un don que la precede y la excede, dado por Dios como expresión de su amor que nunca falla» (n. 50).

La dignidad infinita del ser humano, por tanto, se arraiga en su identidad de criatura hecha «a imagen de Dios”, capaz de conocer y amar a su Creador, proyecto y don de amor que trasciende las demás realidades creadas, las cuales están confiadas a su cuidado «para gobernarlas y usarlas glorificando a Dios» (GS, 12).

La persona implica siempre relación, comunión y participación con respecto a Dios y a los demás; por lo tanto, una relación filial con Dios Padre y una relación fraterna con Cristo y con todos los seres humanos. Excluye los cierres autorreferenciales. Ser persona significa percibirse a sí mismo como un don que hay que compartir, creciendo y madurando en la acogida, la reciprocidad y el servicio.

Además, la dignidad humana concierne a la totalidad de la persona y, por ello, es necesario superar las visiones dualistas: el ser humano es «unidad de cuerpo y alma». La reducción del cuerpo a un “objeto”, del que se puede disponer arbitrariamente, es siempre una negación de la dignidad de la persona: «No debe […] despreciar la vida corporal del hombre», y es necesario «tener por bueno y honrar a su propio cuerpo, como criatura de Dios que ha de resucitar en el último día», vigilando que este no «permita que lo esclavicen las inclinaciones depravadas de su corazón» (GS, 14), puesto que todos nosotros estamos heridos por el pecado.

Por último, son tres las expresiones más significativas de la dignidad de la persona: la inteligencia, que hace del ser humano un buscador insaciable de la verdad; la conciencia, por medio de la cual da unidad y sentido a su propia vida; y la libertad, que lo convierte en protagonista responsable de sus propias decisiones.

Queridos hermanos y hermanas, creados a imagen de Dios, por medio de Cristo y en vistas a Él, hemos recibido una dignidad única e indeleble. Comprometámonos a promoverla y defenderla siempre, con la luz y la fuerza del Evangelio.

Salir de toda pasividad e indiferencia ante los acontecimientos que se producen. 

Audiencia general 9/09/26  

En una época marcada por profundos cambios, de los que se derivan desequilibrios preocupantes, la Iglesia está llamada a servir al ser humano, escuchando y acogiendo los interrogantes más profundos de su corazón y los anhelos que lo habitan…

Los discípulos de Cristo estamos llamados a compartir los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo (cf. GS 1). Esto significa que la Iglesia no puede permanecer pasiva ni indiferente a lo que ocurre en el mundo, sino que está llamada a caminar con la humanidad, sobre todo teniendo en cuenta los cambios rápidos y profundos que se experimentan.

Por lo tanto, los creyentes, unidos a Cristo y sostenidos por su Espíritu, deben comprometerse a escuchar con el corazón y a dejarse interpelar, acompañando y ayudando a las personas en dificultad, sobre todo a los pobres y a los que sufren a causa de la injusticia, la discriminación y la violencia.

Es una entrega que nos llama a salir de toda pasividad e indiferencia ante los acontecimientos que se producen, ante la historia y la vida de las personas, sobre todo ante el cambio rápido y profundo que experimentamos hoy. No es posible permanecer como espectadores desinteresados; es necesario, en cambio, escuchar con el corazón, dejarse interpelar, involucrarse. Con Cristo y sostenidos por la fuerza de su Espíritu, los creyentes están llamados a hacerse cargo de las dificultades de los hermanos, sobre todo de aquellos que se ven oprimidos por la injusticia, por la discriminación, por la violencia. De hecho, solo a través de la entrega y en el compromiso es posible llegar a respuestas adecuadas, siempre sostenidos por la certeza de que «los sufrimientos de ahora no se pueden comparar con la gloria que un día se nos manifestará» (Rm 8,18).

La entrega cristiana nos compromete a asumir la realidad y también a desenmascarar las contradicciones que caracterizan la vida personal y social del mundo contemporáneo: por ejemplo, un progreso científico y tecnológico, que ofrece siempre nuevas posibilidades, pero solo a algunos y que no siempre el ser humano es capaz de poner «a su servicio»; o un conocimiento más claro de las «leyes de la vida social», pero acompañado de incertidumbres «sobre la dirección que hay que imprimirle»; o aún, una mayor disponibilidad de «riquezas, tantas posibilidades, tanto poder económico», y desafortunadamente, hoy como en los tiempos del Concilio, «una gran parte de la humanidad sufre hambre y miseria» (GS 4); o una conciencia compartida de que está en juego el futuro del planeta y al mismo tiempo la incapacidad a renunciar al consumo egoísta y a la ilusión de que la guerra es una vía eficaz para construir la paz.

Queridos hermanos y hermanas, que la alegría y la esperanza –gaudium et spes– sean los rasgos distintivos de una Iglesia que anuncia y da testimonio del Evangelio, acercándose a las mujeres y a los hombres de nuestro tiempo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por tu participación