El silencio
En el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo.
La paz esté con vosotros.
Hacer silencio es un acto de la voluntad, que implica toda
la persona y que ayuda a vivir relaciones sólidas, porque están animadas por la
Palabra de Dios. Es crear espacios de libertad y de verdad, en los cuales
custodiar la atención, volviéndose sensibles a la voz de quien “no cuenta”, y
madurando sabiduría y generosidad.
Esto es particularmente importante en un mundo marcado por
la velocidad, en el cual todo tiene que ser inmediatamente visible y cada vacío
es llenado con rapidez. En el silencio, de hecho, encuentran escucha las
preguntas que se hace cada persona, pero a las que no siempre es fácil
responder solos. Por esto es necesario que sus comunidades ofrezcan oasis de
verdadera y profunda paz, donde se acalle el caótico afán ligado a las cosas
exteriores y uno se pueda poner a la escucha de la voz de Dios.
Que la Virgen María, invocada con el Santo Rosario, les enseñe a ver cada día la obra invisible del Señor y, con la ayuda de su gracia, a verter también sobre las heridas de la humanidad de nuestro tiempo, el aceite del consuelo y el vino de la esperanza.
El sentido de la actividad humana en el universo (GS, 33-39)
Audiencia general del 23/09/2026.
Por este motivo, algunos pensadores han presentado el
progreso técnico-científico como algo que debilita la relación del hombre con
Dios hasta el punto de hacerla parecer superflua o, incluso, como algo
contrario a la fe cristiana. Y esta lectura ha provocado, respecto a las épocas
precedentes, un cambio en la mirada del hombre contemporáneo sobre el mundo. Un
prejuicio de este tipo prevalece, principalmente, en esa parte de la cultura
occidental que ha perdido su vínculo con la Revelación cristiana. En los
humanismos poscristianos, el ser humano y Dios son presentados erróneamente
como rivales: para afirmar sus conocimientos, su libertad y su progreso, el
hombre debería emanciparse de Dios. Sin embargo, al negar la relación con Dios,
al final se pierde también la posibilidad de afirmar el valor trascendente de
la persona humana. Es el “drama del humanismo ateo”, bien descrito por un
importante teólogo del Concilio Vaticano II, Henri de Lubac. [1]
El Concilio
desea proporcionar una respuesta clara. Afirma la Gaudium
et spes: «Una cosa hay cierta para los creyentes: la actividad humana
individual y colectiva o el conjunto ingente de esfuerzos realizados por el
hombre a lo largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida,
considerado en sí mismo, responde a la voluntad de Dios» (n. 34). Es más,
prosigue la Constitución, «los cristianos, lejos de pensar que las conquistas
logradas por el hombre se oponen al poder de Dios y que la criatura racional
pretende rivalizar con el Creador, están, por el contrario, persuadidos de que
las victorias del hombre son signo de la grandeza de Dios y consecuencia de su
inefable designio» (ibid.). En resumen, Dios ha puesto en las manos del hombre
y de la mujer una creación todavía in statu viae –es decir, en camino,
en crecimiento– para que ellos la conduzcan a buen término por medio de su
sabia actividad [2].
Para encontrar a Dios, el ser humano no debe abandonar las
ocupaciones terrenas, sino que puede vivir plenamente su propia vocación
haciendo bien su trabajo cotidiano y santificándolo [3]. Los cristianos participan, como todos,
en la edificación de la ciudad de los hombres, con la mirada puesta en el fin
de todas las cosas y en el encuentro con Dios, y recordando este fin último a
aquellos con quienes comparten la aventura del progreso, la ciencia y la vida.
Queridos hermanos y hermanas, el Concilio
Vaticano II nos invita a compartir el pan del saber y del saber-hacer, para
que todos los hombres y todos los pueblos puedan desarrollar sus
potencialidades, de forma que podamos construir juntos, con la ayuda de Dios,
un futuro mejor.
León XIV. Roma.
DIGNIDAD HUMANA
Audiencia general 16/ 09/2026
La Iglesia ofrece con claridad su contribución
reciente en la encíclica Magnifica
humanitas a los rasgos y los derechos fundamentales de la dignidad de
la persona: «Cada persona, hecha constitutivamente para la relación, es pensada
y querida por Dios para entrar en una historia de comunión con Él, con los
demás y con la creación. Su dignidad no depende de las capacidades que posee,
de las riquezas o del rol que desempeña, ni de las decisiones justas o
equivocadas que toma, sino que es un don que la precede y la excede, dado por
Dios como expresión de su amor que nunca falla» (n. 50).
La dignidad infinita del ser humano, por tanto, se arraiga
en su identidad de criatura hecha «a imagen de Dios”, capaz de conocer y amar
a su Creador, proyecto y don de amor que trasciende las demás realidades
creadas, las cuales están confiadas a su cuidado «para gobernarlas y usarlas
glorificando a Dios» (GS,
12).
La persona implica siempre relación, comunión y
participación con respecto a Dios y a los demás; por lo tanto, una relación
filial con Dios Padre y una relación fraterna con Cristo y con todos los seres
humanos. Excluye los cierres autorreferenciales. Ser persona significa
percibirse a sí mismo como un don que hay que compartir, creciendo y madurando
en la acogida, la reciprocidad y el servicio.
Además, la dignidad humana concierne a la totalidad de la
persona y, por ello, es necesario superar las visiones dualistas: el ser humano
es «unidad de cuerpo y alma». La reducción del cuerpo a un “objeto”, del que se
puede disponer arbitrariamente, es siempre una negación de la dignidad de la
persona: «No debe […] despreciar la vida corporal del hombre», y es necesario
«tener por bueno y honrar a su propio cuerpo, como criatura de Dios que ha de
resucitar en el último día», vigilando que este no «permita que lo esclavicen
las inclinaciones depravadas de su corazón» (GS,
14), puesto que todos nosotros estamos heridos por el pecado.
Por último, son tres las expresiones más significativas de
la dignidad de la persona: la inteligencia, que hace del ser humano un buscador
insaciable de la verdad; la conciencia, por medio de la cual da unidad y
sentido a su propia vida; y la libertad, que lo convierte en protagonista
responsable de sus propias decisiones.
Queridos hermanos y hermanas, creados a imagen de Dios, por
medio de Cristo y en vistas a Él, hemos recibido una dignidad única e
indeleble. Comprometámonos a promoverla y defenderla siempre, con la luz y la
fuerza del Evangelio.
Salir de toda pasividad e indiferencia ante los acontecimientos que se producen.
Audiencia general 9/09/26
En una época marcada por profundos cambios, de los que se
derivan desequilibrios preocupantes, la Iglesia está llamada a servir al ser
humano, escuchando y acogiendo los interrogantes más profundos de su corazón y
los anhelos que lo habitan…
Los discípulos de Cristo estamos llamados a compartir los
gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro
tiempo (cf. GS 1).
Esto significa que la Iglesia no puede permanecer pasiva ni indiferente a lo
que ocurre en el mundo, sino que está llamada a caminar con la humanidad, sobre
todo teniendo en cuenta los cambios rápidos y profundos que se experimentan.
Por lo tanto, los creyentes, unidos a Cristo y sostenidos
por su Espíritu, deben comprometerse a escuchar con el corazón y a dejarse interpelar,
acompañando y ayudando a las personas en dificultad, sobre todo a los pobres y
a los que sufren a causa de la injusticia, la discriminación y la violencia.
Es una entrega que nos llama a salir de toda pasividad e
indiferencia ante los acontecimientos que se producen, ante la historia y la
vida de las personas, sobre todo ante el cambio rápido y profundo que
experimentamos hoy. No es posible permanecer como espectadores desinteresados;
es necesario, en cambio, escuchar con el corazón, dejarse interpelar,
involucrarse. Con Cristo y sostenidos por la fuerza de su Espíritu, los
creyentes están llamados a hacerse cargo de las dificultades de los hermanos,
sobre todo de aquellos que se ven oprimidos por la injusticia, por la
discriminación, por la violencia. De hecho, solo a través de la entrega y en el
compromiso es posible llegar a respuestas adecuadas, siempre sostenidos por la
certeza de que «los sufrimientos de ahora no se pueden comparar con la gloria
que un día se nos manifestará» (Rm 8,18).
La entrega cristiana nos compromete a asumir la realidad y
también a desenmascarar las contradicciones que caracterizan la vida personal y
social del mundo contemporáneo: por ejemplo, un progreso científico y
tecnológico, que ofrece siempre nuevas posibilidades, pero solo a algunos y que
no siempre el ser humano es capaz de poner «a su servicio»; o un
conocimiento más claro de las «leyes de la vida social», pero acompañado de
incertidumbres «sobre la dirección que hay que imprimirle»; o aún, una mayor
disponibilidad de «riquezas, tantas posibilidades, tanto poder económico», y
desafortunadamente, hoy como en los tiempos del Concilio, «una gran parte de la
humanidad sufre hambre y miseria» (GS 4);
o una conciencia compartida de que está en juego el futuro del planeta y al
mismo tiempo la incapacidad a renunciar al consumo egoísta y a la ilusión de
que la guerra es una vía eficaz para construir la paz.
Queridos
hermanos y hermanas, que la alegría y la esperanza –gaudium et spes–
sean los rasgos distintivos de una Iglesia que anuncia y da testimonio del
Evangelio, acercándose a las mujeres y a los hombres de nuestro tiempo.
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