La agitación, el apresuramiento, la perturbación es el precio a pagar; es la otra cara de nuestras prisas y activismos. Tasa impuesta por el impulso, siempre insatisfecho, de estar ocupados, como huyendo de nosotros mismos, en camino hacia no sabemos muy bien dónde. Todo ello nos produce un estado de ánimo y de cuerpo que llamamos estrés y que, al menos físicamente, es una alerta de que no logramos integrar lo que somos, hacia dónde vamos y lo que hacemos, sin renunciar a nuestra condición de seres inquietos en búsqueda, aunque podemos equivocarnos o perder el sentido de nuestra vocación.
Apasionarse por la Sabiduría es la mejor de las ambiciones, nos dice hoy la Escritura. Si bien son muchas las cosas que nos inquietan y exigen nuestro compromiso, debemos ordenar nuestras prioridades, para entregarnos de lleno a nuestra misión sin confusión ni desenfreno.
Esforcémonos por poseer esta
sabiduría que da sentido a nuestra existencia, vigor a nuestro servicio y
alegría y gozo en nuestro amor. No sea que al final, por nuestra desidia, no
podamos entrar en la fiesta de la vida. (Mt 25,1-13)

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