sábado, junio 20, 2026

No temas


Confiar en el Señor no nos libra de las acechanzas e incertidumbres del maligno. Hay quienes observan nuestros errores para desalentarnos, intentan someternos y vengarse, porque ven nuestra vida como una acusación contra su modo de actuar. Seguimos recibiendo noticias de persecuciones y matanzas de cristianos en distintos lugares del mundo todos los días.

Confiar en Dios no significa desentenderse ni quedarse de brazos cruzados. Es creer firmemente que solo los valores que Jesús, nuestro Señor, nos enseñó pueden ayudarnos a construir una vida verdaderamente humana y a hacer presente el Reino de Dios.

La Palabra nos invita a superar el dolor que puede hacernos sentirnos extraños entre nuestros hermanos, extranjeros incluso entre los hijos de nuestra propia madre, y orar con confianza: Señor, que me escuche tu gran bondad; que tu fidelidad me ayude. Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia; por tu gran compasión, vuélvete hacia mí.

Así reconoceremos nuestra debilidad y proclamaremos la misericordia del Señor. Una confianza agradecida en Dios, a quien queremos acoger como compañero de camino en la vida, en las necesidades, en las caídas y en las alegrías, reconociendo que la salvación que nos ofrece Jesucristo se ha derramado sobre todos.

El Evangelio insiste hoy en que no tengamos miedo, pase lo que pase. Siempre es tiempo de anunciar el Reino de Dios; siempre es la hora de una Iglesia en salida, sin miedos ni complejos. Podrán apagar nuestra voz o incluso quitarnos la vida, pero la fuerza del Evangelio es mayor que quienes la proclaman. Nuestro valor no depende de la tarea que realizamos, sino del amor que hemos recibido.


Todos caminamos juntos, viviendo la sinodalidad, que nos recuerda el valor único de cada persona. No olvidemos las palabras de Jesús: «Yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos».

Hemos vivido recientemente en España una experiencia de coraje y valentía cuando el Papa León ha proclamado desde las azoteas que estamos llamados a vivir como verdaderos hijos de Dios, sin acomodarnos a los criterios del mundo.

Nuestro cristianismo no puede ser privado ni intimista, alejado del compromiso en la vida pública. Tampoco puede reducirse a un cristianismo meramente cultual, incapaz de dar sentido a nuestras opciones, pensamientos y acciones; ni a un cristianismo sociológico, basado solo en tradiciones y costumbres, sin una clara opción personal por seguir a Jesucristo.

Pidamos a Jesús la valentía necesaria para vivir los valores del Evangelio, aunque ello pueda acarrearnos incomprensiones o dificultades.


Domigo XIII del Tiempo Ordinario . Ciclo A


Lectura del libro de Jeremías 20, 10-13

Salmo 68 R/. Señor, que me escuche tu gran bondad.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 5, 12-15

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 10, 26-33

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