En María Magdalena encontramos de una manera muy expresiva cuál es la pedagogía de Dios con sus hijos. Somos hijos porque hemos sido rescatados y transformados por gracia.
Recibió del mismo Resucitado una misión: “Ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios.” Por esta razón, el Papa san Juan Pablo II en 1988 ratificó formalmente su título de «Apóstol de los apóstoles».
Mujer valiente y fuerte, fiel, permaneció firme al pie de la cruz durante la crucifixión cuando la mayoría de los discípulos varones habían huido por miedo.
La primera testigo: El Evangelio de Juan relata cómo Jesús se le apareció a ella
antes que a nadie tras resucitar, encomendándole la tarea de anunciar la
noticia a los apóstoles.
Este encargo del resucitado debiéramos tenerlo más en cuenta cuando excluimos a la mujer del ministerio de la Palabra y la relegamos a tareas
secundarias en la iglesia.
La certeza de que somos pobres, débiles, pequeños, y que,
sin embargo, Dios ha querido participes de su alegría, es el requisito necesario
para podernos acercar al misterio del amor misericordioso de Dios. La pobreza
aceptada, la debilidad reconocida, la humildad que se sabe invitada al
seguimiento es el estilo del discípulo amado.
Dios no quiere molestar; Él no puede entrar donde todo es
conformismo y ni donde no se acepta la falta, la carencia, el límite. Hemos sido
llamados a aprender a vivir con límites. Es en ese espacio vacío donde Dios quiere revelarse. Esta es la pedagogía del
Padre: la plenitud no está en poseerlo todo, sino en abrir espacio para que Dios lo
llene todo. Un amor que no se asusta de nuestra pequeñez y nos ama tal como somos.
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