miércoles, julio 22, 2026

María Magdalena


Hoy en la Iglesia católica celebramos la Fiesta de María Magdalena, que puede ser considerada como una de las discípulas de Jesús que vivió con absoluta libertad su amor por Jesús de Nazaret y tuvo el privilegio de ser la primera discípula en reconocer a su Señor como el resucitado.








En María Magdalena encontramos de una manera muy expresiva cuál es la pedagogía de Dios con sus hijos. Somos hijos porque hemos sido rescatados y transformados por gracia. 

Recibió del mismo Resucitado una misión: “Ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios.” Por esta razón, el Papa san Juan Pablo II en 1988 ratificó formalmente su título de «Apóstol de los apóstoles».


Mujer valiente y fuerte, fiel, permaneció firme al pie de la cruz durante la crucifixión cuando la mayoría de los discípulos varones habían huido por miedo.

La primera testigo: El Evangelio de Juan relata cómo Jesús se le apareció a ella antes que a nadie tras resucitar, encomendándole la tarea de anunciar la noticia a los apóstoles.

Este encargo del resucitado debiéramos tenerlo más en cuenta cuando excluimos a la mujer del ministerio de la Palabra y la relegamos a tareas secundarias en la iglesia.

La certeza de que somos pobres, débiles, pequeños, y que, sin embargo, Dios ha querido participes de su alegría, es el requisito necesario para podernos acercar al misterio del amor misericordioso de Dios. La pobreza aceptada, la debilidad reconocida, la humildad que se sabe invitada al seguimiento es el estilo del discípulo amado.

Dios no quiere molestar; Él no puede entrar donde todo es conformismo y ni donde no se acepta la falta, la carencia, el límite. Hemos sido llamados a aprender a vivir con límites. Es en ese espacio vacío donde Dios quiere revelarse. Esta es la pedagogía del Padre: la plenitud no está en poseerlo todo, sino en abrir espacio para que Dios lo llene todo. Un amor que no se asusta de nuestra pequeñez y nos ama tal como somos.




En esto consiste nuestro aporte más válido. Dejarse amar.

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