Queridos hermanos, paz y bien.
Esta semana la liturgia nos invita a celebrar el misterio de
la Santísima Trinidad. Siempre nos viene bien preguntarnos: ¿quién es nuestro
Dios y cómo es el Dios en el que creemos? Es una respuesta que debemos ir
actualizando a medida que crecemos en la fe y queremos llevar una auténtica
vida de creyentes en el Dios que nos ha revelado Jesucristo.
La escena que nos ofrece la primera lectura, tomada del
libro del Éxodo, muestra un nivel profundo y hermoso de comunión entre Dios y
Moisés. En ese contexto de cercanía y amistad, Dios mismo revela su Nombre, su
verdadera identidad: «Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en
clemencia y fidelidad».
A este Dios de comunión y de amor quiere alabar hoy la
liturgia. Por eso utiliza como salmo responsorial el cántico del libro de
Daniel: «A ti, gloria y alabanza por los siglos».
Pablo concluye su segunda carta a los Corintios con estas
palabras: «La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del
Espíritu Santo estén con todos vosotros». Por el don maravilloso de la
salvación en Cristo hemos conocido el amor del Padre y hemos recibido el
Espíritu Santo, fuente de comunión con Dios y de fraternidad entre nosotros.
Esta es nuestra fe.
La Trinidad nos remite al misterio pleno de Dios, un
misterio que nos invita al respeto, a la admiración y a la contemplación de su
verdad, su grandeza y su belleza.
El misterio de la Santísima Trinidad nos habla de un Dios
que es comunión de amor. Donde dos o más se reúnen en el nombre de Jesús, allí
está Él presente. Cuando expresamos comunitariamente nuestra fe en Dios Padre,
el Espíritu de Jesús actúa entre nosotros. El cristianismo es,
fundamentalmente, amor: amor a Dios y amor al prójimo.
Dios es Padre y todos nosotros somos sus hijos. Dios es Hijo
y, por tanto, nuestro hermano. Dios es Espíritu Santo, el Amor hecho don y
abrazo, que se derrama sobre nosotros y nos llena de su fuerza, de su alegría y
de su santidad.
Cuando Dios quiso mostrarnos quién era, se hizo hombre en
Jesucristo. Este es el misterio central de nuestra fe. Es un misterio que nos
llena de alegría y de paz por dos razones: porque Dios es amor y porque Dios es
comunión.
Jesús es el Hijo de Dios, enviado al mundo para salvarlo, porque
«tanto amó Dios al mundo». Del corazón de Dios brota un designio de salvación,
no de condenación. Jesucristo es la revelación del Dios verdadero y de su amor
inmenso por la humanidad. El Dios Uno y Trino es un Dios salvador.
La vida, muerte y resurrección de Cristo son la expresión suprema de su amor al Padre y a los hombres. Cristo no murió para salvarse a sí mismo, sino para que nosotros alcanzáramos la salvación por medio de Él.
El Espíritu Santo nos guía hacia la comprensión profunda
del misterio de Dios, siempre inagotable, siempre mayor que nuestras palabras y
conceptos.
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