¿Qué sabes del Concilio Vaticano II?
¿Sabías que:
- · El concilio sigue vigente, la era postconciliar debe ir más allá del concilio por fidelidad al concilio.
- El peligro es que sus textos no sean leídos o que se utilicen como meras citas de adorno, valorar el «espíritu» del Concilio frente a la «letra» de los documentos.
- · En el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza»
- ¿La renovación permanente que propone el Cancillo es por fidelidad al Evangelio de Jesucristo, el corazón del deseo de adaptación que nace desde dentro y desde la mejor tradición eclesial?
Podemos
ver el Concilio como la gran gracia que la Iglesia ha recibido en el siglo XX. «Con
el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino
del siglo que comienza». Momento de gracia y don del Espíritu para nuestro
tiempo. El concilio en concreto incluye la formulación de un nuevo
modelo de Iglesia y una nueva orientación de su misión.
Se logró crear una especie de «ley fundamental de la
Iglesia», una suerte de «texto constitucional de la fe». Y esto lo podemos
decir porque la letra de los documentos nos permitirá
descubrir el verdadero espíritu. Una «reforma sin
ruptura», proponiendo una hermenéutica de la reforma y rechazando una
hermenéutica de la discontinuidad o de la ruptura.
Pero ¿en qué sentido se puede hablar de un «antes» y un «después», de una Iglesia pre‑conciliar y una Iglesia post‑conciliar? Un antes reflejado en una teología «nocional» romana, atemporal, escolástica, irreformable, y un después en una teología inspirada en la revelación y de orientación histórica.
Esta
situación debió enfrentarse seriamente para responder a la esperanza nacida por
el soplo del Espíritu Santo: un concilio orientado por el anuncio del mensaje
cristiano al mundo de hoy, no un concilio encenagado en abstrusas cuestiones
disputadas entre las escuelas.
Un ejemplo meridiano de este «antes» y «después» fue el de la declaración acerca de la
libertad religiosa.
O. Cullmann llegó a reconocer, en nombre de los observadores protestantes,
que el decreto sobre el ecumenismo rebasaba con mucho sus más audaces
esperanzas.
La
capacidad creadora del Vaticano II, que, renunciando a las formulaciones
apodícticas, ha estimulado nuevas líneas de avance y ha abierto muchas puertas ‑desde
el primer documento conciliar, Sacrosanctum Concilium, con las nuevas
formas litúrgicas‑, se manifiesta en la cuarta y última constitución,
con la teología y la valoración evangélica de las realidades terrenas (G.
Thils).
Esta
novedad nació de la misma «experiencia» (J.
Komonchak) o proceso conciliar, de manera que en este documento se refleja de manera eminente el «espíritu»
del Concilio.
Por ello puede concluirse que la carta de
presentación de la Iglesia católica romana ante la palestra pública
internacional ha quedado diseñada con los trazos que delinean Gaudium et Spes,
Unitatis Redintegratio, Nostra Aetate y Dignitatis Humanae.
. La nueva conciencia de La Iglesia
A
comienzos del siglo XX con la vuelta a las fuentes bíblicas y patrísticas, con
la renovación litúrgica, con la mirada ecuménica hacia la Iglesia oriental y
hacia las Iglesias de la Reforma, con el relanzamiento del apostolado seglar,
con una nueva conciencia de la manera de estar la Iglesia en el mundo y en la
sociedad moderna.
Este es el aggiornamento querido
por el Papa San Juan XXIII: «Guardando los métodos y las exigencias propias de la ciencia sagrada,
[los teólogos] están invitados a buscar siempre un modo más apropiado de
comunicar las doctrinas a los hombres de su época, porque una cosa es el
depósito mismo de la fe, o sea, sus verdades, y otra cosa es el modo de
formularlas conservando el mismo sentido y el mismo significado».
Sin
caer en el triunfalismo efímero: “fin de la Contra‑reforma, fin de la etapa
constaniniana”. Al menos hay que decir, como reconoce H. Küng en su
autobiografía, que sin el Vaticano II nos hallaríamos en una situación muy
diferente en liturgia, en teología, en pastoral, en ecumenismo, en las
relaciones con el judaísmo, con las demás religiones del mundo y con la
sociedad moderna.
Los
documentos conciliares han dejado puestas las bases para el despliegue de la
eclesiología de comunión, para el avance en el ecumenismo, para el desarrollo
de una teología más bíblica, para el redescubrimiento de la teología del
laicado y de la misión. La llamada teología de las realidades temporales ha
encontrado su prolongación en la teología política, en la teología de la
liberación y en las teologías contextuales.
La raíz
última de este aggiornamento hay que
buscarla en las palabras programáticas de Juan XXIII: «Una cosa es el depósito
mismo de la fe, es decir, las verdades que contiene nuestra venerada doctrina,
y otra la manera como se expresa; y de ello ha de tenerse gran cuenta, con
paciencia si fuese necesario, ateniéndose a las normas y exigencias de un
magisterio de carácter prevalentemente pastoral».
3. la ley fundamental de la Iglesia al servicio de sumisión
Magisterio
«pastoral» significa una formulación
positiva de la doctrina de la fe que está preocupada por buscar un lenguaje que
llegue a la gente de hoy.
La
Constitución sobre la Iglesia, Lumen
Gentium, ha surgido de la profunda reflexión acerca de esta pregunta:
«Iglesia, ¿qué dices de ti misma?». La visión cristológica del misterio de la
Iglesia y su concepción del pueblo de Dios, que impregna los otros documentos
conciliares, es ‑pese a sus altos vuelos‑ un elemento más dinamizante y
renovador que otras muchas disposiciones concretas dispersas en los otros
textos.
Un
ejemplo clave: la revisión del axioma «fuera de la Iglesia no hay salvación»,
elaborada desde
esa profunda visión de la Iglesia como sacramento de Lumen Gentium: signo e [LAP1] instrumento de la comunión de la humanidad con Dios y del género
humano entre sí nos permite comprender el sentido genuino de esta formulación
tan socorrida en el pasado.
El aggiornamento no viene impuesto desde
fuera, como si el mundo dictara la reforma eclesial, sino que la renovación ha
brotado de la vitalidad interior, reanimada conscientemente y movilizada desde
su centro sustancial por el Concilio.
Estos cuatro
objetivos marcados por Pablo VI «la noción o, si se prefiere, la
conciencia de la Iglesia, su renovación, el restablecimiento de la unidad entre
todos los cristianos y el diálogo de la Iglesia con los hombres de nuestra
época».
la
reflexión sobre el episcopado completa la visión de la jerarquía eclesiástica,
evitando una concepción aislacionista del primado pontificio; el reconocimiento
del puesto sustantivo del laicado derrumba una concepción piramidal de la
Iglesia; el centramiento en la Escritura y en la Liturgia; la Iglesia sentida
como pueblo de Dios, todo él vibrátil e intercomunicado; la hermandad
sustancial que enlaza a todos los bautizados; el apostolado como exigencia de
la propia vocación cristiana; la dignidad de la persona humana; el sentido de
servicio de la Iglesia respecto de la humanidad; la nueva valoración de las
Iglesias locales frente a la Iglesia en su conjunto; la apertura ecuménica del
concepto de Iglesia y la apertura al mundo de las religiones; finalmente, la
pregunta por el lugar específico de la Iglesia católica, que se concreta en la
fórmula de la Iglesia una, santa, católica y apostólica, de la que habla el
Credo y que «subsástit in Ecclesia
catholica». En ello se sustancia «la ley fundamental de
4. La actualización del concilio continua
Así
pues, el esfuerzo colectivo de actualización post‑conciliar. Nace desde el miso
momento del clausura. Porque un Concilio no termina con su clausura. Más bien,
la clausura de un Concilio señala en la historia de
«Ayer
la Iglesia era considerada sobre todo como institución; hoy la vemos mucho más
claramente como comunión. Ayer se veía sobre todo al papa; hoy estamos en
presencia del obispo unido al papa. Ayer se consideraba al obispo solo; hoy a
los obispos todos juntos. Ayer se afirmaba el valor de la jerarquía; hoy
descubre el pueblo de Dios. Ayer la teología ponía en primera línea lo que
separa; hoy lo que une. Ayer la teología de la Iglesia consideraba sobre todo
su vida interna; hoy es la Iglesia vuelta hacia el exterior».
La Iglesia
debe reformarse sin cesar para guardar su identidad en el tiempo, para
readaptarse, hacer valer el principio de ir más allá del Concilio por fidelidad
al Concilio.
Una de
las cuestiones más candentes era la pertenencia a la Iglesia de Cristo de los
cristianos no católicos; de una adecuada respuesta dependía todo el problema
ecuménico.
El
establecimiento de una diferencia esencial y no sólo de grado» entre el
sacerdocio común y el sacerdocio ministerial ha seguido reclamando nuevas
explicaciones en el marco de la eclesiología total o de la eclesiología de
comunión. La más neta manera de expresa continuidad se encuentra precisamente
en aquellos lugares que entrañan un mayor avance doctrinal. En este sentido hay
que referirse a dos pasajes altamente significativos:
a) la
reflexión sobre la revelación en la constitución Dei Verbum se hace < siguiendo las huellas de los concilios
Tridentino y Vaticano I;
b)
cuando la constitución dogmática sobre
Recordemos
lo que escribió K. Rahner: «La inmutabilidad del dogma de la Iglesia no excluye
la historia de los dogmas, sino que, por el contrario, la implica»".
¿Cómo
la necesidad de salvación de la Iglesia es compatible con la posibilidad de
salvación de un hombre que no pertenece a ella?; cómo en el reino de la gracia
cada uno puede depender de cada justificado, y así, sobre todo, de María,
siendo, sin embargo, Jesucristo el mediador único entre Dios y el hombre.
A
título de ejemplo, siguiendo esta lógica «por fidelidad al Concilio», en esta
etapa de drástica carencia de vocaciones, ¿no habría que saludar de forma más
optimista la emergencia de nuevos servicios? A la vista de la escasez de clero
para cubrir las necesidades de las parroquias en las diócesis hispanas, ¿qué
postura contiene más semillas de futuro: la de aquellos que piensan en las
nuevas modalidades de la integración del laicado a la atención pastoral (al
hilo del c. 517,2) o las directrices de
Se
pueden aducir varios lugares y actuaciones magisteriales en los que, por
fidelidad al Concilio, ya se ha ido más allá del Concilio: si la teología del
primado papal fue resituada por el Vaticano II en el horizonte de la
colegialidad, es claro que ha habido una evolución doctrinal en la notable
invitación ecuménica lanzada por Juan Pablo II, en la encíclica Ut unum sint (1995), a un diálogo sobre
el ejercicio del primado del Sucesor de Pedro con las otras Iglesias y
comunidades cristianas.
A
partir del replanteamiento del lugar de la Iglesia en el mundo se ha
desplegado, al hilo de los Sínodos (de 1971 y de 1974), una ampliación del
concepto cristiano de salvación que integra la promoción humana en el anuncio
del Evangelio (Evangelium nuntiandi), es
decir, la unidad del servicio a la fe y la promoción de la justicia.
«Toda
renovación de
Todo
ello nos obliga a tomar conciencia de la identidad profunda entre la Iglesia de
después del Concilio y la de antes del Concilio y la de todos los tiempos, cuyo
objetivo no es otro ‑como indica LG 8‑ que «revelar en el mundo el misterio de
Cristo, aunque bajo sombras, sin embargo, con fidelidad hasta que al final se
manifieste a plena luz».
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