viernes, mayo 29, 2026

Concilio Vaticano II Hoy

¿Qué sabes del  Concilio Vaticano II?

¿Sabías que:

  • ·  El concilio sigue vigente, la era postconciliar debe ir más allá del concilio por fidelidad al concilio.
  • El peligro es que sus textos no sean leídos o que se utilicen como meras citas de adorno, valorar el «espíritu» del Concilio frente a la «letra» de los documentos.
  • ·     En el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza»
  • ¿La renovación permanente que propone el Cancillo es por fidelidad al Evangelio de Jesucristo, el corazón del deseo de adaptación que nace desde dentro y desde la mejor tradición eclesial?

 i. El concilio no es un acontecimiento del pasado.

Podemos ver el Concilio como la gran gracia que la Iglesia ha recibido en el siglo XX. «Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza». Momento de gracia y don del Espíritu para nuestro tiempo. El concilio en concreto incluye la formulación de un nuevo modelo de Iglesia y una nueva orientación de su misión. 

Se logró crear una especie de «ley fundamental de la Iglesia», una suerte de «texto constitucional de la fe». Y esto lo podemos decir porque la letra de los documentos nos permitirá descubrir el verdadero espíritu. Una «reforma sin ruptura», proponiendo una hermenéutica de la reforma y rechazando una hermenéutica de la discontinuidad o de la ruptura.

Pero ¿en qué sentido se puede hablar de un «antes» y un «después», de una Iglesia pre‑conciliar y una Iglesia post‑conciliar? Un antes reflejado en una teología «nocional» romana, atemporal, escolástica, irreformable, y un después en una teología inspirada en la revelación y de orientación histórica.

Esta situación debió enfrentarse seriamente para responder a la esperanza nacida por el soplo del Espíritu Santo: un concilio orientado por el anuncio del mensaje cristiano al mundo de hoy, no un concilio encenagado en abstrusas cuestiones disputadas entre las escuelas.

Un ejemplo meridiano de este «antes» y «después» fue el de la declaración acerca de la libertad religiosa. O. Cullmann llegó a reconocer, en nombre de los observadores protestantes, que el decreto sobre el ecumenismo rebasaba con mucho sus más audaces esperanzas.

La capacidad creadora del Vaticano II, que, renunciando a las formulaciones apodícticas, ha estimulado nuevas líneas de avance y ha abierto muchas puertas ‑desde el primer documento conciliar, Sacrosanctum Concilium, con las nuevas formas litúrgicas‑, se manifiesta en la cuarta y última constitución, con la teología y la valoración evangélica de las realidades terrenas (G. Thils).

Esta novedad nació de la misma «experiencia» (J. Komonchak) o proceso conciliar, de manera que en este documento se refleja de manera eminente el «espíritu» del Concilio.

 Por ello puede concluirse que la carta de presentación de la Iglesia católica romana ante la palestra pública internacional ha quedado diseñada con los trazos que delinean Gaudium et Spes, Unitatis Redintegratio, Nostra Aetate y Dignitatis Humanae.

. La nueva conciencia de La Iglesia

A comienzos del siglo XX con la vuelta a las fuentes bíblicas y patrísticas, con la renovación litúrgica, con la mirada ecuménica hacia la Iglesia oriental y hacia las Iglesias de la Reforma, con el relanzamiento del apostolado seglar, con una nueva conciencia de la manera de estar la Iglesia en el mundo y en la sociedad moderna.

Este es el aggiornamento querido por el Papa San Juan XXIII: «Guardando los métodos y las exigencias propias de la ciencia sagrada, [los teólogos] están invitados a buscar siempre un modo más apropiado de comunicar las doctrinas a los hombres de su época, porque una cosa es el depósito mismo de la fe, o sea, sus verdades, y otra cosa es el modo de formularlas conservando el mismo sentido y el mismo significado».

Sin caer en el triunfalismo efímero: “fin de la Contra‑reforma, fin de la etapa constaniniana”. Al menos hay que decir, como reconoce H. Küng en su autobiografía, que sin el Vaticano II nos hallaríamos en una situación muy diferente en liturgia, en teología, en pastoral, en ecumenismo, en las relaciones con el judaísmo, con las demás religiones del mundo y con la sociedad moderna.

Los documentos conciliares han dejado puestas las bases para el despliegue de la eclesiología de comunión, para el avance en el ecumenismo, para el desarrollo de una teología más bíblica, para el redescubrimiento de la teología del laicado y de la misión. La llamada teología de las realidades temporales ha encontrado su prolongación en la teología política, en la teología de la liberación y en las teologías contextuales.

La raíz última de este aggiornamento hay que buscarla en las palabras programáticas de Juan XXIII: «Una cosa es el depósito mismo de la fe, es decir, las verdades que contiene nuestra venerada doctrina, y otra la manera como se expresa; y de ello ha de tenerse gran cuenta, con paciencia si fuese necesario, ateniéndose a las normas y exigencias de un magisterio de carácter prevalentemente pastoral».

3. la ley fundamental de la Iglesia al servicio de sumisión

Magisterio «pastoral» significa una formulación positiva de la doctrina de la fe que está preocupada por buscar un lenguaje que llegue a la gente de hoy.

La Constitución sobre la Iglesia, Lumen Gentium, ha surgido de la profunda reflexión acerca de esta pregunta: «Iglesia, ¿qué dices de ti misma?». La visión cristológica del misterio de la Iglesia y su concepción del pueblo de Dios, que impregna los otros documentos conciliares, es ‑pese a sus altos vuelos‑ un elemento más dinamizante y renovador que otras muchas disposiciones concretas dispersas en los otros textos.

Un ejemplo clave: la revisión del axioma «fuera de la Iglesia no hay salvación», elaborada desde esa profunda visión de la Iglesia como sacramento de Lumen Gentium: signo e [LAP1] instrumento de la comunión de la humanidad con Dios y del género humano entre sí nos permite comprender el sentido genuino de esta formulación tan socorrida en el pasado.

El aggiornamento no viene impuesto desde fuera, como si el mundo dictara la reforma eclesial, sino que la renovación ha brotado de la vitalidad interior, reanimada conscientemente y movilizada desde su centro sustancial por el Concilio.

Estos cuatro objetivos marcados por Pablo VI «la noción o, si se prefiere, la conciencia de la Iglesia, su renovación, el restablecimiento de la unidad entre todos los cristianos y el diálogo de la Iglesia con los hombres de nuestra época».

la reflexión sobre el episcopado completa la visión de la jerarquía eclesiástica, evitando una concepción aislacionista del primado pontificio; el reconocimiento del puesto sustantivo del laicado derrumba una concepción piramidal de la Iglesia; el centramiento en la Escritura y en la Liturgia; la Iglesia sentida como pueblo de Dios, todo él vibrátil e intercomunicado; la hermandad sustancial que enlaza a todos los bautizados; el apostolado como exigencia de la propia vocación cristiana; la dignidad de la persona humana; el sentido de servicio de la Iglesia respecto de la humanidad; la nueva valoración de las Iglesias locales frente a la Iglesia en su conjunto; la apertura ecuménica del concepto de Iglesia y la apertura al mundo de las religiones; finalmente, la pregunta por el lugar específico de la Iglesia católica, que se concreta en la fórmula de la Iglesia una, santa, católica y apostólica, de la que habla el Credo y que «subsástit in Ecclesia catholica». En ello se sustancia «la ley fundamental de la Iglesia» (P. Hünermann) que se adentra en el siglo XXI.

4. La actualización del concilio continua

Así pues, el esfuerzo colectivo de actualización post‑conciliar. Nace desde el miso momento del clausura. Porque un Concilio no termina con su clausura. Más bien, la clausura de un Concilio señala en la historia de la Iglesia el comienzo de una nueva era: la era postconciliar.

«Ayer la Iglesia era considerada sobre todo como institución; hoy la vemos mucho más claramente como comunión. Ayer se veía sobre todo al papa; hoy estamos en presencia del obispo unido al papa. Ayer se consideraba al obispo solo; hoy a los obispos todos juntos. Ayer se afirmaba el valor de la jerarquía; hoy descubre el pueblo de Dios. Ayer la teología ponía en primera línea lo que separa; hoy lo que une. Ayer la teología de la Iglesia consideraba sobre todo su vida interna; hoy es la Iglesia vuelta hacia el exterior».

La Iglesia debe reformarse sin cesar para guardar su identidad en el tiempo, para readaptarse, hacer valer el principio de ir más allá del Concilio por fidelidad al Concilio.

Una de las cuestiones más candentes era la pertenencia a la Iglesia de Cristo de los cristianos no católicos; de una adecuada respuesta dependía todo el problema ecuménico.

El establecimiento de una diferencia esencial y no sólo de grado» entre el sacerdocio común y el sacerdocio ministerial ha seguido reclamando nuevas explicaciones en el marco de la eclesiología total o de la eclesiología de comunión. La más neta manera de expresa continuidad se encuentra precisamente en aquellos lugares que entrañan un mayor avance doctrinal. En este sentido hay que referirse a dos pasajes altamente significativos:

a) la reflexión sobre la revelación en la constitución Dei Verbum se hace < siguiendo las huellas de los concilios Tridentino y Vaticano I;

b) cuando la constitución dogmática sobre la Iglesia comienza a plantear en el capítulo III de Lumen Gentium la doctrina de la colegialidad episcopal, lo hace en continuidad con la definición del primado de jurisdicción y magisterial del papa del Concilio Vaticano I.

Recordemos lo que escribió K. Rahner: «La inmutabilidad del dogma de la Iglesia no excluye la historia de los dogmas, sino que, por el contrario, la implica»".

¿Cómo la necesidad de salvación de la Iglesia es compatible con la posibilidad de salvación de un hombre que no pertenece a ella?; cómo en el reino de la gracia cada uno puede depender de cada justificado, y así, sobre todo, de María, siendo, sin embargo, Jesucristo el mediador único entre Dios y el hombre.

A título de ejemplo, siguiendo esta lógica «por fidelidad al Concilio», en esta etapa de drástica carencia de vocaciones, ¿no habría que saludar de forma más optimista la emergencia de nuevos servicios? A la vista de la escasez de clero para cubrir las necesidades de las parroquias en las diócesis hispanas, ¿qué postura contiene más semillas de futuro: la de aquellos que piensan en las nuevas modalidades de la integración del laicado a la atención pastoral (al hilo del c. 517,2) o las directrices de la Instrucción acerca de la colaboración de los laicos en el ministerio de los sacerdotes?

Se pueden aducir varios lugares y actuaciones magisteriales en los que, por fidelidad al Concilio, ya se ha ido más allá del Concilio: si la teología del primado papal fue resituada por el Vaticano II en el horizonte de la colegialidad, es claro que ha habido una evolución doctrinal en la notable invitación ecuménica lanzada por Juan Pablo II, en la encíclica Ut unum sint (1995), a un diálogo sobre el ejercicio del primado del Sucesor de Pedro con las otras Iglesias y comunidades cristianas.

A partir del replanteamiento del lugar de la Iglesia en el mundo se ha desplegado, al hilo de los Sínodos (de 1971 y de 1974), una ampliación del concepto cristiano de salvación que integra la promoción humana en el anuncio del Evangelio (Evangelium nuntiandi), es decir, la unidad del servicio a la fe y la promoción de la justicia.

«Toda renovación de la Iglesia consiste esencialmente en un aumento de la fidelidad a su vocación. La Iglesia, peregrina en este mundo, es llamada por Cristo a esta reforma permanente de la que ella, como institución humana y terrena, necesita continuamente; de modo que si algunas cosas, por circunstancias de tiempo y de lugar, hubieran sido observadas menos cuidadosamente en las costumbres, en la disciplina eclesiástica o incluso en el modo de exponer la doctrina ‑que debe distinguirse cuidadosamente del depósito mismo de la fe‑, deben restaurarse en el momento oportuno recta y debidamente» (UR 6).

Todo ello nos obliga a tomar conciencia de la identidad profunda entre la Iglesia de después del Concilio y la de antes del Concilio y la de todos los tiempos, cuyo objetivo no es otro ‑como indica LG 8‑ que «revelar en el mundo el misterio de Cristo, aunque bajo sombras, sin embargo, con fidelidad hasta que al final se manifieste a plena luz».    



No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por tu participación

Seguidores

Entradas populares