Este domingo la Iglesia celebra el Corpus Christi. Tenemos
la oportunidad de acercarnos a este misterio de comunión y unión desde un contexto
de estar en camino. La lectura del Deuteronomio nos «recuerda todo el camino
que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el
desierto», para probarte y conocer tu fidelidad. El que te sacó de Egipto, de
la casa de la esclavitud, para hacerte reconocer que no solo de pan vive el
hombre.
Así, la experiencia del maná en el desierto se convierte en
una escuela de confianza y memoria providente, que se refleja en la liturgia y
en el significado profundo de la Eucaristía.
San Pablo, comprometido en construir auténticas comunidades
unidas a Cristo, porque formamos un solo Cuerpo» les recuerda a los primeros
convertidos de Colosas: El cáliz de bendición y el pan partido son signos de la
participación en el cuerpo y sangre de Cristo y, a través de ellos, la Iglesia
se edifica, crece y vive. La Eucaristía es así el sacramento de la unidad, la
reconciliación y la vida compartida, en la que cada persona encuentra alimento
espiritual y se fortalece la comunidad de creyentes.
El evangelio afirma hoy que Cristo es el verdadero alimento
que Dios nos da para que tengamos vida. Así como en el Antiguo Testamento Dios
alimenta a su pueblo dándole de comer y de beber para que no muera.
Según el Concilio Vaticano II, la Eucaristía constituye la
culminación de toda la vida cristiana y el fundamento sobre el que la Iglesia
se construye y progresa.
Que nuestra celebración de hoy del Cuerpo de Cristo sea para
nosotros como una oportunidad para reflexionar sobre el misterio de la
presencia de Cristo, hacer memoria agradecida de la acción divina y renovar el
compromiso de fe, confianza y comunión.
Cuando recibimos el cuerpo y sangre de Cristo nos convertimos en aquello que comemos. Además, y como consecuencia, “todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque participamos de ese único pan”.
El evangelio afirma hoy que Cristo es el verdadero alimento que Dios nos da para que tengamos vida. Así como en el Antiguo Testamento Dios alimenta a su pueblo dándole de comer y de beber para que no muera, el concilio nos dice: la Eucaristía constituye la culminación de toda la vida cristiana y el fundamento sobre el que la Iglesia se construye y progresa.
Que nuestra celebración de hoy del Cuerpo de Cristo sea para
nosotros como una oportunidad para reflexionar sobre el misterio de la
presencia de Cristo, hacer memoria agradecida de la acción divina y renovar el
compromiso de fe, confianza y comunión.
Cuando recibimos el cuerpo y sangre de Cristo nos
convertimos en aquello que comemos. Además, y como consecuencia, “todos
nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque participamos de
ese único pan”.
El doble fruto de la Eucaristía, unión y comunión nos
impulsa a la misión: al celebrar
el Corpus, renovamos nuestra fe, nuestra creencia en que Cristo está presente
realmente por la acción del Espíritu Santo y por las palabras de la
consagración y nuestro compromiso de acércanos al hermano, especialmente el que
más nos necesita.
¿A qué me compromete la fiesta que celebramos hoy? ¿Cómo superar la rutina de las celebraciones eucarísticas, diarias o dominicales?
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