sábado, mayo 09, 2026

No somos huérfanos, porque el Espíritu siempre está con nosotros.

 

  En dos semanas concluye el tiempo de Pascua y nos preparamos para celebrar la presencia del Espíritu Santo entre nosotros. La Iglesia nos dispone para acoger esta buena noticia con alegría y compromiso.

    En el Evangelio, el Señor promete a sus discípulos el envío de un Defensor o Consolador, que no es otro que el Espíritu mismo de Dios: su fuerza y su energía. Es Espíritu de verdad porque procede de Dios, que es la Verdad en plenitud; no un concepto ni una fórmula, sino el mismo Ser Divino que ha dado existencia a todo cuanto existe y que conduce la historia humana hacia su plenitud. No somos huérfanos, porque el Espíritu siempre está con nosotros.

 Es interesante que, para anunciarnos esta buena noticia y lo que significa para la vida de los cristianos, los apóstoles no utilicen complicados discursos, sino que nos narren una historia de encuentro, reconciliación y fraternidad.

    La ciudad de Samaría se llenó de alegría porque reconoció los signos que Dios hacía entre ellos. A esta ciudad tan despreciada por los judíos, los discípulos bajaron y oraron por sus habitantes para que recibieran el Espíritu Santo, pues aún no había descendido sobre ninguno de ellos; solamente estaban bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo.

    Ante este don de Dios, Pedro nos invita a estar siempre dispuestos a dar razón de nuestra esperanza a todo el que nos la pida, pero con delicadeza y respeto, manteniendo una buena conciencia, para que, cuando os calumnien, queden en ridículo quienes atentan contra vuestra buena conducta en Cristo.

– Es el Espíritu de la Verdad. Nos hace salir de la mentira y del engaño. Quien recibe el Espíritu de Dios aprende a apreciar, a ser sensible y a descubrir cuanto hay de bueno, bello, noble y justo en la realidad; aprende a no ser derrotista ni fatalista, como nos pedía san Pedro; a poseer sentido del bien y del mal; a tomar decisiones habiendo percibido su llamada y a tener el coraje para seguirla.

– Es también el Defensor. El camino de la vida cristiana está sujeto a crisis, luchas y obstáculos. Atraviesa momentos de aridez, cansancio, tentaciones e incluso sensación de desánimo; además, debe justificarse frente a una cultura que muchas veces no la comprende o la rechaza abiertamente. El Espíritu del Señor se convierte entonces en íntimo conocedor de nuestras desolaciones y en quien sostiene la fidelidad del seguimiento.

– Es quien nos une a Dios. Nos da espíritu de hijos. Saberse hijo, incondicionalmente amado, constantemente perdonado y acogido, es el punto del que depende no solo nuestra salud espiritual, sino también nuestro equilibrio personal.

«Concédeme hoy ser motivo de consuelo para mis hermanos, en especial para los más tristes y para quienes atraviesan las pruebas más difíciles. Concédeme hoy hacer brillar un rayo de luz en el camino de quienes no conocen la belleza de la vida»



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