jueves, junio 25, 2026

Dios e Iglesia

Dios Padre y creador, en su infinita misericordia, nos ha hecho partícipes de su amor. Nos ha regalado el don de la vida y nos permite ser protagonistas de nuestra existencia. La libertad es el signo de que su amor no nos manipula ni nos coarta.

Pero nos ha regalado algo más extraordinario: el ser partícipes de su propia vida inmortal.

Compadecido de nuestros errores, nos envió a su propio Hijo para reconciliarnos con su amor, perdonar nuestros pecados y hacernos partícipes de la resurrección.

Este misterio de amor lo llamamos el misterio de la Encarnación. Jesús se hizo hombre, uno de nosotros, compartió nuestras fortalezas y debilidades, menos el pecado, y lo que Dios ama en su Hijo, lo ama en nosotros.

Pero este misterio de la manifestación de la bondad y misericordia de Dios manifiesta un modo nuevo de relacionarse con sus creaturas.

Por medio de la misma naturaleza nos ha querido hacer llegar su gracia, su salvación. Un ejemplo importante es la Iglesia.

La iglesia, humanamente hablando, es un colectivo, entre otros, que surge de la necesidad del ser humano de expresar su condición social y sus valores, creencias o intereses le llevan a crear estos colectivos y comunidad. Pero Dios, que ha querido que le conociéramos de una manera única dándonos el don de fe, ha querido que a través de la Iglesia que su propio Hijo instituyó con sus discípulos fuera portadora de su gracia y salvación, la Iglesia sacramente de salvación. Su Espíritu Santo prometido por su Hijo fue enviado a los discípulos reunidos y así nació la Iglesia de Jesús.

 Querido amigo creyente, cristiano, debes tomar en serio tu amor a Dios y el aprecio a su Iglesia. Sé que a veces tienes la tentación de proclamar tu fe en Dios, pero reconoces tu distanciamiento de la Iglesia, pues la ves muy llena de deficiencias y errores. Nosotros, sus miembros, definitivamente somos pecadores, y como decimos hoy en día, la Iglesia se parece más a un hospital que a un refugio de santos.

No es necesario que encuentres una sana relación entre tu fe en el Dios que nos ha revelado Jesucristo y su Iglesia. Para ello, la palabra de Dios, el Evangelio de Jesús, será un camino seguro para alcanzar la aceptación del misterio de Dios que manifiesta su poder en la debilidad. 


                      




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