sábado, mayo 23, 2026

Diversidad de lenguas y culturas, un solo Espríritu



En el Evangelio de la solemnidad de Pentecostés aparecen los dos principales frutos de la Pascua y dones del Espíritu: la paz («Paz a vosotros») y la alegría («Se llenaron de alegría»).

El Espíritu Santo es el amor de Dios derramado en nuestros corazones y actuando en nosotros. En Él podemos vivir la paz como don y como misión, desde la alegría del Evangelio.

Estas primeras palabras de Cristo resucitado también se dirigen hoy a nosotros, en medio de guerras, enfrentamientos, polarización y violencia que anidan en el corazón humano y que las nuevas tecnologías, la industria armamentística y los medios de comunicación han extendido y multiplicado.

No hablamos de una paz negociada, fruto de componendas y, en definitiva, construida a costa del sufrimiento de los más débiles. La paz que Cristo nos ofrece es fruto de la Pascua y don del Espíritu, porque viene de Dios.

Los primeros cristianos comprendieron enseguida que, a pesar de la ausencia física de Jesús, no estaban huérfanos: eran hijos de Dios. Y gracias a esa certeza, aun viviendo sin muchos motivos humanos para la esperanza, supieron encontrarla permaneciendo unidos al Padre. Reunidos en la fraternidad y en la oración, encerrados en una habitación, por miedo a los judíos, Cristo mismo se hizo presente en medio de ellos y les dijo: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

En el descubrimiento de esa misión se sintieron habitados por la fuerza del Espíritu. Tuvieron dificultades, persecuciones y mártires, pero supieron vivir todos esos avatares con la alegría de saberse enviados por el mismo Señor.

Pablo lo expresa claramente desde las primeras predicaciones apostólicas: «Nadie puede decir: “Jesús es Señor”, sino por el Espíritu Santo». Y desde esta gozosa realidad comprendemos que hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos.

ORACIÓN

Padre, concédenos que el Espíritu Santo, Espíritu de amor y servicio, en el que hemos sido bautizados para formar un solo cuerpo, haciendo que caminemos juntos como Iglesia, nos abra al mundo entero, respetando la diversidad de lenguas y culturas, llevando al mundo la paz y la alegría de Cristo. Amén.

 

   

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2, 1-11

Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse.

Residían entonces en Jerusalén judíos devotos venidos de todos los pueblos que hay bajo el cielo. Al oírse este ruido, acudió la multitud y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Estaban todos estupefactos y admirados, diciendo:
«¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos, elamitas y habitantes de Mesopotamia, de Judea y Capadocia, del Ponto y Asia, de Frigia y Panfilia, de Egipto y de la zona de Libia que limita con Cirene; hay ciudadanos romanos forasteros, tanto judíos como prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua».

Salmo

Salmo 103, 1ab y 24ac. 29bc-30. 31 y 34 R/. Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra

Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Cuántas son tus obras, Señor;
la tierra está llena de tus criaturas. R/.

Les retiras el aliento, y expiran
y vuelven a ser polvo;
envías tu espíritu, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra. R/.

Gloria a Dios para siempre,
goce el Señor con sus obras;
que le sea agradable mi poema,
y yo me alegraré con el Señor. R/.

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 12, 3b-7. 12-13

Hermanos:
Nadie puede decir: «Jesús es Señor», sino por el Espíritu Santo.

Y hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. Pero a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común.

Pues, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo.

Pues todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.

Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-23

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a vosotros».

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.

Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

 

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