Saludos, hermanos. Recibid estas palabras de reflexión sobre las lecturas de este domingo XXIX.
Ciro era rey del poderoso Imperio persa. No pertenecía al pueblo elegido de Israel y, sin embargo, Dios lo elige y le dice que, aunque no lo conoce, lo ha escogido para liberar a su pueblo y permitirle regresar a la tierra de la que había sido expulsado.
Es una enseñanza que rompe muchos de nuestros esquemas. Solemos pensar que Dios actúa únicamente por los caminos que nosotros consideramos religiosos. Sin embargo, Él puede servirse de personas, acontecimientos e incluso circunstancias que parecen completamente ajenas a la fe para abrir nuevos horizontes.
La carta a los tesalonicenses comienza precisamente dando gracias. Pablo recuerda «la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y la firmeza de vuestra esperanza». Nos habla de tres actitudes que sostienen toda existencia cristiana: la fe que confía, el amor que se entrega y la esperanza que persevera.
Nuestro tiempo nos empuja con facilidad hacia el desánimo.
Nos acostumbramos a mirar la Iglesia, el mundo o incluso nuestra propia vida
desde lo que nos falta, desde lo que no funciona o desde lo que desearíamos
cambiar. Pablo nos propone otro punto de partida: la gratitud. Solo puede
alabar quien aprende a mirar la vida de otra manera, y la gratitud no consiste
en negar las dificultades, sino en descubrir que Dios sigue actuando también en
medio de ellas.
En el Evangelio escuchamos cómo Jesús responde a una pregunta capciosa que le plantean para ponerlo a prueba y enfrentarlo con las autoridades. Su respuesta nos ofrece una enseñanza de libertad, justicia y responsabilidad. Jesús reconoce que existen obligaciones propias de la convivencia humana que debemos asumir responsablemente, pero recuerda algo decisivo: solo Dios puede ocupar el centro de nuestro corazón.
Si recordamos que somos amados por Dios y elegidos por la fuerza del Espíritu Santo, podremos vivir en este mundo sin dejarnos contaminar por sus ídolos. Esa es la libertad que Jesús nos propone: vivir plenamente en el mundo sin entregar el corazón a aquello que no puede salvarnos.
El cristiano participa activamente en la sociedad, trabaja por el bien común y asume sus responsabilidades. Pero sabe también que ninguna realidad temporal puede convertirse en un ídolo: ni el poder que domina, ni el éxito que ofusca la mente y el deseo, ni la fama que engaña y manipula a las personas.
Señor, ayúdanos a vivir con un corazón libre y agradecido, compartiendo con quien lo necesita y a trabajar por la justicia y la paz. Que nuestras obras de compasión, servicio y solidaridad sean testimonio de tu esperanza y de tu paz. Amén.
Lectura del libro de Isaías 45, 1. 4-6
Esto dice el Señor a su Ungido, a Ciro:
«Yo lo he tomado de la mano,
para doblegar ante él las naciones
y desarmar a los reyes,
para abrir ante él las puertas,
para que los portales no se cierren.
Por mi siervo Jacob,
por mi escogido Israel,
te llamé por tu nombre,
te di un título de honor,
aunque no me conocías.
Yo soy el Señor y no hay otro;
fuera de mí no hay dios.
Te pongo el cinturón,
aunque no me conoces,
para que sepan de Oriente a Occidente
que no hay otro fuera de mí.
Yo soy el Señor y no hay otro».
Salmo 95, 1 y 3. 4-5. 7-8a. 9-10ac
R/. Aclamad la gloria y el poder del Señor.
Cantad al Señor un cántico nuevo,
cantad al Señor, toda la tierra.
Contad a los pueblos su gloria,
sus maravillas a todas las naciones. R/.
Porque es grande el Señor,
y muy digno de alabanza,
más temible que todos los dioses.
Pues los dioses de los gentiles no son nada,
mientras que el Señor ha hecho el cielo. R/.
Familias de los pueblos, aclamad al Señor,
aclamad la gloria y el poder del Señor,
aclamad la gloria del nombre del Señor,
entrad en sus atrios trayéndole ofrendas. R/.
Postraos ante el Señor en el atrio sagrado,
tiemble en su presencia la tierra toda.
Decid a los pueblos: «El Señor es rey,
él gobierna a los pueblos rectamente». R/.
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses
1, 1-5b
Pablo, Silvano y Timoteo a la Iglesia de los Tesalonicenses, en Dios Padre
y en el Señor Jesucristo. A vosotros, gracia y paz.
En todo momento damos gracias a Dios por todos vosotros y os tenemos presentes
en nuestras oraciones, pues sin cesar recordamos ante Dios, nuestro Padre, la
actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y la firmeza de vuestra
esperanza en Jesucristo nuestro Señor.
Bien sabemos, hermanos amados de Dios, que él os ha elegido, pues cuando os
anuncié nuestro evangelio, no fue solo de palabra, sino también con la fuerza
del Espíritu Santo y con plena convicción.
Lectura del santo evangelio según san Mateo 22, 15-21



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