CUANDO EL AMOR FALTA
Tomado del libro “Cuando el amor falta” de Jesús Higueras. Ediciones RIALP – Madrid. (págs. 15-49)
INTRODUCCIÓN
Hay escenas en el Evangelio que destacan por la sencillez
de los elementos presentes: un banquete, un descuido, unas tinajas vacías, un
vino que falta, una madre que intercede, un hijo que reacciona con libertad
ante el ruego de la madre. Poco más que un episodio doméstico. Y, sin embargo,
en estas líneas sencillas del segundo capítulo del Evangelio de Juan late un
misterio inmenso, un eco que atraviesa los siglos y nos alcanza a nosotros hoy.
En Caná acontece una revelación que es clave para comprender nuestra fe. Porque, si somos sinceros, un día llegaremos a descubrir que nos falta el vino. Que la alegría se nos escapa, que la vida pierde sabor, que la fe corre el riesgo de convertirse.
Tener presente que el Evangelio no es una teoría, sino un
milagro cotidiano, que nos permite escuchar la voz suave y firme de María, que
nos dice: “No tienen vino”. Que el vino no falte nunca.
Para que el Evangelio sea el don que nos señala: que hay
alguien capaz de colmar nuestro vacío, necesitamos vivir en la verdad.
La verdad
La verdad nos hace libres. Vivir en la verdad nos despoja
de todo aquello que no somos y, al mismo tiempo, nos devuelve a nosotros mismos.
Para los cristianos, la verdad tiene un rostro, una voz, un nombre: Jesús.
La verdad es inseparable de la humildad; sin esta adhesión
humilde y sincera no puede nacer la fe. Aprended de mí que soy manso y humilde
de corazón. (Mt 11.29)
Vivir en la verdad es vivir en la libertad de saberse amado
sin condiciones, y en la humildad de reconocer que necesitamos ser salvados.
La libertad
La libertad interior, profunda, brota de la verdad
misma y nos configura desde dentro.
Ser cristiano es, ante todo, la experiencia de una
libertad radical, porque Dios no quiere siervos sometidos, sino hijos libres.
La
libertad que consiste en conocer la voluntad de Dios y seguirla. “Si conocéis mis
enseñanzas, conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”. (Jn 8, 31)
El
miedo y la ignorancia son los enemigos de esta libertad, lo que nos hace vivir
pendientes de la voluntad ajena y en la oscuridad. Nuestra meta es ser nosotros
mismos, hasta llegar al Padre.
Esto solo puede ser si nuestra fe no nace del miedo. Nace de una decisión libre y
consciente de responder al amor que nos ha precedido.
La verdad y libertad no es una simple experiencia emotiva y autorreferente: hay un contenido de fe que recibimos y compartimos en comunión. Ese contenido fundamental que Jesús nos ha revelado es que somos radicalmente amados.
El
drama no está en que Dios nos priva de su amor, sino en la libertad del hombre,
que puede, trágicamente, rechazar ser amado.
El amor que da sentido a todo
Somos amados
por Dios, no por lo que hacemos, sino por lo que somos, desde la eternidad con
su mirada de ternura. La salvación no es la recompensa a una vida correcta. La
salvación es un regalo.
Ser cristiano no es simplemente ser correcto, bueno. Es
haber sido tocados por la gracia. Es vivir desde dentro de un amor que nos
transforma.
Hacer las cosas por obligación, por cumplir, no es lo
propio de quien es amado y se siente amado.
El combate contra los ídolos
No sabemos amar, amamos poco o de forma desordenada, nos dejamos fascinar por atajos ilusorios, falsos refugios, espejismos engañosos. Es necesaria la humildad, la sinceridad y la verdad para reconocerlo. Descubrir cuáles son nuestros ídolos, aquello que ocupa en nuestra vida el lugar que solo le corresponde a Dios. Entonces podremos entender lo que nos dice Jesús: “Convertíos” (Mc 1,15).
Reconocimiento
humilde de que hemos puesto nuestra confianza, nuestra esperanza y nuestro amor
en lugares equivocados. Llamar a cada ídolo por su nombre y decir: vuelvo a mi
Dios.
Nuestro mundo está lleno de propuestas idolátricas. Nos venden falsas promesas
de felicidad, alternativas seductoras que parecen más fáciles e inmediatas.
Por
eso la conversión es un proceso continuo, un camino permanente de
discernimiento y renuncia. Al final, la conversión es dejar espacio para que
Dios sea Dios; no es un ejercicio de autoculpabilidad. Es práctica de libertad,
y confianza; es ese momento de renuncia interior cuando el espíritu empieza a reconstruir.
Hijos en el Hijo
Dios, al crearnos,
nos llama a la existencia con un amor gratuito y originario. Pero somos hijos
no solo porque hemos sido creados, sino porque hemos sido rescatados y
transformados. Somos hijos en Cristo por gracia, no por naturaleza. En el
bautismo hemos renacido del agua y del Espíritu.
“Hay que
nacer de nuevo” (Jn 3,7). Nuestra identidad más profunda: somos hijos amados.
Nuestro empeño principal es aprender a vivir como hijos.
Todo es gracia.
Todo lo que
somos, y todo lo que algún día podamos llegar a ser, es gracia. “El amor de
Dios ha sido derramado en nuestros
corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rm 5,5). Todo es don.
La Cruz nos da la vida de
Dios, en los sacramentos, la Palabra de Dios, la caridad vivida en la vida
cotidiana. Nuestra vida unida a Cristo es un altar invisible donde la gracia se
derrama. Y nuestro mérito está en decir sí. “Nadie puede decir: Jesús es el
Señor, si no es por el Espíritu Santo” (1 Cor 12,3).
Cuando miras atrás y ves cómo has podido sacar adelante a tus hijos, cómo has sostenido tu familia, cómo has perseverado en la fe a pesar de las tormentas, cómo has seguido creyendo cuando todo parecía oscuro… no puedes sino reconocer que todo ha sido un regalo.
Comunicación y comunión
El cristianismo es un encuentro personal. Creer es una relación con Dios, es confiar en Él. Por eso Pablo pudo decir: “Vivo yo, pero ya no soy yo; es Cristo quien vive en mí. Y mi vida presente en la carne la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí. (Gal 2,20)
La fe no
nace de un razonamiento humano, sino de la iniciativa de Dios que sale a
nuestro encuentro. La verdadera fe no solo es conocimiento intelectual; debe ser
siempre la comunión. El proceso de la fe es comunicación que lleva a la
comunión.
La comunión
no es un estado emocional, ni un sentimiento pasajero. Es Dios quien quiere vivir
con nosotros. Y cuando esa relación se rompe, cuando dejamos de vivir la
relación con Dios, cuando la oración se enfría y la vida sacramental se
descuida, cerramos la puerta a la Palabra y la fe se convierte en cáscara
vacía.
La comunión
con Dios nos lleva necesariamente a la comunión con los demás. Decir Iglesia es
decir comunión.
Vivir para la gloria de Dios
“Ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo por la gloria de Dios” (1 Cor 10,31). Gloria, que consiste en cumplir la voluntad del Padre, en amar hasta el extremo y devolver al Padre el amor recibido.
Debemos
estar atentos porque queremos que las cosas
nos salgan bien, que los demás nos valoren, que se hable bien de nosotros, que
nuestra historia deje huella, pero el único reconocimiento que vale, la única
mirada que nos sostiene, es la de Dios.
“La gloria
de Dios es el hombre vivo” (San Ireneo de Lyon). Cada vez que una vida que parecía perdida vuelve a encontrar su
rumbo, cada vez que la dignidad de los pequeños, de los pobres, de los
descartados es restaurada, se alcanza la gloria de Dios.
La gloria de
Dios pasa por la justicia verdadera, por la caridad concreta, por la
misericordia vivida. Una iglesia que solo se preocupa de lo espiritual, y
descuida las necesidades del hombre y la mujer concreta, no sería Iglesia de
Cristo. (Mt 25,35-36) Vivir para la gloria de Dios es vivir para los demás.



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