EVANGELIZACIÓN, INICIACIÓN, CATEQUESIS, PASTORAL

9/26/2026

Sí quiero.

Domingo XXVI del T.O.

¿Quién de nosotros, en algún momento y por infinitas razones, no ha dicho: «Sí, quiero», para después, por la inconstancia, la debilidad o el desconcierto ante las pruebas o las circunstancias adversas, actuar en contra de lo que habíamos prometido?

Jesús confirma la enseñanza de los profetas: si no nos arrepentimos, ni cambiamos ni actuamos de acuerdo con el proyecto de Dios, entonces no cumplimos la voluntad del Padre y permanecemos en nuestro pecado.

La conversión es una decisión que salva nuestra vida, como leemos en el profeta Ezequiel. Pero la conversión es más que una buena intención o un buen deseo. Ha de practicarse la justicia y el derecho. Entonces se cumplirá la promesa del profeta: si el pecador recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá.

Esta ley profunda de la vida espiritual se sustenta en la ternura y la misericordia de Dios, no en nuestros derechos y deseos:

«Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas; no te acuerdes de los pecados ni de las maldades de mi juventud; acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor". (Salmo 24)


En la carta de Pablo a los Filipenses se nos invita a tener en nosotros los mismos sentimientos de Cristo y a dejar de lado la rivalidad y la ostentación, considerándonos hermanos y nunca superiores a los demás.

A veces podemos pensar: «No es justo el proceder de Dios: a los malvados les va mejor que a nosotros, que queremos cumplir su voluntad». Estamos equivocados. Dios es justo y misericordioso; no es caprichoso, ni discrimina, ni juzga por las apariencias.

En estos domingos hemos ido pasando de la corrección fraterna al perdón del hermano y a la generosidad de Dios, con aquello de que «los últimos serán los primeros». Hoy la Palabra nos da otra vuelta de tuerca: se nos dice que «los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios». Esto no nos suena muy correcto, acostumbrados como estamos a juzgar y a dividir entre buenos y malos, los nuestros y los otros, nosotros y los demás.


Señor, que sepamos escuchar tu voluntad y no solo digamos «sí», sino que verdaderamente actuemos de acuerdo con tu llamada, en el servicio y en la unión.

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