EVANGELIZACIÓN, INICIACIÓN, CATEQUESIS, PASTORAL

31.10.26

SANTOS

FIESTA DE TODOS LOS SANTOS

La solemnidad de Todos los Santos puede llevarnos fácilmente a pensar en personas extraordinarias, casi inalcanzables, cuya vida parece muy distante de la nuestra. Sin embargo, el Evangelio nos propone una mirada muy distinta.

Jesús no presenta la santidad como un privilegio reservado a unos pocos, sino como una llamada universal que se concreta en la vida cotidiana.

En la lectura del Apocalipsis que escuchamos hoy se nos dice que el número de los santos es incontable: «Una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas».

San Juan nos recuerda en su primera carta: «Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. Todo el que tiene esta esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro».

En las bienaventuranzas encontramos el camino de una santidad posible, cercana y profundamente humana. Son una invitación a dejarnos transformar por el Evangelio, para que nuestra manera de vivir haga visible, aquí y ahora, el rostro de Dios.


Así descubriremos que la verdadera felicidad no nace del poder, del éxito o del reconocimiento, sino del amor vivido con humildad, misericordia y entrega.

Ser santos significa:

  • Despojarnos de la fiebre posesiva, liberarnos del afán de tener y poner nuestros dones al servicio de los demás.
  • Tener un corazón manso, amable y bondadoso. Tomar la decisión de fijarnos mucho más en lo positivo y bueno que hay en los demás que en sus zonas oscuras.
  • Ser capaces de llorar con quien llora y reír con quien ríe. Aprender de los niños y de los santos a vivir con un corazón sensible y compasivo.
  • No ser injustos, ni con nuestros pensamientos, ni con nuestras palabras, ni con nuestras acciones, ni tampoco con nuestros silencios cómplices.
  • Creer generosamente en los demás, convencidos de que es preferible ser engañados alguna vez que pasarnos toda la vida desconfiando de todos. Si queremos ser felices, limpiemos nuestro corazón. Ser puros de corazón significa no poner a Dios al mismo nivel que nuestros ídolos.
  • Trabajar por la paz. No permanecer indiferentes ante los conflictos que nos rodean. Intentar evitarlos, resolverlos y construir puentes de entendimiento. Los que trabajan por la paz serán llamados hijos de Dios.
  • Atrevernos a luchar por la justicia, sin rendirnos cuando llegue el cansancio o cuando los demás nos dejen solos.
  • Ser capaces de soportar los insultos, la persecución y la calumnia por causa de Jesús. Como nos dice el Evangelio: «Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».
               

Mañana celebramos la conmemoración de todos los fieles difuntos. Es un día especial para recordar a quienes nos han dejado y ponerlos en las manos de Dios, y que desde el cielo nos contemplan y oran por nosotros.

También es una ocasión para renovar nuestra esperanza y recordar que la muerte no tiene la última palabra. Caminamos hacia el mismo encuentro con Dios que ellos anhelaron y al que nosotros estamos llamados.

No olvidemos que estamos llamados a la santidad. Vivamos, por tanto, según el espíritu de las bienaventuranzas, para que un día podamos reunirnos con nuestros seres queridos en el Reino de los Cielos.




28.10.26

Mediocridad

MEDIOCRADIDAD

  Te dejo esta reflexión muy actual, que toca una de las batallas más silenciosas y universales que enfrentamos todos los días: esas pequeñas concesiones cotidianas con la mediocridad que, poco a poco, van endureciendo el corazón hasta que terminamos justificando lo que antes habríamos rechazado.

Hay una frase especialmente certera: "Cuando uno no vive como piensa, acaba pensando como vive". Ese ciclo de autoengaño gradual, en el que vamos deformando la verdad para que encaje con la comodidad de nuestra vida, es mucho más común de lo que reconocernos. También es muy reveladora la forma en la que la sociedad suele seleccionar qué errores considerar "graves", ignorando por completo la indiferencia, la injusticia cotidiana o la falta de cuidado por los demás como si no tuvieran ningún peso moral.