viernes, mayo 01, 2026

No se turbe vuestro corazón

Queridos hermanos:

El camino de la primera comunidad de discípulos, que hemos ido meditando en estas semanas de Pascua, parecía un camino de rosas. Sin embargo, hoy, en la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles, aparecen diferencias y discusiones entre los de lengua griega y los de lengua hebrea.

Frente a las tensiones internas que, por diversas razones, pueden existir en toda comunidad cristiana o en nuestras familias, la alternativa no es profundizar la división ni discriminar al que es distinto o piensa de manera diferente. Toda parroquia o familia está llamada a ejercer esta diaconía de servicio. El servicio es la manifestación de que nos amamos los unos a los otros. Estar pendientes del otro, de sus necesidades, ayudarnos y aceptarnos en nuestras diferencias es la forma de hacer presente al Señor resucitado en medio de nosotros.

Nosotros, a menudo turbados interiormente por una lista interminable de acontecimientos que nos afectan a nivel personal, familiar, eclesial, social y mundial, no podemos dejar de preguntarnos: ¿cómo encontrar la manera de que “no se turbe nuestro corazón”? Y escuchamos en labios del mismo Jesús: “No perdáis la calma; creed en Dios y creed también en mí”. Él es la medicina contra la inquietud del corazón.

La resurrección de Jesús nos abre el camino hacia nuestra casa definitiva, donde todos tenemos un lugar junto a Dios. Un lugar donde hay sitio para todos, en el que participaremos de la vida nueva como don del Resucitado, donde no habrá más lágrimas, ni dolor, ni muerte (cf. Ap 21,1-4). La fe en nuestra propia resurrección abre un horizonte de sentido en medio de las vicisitudes presentes.

“Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí”. “Quien me ha visto a mí ha visto al Padre”. “Os he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis” (Jn 13,15).

Creer es fiarse: aceptando a Jesús como modelo de hombre, conocemos al verdadero Dios. Como cristianos, al proclamar nuestra fe en Jesús resucitado, mostramos el rostro del Padre a la humanidad. La fe se convierte así en buena noticia para todos: todo ser humano, independientemente de su religión, cultura o raza, se encuentra con un Dios que es Padre, en cuyas manos podemos poner nuestra vida con la seguridad de que no quedaremos defraudados.

Oración

Padre bueno, que te has manifestado en tu Hijo único Jesucristo, cuyo amor y misericordia alcanzan tanto al hijo menor como al hijo mayor; que haces salir el sol sobre malos y buenos y llover sobre justos e injustos; que has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes y se las has revelado a los pequeños.

Concédenos una fe viva, que se traduzca en amor concreto y en servicio a los demás.

Amén.


miércoles, abril 29, 2026

Lectura orante de la Palabra

 1. Comenzar invocando al Espíritu Santo

Iniciar con un momento de oración, invocando a Espíritu Santo para que   nos acompañe en este momento de Escucha de la Palabra de Dios.

2. Leer el texto lentamente y con atención

Se lee un pasaje de la Escritura, con atención y respeto, si es necesario se repite hasta tener la confianza de que hemos escuchado con total atención.

3. Hacer un momento de silencio interior recordando lo que se leyó situaciones,personajes, palabras.

a)    ¿Qué dice el texto? Se busca comprender el sentido literal y el contexto histórico del texto para, tratar de entender el mensaje que Dios quiere transmitir. Es importante, en este momento, no hacer comentarios, o expresar opiniones sobre lo que leído.

b)    Se "mastica" o "rumia" el texto, permitiendo que las palabras se asienten en el corazón. Se responde a la pregunta: ¿Qué me dice el texto a mí? Es un diálogo personal con Dios para aplicar la Palabra a la propia vida. 

4. Se responde a Dios con el corazón, movido por el Espíritu

¿Qué me hace decirle a Dios el texto? Es un diálogo espontáneo con el Señor, expresando los sentimientos y pensamientos que han surgido de la meditación. 

5.     Contemplación (Contemplatio) 

                                                 a)     Nos preguntamos ante Dios: ¿Qué conversión y acción me invita el Señor? Es un encuentro más profundo con Dios, dejando que su presencia y su mensaje inspiren una nueva forma de vida y acción. 

                                                 b)     Haciendo un compromiso que brote de este encuentro con el Señor. Es el salto a la vida. Animado e invadido por la Palabra, regresa a la vida con otra actitud.

       Para concluir elegir una frase para memorizar y dar gracias 


 Rezar un salmo apropiado   Formular un compromiso de vida  Compartir con los presentes.

                                                   

domingo, abril 26, 2026

El buen Pastor

 

#BuenPastor #Vocaciones #Fe #Evangelio #Jesús #Iglesia #AmorFraterno #VidaPlena #Domingo #Reflexión

La iglesia celebra hoy el Domingo del buen Pastor y es también la Jornada de Oración por las vocaciones.

Jesús se presenta como el Buen Pastor: guía, cuida, llama a cada uno por su nombre y da la vida por sus ovejas. En medio de tantas voces y propuestas que prometen felicidad, Él nos invita a escuchar su voz y a seguirle.

En nuestros días encontramos en Internet tutoriales para casi todas las acciones de la vida; y en particular son infinitas las ofertas de auto ayuda para darle sentido a la vida. ¿Pero el cristiano busca quién le podrá enseñar a vivir de tal manera que alcancemos una vida plena?

¿Nosotros que debemos hacer cuando reconocemos a Cristo como el buen pastor? Seguirle y conocer su voz. Escuchar su Palabra, Dejarnos conducir por Él. Ser de su rebaño es confiar, dejarnos conducir y vivir en unidad, sin excluir a nadie. Eso debe recordarnos que no elegimos a los miembros del rebaño. No somos quién para echar a nadie del grupo.

Debemos darnos cuenta de la diferencia entre el Buen Pastor y los ladrones y bandidos. la ambición, el poder del mundo y la simonía; son los que roban, matan y pierden a las ovejas. la ambición, el poder del mundo y la simonía; son ladrones y bandidos porque roban, matan y pierden a las ovejas, busca su propia gloria.

Padre nuestro concédenos seguir al buen Pastor, reconocer su voz y vivir el amor fraterno que nos lleva a la vida plena, pasado así de la muerte a la vida porque amamos. La vida que Jesús ha venido a traernos es también la vida eterna, que consiste en conocer al Dios verdadero y a su enviado, Jesucristo.



lunes, abril 20, 2026

Persona libre

 


Ser persona

Vivimos en una sociedad marcada por la superficialidad y el relativismo, lo inmediato justifica cualquier desinterés por lo demás. La continua información desordenada, falsa y reiterativa tiene como sólo objetivo acaparar la tención de la persona y distraer cualquier interés que exige esfuerzo y capacidad crítica.

Plantearse y elegir el hábito de pensar con profundidad nos obliga a cuestionar la información que consumimos, evitar quedarnos en titulares o contenidos superficiales y dedicar tiempo a la lectura, al diálogo y la introspección. Ello solo es posible con una reflexión serena y pausada que exige decisión, tiempo y disponibilidad.

Esto no surge de una manera espontánea, ya que hay una extraordinaria estructura mediática totalmente enfocada a diluir la reflexión personal y la independencia crítica ante la información necesaria.

La memorización no debe ser el centro de nuestro esfuerzo intelectual, el pensamiento crítico debe ocupar nuestro empeño e interés. La información y los conocimientos que elegimos hay que analizarnos, confrontarlos y ponerlos en contexto. Fomentar preguntas abiertas, el contraste de ideas y la argumentación sólida ayuda a formar personas más conscientes y menos manipulables.

Una conciencia crítica, reflexiva y comprometida solo puede encontrarse mediante el esfuerzo personal, educativo y necesita un ámbito social y cultural abierto en un espacio de dialogo autentico y sincero.

Las redes sociales suelen favorecer lo inmediato y superficial, pero también pueden usarse para difundir contenido valioso, generar debate y visibilizar perspectivas profundas. Aquí la responsabilidad individual también cuenta: elegir qué compartimos y cómo participamos.

Esto es lo que llamamos compromiso y este surge cuando la reflexión se traduce en acción. Una conciencia crítica no se queda en el análisis, sino que busca transformar la realidad, aunque sea en pequeñas escalas: en la comunidad, en el trabajo, en las relaciones cotidianas.

Por último, hay un elemento esencial: la coherencia. Una sociedad cambia cuando las personas intentan vivir de acuerdo con lo que piensan, evitando la contradicción constante entre ideas y acciones. La tolerancia y la mirada generosa no son un adorno es el modo concreto de hacer posible el respeto y valoración de toda persona, también la que se equivoca.

La participación en el colectivo con la intención de comprender y comprenderse es un requisito necesario para crecer en libertad y comprensión. Contamos con la filosofía , la ética y el debate bien guiado para aprender a cuestionar, argumentar y contrastar fuentes.   


Una conciencia crítica empieza por uno mismo. Preguntarse:

¿Por qué pienso lo que pienso?

¿De dónde vienen mis creencias?

¿Estoy abierto a cambiar de opinión?

Esto evita caer en dogmatismos o en el “todo vale” del relativismo.


El objetivo no es aceptar todo, sino aprender a discernir mejor.
La reflexión no debe quedarse en lo abstracto. Una conciencia crítica se vuelve valiosa cuando se traduce en acciones: participación social, responsabilidad ciudadana, coherencia entre lo que se piensa y lo que se hace.
La superficialidad crece cuando todo debe ser rápido y fácil. Practicar la paciencia intelectual (investigar, contrastar, profundizar) es casi un acto de resistencia cultural.
Conversaciones honestas, sin polarización ni ataques, donde se pueda disentir con respeto. Esto fortalece tanto el pensamiento como la convivencia.

En el fondo, se trata de pasar de ser consumidores pasivos de ideas a constructores conscientes de pensamiento. No es un cambio inmediato, pero sí acumulativo: cada hábito, cada conversación y cada reflexión suma.


viernes, abril 17, 2026

Recuperar la fe

Los cristianos afirmamos con total certeza que la misericordia de Dios se ha manifestado en la pasión, muerte y resurrección de Cristo Jesús para nuestra salvación, y de ello todos nosotros somos testigos. Como peregrinos que somos, esta certeza es parte fundamental de nuestra esperanza y fortaleza en el camino hacia la vida plena en Cristo resucitado.

Pero no es fácil vivir con serenidad y valentía este misterio de salvación en un mundo marcado por debilidades, dudas y pecado. Más aún, vivimos en una sociedad donde el escepticismo diluye las verdades más profundas sobre la vida y la muerte, llevándonos a cuestionar todo aquello que se nos presenta como certeza.

Hoy, en el evangelio de san Lucas (24, 13-35), vemos cómo los discípulos de Jesús vivieron esta misma realidad y cómo lograron superarla.

Ellos tuvieron la extraordinaria oportunidad de ser testigos del obrar de Jesús y de su obediencia a la voluntad salvadora del Padre. Sin embargo, ante el aparente fracaso, la muerte injusta del inocente y el poder del mal, experimentaron el desánimo y la duda que les arrebató la seguridad y la alegría de la fe.

Mientras conversaban y discutían, Jesús se les acercó como un caminante desconocido. Y, ante su pregunta, ellos se detuvieron con aire entristecido y le hablaron de lo sucedido en Jerusalén:
«Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió».

Entonces Jesús les explicó lo que se refería a Él en las Escrituras, y su corazón comenzó a arder, volviendo a experimentar la fuerza de la buena noticia que ya habían recibido. Y le dijeron: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».

Al sentarse a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero Él desapareció de su vista. Y, levantándose en aquel momento, regresaron a Jerusalén para anunciar a sus hermanos: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».

Como aquellos discípulos, también nosotros estamos necesitados de la luz de la Palabra, que nos invita a mirar más allá de lo inmediato; y de la esperanza, que nos descubre un futuro de vida y nos ayuda a levantarnos del desánimo y del desencanto.

Que, como los discípulos de Emaús, sepamos reconocer a Cristo en el camino, descubrirlo en el hermano necesitado, dejarnos transformar por su presencia y anunciar con alegría que verdaderamente ha resucitado el Señor.

                   


   




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