Los cristianos afirmamos con total certeza que la misericordia de Dios se ha manifestado en la pasión, muerte y resurrección de Cristo Jesús para nuestra salvación, y de ello todos nosotros somos testigos. Como peregrinos que somos, esta certeza es parte fundamental de nuestra esperanza y fortaleza en el camino hacia la vida plena en Cristo resucitado.
Pero no es fácil vivir con serenidad y valentía este misterio de salvación en un mundo marcado por debilidades, dudas y pecado. Más aún, vivimos en una sociedad donde el escepticismo diluye las verdades más profundas sobre la vida y la muerte, llevándonos a cuestionar todo aquello que se nos presenta como certeza.
Hoy, en el evangelio de san Lucas (24, 13-35), vemos cómo los discípulos de Jesús vivieron esta misma realidad y cómo lograron superarla.
Ellos tuvieron la extraordinaria oportunidad de ser testigos del obrar de Jesús y de su obediencia a la voluntad salvadora del Padre. Sin embargo, ante el aparente fracaso, la muerte injusta del inocente y el poder del mal, experimentaron el desánimo y la duda que les arrebató la seguridad y la alegría de la fe.
Mientras conversaban y discutían, Jesús se les acercó como un caminante desconocido. Y, ante su pregunta, ellos se detuvieron con aire entristecido y le hablaron de lo sucedido en Jerusalén:
«Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió».
Entonces Jesús les explicó lo que se refería a Él en las Escrituras, y su corazón comenzó a arder, volviendo a experimentar la fuerza de la buena noticia que ya habían recibido. Y le dijeron: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».
Al sentarse a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero Él desapareció de su vista. Y, levantándose en aquel momento, regresaron a Jerusalén para anunciar a sus hermanos: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».
Como aquellos discípulos, también nosotros estamos necesitados de la luz de la Palabra, que nos invita a mirar más allá de lo inmediato; y de la esperanza, que nos descubre un futuro de vida y nos ayuda a levantarnos del desánimo y del desencanto.
Que, como los discípulos de Emaús, sepamos reconocer a Cristo en el camino, descubrirlo en el hermano necesitado, dejarnos transformar por su presencia y anunciar con alegría que verdaderamente ha resucitado el Señor.
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