Una comunidad religiosa no es una familia.
En la vida en común la igualdad y la reciprocidad deberían ser el sello distintivo de todas las interaciones de los que viven y profesan públicamente que el mensaje del evangelio es centro y fin de su vida.
El hecho de que se viva bajo un mismo techO no siempre garantiZa la existencia de una comunidad religiosa.Algunos nos hemos hecho muy expertos en el simple hecho de vivir juntos.Nos hacemos presente en lo básico: la oración, la comida y algunas reuniones de la comunidad, pero fuera de estas actividades, nuestras vidas son privadas.
En definitiva, una vida comunitaria es un asunto del corazón.
Si de verdad queremos cultivar un corazón amoroso, debemos preguntarnos: ¿qué estamos dispuestos a sacrificar por el bien de nuestra comunidad.
La convicencia no es fácil. El ser llamados por Dios a la vida en común, a la convicencia es lo que transforma nuestra vida de comunidad en un momento de gracia. SEAN d. sAMMON


0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada